LOS SECRETOS DEL MAYOR TESORO DE BORGES
LA COLECCIÓN PERSONAL DE LIBROS DEL ESCRITOR ES “UNA PUERTA HACIA LA BIBLIOTECA INFINITA”
— texto de Fabiana Scherer —
En su habitación Georgie sólo tiene su cama y sus bibliotecas. Nunca ha querido poner ningún otro mueble. Es una habitación muy sencilla y muy pequeña, pero él se siente feliz ahí, le gusta estar así porque tiene los libros a su alcance. Ya no puede ver, desde luego, pero a pesar de eso sabe exactamente donde está cada uno de sus libros. Le basta extender la mano para encontrar el libro que busca, y jamás se equivoca. No sé cómo lo hace, pero el primer libro que alcanza es siempre, exactamente, el volumen que está buscando, sin mirar y sin ver”, recuerda Leonor Acevedo de Borges, la mamá de Georgie, en su libro de memorias editado por Claridad, con textos de Alicia Jurado y el trabajo de edición, recopilación e investigación de Martín Hadis.
Una biblioteca con una cantidad de “ilimitados libros ingleses, una verja art nouveau que los separaba de una calle casi inexistente, un molino fantasmal en ese Buenos Aires de casas bajas, y una hermana a quien llamaron Leonor Fanny (Norah) configuraron el universo infantil de Jorge Luis Borges –narra Alejandro Vaccaro en el flamante
Borges, vida y literatura (Planeta)–. Sus primeras armas serían las palabras (…). En esa época se manifestaron en Borges los primeros síntomas literarios, el placer de la lectura, el juego que desplazaría a todos los demás”.
En Borges: El misterio esencial (Sudamericana), que rescata las conversaciones en universidades de los Estados Unidos –con edición y fotografía de Willis Barnstone, y traducción y notas de Martín Hadis– se lee que, en marzo de 1980, ante una audiencia expectante, John Coleman y Alastair Reid entrevistaron al escritor argentino en el PEN Club de Nueva York.
Borges, vida y literatura (Planeta)–. Sus primeras armas serían las palabras (…). En esa época se manifestaron en Borges los primeros síntomas literarios, el placer de la lectura, el juego que desplazaría a todos los demás”.
En Borges: El misterio esencial (Sudamericana), que rescata las conversaciones en universidades de los Estados Unidos –con edición y fotografía de Willis Barnstone, y traducción y notas de Martín Hadis– se lee que, en marzo de 1980, ante una audiencia expectante, John Coleman y Alastair Reid entrevistaron al escritor argentino en el PEN Club de Nueva York.
En aquella charla, Borges destaca una vez más su pasión por la lectura por sobre todas las cosas: “Los chicos leen de la forma en que todos deberíamos leer: simplemente disfrutan lo que leen. Y esa es la única clase de lectura que yo concibo. Debemos pensar en la lectura como una forma de felicidad, como una forma de alegría (…) Yo fui profesor de literatura inglesa durante unos 20 años y siempre les dije a mis alumnos: si un libro les aburre, déjenlo. Ese libro no ha sido escrito para ustedes. Pero si lo leen y el libro les apasiona, entonces sigan leyendo”.
Fue en 1988, dos años después de la muerte del escritor, cuando María Kodama creó la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, con la intención de difundir la obra del autor de El Aleph. En la calle Anchorena 1660, lindera de la casa en la cual vivió la familia Borges entre 1938 y 1943 [allí escribió Las ruinas circulares] se encuentra la biblioteca personal del autor y lector, “con los libros que él tuvo hasta el final de su vida y que María heredó y llevó a la Fundación –destaca Fernando Flores Maio, presidente de la institución y autor del ensayo La biblioteca de Borges (Paripé Books)–. Hay quien dice que la biblioteca personal del autor se dispersó por varios lugares, y eso no es verdad. Los libros que él conservó hasta el final de su vida son estos, más de dos mil ejemplares, son los que él guardaba en su casa, que leyó y luego hizo que le releyeran una y otra vez. Los otros, de los que él se desprendió, se han encontrado en otros lados. Pero, insisto, estos fueron los que él quiso conservar y, afortunadamente, se encuentran resguardados en la fundación”.
Las claves de esa felicidad
Creada por Kodama el 24 de agosto de 1988, la fundación fue registrada el 11 de noviembre de 1988 en la Inspección General de Justicia, obteniendo así la correspondiente personería jurídica que la habilita para el desarrollo de sus actividades. El edificio alberga objetos que pertenecieron al escritor: su biblioteca personal, las primeras ediciones de sus libros y algunos manuscritos; su colección de bastones, cuadros, sus talismanes, premios, condecoraciones y diplomas recibidos.
En el primer piso se recreó su dormitorio de la casa de Maipú 994. Tras la muerte de Kodama, el pasado 26 de marzo, la institución se encuentra en “receso por duelo” y a la espera de una resolución jurídica que develará el destino de los libros amados por Borges, entre los que se encuentran obras escogidas de Jean Cocteau; The Life of Oscar Wilde, de Hesketh Pearson; Ilibri poetici della Bibbia, de Saverio Mattei; una antología de escritos filosóficos de Leibniz; una edición en inglés del Corán; Seven Pillars of Wisdow (Los siete pilares de la sabiduría), de T. E. Lawrence; The Portable Coleridge (una antología con poemas, ensayos políticos y críticas literarias del autor inglés Samuel Taylor Coleridge); numerosas ediciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri; Shakespeare, Spinoza, Sarmiento, Kafka, Rudyard Kipling,
“La mayoría de los libros de su biblioteca personal tratan temas de filosofía y religión, y a través de esos autores es posible encontrar las claves de la filosofía de vida de este genio, que apunta a la felicidad –señala Flores Maio–. No es nuevo este argumento, que ya tuve oportunidad de señalar como curador de la muestra El atlas de Borges, que se exhibió en muchos países, cuyas fotos nos muestran a un hombre feliz. El autor de Ficciones nos ha dejado esa maravillosa biblioteca, en mi libro pueden verse algunos de esos ejemplares, que nos permiten descubrir las claves de esa felicidad. Las lecturas de esos filósofos y místicos son las que seguramente han tenido una decisiva influencia en una obra que nos da un camino en el arte de vivir. Borges destacó que fue mereciendo amistades escritas que lo honraban, se sentía cerca de esos escritores que leía, y en algún caso leerlos era como conversar con un cordial fantasma. Esas amistades, que fue cultivando al leer a sus preferidos, podemos conocerlas y hacerlas propias a través de los textos que leemos de Borges. En ese sentido, debemos agradecerle que nos haya presentado a tantos genios, que quizá no hubiéramos conocido si no fuera por esas lecturas. De manera que, entrar al lugar adonde está la biblioteca personal de Borges, es encontrar a todos esos amigos”.
“Trato de pensar en todos los autores como amigos –reconoció el gran escritor y lector en Borges: El misterio esencial–. Mi memoria está llena de citas (…) Pero, además, siempre vienen amigos a casa que son muy amables, tomamos un libro cualquiera de la biblioteca, por lo general de Conrad, de Stevenson, o de Kipling, y seguimos leyendo”.
Pasó su infancia en un jardín y en una biblioteca. “Georgie lo recuerda así – dice su madre en Memorias de Leonor Acevedo de Borges–. Esa biblioteca era de mi marido y es en la que Georgie formó su espíritu. Tiene la misma inteligencia que su padre, el mismo tipo de sensibilidad, el amor por la filosofía, el mismo deseo de saber el origen de las palabras. Estaban todo el día con un diccionario en la mano, padre e hijo, buscando siempre de donde venía alguna palabra, conversando sobre etimología”.
Entre idiomas distintos
En el prólogo de La biblioteca de Borges, María Kodama escribió: “Lo que más encontramos en su biblioteca son libros sobre filosofía y religiones de la India, Japón, China, también una Historia de la magia, obras de Spinoza, su interés desde niño por los mitos griegos, sobre todo por el minotauro, y naturalmente la obra de Shakespeare. Estos libros pertenecían a la casa de su abuela inglesa, y desde muy pequeño estaba familiarizado con ellos. Borges siempre decía que sabía que a su abuela inglesa debía hablarle de una forma y de otra al resto de la familia; sólo cuando creció supo que eran dos idiomas distintos, el inglés y el español. A través de estas lecturas hechas desde su infancia podemos entender la profundidad de su escritura, que no se limita a contar una historia, sino que siempre apunta a otra dimensión, la de la profunda reflexión sobre lo que narra”.
La tarea aún pendiente de los investigadores, analiza Fernando Flores Maio, “será la de vincular cada libro con las obras de Borges. Indagar cada una de las anotaciones que él hizo en ellos. Pienso que esas inscripciones nos dan claves para introducirnos mejor en sus escritos. Habrá que investigar qué relación tienen con su obra. El mayor atractivo considero que es que esta biblioteca quizá nos abre las puertas hacia la biblioteca infinita. Estar entre esos libros es una experiencia sobrecogedora, es como introducirnos en un espacio sagrado”.
Libre de todo mandato, Borges decía: “Yo siempre prefiero releer a leer”.
“Era alguien que leía por placer que se dejaba arrastrar por un tema, que podía perfectamente leer salteado, no terminar libros –reflexiona Lucas Adur, especialista en la obra de Borges, que está preparando las Jornadas Borges que se realizarán en agosto en el Centro Cultural Borges–. Tenía una relación muy libre con la literatura y eso intentó contagiar: el placer, la libertad que cada uno puede leer lo que quiera. Que se puede leer fragmentos, antologías, enciclopedias… Todo lo que dice está muy vinculado a la libertad y al goce, que es lo que trata de transmitir. También, la emoción estética que, para Borges es un rasgo fundamental, vinculado a la emoción, a la expresión de algún tipo de sinceridad. Está la famosa anécdota de él como profesor recomendando que leyeran lo que les apasionara, o aquella historia que cuenta que a la única persona que reprobó en un examen fue porque no le había podido hablar de ningún libro. O muchas anécdotas de Borges no son necesariamente exactas, pero yo creo que realmente tenía esa relación de libertad con la lectura. Cuando publica la reseña de Ulises, de James Joyce, dice: [ parafrasea] ‘Bueno, no lo leí todo el libro, pero igual puedo hablar de él como uno puede decir que conoce una ciudad, aunque no conozca cada una de sus calles’. Qué gesto de desenfado y de libertad. Borges, me parece, habilita esa libertad a cualquier lector”.
“Yo (como el resto del universo) no he leído el Ulises, pero leo y releo con felicidad algunas escenas (…). La plenitud y la indigencia convivieron en Joyce. A falta de la capacidad de construir (que sus dioses no le otorgaron y que debió suplir con arduas simetrías y laberintos) gozó de un don verbal, de una feliz omnipotencia de la palabra, que no es exagerado o impreciso equiparar a la de Hamlet o a la de Urn Burial”, escribió Jorge Luis Borges en Fragmento sobre Joyce, en la edición N° 77 de la revista Sur (febrero de 1941). Resulta más que interesante descubrir la libertad que se permitía como lector, su confesa pasión por el libro: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación –comentó en una de las cinco conferencias que el escritor ofreció entre el 24 de mayo y el 25 de junio de 1978 en la Universidad de Belgrano, y que fueron recopiladas en Borges Oral (publicado originalmente en 1979 por Emecé).
–¿Usted se imagina al paraíso como una biblioteca? –pregunta Alastair Reid.
–Sí, pero cuando llegué a la biblioteca ya estaba ciego –le dice Borges con su típico sentido del humor. –Esa es la ironía del poema. –No es la ironía del poema; es la ironía de Dios.
Fue en 1988, dos años después de la muerte del escritor, cuando María Kodama creó la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, con la intención de difundir la obra del autor de El Aleph. En la calle Anchorena 1660, lindera de la casa en la cual vivió la familia Borges entre 1938 y 1943 [allí escribió Las ruinas circulares] se encuentra la biblioteca personal del autor y lector, “con los libros que él tuvo hasta el final de su vida y que María heredó y llevó a la Fundación –destaca Fernando Flores Maio, presidente de la institución y autor del ensayo La biblioteca de Borges (Paripé Books)–. Hay quien dice que la biblioteca personal del autor se dispersó por varios lugares, y eso no es verdad. Los libros que él conservó hasta el final de su vida son estos, más de dos mil ejemplares, son los que él guardaba en su casa, que leyó y luego hizo que le releyeran una y otra vez. Los otros, de los que él se desprendió, se han encontrado en otros lados. Pero, insisto, estos fueron los que él quiso conservar y, afortunadamente, se encuentran resguardados en la fundación”.
Las claves de esa felicidad
Creada por Kodama el 24 de agosto de 1988, la fundación fue registrada el 11 de noviembre de 1988 en la Inspección General de Justicia, obteniendo así la correspondiente personería jurídica que la habilita para el desarrollo de sus actividades. El edificio alberga objetos que pertenecieron al escritor: su biblioteca personal, las primeras ediciones de sus libros y algunos manuscritos; su colección de bastones, cuadros, sus talismanes, premios, condecoraciones y diplomas recibidos.
En el primer piso se recreó su dormitorio de la casa de Maipú 994. Tras la muerte de Kodama, el pasado 26 de marzo, la institución se encuentra en “receso por duelo” y a la espera de una resolución jurídica que develará el destino de los libros amados por Borges, entre los que se encuentran obras escogidas de Jean Cocteau; The Life of Oscar Wilde, de Hesketh Pearson; Ilibri poetici della Bibbia, de Saverio Mattei; una antología de escritos filosóficos de Leibniz; una edición en inglés del Corán; Seven Pillars of Wisdow (Los siete pilares de la sabiduría), de T. E. Lawrence; The Portable Coleridge (una antología con poemas, ensayos políticos y críticas literarias del autor inglés Samuel Taylor Coleridge); numerosas ediciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri; Shakespeare, Spinoza, Sarmiento, Kafka, Rudyard Kipling,
“La mayoría de los libros de su biblioteca personal tratan temas de filosofía y religión, y a través de esos autores es posible encontrar las claves de la filosofía de vida de este genio, que apunta a la felicidad –señala Flores Maio–. No es nuevo este argumento, que ya tuve oportunidad de señalar como curador de la muestra El atlas de Borges, que se exhibió en muchos países, cuyas fotos nos muestran a un hombre feliz. El autor de Ficciones nos ha dejado esa maravillosa biblioteca, en mi libro pueden verse algunos de esos ejemplares, que nos permiten descubrir las claves de esa felicidad. Las lecturas de esos filósofos y místicos son las que seguramente han tenido una decisiva influencia en una obra que nos da un camino en el arte de vivir. Borges destacó que fue mereciendo amistades escritas que lo honraban, se sentía cerca de esos escritores que leía, y en algún caso leerlos era como conversar con un cordial fantasma. Esas amistades, que fue cultivando al leer a sus preferidos, podemos conocerlas y hacerlas propias a través de los textos que leemos de Borges. En ese sentido, debemos agradecerle que nos haya presentado a tantos genios, que quizá no hubiéramos conocido si no fuera por esas lecturas. De manera que, entrar al lugar adonde está la biblioteca personal de Borges, es encontrar a todos esos amigos”.
“Trato de pensar en todos los autores como amigos –reconoció el gran escritor y lector en Borges: El misterio esencial–. Mi memoria está llena de citas (…) Pero, además, siempre vienen amigos a casa que son muy amables, tomamos un libro cualquiera de la biblioteca, por lo general de Conrad, de Stevenson, o de Kipling, y seguimos leyendo”.
Pasó su infancia en un jardín y en una biblioteca. “Georgie lo recuerda así – dice su madre en Memorias de Leonor Acevedo de Borges–. Esa biblioteca era de mi marido y es en la que Georgie formó su espíritu. Tiene la misma inteligencia que su padre, el mismo tipo de sensibilidad, el amor por la filosofía, el mismo deseo de saber el origen de las palabras. Estaban todo el día con un diccionario en la mano, padre e hijo, buscando siempre de donde venía alguna palabra, conversando sobre etimología”.
Entre idiomas distintos
En el prólogo de La biblioteca de Borges, María Kodama escribió: “Lo que más encontramos en su biblioteca son libros sobre filosofía y religiones de la India, Japón, China, también una Historia de la magia, obras de Spinoza, su interés desde niño por los mitos griegos, sobre todo por el minotauro, y naturalmente la obra de Shakespeare. Estos libros pertenecían a la casa de su abuela inglesa, y desde muy pequeño estaba familiarizado con ellos. Borges siempre decía que sabía que a su abuela inglesa debía hablarle de una forma y de otra al resto de la familia; sólo cuando creció supo que eran dos idiomas distintos, el inglés y el español. A través de estas lecturas hechas desde su infancia podemos entender la profundidad de su escritura, que no se limita a contar una historia, sino que siempre apunta a otra dimensión, la de la profunda reflexión sobre lo que narra”.
La tarea aún pendiente de los investigadores, analiza Fernando Flores Maio, “será la de vincular cada libro con las obras de Borges. Indagar cada una de las anotaciones que él hizo en ellos. Pienso que esas inscripciones nos dan claves para introducirnos mejor en sus escritos. Habrá que investigar qué relación tienen con su obra. El mayor atractivo considero que es que esta biblioteca quizá nos abre las puertas hacia la biblioteca infinita. Estar entre esos libros es una experiencia sobrecogedora, es como introducirnos en un espacio sagrado”.
Libre de todo mandato, Borges decía: “Yo siempre prefiero releer a leer”.
“Era alguien que leía por placer que se dejaba arrastrar por un tema, que podía perfectamente leer salteado, no terminar libros –reflexiona Lucas Adur, especialista en la obra de Borges, que está preparando las Jornadas Borges que se realizarán en agosto en el Centro Cultural Borges–. Tenía una relación muy libre con la literatura y eso intentó contagiar: el placer, la libertad que cada uno puede leer lo que quiera. Que se puede leer fragmentos, antologías, enciclopedias… Todo lo que dice está muy vinculado a la libertad y al goce, que es lo que trata de transmitir. También, la emoción estética que, para Borges es un rasgo fundamental, vinculado a la emoción, a la expresión de algún tipo de sinceridad. Está la famosa anécdota de él como profesor recomendando que leyeran lo que les apasionara, o aquella historia que cuenta que a la única persona que reprobó en un examen fue porque no le había podido hablar de ningún libro. O muchas anécdotas de Borges no son necesariamente exactas, pero yo creo que realmente tenía esa relación de libertad con la lectura. Cuando publica la reseña de Ulises, de James Joyce, dice: [ parafrasea] ‘Bueno, no lo leí todo el libro, pero igual puedo hablar de él como uno puede decir que conoce una ciudad, aunque no conozca cada una de sus calles’. Qué gesto de desenfado y de libertad. Borges, me parece, habilita esa libertad a cualquier lector”.
“Yo (como el resto del universo) no he leído el Ulises, pero leo y releo con felicidad algunas escenas (…). La plenitud y la indigencia convivieron en Joyce. A falta de la capacidad de construir (que sus dioses no le otorgaron y que debió suplir con arduas simetrías y laberintos) gozó de un don verbal, de una feliz omnipotencia de la palabra, que no es exagerado o impreciso equiparar a la de Hamlet o a la de Urn Burial”, escribió Jorge Luis Borges en Fragmento sobre Joyce, en la edición N° 77 de la revista Sur (febrero de 1941). Resulta más que interesante descubrir la libertad que se permitía como lector, su confesa pasión por el libro: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación –comentó en una de las cinco conferencias que el escritor ofreció entre el 24 de mayo y el 25 de junio de 1978 en la Universidad de Belgrano, y que fueron recopiladas en Borges Oral (publicado originalmente en 1979 por Emecé).
–¿Usted se imagina al paraíso como una biblioteca? –pregunta Alastair Reid.
–Sí, pero cuando llegué a la biblioteca ya estaba ciego –le dice Borges con su típico sentido del humor. –Esa es la ironía del poema. –No es la ironía del poema; es la ironía de Dios.
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