lunes, 22 de mayo de 2023

HISTORIA DE VIDA


“Quería una vida normal”. Sufría violencia en su casa, no tenía DNI y recién empezó la escuela a los 20 años
Elena Pera vive junto a su mamá y sus nueve hermanos en Gobernador Virasoro; como van en distintos turnos, comparten las mochilas porque no les alcanza para todos
Elena (a la izq. detrás de la mesa) hace alfombras junto a sus hermanos Milagros y Miguel
Es la mayor de 10 hermanos con una historia tan dolorosa que es difícil de contar. Fueron años de ser invisibles. De pasar por debajo del radar de cualquier institución del Estado. A la pobreza estructural se le sumaron situaciones de violencia y de vulneración de derechos. Elena Pera, que hoy tiene 22 años, se había resignado a pasar su adolescencia encerrada en su casa. No tenía DNI, no iba a la escuela y, junto a su mamá, se encargaba de cuidar a sus hermanos menores.
“Yo soñaba con tener amigos, una vida normal. En cuanto pude salí como una liebre”, cuenta hoy sentada en el jardín de la casilla que alquilan por $15.000, con solo dos habitaciones, en el barrio Narciso Vega, en Gobernador Virasoro, Corrientes. Gracias a la intervención de la institución Conin Virasoro, ella y su familia pudieron mejorar su alimentación, tramitar su DNI, recibir atención médica, escolarizarse y aprender un oficio. “Nos cambió mucho la vida. De cero al millón. Ahí te enseñan a valorarte”, agrega Elena.
Su mamá, Mariela, hacía lo que podía para darles de comer a sus hijos. Su papá –que hoy está preso por abuso sexual– no quería que sus hijos interactuaran con nadie. Eso llevó a que cinco de ellos estuvieran indocumentados y, por ende, tampoco fueran a la escuela.
“Con mi marido fue descubrir una mentira tras otra. Yo era sola pero no bajé los brazos”, dice Mariela, una madre luchadora que solo pudo terminar la primaria y tuvo a su primer hijo a los 20 años. Fueron 14 en total. Diez viven todavía con ella, y también su nieta Aurora. Con los cuatro más grandes, no tiene vínculo.
Un antes y un después
“Vivimos muchas cosas, de lo peor. Mi rutina era preparar a los que sí iban a la escuela, que estuvieran listos y que la casa estuviera linda”, recuerda Elena. Su deseo siempre fue aprender, y cuando sus hermanos arrancaron primer grado, ella copiaba lo que hacían y así empezó a leer y a escribir sola.
El punto de inflexión fue el nacimiento de su sobrina Aurora, que hoy tiene 4 años, hija de su hermana Milagros. Como la nena tenía un cuadro de desnutrición, desde el centro de salud la derivaron a Conin para que le hicieran un tratamiento integral.
“Cuando nos enteramos de que esas chicas no salían de la casa, no tenían DNI y no iban a la escuela, nos dimos cuenta de que algo pasaba en ese hogar. Al no socializar ni tener vínculos con nadie, no podían identificar que lo que estaba pasando era malo, estaba naturalizado”, cuenta Lorena Ramírez, trabajadora social y coordinadora del Centro Conin Virasoro, que atiende a niños con riesgo de desnutrición hasta los 5 años.
Al fin alguien los miraba. Había tantos incendios que no sabían cuál empezar a apagar. La que pudo entrar al programa de Conin fue Milagros porque Aurora tenía bajo peso pero se atendió de forma integral a todo el grupo familiar.
“Aurora y Miguel, otro de los hermanos, necesitaban una cirugía porque tenían labio leporino. Empezamos a hacer los DNI para poder ingresarlos al sistema de salud y a alfabetizarlos”, agrega Ramírez. El año pasado ambos tuvieron su primera operación y están a la espera de la segunda.
A Elena y sus hermanos se les abrió un mundo de posibilidades. Su mamá pudo dejar de ir al basural a buscar comida, ropa y latitas y cobre para vender. Empezó a cobrar la AUH y recibían un bolsón con mercadería que Milagros aprendió a cocinar de forma nutritiva. “Desde Conin le dieron una gran ayuda a mi hermana con su nena y enseguida subió de peso. Cuando la tuvo no sabía cómo alimentarla”, recuerda.
Elena empezó a conocer a otra gente. Primero en las clases de alfabetización en Conin (gracias a un convenio con una escuela para adultos) y después directamente en la escuela nocturna a la que asiste. “Estamos en la fase integral 2. A fin de este año voy a poder recibir el diploma que muestra que terminé la primaria. Lo más lindo es que me enseñan muchas cosas y a no ser pava frente a las otras personas. Algunos te ven ignorante y creen que te pueden ganar. El estudio es una herramienta para poder defenderme”, agrega Elena, que arrancó la primaria a los 20 años. Milagros, a los 18.
Como ya estaban desfasadas en edad, están haciendo un curso acelerado en una escuela para adultos que comparten con compañeros de todas las edades. “El año pasado cursamos con un señor que tenía 86 años. Si él se animó, ¿por qué nosotros nos vamos a sentir mal por lo que diga la gente? Porque hay mucha discriminación. Dicen ‘ahí van las burras que tienen que terminar a la noche’. Si a él no le dio vergüenza, a nosotras tampoco”, dice Elena, que tiene facilidad para las matemáticas.
La dinámica escolar de la familia es escalonada. Tres van al turno mañana, dos al turno tarde y cinco a la nocturna. Como el bolsillo no les alcanza para que cada uno tenga sus útiles escolares, los hermanos comparten las mochilas.
“Vamos comprando de a poco. Les faltan mochilas a las tres guainas grandes, cuadernos y carpetas. De a poco uno se va acomodando. Miguel comparte con Ángel, Cecilia con Marianela, y Elena comparte con Franco. Me siento en paz porque ahora sí pueden cumplir el sueño de ir a la escuela, no importa quién se burle”, cuenta Mariela.
Vivir de hacer alfombras
Una de las apuestas de Conin es que las madres aprendan algún oficio que les sirva para reforzar su autoestima y que también las ayude a generar ingresos extras. Así fue como Milagros y Elena aprendieron a hacer crochet, les enseñaron a sus hermanos y hoy tienen un emprendimiento de venta de alfombras y gomitas de pelo hechas con retazos de telas.
“Con las alfombras vamos tirando. Yo me ocupo de los números”, cuenta la hermana mayor.
Elena no tiene límites. Quiere seguir estudiando y hacer crecer el emprendimiento. Si pudiera pedir tres deseos serían tener una máquina de coser, que a sus hermanos nunca les falte para comer y que tengan un buen futuro. “Milagros quiere ser modista y yo quiero vender todo lo que tengo para comprarle la máquina para ella”, dice con una sonrisa.
Ramírez se ilumina cuando habla de Elena y de sus hermanos. “Notar que van con un entusiasmo a la escuela y no quieren soltar es muy emocionante”, dice conmovida.

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