Norma Morandini «Me impresiona con qué facilidad pedimos fusilamiento»
Luciana Vázquez
La escritora y dirigente política reflexiona sobre la justicia, la venganza y el dolor ante el asesinato de un familiar; recuerda su experiencia con sus hermanos desaparecidos e invita a preguntarse qué responsabilidad tenemos con los dramas de esta sociedad
La justicia cancela la venganza. Ese es el sentido profundo y primero de la justicia, porque se cancela el ojo por ojo”, plantea. “Una vez que la justicia cancela la venganza, si miramos en conjunto, es un drama brutal para todos los involucrados”, desarrolla sobre el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa. “Es muy cómodo dejar todo en la justicia. Tenemos que preguntarnos qué responsabilidad tenemos con los dramas de esta sociedad”, reflexiona.
La reconocida periodista Norma Morandini estuvo en La Repregunta. Morandini es una dirigente destacada en el área de derechos humanos. Fue diputada y senadora nacional. Y es autora de Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado donde reflexiona sobre el dolor, la democracia y la convivencia a partir de la experiencia de su familia con el secuestro y desaparición de sus hermanos menores Néstor y Cristina, en 1977 a manos de la dictadura.
Después de la sentencia en el caso de Báez Sosa, se instalan preguntas. ¿Cómo se atraviesa el dolor? ¿Tiene reparación el dolor de las víctimas? ¿Qué es hacer justicia? Morandini planteó sus reflexiones. Aquí, pasajes destacados de la entrevista.
–Siempre me ha llamado la atención la manera muy diferente en que los familiares de las víctimas de la dictadura han procesado ese dolor. Sin ánimo alguno de juzgar a una víctima que atraviesa semejante pérdida, resulta muy diferente la actitud de Hebe de Bonafini, muy desafiante en relación a la sociedad, de la actitud de Graciela Fernández Meijide o de la suya, con una voluntad de mayor armonía democrática y de mayor diálogo. ¿Cómo se sale de la condición de víctima luego de una experiencia tan arrasadora? ¿Cómo fue su experiencia?
–Cuando se hace justicia, uno puede ocuparse de otras cuestiones. Hablamos de una víctima que muere a manos de otro ser humano que le priva de la vida. En mi caso, ya ha pasado tiempo. Si hay un proceso personal, la relación con el pasado se va domesticando. Es posible hablar del pasado cuando ya han desaparecido la ira y el miedo. Agradezco a la vida que me haya permitido procesar aquel dolor inicial de cuando tuve que acompañar a mi madre en lo que era la ausencia de mis dos hermanos menores en la mesa familiar. No tengo un mérito por eso. He podido hacer un proceso. Darle sentido al sacrificio es fundamental para que no haya otras víctimas. Me gusta que pongas la mirada en el dolor porque también me hago todo el tiempo una pregunta: ¿qué tiene herida el alma de nuestro país que es un país movido a muerte? Siempre es la muerte la que nos lleva al debate sobre situaciones que, normalmente, en las democracias, suelen evolucionar a partir de la libertad, el derecho a la vida compartida. Tendríamos que mirar estos hechos dolorosos de hoy en ese marco para no caer en los juicios personales porque cada persona tiene una índole. En mi caso, tengo una índole compasiva en relación a los crímenes que han estado en el ojo público en las últimas semanas. Me impresiona con qué facilidad pedimos fusilamiento. Me impresiona mucho la ausencia de compasión a nosotros mismos. ¿Qué nos ha pasado como país?
–En el caso de su familia, el Juicio a las Juntas funcionó de algún modo como justicia. ¿Que llegue una condena y una pena es importante para poder salir de esa condición de víctima y volver a lanzarse a la vida?
–También la cuestión del tiempo transcurrido. Junté en televisión a Jack Fuchs, sobreviviente de Auschwitz, y a Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, un joven y un viejo. El joven necesita olvidar para vivir y la gente de más edad necesita recordar para no morir. Se trata de recordar con una cierta ingenuidad que permite que uno crea que, con el testimonio personal, va a evitar que le suceda lo mismo a otras personas. Es el sentido profundo que uno le puede dar al hecho de ser víctima. Insisto, además, con esta idea: fui víctima en un momento, ya no soy más víctima. Si no, se cae en la ideología de la victimización que, sobre todo cuando se usa en política, es muy dañina. Hannah Arendt decía que cuando se gobierna sobre cadáveres, desaparecen las categorías políticas. Que hoy haya justicia en estos casos es lo que permite que nos hagamos cargo como sociedad de una verdad. O que podamos plantear una pregunta, para no eludir la responsabilidad colectiva: ¿qué hemos hecho con nuestros jóvenes formados en estos últimos 20 años para que haya respuestas tan brutales?
– Uno de los debates en torno al juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa tiene que ver con la escala de la condena pedida, la prisión perpetua. Algunos sostenían que si a Videla se le dio perpetua, parecía desproporcionado aplicar la misma pena. El reconocido constitucionalista Roberto Gargarella planteó una pregunta interesante: si más pena es necesariamente más justicia. ¿Cómo lo ve usted?
–No puedo hacer un juicio como el de Gargarella porque no soy abogada. Pero dejame que te advierta sobre dos situaciones completamente diferentes. En el Juicio a las Juntas, la sociedad estaba ausente. No nos permitían usar el grabador. Es decir, era oral pero no fue totalmente público. En cambio, en esta espectacularidad del juicio al que nos estamos refiriendo, la sociedad estuvo mirando todo el tiempo. Es una oportunidad ya no de juzgar cómo fue la sentencia, pero sí podemos intentar observar el comportamiento de la sociedad. A mí me impresiona no sólo en el sentido de qué hacemos las personas con ese dolor sino qué hace la sociedad. Te confieso que me da una profunda compasión por todos nosotros. Por supuesto que tiene que haber juicio y condena. Pero si uno tiene una visión humanitaria, hay que pensar que cuando se es joven, se tiene la posibilidad de recuperación y de rehabilitación. No estoy emitiendo un juicio sobre la sentencia: porque se juzgó, podemos permitirnos hablar otras cosas. En mi caso, tal vez por esa condición de víctima, que ya no soy, y por haber podido procesar de alguna manera más sabia lo que pasó en mi familia, me impresiona mucho cómo nunca nos preguntamos, como sociedad, qué responsabilidad cabe. Insisto, el hecho ya se juzgó. Ahora saquemos a la Argentina del expediente y a ver cuánto somos capaces de preguntarnos sobre los temas y los dolores colectivos que nos están increpando como sociedad en relación a nuestros jóvenes.
–¿Cuál es la función de la justicia? Uno de los debates en torno a la perpetua para Videla era si hacer justicia implicaba que muriera anciano y enfermo en la cárcel. O si era más justo que, aún habiendo cometido los crímenes que cometió, pudiera atravesar su vejez en prisión domiciliaria. ¿Qué piensa alguien que fue impactada por esos crímenes?
–La justicia cancela la venganza. Ese es el sentido profundo y primero de la justicia, porque se cancela el ojo por ojo. Insisto, yo no puedo opinar sobre la sentencia en el caso actual. Tengo que confiar en los jueces y en que el proceso se realizó como debe ser en una democracia, con todas las garantías. Como eso está en la justicia, qué oportunidad para preguntarnos qué hacemos con ese dolor. Me impresiona cómo cada grupo va con sus propios muertos. Tenemos madres del dolor por las víctimas de la violencia policial, las madres del pañuelo blanco, las madres de la droga. Cada década democrática va incorporando al espacio público nuevas víctimas y nuevos dolores que no se vive como un dolor colectivo. No nos hacemos cargo del dolor colectivo. Una vez que hay una sentencia con la que la justicia cancela la venganza, si miramos en conjunto, es un drama brutal para todos los involucrados. Sobre tu pregunta, yo confío siempre en el ser humano. Confío en la evolución. Confío en que la cárcel pueda cumplir su función educativa y de reflexión. Espero que estos hoy jóvenes, cuando salgan de la cárcel ya adultos y maduros, puedan hacer de este sacrificio también un aporte, el que sea.
–La Constitución dice que la cárcel no debe ser un ámbito de castigo que se suma a la pena que ya recibió el condenado. ¿Las cárceles argentinas están en condiciones de cumplir con la reforma y reinserción social de los condenados? Si no, se estaría agregando un castigo.
–Seguramente. Por eso, aprovechemos el impacto ya provocado por estos juicios y las sentencias para ocuparnos de las cosas de las que tenemos que ocuparnos: esta es una, las cárceles no pueden ser un castigo. La mala situación de las cárceles no puede invalidar que se cumpla una sentencia como corresponde. También debe cumplirse en igualdad de condiciones, sin hacer diferencias.
–¿Cómo evalúa usted esa posibilidad de que el victimario le pida perdón a la víctima, una posibilidad que ofrece el sistema de justicia en la Argentina?
–Sí, es lo que se llama “justicia restaurativa”. Si uno lo lleva al plano de las dictaduras, es lo que se hizo en Sudáfrica. Pero entre nosotros es muy difícil hablar de la palabra “reconciliación” en relación a la dictadura. ¿Qué es lo que hace una dictadura? Viola la convivencia democrática. Uno tiene todo el derecho a preguntarse cuándo los argentinos vamos a restituir lo que la dictadura violó, que es convivir pacíficamente en la diferencia. Otra cosa es el perdón: el perdón no se debate públicamente, es íntimo y nadie puede pedir perdón por nadie. Hay que hacerlo sin la espectacularidad de lo público. Para eso, tiene que haber justicia y tiene que desaparecer el miedo y la ira. Las heridas permanecen pero el tiempo ayuda a que las heridas sean más tolerables y permite dejar el odio atrás. Pero eso no es una decisión. Por eso agradezco a la vida que me haya privado del odio. Me ha ayudado a mí, no a los destinatarios del odio. Yo creo fundamentalmente en el ser humano y creo que tenemos que sacar lo mejor de nosotros, no lo peor. El odio es lo que te destruye. Nos lo enseñó Mandela.
–Hay quienes sostienen que la de idea de que el victimario podría pedirle perdón a la víctima es imposible en el caso de un asesinato porque la verdadera víctima ya no está. ¿Usted le encuentra sentido a esa instancia de perdón aunque no sea la víctima directa de lo sucedido?
–Yo ni siquiera me he preguntado si perdono. Ni siquiera lo he pensado. En mi libro queda claro cuántos años han tenido que pasar para que me anime a indagar una intimidad profundísima, que es preguntarme por qué mis hermanos no sobrevivieron cuando hubo tanta otra gente que sobrevivió en la Esma. Yo creo que la vida te protege. Entre los sobrevivientes de Auschwitz y del Holocausto, hay tres o cuatro escritores que escribieron esas experiencias e inmediatamente después, se suicidaron. Eso deja la enorme sospecha de que es muy difícil hablar de este dolor íntimo. Hay grados de dolores. Yo puedo dar testimonio de mi caso personal. A mí, no odiar me ha dado una serenidad en la vida que me protegió. Pude darle un sentido a ese dolor y al sacrificio para que no haya otros dolores como el de mi familia, como el mío, como el de tantísima familia en la Argentina. Por eso me perturba que aquellos que invocan los derechos humanos sigan provocando dolores. Ahí es adonde hay que mirar: hay que ponernos en cuerpo y alma como sociedad para ver qué sociedad queremos construir. ¿Queremos seguir matándonos o queremos vivir en una sociedad pacífica, respetuosa de los derechos humanos y del dolor ajeno? La hija de Mandela fue embajadora de Sudáfrica en la Argentina. La invitamos al Senado. Fue una maravilla lo que nos dejó como enseñanza. Dijo: “Yo no me puedo poner en los zapatos de mi padre pero sí puedo intentar caminar como mi padre”. Uno puede dar testimonio de que se puede caminar de otra manera, amando al otro, amando a la sociedad en la que vive y siendo responsable de los otros también. Porque si no, es muy cómodo dejar todo en la justicia. Tenemos que preguntarnos qué responsabilidad tenemos con los dramas de esta sociedad.
–Una de las delicadísimas reflexiones de estos días tiene que ver con esta cuestión de una madre que pierde un hijo en una situación tan violenta. ¿Su mamá tuvo en algún momento una posición punitivista extrema en relación a las Juntas? ¿Cómo vivía ella ese pedido de justicia?
–Mi madre fue de las que denunciaron las desapariciones desde el inicio.cuando uno ha hecho lo que debía o creía que debía hacer, el tiempo te va dando respuestas. Conozco madres que no han denunciado porque sus maridos creían que había que recurrir a sus contactos y las he visto morir con depresiones. Los griegos escondían a las madres que habían perdido a sus hijos porque decían que no hay dolor que subvierta más a una sociedad. Hay experiencias individuales. La de mi madre ha sido de una gran luminosidad. Hay madres que se escondían para llorar. Durante mucho tiempo, para mí, mi madre fue aquella mujer que había perdido a sus hijos: era un ser investido de dolor. Con el tiempo, cuando los nietos crecieron, fue apareciendo esa dimensión familiar en ella y esa índole que yo le reconozco. Mi madre me ha dejado el compromiso con la vida. Mi padre, una mirada compasiva. Por eso me sorprende con qué facilidad nos lastimamos unos a otros. Para mí, los derechos humanos han sido una religión laica. Me aferro a esa belleza. Esa utopía de que nacemos todos iguales, de que somos seres de razón y estamos obligados a actuar fraternalmente.
La justicia cancela la venganza. Ese es el sentido profundo y primero de la justicia, porque se cancela el ojo por ojo”, plantea. “Una vez que la justicia cancela la venganza, si miramos en conjunto, es un drama brutal para todos los involucrados”, desarrolla sobre el juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa. “Es muy cómodo dejar todo en la justicia. Tenemos que preguntarnos qué responsabilidad tenemos con los dramas de esta sociedad”, reflexiona.
La reconocida periodista Norma Morandini estuvo en La Repregunta. Morandini es una dirigente destacada en el área de derechos humanos. Fue diputada y senadora nacional. Y es autora de Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado donde reflexiona sobre el dolor, la democracia y la convivencia a partir de la experiencia de su familia con el secuestro y desaparición de sus hermanos menores Néstor y Cristina, en 1977 a manos de la dictadura.
Después de la sentencia en el caso de Báez Sosa, se instalan preguntas. ¿Cómo se atraviesa el dolor? ¿Tiene reparación el dolor de las víctimas? ¿Qué es hacer justicia? Morandini planteó sus reflexiones. Aquí, pasajes destacados de la entrevista.
–Siempre me ha llamado la atención la manera muy diferente en que los familiares de las víctimas de la dictadura han procesado ese dolor. Sin ánimo alguno de juzgar a una víctima que atraviesa semejante pérdida, resulta muy diferente la actitud de Hebe de Bonafini, muy desafiante en relación a la sociedad, de la actitud de Graciela Fernández Meijide o de la suya, con una voluntad de mayor armonía democrática y de mayor diálogo. ¿Cómo se sale de la condición de víctima luego de una experiencia tan arrasadora? ¿Cómo fue su experiencia?
–Cuando se hace justicia, uno puede ocuparse de otras cuestiones. Hablamos de una víctima que muere a manos de otro ser humano que le priva de la vida. En mi caso, ya ha pasado tiempo. Si hay un proceso personal, la relación con el pasado se va domesticando. Es posible hablar del pasado cuando ya han desaparecido la ira y el miedo. Agradezco a la vida que me haya permitido procesar aquel dolor inicial de cuando tuve que acompañar a mi madre en lo que era la ausencia de mis dos hermanos menores en la mesa familiar. No tengo un mérito por eso. He podido hacer un proceso. Darle sentido al sacrificio es fundamental para que no haya otras víctimas. Me gusta que pongas la mirada en el dolor porque también me hago todo el tiempo una pregunta: ¿qué tiene herida el alma de nuestro país que es un país movido a muerte? Siempre es la muerte la que nos lleva al debate sobre situaciones que, normalmente, en las democracias, suelen evolucionar a partir de la libertad, el derecho a la vida compartida. Tendríamos que mirar estos hechos dolorosos de hoy en ese marco para no caer en los juicios personales porque cada persona tiene una índole. En mi caso, tengo una índole compasiva en relación a los crímenes que han estado en el ojo público en las últimas semanas. Me impresiona con qué facilidad pedimos fusilamiento. Me impresiona mucho la ausencia de compasión a nosotros mismos. ¿Qué nos ha pasado como país?
–En el caso de su familia, el Juicio a las Juntas funcionó de algún modo como justicia. ¿Que llegue una condena y una pena es importante para poder salir de esa condición de víctima y volver a lanzarse a la vida?
–También la cuestión del tiempo transcurrido. Junté en televisión a Jack Fuchs, sobreviviente de Auschwitz, y a Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, un joven y un viejo. El joven necesita olvidar para vivir y la gente de más edad necesita recordar para no morir. Se trata de recordar con una cierta ingenuidad que permite que uno crea que, con el testimonio personal, va a evitar que le suceda lo mismo a otras personas. Es el sentido profundo que uno le puede dar al hecho de ser víctima. Insisto, además, con esta idea: fui víctima en un momento, ya no soy más víctima. Si no, se cae en la ideología de la victimización que, sobre todo cuando se usa en política, es muy dañina. Hannah Arendt decía que cuando se gobierna sobre cadáveres, desaparecen las categorías políticas. Que hoy haya justicia en estos casos es lo que permite que nos hagamos cargo como sociedad de una verdad. O que podamos plantear una pregunta, para no eludir la responsabilidad colectiva: ¿qué hemos hecho con nuestros jóvenes formados en estos últimos 20 años para que haya respuestas tan brutales?
– Uno de los debates en torno al juicio por el asesinato de Fernando Báez Sosa tiene que ver con la escala de la condena pedida, la prisión perpetua. Algunos sostenían que si a Videla se le dio perpetua, parecía desproporcionado aplicar la misma pena. El reconocido constitucionalista Roberto Gargarella planteó una pregunta interesante: si más pena es necesariamente más justicia. ¿Cómo lo ve usted?
–No puedo hacer un juicio como el de Gargarella porque no soy abogada. Pero dejame que te advierta sobre dos situaciones completamente diferentes. En el Juicio a las Juntas, la sociedad estaba ausente. No nos permitían usar el grabador. Es decir, era oral pero no fue totalmente público. En cambio, en esta espectacularidad del juicio al que nos estamos refiriendo, la sociedad estuvo mirando todo el tiempo. Es una oportunidad ya no de juzgar cómo fue la sentencia, pero sí podemos intentar observar el comportamiento de la sociedad. A mí me impresiona no sólo en el sentido de qué hacemos las personas con ese dolor sino qué hace la sociedad. Te confieso que me da una profunda compasión por todos nosotros. Por supuesto que tiene que haber juicio y condena. Pero si uno tiene una visión humanitaria, hay que pensar que cuando se es joven, se tiene la posibilidad de recuperación y de rehabilitación. No estoy emitiendo un juicio sobre la sentencia: porque se juzgó, podemos permitirnos hablar otras cosas. En mi caso, tal vez por esa condición de víctima, que ya no soy, y por haber podido procesar de alguna manera más sabia lo que pasó en mi familia, me impresiona mucho cómo nunca nos preguntamos, como sociedad, qué responsabilidad cabe. Insisto, el hecho ya se juzgó. Ahora saquemos a la Argentina del expediente y a ver cuánto somos capaces de preguntarnos sobre los temas y los dolores colectivos que nos están increpando como sociedad en relación a nuestros jóvenes.
–¿Cuál es la función de la justicia? Uno de los debates en torno a la perpetua para Videla era si hacer justicia implicaba que muriera anciano y enfermo en la cárcel. O si era más justo que, aún habiendo cometido los crímenes que cometió, pudiera atravesar su vejez en prisión domiciliaria. ¿Qué piensa alguien que fue impactada por esos crímenes?
–La justicia cancela la venganza. Ese es el sentido profundo y primero de la justicia, porque se cancela el ojo por ojo. Insisto, yo no puedo opinar sobre la sentencia en el caso actual. Tengo que confiar en los jueces y en que el proceso se realizó como debe ser en una democracia, con todas las garantías. Como eso está en la justicia, qué oportunidad para preguntarnos qué hacemos con ese dolor. Me impresiona cómo cada grupo va con sus propios muertos. Tenemos madres del dolor por las víctimas de la violencia policial, las madres del pañuelo blanco, las madres de la droga. Cada década democrática va incorporando al espacio público nuevas víctimas y nuevos dolores que no se vive como un dolor colectivo. No nos hacemos cargo del dolor colectivo. Una vez que hay una sentencia con la que la justicia cancela la venganza, si miramos en conjunto, es un drama brutal para todos los involucrados. Sobre tu pregunta, yo confío siempre en el ser humano. Confío en la evolución. Confío en que la cárcel pueda cumplir su función educativa y de reflexión. Espero que estos hoy jóvenes, cuando salgan de la cárcel ya adultos y maduros, puedan hacer de este sacrificio también un aporte, el que sea.
–La Constitución dice que la cárcel no debe ser un ámbito de castigo que se suma a la pena que ya recibió el condenado. ¿Las cárceles argentinas están en condiciones de cumplir con la reforma y reinserción social de los condenados? Si no, se estaría agregando un castigo.
–Seguramente. Por eso, aprovechemos el impacto ya provocado por estos juicios y las sentencias para ocuparnos de las cosas de las que tenemos que ocuparnos: esta es una, las cárceles no pueden ser un castigo. La mala situación de las cárceles no puede invalidar que se cumpla una sentencia como corresponde. También debe cumplirse en igualdad de condiciones, sin hacer diferencias.
–¿Cómo evalúa usted esa posibilidad de que el victimario le pida perdón a la víctima, una posibilidad que ofrece el sistema de justicia en la Argentina?
–Sí, es lo que se llama “justicia restaurativa”. Si uno lo lleva al plano de las dictaduras, es lo que se hizo en Sudáfrica. Pero entre nosotros es muy difícil hablar de la palabra “reconciliación” en relación a la dictadura. ¿Qué es lo que hace una dictadura? Viola la convivencia democrática. Uno tiene todo el derecho a preguntarse cuándo los argentinos vamos a restituir lo que la dictadura violó, que es convivir pacíficamente en la diferencia. Otra cosa es el perdón: el perdón no se debate públicamente, es íntimo y nadie puede pedir perdón por nadie. Hay que hacerlo sin la espectacularidad de lo público. Para eso, tiene que haber justicia y tiene que desaparecer el miedo y la ira. Las heridas permanecen pero el tiempo ayuda a que las heridas sean más tolerables y permite dejar el odio atrás. Pero eso no es una decisión. Por eso agradezco a la vida que me haya privado del odio. Me ha ayudado a mí, no a los destinatarios del odio. Yo creo fundamentalmente en el ser humano y creo que tenemos que sacar lo mejor de nosotros, no lo peor. El odio es lo que te destruye. Nos lo enseñó Mandela.
–Hay quienes sostienen que la de idea de que el victimario podría pedirle perdón a la víctima es imposible en el caso de un asesinato porque la verdadera víctima ya no está. ¿Usted le encuentra sentido a esa instancia de perdón aunque no sea la víctima directa de lo sucedido?
–Yo ni siquiera me he preguntado si perdono. Ni siquiera lo he pensado. En mi libro queda claro cuántos años han tenido que pasar para que me anime a indagar una intimidad profundísima, que es preguntarme por qué mis hermanos no sobrevivieron cuando hubo tanta otra gente que sobrevivió en la Esma. Yo creo que la vida te protege. Entre los sobrevivientes de Auschwitz y del Holocausto, hay tres o cuatro escritores que escribieron esas experiencias e inmediatamente después, se suicidaron. Eso deja la enorme sospecha de que es muy difícil hablar de este dolor íntimo. Hay grados de dolores. Yo puedo dar testimonio de mi caso personal. A mí, no odiar me ha dado una serenidad en la vida que me protegió. Pude darle un sentido a ese dolor y al sacrificio para que no haya otros dolores como el de mi familia, como el mío, como el de tantísima familia en la Argentina. Por eso me perturba que aquellos que invocan los derechos humanos sigan provocando dolores. Ahí es adonde hay que mirar: hay que ponernos en cuerpo y alma como sociedad para ver qué sociedad queremos construir. ¿Queremos seguir matándonos o queremos vivir en una sociedad pacífica, respetuosa de los derechos humanos y del dolor ajeno? La hija de Mandela fue embajadora de Sudáfrica en la Argentina. La invitamos al Senado. Fue una maravilla lo que nos dejó como enseñanza. Dijo: “Yo no me puedo poner en los zapatos de mi padre pero sí puedo intentar caminar como mi padre”. Uno puede dar testimonio de que se puede caminar de otra manera, amando al otro, amando a la sociedad en la que vive y siendo responsable de los otros también. Porque si no, es muy cómodo dejar todo en la justicia. Tenemos que preguntarnos qué responsabilidad tenemos con los dramas de esta sociedad.
–Una de las delicadísimas reflexiones de estos días tiene que ver con esta cuestión de una madre que pierde un hijo en una situación tan violenta. ¿Su mamá tuvo en algún momento una posición punitivista extrema en relación a las Juntas? ¿Cómo vivía ella ese pedido de justicia?
–Mi madre fue de las que denunciaron las desapariciones desde el inicio.cuando uno ha hecho lo que debía o creía que debía hacer, el tiempo te va dando respuestas. Conozco madres que no han denunciado porque sus maridos creían que había que recurrir a sus contactos y las he visto morir con depresiones. Los griegos escondían a las madres que habían perdido a sus hijos porque decían que no hay dolor que subvierta más a una sociedad. Hay experiencias individuales. La de mi madre ha sido de una gran luminosidad. Hay madres que se escondían para llorar. Durante mucho tiempo, para mí, mi madre fue aquella mujer que había perdido a sus hijos: era un ser investido de dolor. Con el tiempo, cuando los nietos crecieron, fue apareciendo esa dimensión familiar en ella y esa índole que yo le reconozco. Mi madre me ha dejado el compromiso con la vida. Mi padre, una mirada compasiva. Por eso me sorprende con qué facilidad nos lastimamos unos a otros. Para mí, los derechos humanos han sido una religión laica. Me aferro a esa belleza. Esa utopía de que nacemos todos iguales, de que somos seres de razón y estamos obligados a actuar fraternalmente.
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