Inflación
Billetes archivados en sarcófagos y en bodegas de aviones: las insólitas consecuencias de la degradación del peso
Por Diego Cabot
Hacía calor esa mañana en Laguna Yema, un poblado de Formosa, a pocos kilómetros del límite con Chaco. El único cajero automático del lugar se carga a la mañana temprano y, desde entonces, empieza una larga fila. A las 7.30, a algunos que estaban en aquella hilera les tocaba pleno sol. Entonces, varios se descalzaron, dejaron sus zapatos ahí, y caminaron unos pasos a la sombra. Era una imagen particular: hombres, mujeres y calzado, todos pacientes a la espera del efectivo. En la otra punta de la cadena, los bancos, últimos receptores de todo la plata que circula por el país, no saben qué hacer con toneladas de dinero que permanece quieto y que, aunque ya no pasará más por una caja, tienen que guardar a la espera de que alguna vez el Banco Central lo retire y lo destruya.
Cantidad total de billetes circulantes
7973 millones
DIF. MES ANTERIOR
+1%
Las dos secuencias no son más que postales de un problema monetario grave que tiene la Argentina y que por ahora está lejos de poder resolver: su billete de más alta denominación representa poco más de dos dólares, puntualmente 2,11 con la cotización del MEP, el que se puede comprar en blanco en el mercado mediante la intermediación de títulos o bonos públicos. La caída del poder de compra de los 1000 pesos se ha convertido en una situación grave para los bancos que no saben dónde acumular “el físico”, pero sobre todo genera incidentes en todos los agentes económicos. El fenómeno, que llevó a que se apure la salida del tardío billete de 2000 pesos, tiene miles de números que explican la situación. Si el esbozo del problema empieza por la comparación internacional, llama la atención la desproporción criolla. En Brasil se pueden comprar 39,94 dólares con el billete más preciado; en Uruguay, 51,24; en Chile alrededor de 24,83; en Perú, 53,94; y en Bolivia, 28,97 dólares. El más cercano en la región es Paraguay, donde el papel que más ceros tiene impresos alcanza para hacerse de 13,92 dólares, y el más lejano de América latina es México, con un poder de compra de 55,84, todos de acuerdo con la paridad de las monedas locales frente a la estadounidense del miércoles pasado.
Equivalencia en dólares por un billete de cada denominación
Este problema, que lo puede palpar cualquier argentino al que le explota la billetera si quiere pagar un par de zapatillas de primera marca o una camiseta de la selección en efectivo, tiene su raíz en dos situaciones. La primera es política: el Gobierno no quiere ni quiso imprimir mayor valor en un papel para que la gente no tenga la sensación de que cobra unos pocos billetes al mes. Sería casi como un teorema de la ridiculez matemática: las fracciones suman más que el todo. La otra, una regulación del Banco Central que impide que las entidades bancarias, que a diario reciben dinero y pagan, entreguen el excedente al organismo rector. El Central reconoce el valor de los billetes y les deja a los bancos hacer inversiones, comprar bonos o lo que sea con el monto que resulte. Pero les dice: “Guárdelo hasta que yo lo pase a retirar y lo destruya”. No pasa nunca. Esa orden, y la feroz necesidad de impresión de unidades de 1000, ha generado que los bancos recaudadores (los comerciales más conocidos, ya que los estatales son más bien pagadores) tengan que mantener indisponible un bulto que jamás volverá al mercado. De hecho, una cuenta rápida en el sector anota por cuatro la multiplicación que se ha tenido que hacer en los metros destinados a la disposición de billetes para satisfacer la necesidad. Cuentan que hasta se construyeron sarcófagos para proteger el dinero de humedad y roedores. Eso cuesta dinero, que lo paga todo el sistema bancario. “La situación de los billetes es un problema cuya criticidad va a en aumento, ocasionando dificultades en cuanto a la logística, capacidad edilicia y elevados costos financieros”, dice una misiva firmada por los representantes de las dos mayores cámaras bancarias, la Asociación de Bancos de la Argentina (ABA, banca extranjera) y la Asociación de Bancos Argentinos (Adeba, bancos nacionales) que hace pocos días publicó Sofía Diamante en LA NACION y que las entidades le presentaron al Banco Central. El problema más grave, dicen los seis bancos consultados, es el acopio en cantidades industriales, y por cuenta y orden del Banco Central, de los billetes de 100 pesos. “A las casi nulas posibilidades de promover la circulación de estos se agrega una complicación adicional. La banca automática ha perdido efectividad como canal de salida, puesto que la carga de cartuchos de billetes de $100 implica disminución de la potencia de dispensado”, dice el documento enviado al gerente general del BCRA. Los tesoros de los bancos están tapados de dinero y las panzas de decenas de aviones comerciales viajan llenas de billetes para ser colocados en estanterías de los depósitos metropolitanos. Arriba pasajeros; abajo, kilos de plata. La mejor manera de explicar el magma de dinero es con números. En la Argentina circulan alrededor de 8000 millones de piezas, es decir de billetes de todo tipo. De acuerdo con el ritmo de impresión actual, se sumarán otros 3000 millones adicionales, con lo que el circulante estará en alrededor de 11.000 millones para fines de 2023. El BCRA cuenta con capacidad para retirar y destruir 700 millones por año en la única planta que tiene dentro del edificio de Casa de la Moneda, en el barrio de Retiro.

CréditosTal es la emergencia que por estos días la entidad inició la colocación de otra máquina de destrucción de billetes en Santiago del Estero para no tener que transportar volúmenes enormes a la Ciudad de Buenos Aires. Aquel tesoro regional del BCRA se inauguró en 2015, pero la disposición final de la moneda nunca empezó. Le llegó la hora. Como se dijo, la Argentina imprimirá 3000 millones de unidades en 2023. “En el segundo semestre, prácticamente toda la capacidad irá a billetes de 2000 pesos”, dice un conocedor del sistema monetario físico del país. De ese número, 2000 millones se importan desde España, China y Brasil. La imprenta de la Casa de la Moneda, en Retiro, está desarmada ya que se compraron impresoras nuevas. “Lo que sucedió es que no se pagaron, hubo atrasos y no llegaron. Por lo tanto, se desarmó la vieja imprenta y no se armó la nueva. Se cree que estará en funcionamiento para fin de año”, dicen en la entidad monetaria. La salida del 50% de la capacidad instalada ha llevado a que la planta de Ciccone, estatizada por el gobierno de Cristina Kirchner para salvar a su vicepresidente, Amado Boudou, trabaje 24 horas los siete días de la semana. Semejante ritmo de impresión, dicen, no se puede sostener ya que, al más mínimo problema, se corta el abastecimiento de dinero. De hecho, el apuro por sacar el billete de 2000 tiene que ver con la necesidad de tener alguna solución para fin de año, época crítica para los billetes por el aguinaldo. “El de 2000 llega tardísimo. No hay ninguna razón para que no sea más grande, salvo capricho político. Para nosotros un 2 o un 5 es un dibujo. Para ellos, los políticos, es casi una cuestión de vida o muerte”, se queja un hombre ligado a la vida monetaria que circula entre el Banco Central y la Casa de la Moneda. Más allá del magma de billetes acopiados, la Argentina “no tiene cambio”. No hay impresión desde hace años de billetes chicos. Desde 2016 que no se acuñan monedas y desde 2020, tampoco papeles de baja denominación. De hecho, varias cámaras han hecho saber esa limitante al Banco Central. Por ejemplo, los supermercados chinos y los peajistas. Sucede que la ley de redondeo genera la necesidad de imponer el importe más bajo para dar los vueltos si no hay plata justa. El peaje de Zárate, por caso, cuesta 140 pesos y el 95% de los autos que pasan esa barrera pagan 100 ya que jamás hay 60 para dar el vuelto. Las pérdidas son millonarias.
Circulación de billetes según su denominación
Entre las particularidades de la situación hay una que es, quizá, la anécdota más inquietante. Las monedas de 10 pesos, que son de una alpaca pesada, tienen un costo para ser acuñadas de 100 dólares las 1000 unidades. Es decir, alrededor de 45.000 por cada 1000. Pero lo increíble es que el valor facial de aquel instrumento era de 10.000 pesos, que es el resultado de multiplicar 1000 unidades por 10 pesos. Es decir, si se acuña nuevamente, el costo de producción por cada millar supera en $35.000 al valor que representan. Esa es la razón por la que actualmente, aquellas monedas de museo se venden al peso, dado el precio del material. Pero la Argentina es el único país de la región que no usa las llamadas monedas de bajo costo. Esas se consiguen en el mercado a 15 dólares las 1000 unidades. Ahí sí da la cuenta, al menos si se emitieran de más alta denominación como 50, 100 y 200 pesos. Pero eso será tarea de otro Gobierno. Por lo pronto, los cajeros automáticos podrán cargar 8000 billetes de 2000 (16 millones de pesos) y la cosa se descomprimirá. En los depósitos quedarán los de 500 y los de 200 para ser destruidos alguna vez. En las terminales todo llevará tiempo ya que hay que programar (en Estados Unidos) cada software para que lea los nuevos billetes. De hecho, será más rápido sacar nuevos papeles de 2000 que depositar, ya que en esta operación es necesario que la máquina los lea. Toda esta logística llegará tarde y el esfuerzo, con la inflación de 120% anual, será inútil en poco tiempo. Cuentan en el sistema bancario que los cajeros son otro punto crítico. Como no hay fábrica en la Argentina, tienen capacidades máximas de entrega y de recepción de unidades que son más que suficientes en todo el planeta, menos en un par de países, la Argentina entre ellos. La limitación, por ejemplo, para retirar más de 100.000 pesos por día, ha vuelto a inundar las cajas humanas. Esas fuentes dicen que el 50% de la red de cajeros tiene que ser reabastecida más de una vez por día y que en gran parte de la red ya se ha dispuesto una guardia (un empleado más seguridad) para abastecerlos el fin de semana. “La gente se enoja si no hay plata y muchas veces, los rompe. Y no se puede importar cajeros. Todo es crítico”, dicen en un banco nacional. Hay una sola cosa que no ha hecho colapsar por el aire el sistema: las billeteras electrónicas, las transferencias inmediatas y las tarjetas. De acuerdo con el Índice Prisma Medios de Pago, que elabora la empresa dueña de la red Banelco, “en el primer trimestre de 2023, del total del dinero en cuentas bancarias (no es el total del efectivo en el sistema), el 56,78% se utilizó comprando con tarjeta de débito, el 4,14% se retiró en efectivo por comercios y el 39,07% por cajeros, número que antes de la pandemia representaba más de 50% del dinero en las cuentas”. Pese a este crecimiento, el sistema colapsa, sumergido en decisiones políticas más que técnicas. Pero los ridículos monetarios existen. Un ejemplo es el nuevo paradigma kirchnerista de no emitir billetes de más alta denominación para que no se genere la imagen de cobrar unos pocos papeles. Algo así como postular que el total es menor a la suma de las partes.
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