lunes, 17 de abril de 2023

CAMBIO CLIMÁTICO


Un civismo planetario para preservar la vida
Las generaciones futuras dependen de lo que hagamos hoy con el calentamiento Por Luis Castelli
Alejandro GuyotUna vista aérea de paneles solares en los techos de las casas en Colne, Inglaterra
Hemos dejado de creer en tantas cosas que no debería sorprendernos ahora que las pruebas resulten insuficientes para modificar nuestro comportamiento, aun cuando esté en juego nuestra propia subsistencia. Esa es nuestra civilización. Hay reacciones individuales, marchas apocalípticas organizadas en las redes sociales –que aumentan el escepticismo–, pero en términos globales hay una estructura patológica de negación, incluso ante las tormentas desmesuradas, los veranos incandescentes, las inundaciones recurrentes y las cada vez más prolongadas sequías. Así, aunque las evidencias científicas sean abrumadoras, nunca alcanzan.
Es cierto que Copérnico y Galileo enfrentaron oposiciones y críticas al exponer ideas sobre la astronomía que desafiaban las enseñanzas y las teorías de Ptolomeo, predominantes en la época. Pero en esas disputas no había nada que pudiera estar afectando la supervivencia desde un punto de vista objetivo. Lo que se ponía en jaque era la estabilidad de un sistema de creencias acerca de una cosmovisión, una ideología, que sostenía la Iglesia. Pero no se ponía en duda la continuidad de la vida en la Tierra. Mostrarse indiferente hacia la desaparición de otras especies es ignorar hasta qué punto se es indiferente a la eventual conservación de la propia especie. La mitología del siglo XXI es monoteísta: solo importa el dinero. Es preferible morir por él a vivir alejado de sus encantos. Quizás por eso en todas las cumbres del clima se expresa, con prosa contorsionada, la urgencia de actuar, aunque las acciones jamás se cumplen.
Hace apenas unos días el Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) ha dado a conocer los resultados de una nueva serie de informes acerca de las consecuencias que ya tiene y seguirá teniendo el fenómeno en todo el planeta. A decir verdad, todos sus informes refuerzan lo que ya sabemos: la actividad humana ha calentado en forma alarmante la atmósfera, el océano y la tierra.
El documento, acordado en la ciudad suiza de Interlaken por representantes de las casi 200 naciones que participan en las negociaciones sobre cambio climático, se parece bastante a un ultimátum. António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas (ONU), ha definido el documento como una “guía práctica para desactivar la bomba de relojería climática”, y aseguró que “el límite de 1,5 grados establecido en París es alcanzable todavía”. Para conseguir ese objetivo, instó a los países desarrollados a comprometerse con las emisiones netas cero (absorber tanto carbono como el que emiten) en torno a 2040. Se busca dar “un salto cuántico en la acción” que lleve a “acelerar masivamente los esfuerzos climáticos en todas las naciones y en todos los sectores”. Llamó a los países desarrollados a cumplir su promesa de ayudar a los países en desarrollo.
En el informe de síntesis, preparado para los responsables de la toma de decisiones, se reúnen datos que brindan precisión a otros que se han ido publicando desde que el organismo fue creado, en 1988, con el objetivo de que la ciencia sirva como insumo a las decisiones políticas de los gobiernos.
El Acuerdo de París de 2015 estableció que los países debían reducir sus emisiones para lograr que el incrementode la temperatura no supe re, a finales de siglo ,2 grados Celsius con respecto a los niveles preindustriales y, en el mejor de los casos, para mantenerse por debajo de los 1,5 grados. Sin embargo el planeta ya está en un calentamiento de 1,1 grados y los científicos pronostican que en las próximas dos décadas se podrían superar los 1,5 grados Celsius debido a las emisiones acumuladas. Es decir, nos encontramos a solo unas décimas de grado de alcanzar el objetivo globalmente aceptado para fin de siglo. De acuerdo a como marchan las economías más grandes del planeta y a los compromisos de descarbonización de sus matrices energéticas, se calcula que para finales de siglo el planeta estaría experimentando un aumento de la temperatura del orden de 2,5 a 3 grados centígrados respecto del período preindustrial. Es la advertencia más contundente del informe.
Presente y futuro
En otras palabras, estamos ante un período de vital importancia para definir nuestro porvenir y el de los ecosistemas. Está en juego algo mucho más concreto y cercano que la supuesta extinción de nuestra especie: se trata del bienestar y el dolor humano y animal de las generaciones futuras, pero también de las actuales. Porque las sequías, las olas de calor, los ciclones tropicales, la falta de alimentos, las migraciones, los incendios incontrolables, la pérdida de biodiversidad, el deshielo, la subida del nivel del mar, el deterioro del océano y las ciudades inhabitables –por poner algunos ejemplos– son ya una realidad. ¿Qué pasaría si a futuro se dieran los peores escenarios, como los más de 4ºc sobre los niveles preindustriales que es posible alcanzar para finales de siglo si no se actúa de forma urgente?
La ruta a recorrer es clara: para conseguir el objetivo de mantener el calentamiento, a finales de siglo, por debajo de los 1,5 grados, las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero deberán reducirse en 2030 un 43% respecto a los niveles de 2019 (que son prácticamente los actuales), un 60% en 2035 y un 84% en 2050. Ocurre que los actuales compromisos voluntarios de los gobiernos de disminuir sus emisiones de gases efecto invernadero, presentados en el marco del Acuerdo de París, nos llevan a un incremento de la temperatura de 2,8 grados y cada décima de grado de aumento en la temperatura multiplica los efectos negativos de la crisis.
El documento del Panel de Cambio Climático, que reconoce los años de acción perdidos, señala las herramientas más efectivas para afrontar el calentamiento global. Allí reside posiblemente el punto más esperanzador del informe: hay opciones limpias disponibles. Si la tecnología se adoptara rápidamente, se podrían reducir a la mitad las emisiones globales para 2030 a un costo manejable. Y es muy probable que los beneficios económicos para la salud humana derivados solo de la mejora de la calidad del aire serían aproximadamente iguales –o quizás superiores– a los costos que implican reducir las emisiones.
De modo que si queremos evitar las consecuencias más graves del cambio climático debemos reducir, de modo drástico y con urgencia, las emisiones de gases de efecto invernadero en todos los sectores de la economía. En primer lugar, la energía solar y eólica son la mejor opción, con el potencial de reducir la asombrosa cantidad de 8000 millones de toneladas de emisiones anuales de CO2 para 2030 (cifra equivalente a las emisiones combinadas de Estados Unidos y la Unión Europea en la actualidad). Por otro lado, es posible apelar a la eficiencia energética en los edificios, la industria, la iluminación y los electrodomésticos; el cese de la deforestación y la reducción de las emisiones de metano.
Es cierto que, dado que no podemos apagar los combustibles fósiles de la noche a la mañana, en el caso de continuar las tendencias actuales se prevé que la demanda energética casi se duplique para 2050, con lo cual las emisiones superarán enormemente la cantidad de carbono que se puede emitir. Por eso el IPCC considera que, inevitablemente, tendremos que eliminar miles de billones de toneladas de CO₂ de la atmósfera, y hay dos formas de hacerlo. Una es con métodos de gestión de la tierra, como la reforestación. La otra, capturar y almacenar carbono bajo tierra o en los océanos a través de nuevas tecnologías que se encuentran en fases muy tempranas de desarrollo.
Un detalle significativo a resaltar del IPCC es que miles de personas de todo el mundo contribuyen a conformarlo. Expertos que ofrecen voluntariamente su tiempo para evaluar los innumerables artículos científicos que se publican, cada año, con el fin de elaborar un resumen exhaustivo de lo que se sabe sobre los factores que impulsan el cambio climático, sus impactos y futuros riesgos. Incluso sobre la forma de reducir esos riesgos mediante la adaptación y la mitigación. De allí que el prestigio del organismo resida en su independencia, en el hecho de que esos científicos trabajan para transformar las últimas investigaciones globales en informes revisados en diversas fases, de modo de garantizar la exactitud, la objetividad y la transparencia, para luego ser aprobados por los gobiernos del mundo. Posiblemente, estamos frente a uno de los mayores esfuerzos científicos de la historia.
La pregunta es si, como civilización, y con un porvenir ensombrecido por la amenaza de los trastornos climáticos, seremos capaces de reaccionar y actuar según las recomendaciones que nos brinda el IPCC. O si teniendo a nuestro alcance la información suficiente y estando en condiciones de enfrentar la crisis carecemos de la decisión política de hacerlo.
Si bien la eficacia del Acuerdo de París depende de la voluntad de los países firmantes, cabe resaltar algunos casos que, aun aislados, merecen una reflexión.
Hace poco más de un año el Tribunal Administrativo de París emitió un dictamen que ordena al Estado francés a cumplir sus compromisos frente a la lucha contra el cambio climático. En concreto, se exige al gobierno respetar el objetivo nacional de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en el país en un 40% para 2030, en comparación con 1990. La demanda, interpuesta por cuatro ONG, estuvo respaldada por una petición de más de 2,3 millones de ciudadanos. La tendencia se ha extendido a otras naciones: en los Países Bajos, la Corte Suprema ordenó al gobierno reducir las emisiones de gases de efecto invernadero más rápido de lo planeado y un tribunal local ordenó a Shell que redujera las emisiones de carbono de su petróleo y gas en un 45% para 2030. Los jueces afirmaron que la compañía había formulado una serie de metas para ser más sostenible, pero que a dicha política “le falta concreción y está llena de reservas”.
En Alemania, el Tribunal Constitucional dictaminó que se debe actualizar la ley climática a fin de precisar cómo reducirá las emisiones de carbono. Estableció que no tener objetivos de reducción de emisiones contaminantes más allá de 2030 perjudica a la juventud respecto a los mayores. Según el fallo, considerando los objetivos actuales, los jóvenes tendrán que soportar reducciones de emisiones mucho más grandes en el futuro que las que deben afrontar sus antecesores en la actualidad. El tribunal consideró que sería incorrecto permitir que una generación “use gran parte del presupuesto de dióxido de carbono con una carga de reducción comparativamente leve, si eso significa que las siguientes generaciones deberán afrontar una carga de reducción radical y sus vidas estarán expuestas a límites integrales a la libertad”.
Destino compartido
En Australia, el Tribunal Federal emitió una sentencia en el caso de una demanda colectiva presentada “en nombre de todos los niños y adolescentes australianos”, cuyo objetivo era evitar la aprobación de un proyecto de extensión de una mina de carbón, argumentando que su ampliación generaría emisiones que pondrían en peligro su futuro debido a los peligros climáticos. La sentencia fue luego revocada, pero no deja de ser novedosa la petición y los argumentos utilizados. El desarrollo sustentable implica la satisfacción de las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras. Entonces, considerar los efectos de los proyectos actuales sobre el futuro de los actuales jóvenes (y por qué no sobre la vida de quienes aún no han nacido) no parece absurdo.
Quizá la falencia está en que, como afirma Edgar Morin en su libro Tierra Patria, pese a que la era planetaria se inició hace cinco siglos con los viajes de Colón y Magallanes y con los descubrimientos de Copérnico y Galileo, estamos en un mundo que adolece no solo de una autoridad mundial legítima para asuntos vitales, como la conservación de la biosfera o la preservación del bienestar humano en el planeta, sino también de una comunidad de destino compartido. Posiblemente para actuar como civilización, como “mundo”, la humanidad requiera de una perspectiva global, de la que habitualmente carece. Sin embargo en todas estas acciones hay un indudable y esperanzador civismo planetario que, independiente de las burocracias, resulta inspirador y contribuye a que todos tengamos un planeta más habitable.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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