lunes, 19 de junio de 2023

LA PELOTA "TODO TERRENO"


Icónica y vigente. La pelota “todoterreno” que revolucionó el mercado
Fue una creación del inmigrante italiano Gerildo “Pulpo” Lafranconi, exempleado de Pirelli, hace 90 años
Agustina CanaparoNicolás Cena está hoy al frente de la fábrica de pelotas Pulpo
La historia de la pelota comenzó a escribirse en la década del 30 en una fábrica en el barrio porteño de Saavedra, en la calle Pinto al 3740/50. Allí, el italiano don Gerildo Lanfranconi, un exoperario de la empresa Pirelli, junto a su hermano Arístides y otros socios se dedicaban principalmente a la producción de artículos moldeados en goma de uso industrial y doméstico. Entre ellos, sopapas, bolsas de agua caliente, regatones para sillas, tacos del motor para los automóviles, cuerdas para triciclos, suelas y etiquetas para calzados (entre ellos, Topper y Febo), tapones de goma y pipetas para la industria química, entre otros. Durante una de las jornadas de trabajo a don Gerildo se le ocurrió una fantástica idea: crear una pelota de goma, pero sin pico de inflado. Similar a una cámara, pero un poco más gruesa.
El padre de la criatura fue un visionario y revolucionó el mercado. En aquella época no había un intermedio entre la económica pelota de trapo y la de cuero, inaccesible para la mayoría de los bolsillos. Dicen que su primera tanda de balones fue lisa de color ferrite óxido. A su invento recreativo lo bautizó Pulpo.
Pero ¿cómo se originó ese curioso nombre? A lo largo de su historia surgieron varios mitos. Algunos aseguraban que Pulpo era en honor a las antiguas pulperías o almacenes de barrio en donde era un clásico encontrarla. Pero nada más alejado de la realidad. Se llamó así ya que este era el apodo de don Gerildo, su artífice. Dicen que era un hombre de gran fortaleza y como tenía “tanta fuerza” era capaz de levantar, con un solo brazo, los fardos de caucho, que en aquel entonces pesaban unos 110 kilos. Por esta virtud, le decían cariñosamente el Pulpo. De hecho, durante las jornadas laborales él solía armar divertidas competencias con sus empleados para ver quién tenía más resistencia en los brazos.
Tras las primeras ediciones, Lanfranconi le dio una vuelta de tuerca a la pelota: la transformó en “colorida” para llamar aún más la atención de los chicos. Primero se pintó artesanalmente con esmalte sintético, pero cuando la goma entraba en el proceso de vulcanización con el calor la pintura solía derretirse o quedar borrosa. En ese momento, el Pulpo ideó un sistema revolucionario que le permitió inyectar goma blanca sobre la roja. Diseñó una novedosa máquina extrusora (de doble cabezal) que inyectaba un color sobre el otro. De este modo, la pelota se podía desgastar, pinchar, pero la línea blanca no se borraría jamás. Así, el balón se vistió de rayas y con el tiempo obtuvo el look más tradicional.
También llegó su icónica etiqueta (con forma de rombo) con la palabra Pulpo y debajo, Industria Argentina. Años más tarde, los hermanos Lanfranconi sumaron a su comercialización pelotas de tenis y pelota paleta llamadas LAN-GER.
El juguete se posicionó en el mercado gracias a que su distribución llegaba a cada rincón de la Argentina. Era la estrella de los picaditos en la calle, en los potreros, los clubes de barrio y los balnearios bonaerenses, en donde era un clásico jugar al “cabeza” en la playa. Por aquel entonces llegó uno de sus emblemáticos eslóganes: “Más pique en su negocio con pelotas Pulpo”, transformándose en la gran vedette en los kioscos y almacenes de la ciudad y el interior del país. Era accesible, estaba al alcance de todos. Los niños se volvieron fanáticos: se las encargaban a Papá Noel y a los Reyes Magos. En una época también se entregó como obsequio a todo aquel que llenara su álbum de figuritas. “Vamos a jugar a la pelota”, era la frase más repetida a la salida de las escuelas. “Había mucha demanda. Es que el fútbol era un deporte que se jugaba en todas partes. La fábrica en esa época tenía un sistema de producción continua: estaba abierta todos los días de la semana las 24 horas del día. Se hacían entre cinco mil y seis mil pelotas (de sus diferentes tamaños) por jornada. Era impresionante, tenían más de 80 empleados”, expresa Luis Cena (70), quien actualmente está al frente de la marca junto a su hijo Nicolás.
En 1994, tras la crisis, Juan Carlos Lanfranconi, segunda generación, tomó la decisión de cerrar las persianas de la fábrica de Saavedra. Fue la familia Cena, quienes desde hace años trabajaban en el rubro de las pelotas de goma, la que continuó con la producción en Villa Lynch.
“La pelota se sigue haciendo como la primera que salió”, asegura Nicolás Cena, segunda generación. Por tanda, entran mil unidades al horno. Actualmente, producen aproximadamente dos mil pelotas por día (de todos los tamaños: Nº2, Nº4 y la clásica Nº6, entre otros)

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