martes, 9 de mayo de 2023

LECTURA


Maggie O’farrell creó una fábula renacentista de ecos contemporáneos
En El retrato de casada, la autora norirlandesa sondea en la muerte joven
Diana Fernández Irusta

En Sigo aquí, libro de memorias donde rememora varias situaciones en las que estuvo a punto de perder la vida, la norirlandesa Maggie O’farrell (Coleraine, 1972) escribe, a propósito de un accidente donde casi muere una de sus hijas: “Sabes por experiencia propia que estar tan al borde de la muerte te cambia para siempre, que vuelves de ese borde transformada, más sabia, más triste”.
Probablemente algún eco de esas vivencias haya impregnado Hamnet, la celebrada ficción histórica que O’farrell publicó en 2020 (el nombre del título corresponde a un hijo de Shakespeare muerto a edad muy temprana). Y sin duda lo hace en El retrato de casada, novela donde la escritora vuelve a mirar hacia siglos atrás para construir un relato en cuyo hilado asoman tanto ciertas discusiones contemporáneas como la pulsión por asomarse al tabú definitivo: la muerte, sobre todo la muerte joven.
Ante todo, El retrato de casada es un eficaz artefacto narrativo. La autora captura la atención del lector en las primeras páginas y no la suelta hasta un desenlace que, más allá de estar anunciado en las primeras páginas, funciona como un motor que obliga a seguir leyendo.
LIBROS DEL ASTEROIDES
400 PÁGINAS
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La novela abre con una referencia histórica: en 1561, a los 16 años, murió Lucrezia di Cosimo de’ Medici, al poco tiempo de haber dejado su Florencia natal para instalarse en Ferrara junto a su esposo, el duque Alfonso II d’este. Si bien oficialmente se adjudicó la defunción a una enfermedad, siempre se rumoreó que la duquesa –doce años menor que el duque– había muerto por envenenamiento.
Tras la contundencia de esos datos, viene la reconstrucción ficcional. El primer capítulo nos sumerge en un alcázar de piedra, una noche de 1561. Lucrezia y su marido cenan en esa fortaleza alejada, rodeados por un puñado de sirvientes que pronto se retirarán de escena. Apenas se sienta a la mesa, ella piensa que él la quiere matar. La ocurrencia se transforma en certeza y deviene en una única, obsesiva, pregunta: ¿cómo lo hará?
El anzuelo funciona. A partir de aquí, con destreza y unas cuantas licencias historiográficas, O’farrell se dedica a reconstruir los sucesos que culminaron en esa cena de 1561, y a trazar el perfil de los seres que los encarnaron.
El relato de lo acontecido durante aquella noche atraviesa, en dosis regulares, todo el libro. La autora lo intercala con la construcción de Lucrezia en tanto personaje, desde su nacimiento hasta el casamiento con Alfonso. Algunas fechas clave y cuatro emplazamientos se alternan y organizan la narración: El palazzo (la mansión donde la protagonista nació), La delizia (finca donde pasa los primeros meses de matrimonio), El castello (residencia de los duques de Ferrara), La fortezza (refugio de caza donde comienza y termina la novela).



Entre las diversas fuentes que nutren al libro, está el poema “Mi última duquesa”, del escritor británico Robert Browning (Camberwell, 1812-Venecia, 1889). Inspirado en la historia de Alfonso, Lucrezia y el retrato que, efectivamente, se le hizo a la joven a poco de su llegada a Ferrara, Browning le otorga al duque rasgos que reaparecen en El retrato de casada. Quien habla en el poema es Alfonso; en su voz se escuchan la arbitrariedad del poder y la ambigüedad de un hombre encantador que no obstante supura odio.
No es cualquiera la pareja histórica elegida; mucho menos la época. La efervescencia del Renacimiento, el culto a la belleza, la naturalidad con que en las cortes convivían sofisticación y violencia: cada uno de estos elementos forma parte del relato. Lucrezia y sus hermanos crecen en un palacio en cuyos pasillos circulan criados, consejeros, artistas. Todos reciben una educación esmerada; incluso las mujeres, cuyo único destino es servir, alianzas matrimoniales mediante, a la estrategia política del padre, el poderoso Cosimo de’ Medici.
“Ten cuidado”, le dice una Lucrezia niña al dibujo que ella misma acaba de hacer. Está en un aula, junto a sus hermanos; un preceptor les habla de Agamenón e Ifigenia. Sin que la vean, Lucrezia dibuja una muchacha con túnica: es Ifigenia que camina rumbo a su boda sin saber que en realidad está yendo al altar del sacrificio.
O’farrell transita un equilibrio difícil. La Lucrezia ficcional es perspicaz, tal vez demasiado para los cánones de su tiempo. A través de su mirada está la visión de la escritora que, por momentos, también parece querer decirle “ten cuidado” a su criatura.
Lucrezia observa, se ensimisma, logra que le den clases de pintura, se empeña en traducir el código escurridizo de la luz y la sombra. Vive en un mundo paralelo al de su madre y hermanas. Observa (¿una niña del siglo XVI lo haría?) que a ellas las mantienen encerradas, perfeccionando la técnica del bordado, mientras que a ellos les enseñan a defenderse, a golpear, a matar.
El peso del origen y las constricciones que rigen para su género la terminarán aplastando: se comprometerá en matrimonio a los 13 años, se casará a los 15. Desaparecerá un año después, con el cuerpo exhausto tras intentar concebir un hijo –su vientre es moneda de cambio– con un hombre del que se sospecha infertilidad. O’farrell, compasiva, le concede la ilusión de un amor juvenil, algo que difícilmente haya existido en la vida de la Lucrezia real.
Más allá de la sospecha de que algunos personajes asumen posiciones demasiado contemporáneas, El retrato de casada encuentra su mayor fuerza en eso que también sostiene a la tragedia: la perseverancia enloquecida del héroe (o la heroína) que insiste en la batalla aun sabiendo que su destino está marcado.

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