martes, 15 de junio de 2021

BORGES INMORTAL


La última tarde en Buenos Aires, entre libros, amigos y lectores
El 28 de noviembre de 1985, Borges dejó el país para siempre; recuperamos la crónica de su última aparición en una muestra de primeras ediciones, que fue su despedida de Bioy Casares
A. C. 

Alberto Casares
Alberto Casares,Borges y Bioy casares, cara a cara por última vez


Hace treinta y cinco años, Jorge Luis Borges se reunía con algunos amigos y admiradores en una pequeña librería de Buenos Aires en lo que se convirtió en una impensada despedida de su ciudad natal. Al día siguiente, 28 de noviembre de 1985, partiría hacia italia. El pretexto de la reunión fue una exposición de todas sus primeras ediciones, única realizada en vida del autor y con su presencia. La preparación generó una serie de conversaciones telefónicas siempre a las 10 de la mañana, como lo pedía Borges. A la hora señalada, él mismo atendía el teléfono: “Buen día Casares, ¿son las diez de la mañana?”. Al principio me dijo que, como oscar Wilde, él prefería las segundas y terceras ediciones. También me dijo que no le pidiera sus primeras ediciones porque él no las conservaba y se “sorprendió” de que alguien las coleccionara. En el correr de los días en que fuimos ajustando los detalles de la exposición, me dijo que prefería no poner los libros de su index personal: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928). Le dije que se trataba de un homenaje y que no haríamos nada que no le gustara. A los pocos días me dijo: “Si tiene mis libros prohibidos, póngalos, porque a la gente le gusta verlos”; allí estuvieron, junto a todas sus obras. Eligió el día miércoles 27 de noviembre para la inauguración y ante su comentario de que al día siguiente viajaría a Europa, le sugerí hacerlo antes, pero no quiso cambiar la fecha. Por fin llegó el día. Antes de la hora convenida, llama Borges “¿Qué espera para venir a buscarme?”. Al momento salió Marta, mi mujer, a buscarlo a su casa de Maipú 994 y traerlo a la librería, en esos días en Arenales
1723. Se detuvo en la puerta y recitó de memoria casa por casa, frente por frente toda la cuadra de Arenales entre Rodríguez Peña y Callao, haciendo alarde de recuerdos de sus proverbiales caminatas por las calles de Buenos Aires, ciudad a la que le cantó desde su primer libro, Fervor de Buenos Aires, en 1923.En la tarde luminosa y cálida, el pequeño recinto se inundó con la presencia del poeta. Sin discursos ni apologías, se reencontró con su amigo Adolfo Bioy Casares, a quien entonces no frecuentaba con tanta asiduidad; firmó libros que le acercaban, haciendo comentarios sobre cada uno: Historia universal de la infamia, “pensar que cuando escribí este libro no sabía qué era la infamia. Después la vida me lo enseñó”. Departió amable y animadamente con los presentes. Con Bioy, sin disimular la alegría del encuentro, retomó conversaciones sobre palabras de libros en preparación: “Estoy escribiendo ‘Planes para una fuga a Carmelo’, ¿vos pondrías ‘a’ o ‘al’?”. “Sabés que soy muy antiguo, yo pondría al Carmelo”, contesta Borges. El cuento se publicó en Historias desaforadas (1986) como “Planes para una fuga al Carmelo”. Finalizando la reunión, dijo sencillamente: “Mañana viajo a italia, donde pasaré la Navidad, y luego iré a Ginebra a morir”. Creo que ninguno de los presentes les dio la real dimensión a sus palabras. Nadie podía pensar que Borges no fuera inmortal. Conocía su enfermedad y había elegido “una de sus patrias” para esperar la muerte que le llegó unos meses después, el 14 de junio de 1986. Sin que nosotros lo advirtiéramos, Borges nos estaba regalando la despedida de su ciudad amada en una librería, una pequeña librería, entre amigos y libros.

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Borges, contra el terraplanismo literario
P. G. 


Cuando Borges y Bioy Casares decidieron dedicar las Crónicas de Bustos Domecq (1967) “a esos tres grandes olvidados: Picasso, Joyce, Le Corbusier” hicieron algo menos gracioso que una broma. Para empezar, la dedicatoria es inestable: ¿quiere llamar la atención sobre la grandeza o sobre el olvido? Que sea indecidible da que pensar, porque la grandeza de la época y el olvido van juntos. No olvidamos a Joyce ni a Picasso, pero la indicación es que entonces más le valía a un artista hacer su arte como si no existieran. Todo el libro es una demolición felizmente despiadada de las supersticiones estéticas del arte moderno y de vanguardia. 
Cada nombre propio de las crónicas (César Paladión, Ramón Bonavena, José Enrique Tafas, Antártido A. Garay) sigue vivo entre nosotros. Todos conocemos a alguno, y nos apadiamos de él, de ellos.
Ya muy temprano Borges desconfió de la existencia del progreso en el arte. Vuelvo a recordar una diatriba suya, un poco aviesa cierto, a Guillermo de Torre: “Quiero echarle en cara su progresismo, ese ademán molesto de sacar el reloj a cada rato”. Borges sacaba el reloj para mirar la hora, no para calibrar primicias. Por él supimos de manera irrevocable que había más novedades en el pasado que en el presente, tan inseparable de quien escribe, y que por eso leer a los contemporáneos era, antes que nada, una pérdida de tiempo. También de eso (entre otras cosas, entre innumerables cosas) se ocupa “Pierre Menard, autor del Quijote”. No hay progreso en la forma, pero sí lo hay en su sentido. Esto explica que el coeficiente de novedad, la radiactividad de Stendhal sea infinitamente mayor a la de... (complete el lector con el Ramón Bonavena del mes o con la Ramona Bonavena del día). El abismo del escrito de Borges consiste en que, aunque cronológicamente ulterior, el Quijote de Menard no es formalmente superior; en cambio, el sentido encerrado en él es incontenible. El de Menard es un libro vacío que se llena de lectura. Ya lo había dicho antes: la literatura es un arte que sabe enamorarse de la propia disolución.
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Laberinto veneciano



Por el aniversario, volvió a abrir, y con música, en la Fundación Giorgio Cini

Walking The Labyrinth.

El Laberinto Borges de la Fundación Giorgio Cini, en Venecia, abre por primera vez al público con visitas acompañadas por la música de Antonio Fresca, interpretadas y grabadas con la orquesta del Teatro La Fenice. A los diez años de su creación, 35 de la muerte de Borges y 70 de la Fundación Giorgio Cini, el Laberinto de Borges tiene un nuevo itinerario que acompaña una suite de más de 15 minutos, expresamente compuesta por Fresa,

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Podría Borges haber coincidido con Nicolás Gómez Dávila en que “pensar como nuestros contemporáneos es la receta de la prosperidad y de la estupidez”. ¿Cómo se explica entonces que algunos sigan escribiendo como si Borges no hubiera escrito?
Evidentemente, hay también terraplanistas de la literatura.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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