¿Qué tan bueno era realmente Picasso?
Este mes se cumple medio siglo de la muerte del pintor Pablo Picass
Se cumplen 50 años de la muerte del artista ejemplar del modernismo y todavía no se termina de ordenar su caos
Sebastian Smee
El Picasso azul, el rosa y el cubista. El Picasso surrealista, el ceramista y el Picasso tardío. El Picasso mundano, en ropa interior o en camisa con moñito. El Picasso arlequín, el Picasso torero. El Picasso antifascista, el Picasso comunista, y la paloma de la paz. El Picasso bromista, el Picasso enamorado y el Picasso libidinoso.
"Las señoritas de Avignon", de 1907 (Museo de Arte Moderno/Patrimonio de Pablo Picasso/Sociedad de Derechos de Artistas, Nueva York)Sí, Pablo Picasso no se privó de nada. Murió hace exactamente medio siglo, a los 91 años, y todavía seguimos tratando de ordenar ese caos. Mientras que los artistas norteamericanos más celebrados de la posguerra -Jason Pollock, Mark Rothko, Helen Frankenthaler, Roy Lichtenstein- tuvieron la gentileza de encontrar un estilo claro y reconocible, y apegarse al mismo, Picasso fue un camaleón consumado. Como artista, y como hombre, fue tan asombrosamente cambiante que parece no habernos dejado otra opción que reducirlo a una especie de signo: Picasso=genio multifacético.
Ya no hace falta que la gente logre conectarlo con alguna forma de arte actual, porque es sinónimo de algo mayor: la creatividad sin límites. De hecho, es todavía mejor. Hay una clara línea que conecta la descripción que hizo Picasso de sus cuadros como “una suma de destrucciones”, con el mantra capitalista de la “creación destructiva” y el antiguo lema interno de Facebook, “Moverse rápido y romper todo”. Exaltar la obra de Picasso como fruto del puro genio ciertamente facilita que las corporaciones puedan invocar su nombre para vender productos y los museos para vender entradas.
Para este año hay programadas unas 50 exhibiciones en Europa y Estados Unidos en el marco del programa “Celebration Picasso 1973-2023″, una iniciativa apoyada por los gobiernos de Francia y España. Algunas de esas muestras trataran de resolver el problema de la extraordinaria productividad del artista enfocándose en un año en particular de su vida -Picasso 1906: La gran transformación, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid- o apenas en tres meses -Picasso in Fontainebleau, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York-. Muchas otras muestras, demasiadas para nombrarlas, intentarán domarlo comparando su obra con la de otros artistas (El Greco, Max Beckmann, Nicolas Poussin, Joan Miró), de escritores (Gertrude Stein), y hasta de sus amantes (Fernande Olivier, Françoise Gilot). En junio, el Museo de Brooklyn presentará un espectáculo cocurado por la comediante Hannah Gadsby que abordará su obra desde la óptica feminista, articulándola con la de artistas como Cindy Sherman, Ana Mendieta y Kiki Smith.
Vista de sala con obras de Picasso en el LACMA, Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (Patrimonio de Pablo Picasso/Artists Rights Society, Nueva York/Foto de Fredrik Nilsen)¿Qué verán los visitantes en todas esas exhibiciones? ¿Cómo los afectará la verdadera obra de Picasso? ¿Qué tan bien parado saldrá el artista de ese escrutinio? Y por impertinente que resulte esa última pregunta, vale la pena planteársela, sobre todo si realmente nos importa el arte y no las marcas registradas.
Hace poco compartí una cena con un consagrado artista y su esposa médica. Y como ya estaba pensando en escribir este ensayo, saqué el tema de Picasso en la mesa. “Obviamente era un tipo genial”, le dije a la médica. “¿Pero hay alguna obra suya que realmente adores? ¿Hay algún cuadro suyo que te conmueva y recuerdes siempre? Porque a veces a mí me cuesta pensar en alguno”. Su marido, el artista, escuchó lo que dije desde la otra punta de la mesa y contestó de inmediato: “Hay decenas, decenas de obras”.
“Mujer peinándose”, óleo de 1940 (Museo de Arte Moderno/Patrimonio de Pablo Picasso/Sociedad de Derechos de Artistas, Nueva York)Por supuesto que tenía razón. Son sobre todo los artistas los que han encontrado en Picasso una fuente inagotable de ideas, envidia e inspiración, y cualquier crítico que pretenda cuestionar o socavar esa idea sonará indefectiblemente tonto, soberbio o simplista.
Y sin embargo, cuestionar la grandeza artística de Picasso ya es parte de una venerable tradición de la crítica. Más allá del consenso subyacente, Picasso ha tenido muchos productivos detractores. A quienes más recuerdo es a John Berger en su libro de 1965, Éxito y fracaso de Picasso, el ensayo de 1996 de Adam Gopnik en la revista New Yorker, Escaping Picasso, y las ironías de la comediante Hannah Gadsby en Nanette, su documental para Netflix. Los tres reconocen la importancia y brillantez de Picasso. Pero los tres, cada uno a su manera, cuestionan la opinión generalizada sobre Picasso estableciendo conexiones entre su personalidad y su obra.
Una imaginación estrecha
Que Picasso era misógino, realmente no queda ninguna duda. Sí, estar en su presencia era electrificante, y sí, muchas mujeres inteligentes y formidables se enamoraron de él. Y a una tras otra -el prontuario no deja dudas- las trató de manera abominable. La misoginia es síntoma de una imaginación estrecha y torcida. Su inteligencia era extraordinaria y de amplio alcance, pero Picasso hizo que su arte fuera más estrecho y menos interesante al convertir gran parte de su obra en un catálogo bizarramente obsesivo de la ambivalencia hacia las mujeres que lo carcomía.
“Autorretrato con paleta”, de Pablo Picasso, 1906. Óleo sobre lienzo (Museo de Arte de Filadelfia/Colección A. E. Gallatin)Los reseñistas de los sucesivos volúmenes de Picasso: una biografía, de John Richardson, no pudieron soslayar el tema. En su reseña del cuarto y último volumen, la escritora Siri Hustvedt, habla del “malévolo narcisismo” de Picasso, y agrega que a pesar de su genio, “el repertorio emocional de su obra, sobre todo a medida que envejeció, es mucho más estrecho de lo que suele advertirse”.
En su crítica al tercer volumen de Richardson, Hilary Spurling escribió en The Guardian que “hay grandes fragmentos de este libro que parecen el manual de un rompe-códigos”, en referencia a la costumbre de Picasso de usar su arte para vengarse o conseguir mujeres, y agrega que “el núcleo emocional del libro de Richardson es el detallado, pavoroso y desapasionado repaso de los ataques pictóricos de Picasso contra su mujer, Olga Khokhlova, a medida que las muestras de amor en sus cuadros son reemplazados por el rencor y la furia. En Nanette, Gadsby da menos rodeos: reconoce la importancia del cubismo, pero destruye a Picasso por su falta de imaginación. “Lo único que hizo es ponerle a su pene un filtro de efecto caleidoscopio”, dispara Gadsby.
Dos cabezas unidas ocupan todo el plano en "El beso", una pintura de 1969Richardson, que murió en 2019, tenía la verosímil teoría de que Picasso se veía a sí mismo como un exorcista o chamán, una idea que dedujo de la infancia del artista y de cosas que él mismo dijo más tarde sobre su trascendental cuadro de 1907, Las señoritas de Avingnon. Según Richardson, “allí Picasso se interroga sobre la misoginia atávica hacia las mujeres que supuestamente acecha en la psiquis de todo varón andaluz de pura sangre”. En su reseña, Spurling se agarra de eso y dispara: “De eso se concluye que el odio hacia las mujeres alimentó muchas de las mejores obras de Picasso”.
“Niña ante un espejo”, Pablo Picasso, 1932 (Museo de Arte Moderno/Patrimonio de Pablo Picasso/Sociedad de Derechos de Artistas, Nueva York/Foto de Heidi Bohnenkamp)Vale la pena prestar atención a ese deslizamiento semántico, desde la idea de que Picasso estaba “interrogándose” sobre la misoginia, según Richardson, a la conclusión de Spurling de que su trabajo fue “alimentado” por ella. Ambas ideas claramente se superponen, pero también se diferencian. La secular guerra entre los sexos es, después de todo, un tema legítimo del arte. Las obras de arte que expresan poderosamente la enemistad entre los sexos -y el arte de Picasso está plagada de eso- pueden ser un antídoto para las autocomplacencias, por ejemplo, de los hombres feministas que creen tener todo resuelto y no logran reconocer lo que Germaine Greer denominó como “la radicalidad trágica y abrumadora del conflicto de género y la total incapacidad de ambos sexos para comprender al otro”.
La presentación que hace Picasso del conflicto en obras como Las señoritas de Avignon puede interpelarnos a tal punto que ese finísimo velo al que llamamos “civilización” parece marchitarse ante nuestros ojos.
Pero al mismo tiempo también puede volverse increíblemente tedioso. Diez años antes de la reseña de Spurling, en un ensayo publicado en The New Yorker por el lanzamiento del segundo volumen de la biografía escrita por Richardson, Gopnik señala que el problema con muchas obras de Picasso “no es tanto la misoginia de los temas -por penetrante que fuera- sino la banalidad de su articulación”.
Y creo que ahí dio en el blanco. La pirotecnia pictórica de Picasso puede ser asombrosa, pero el núcleo emocional, o un núcleo emocional que podría interesarnos, parece estar ausente. El ensayo de Gopnik fue muy controvertido en ese momento, pero un cuarto de siglo después parece valientemente lúcido, y en más de un sentido, nadie se atrevió a mayor herejía.
Una de las afirmaciones más polémicas de Gopnik fue que la mejor obra de Picasso se limitaba “al período de quince años centrado en el cubismo, la Primera Guerra Mundial y sus secuelas inmediatas”. Por fuera de ese periodo, escribió Gopnik, “es un mar infinito de kitsch, una vulgaridad creativa casi sin fondo, una fealdad que no era la honesta fealdad petrificante del modernismo, sino la deslumbrante fealdad de la falsedad y el sentimentalismo”. “Lo que hizo grande al cubismo”, declara Gopnik, “no es que le dio a Picasso un medio de autoexpresión, sino todo lo contrario: actuó como una barrera para la autoexpresión, prácticamente el único freno que él conoció.”
Mujer acostada (1931) es una de las dos obras de Pablo Picasso que se exhiben en forma permanente en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, que actualmente le dedica una muestra al pintor, en Buenos Aires..Gentileza MNBAEsa afirmación final tiene resonancias de la influyente teoría del escritor T.S. Eliot de que el gran arte siempre es impersonal. En lugar de expresar la personalidad del poeta, argumentaba Eliot, la poesía (o el arte) debería ser vista como un “escape de la personalidad”, aunque después agrega, ominosamente, que “solo quienes tienen personalidad y emociones saben lo que significa querer escapar de ellas”. Es fácil seguir a Eliot y decir que hay que separar el arte de las falencias morales de sus creadores. Lo que no es fácil es abandonar la idea de que el arte puede, de hecho, ser una expresión de la vida interior, y que suele serlo. Con ciertos artistas, y Picasso fue uno de ellos, esa conexión es tan poderosa que es a todas luces evidente.
¿Qué hacer entonces si lo que suponemos de la vida interior de un artista nos genera rechazo, nos indigna o simplemente nos aburre?
Abrazar la contradicción
Obviamente es un problema. Pero, ¿realmente no hay grandes Picassos fuera de ese período de 15 años? ¿No hizo nada más que conectara con significados valiosos, con profundidad emocional, o con la verdad? Gopnik me dijo por correo electrónico que actualmente ha moderado su punto de vista “que no era del todo incorrecto sino terriblemente exagerado”. Pero creo que en ese entonces su argumentación fue saludable. “Es asombroso”, como me dice en su email, “lo rápido que puede cambiar el consenso crítico: en 1996, decir esas cosas resultaba escándalos, y hoy lo sería decir lo contrario”.
Siempre me ha costado distinguir claramente cuáles eran las mejores obras de Picasso. Sospecho que parte del problema es mi inclinación emocional por Matisse, su gran rival. A eso se suma mi sensación de que su trabajo inicial, especialmente el Período Azul, es sensiblero, mientras que gran parte del trabajo tardío me resulta autoindulgente. Un tercer obstáculo es la gran cantidad de Picassos que existen: 13.500 pinturas, 100.000 grabados, 700 esculturas y más de 4.000 cerámicas. Todos tenemos un límite para las veces que podemos soportar la rotación de una nariz para cambiar un retrato frontal a un perfil lateral A la larga, el truco aburre. Si sacamos de la ecuación fosilizada “Picasso, el genio” y “géiser de la creatividad, nos quedamos con un cuerpo de obra cuyo significado humano puede parecer decepcionantemente tenue.
"Aquí reposa nuestro bien amado Pablo Ruiz Picasso", obra del controvertido artista Eugenio Merino, llamó la atención de los visitantes de la última feria ARCO en MadridPero a lo largo de los años también he reseñado una docena de exposiciones de Picasso, y tengo que admitir que cada vez que me he visto obligado a contemplar su obra con honestidad y cara a cara, con sus puntos flojos perspicazmente disfrazados por los curadores, he salido asintiendo con la cabeza.
Pero al evaluar la importancia de Picasso no se pueden destacar las obras maestras e ignorar el efecto acumulativo de su inventiva y de sus continuas “investigaciones”, como le gustaba llamarlas. Su apabullante productividad puede hacernos caer en la tentación de categorizar gran parte de su producción como casual, liviana o poco seria. Pero, como también demostraron artistas como Paul Klee, Miró y Matisse, las cosas pueden ser divertidas y profundas al mismo tiempo. Y Picasso hizo más que nadie para afianzar esa liberadora visión moderna.
Actor nato, Picasso cambiaba constantemente las reglas y transformaba lo conocido en algo nuevo. Al igual que a sus amigos poetas, le encantaba generar choques que hicieran surgir nuevos significados. Su trabajo era un diario personal, pero siempre abstraía aspectos de su vida a los reinos del mito y la filosofía, donde la vida, la muerte, el tiempo y la transformación son parte de un mismo fenómeno, interconectado y zozobrante. Fue esa habilidad la que le confirió tanta potencia al oscuro y erótico salvajismo de sus años surrealistas. Pero terminó dando forma a toda su carrera.
Picasso no era principalmente un escultor, pero su inteligencia en tres dimensiones era lisa y llanamente asombrosa. Las tensiones que estableció entre las formas bidimensionales y tridimensionales hablan del profundo conflicto humano entre la apariencia -las formas en que nos presentamos y las formas que los otros proyectan sobre nosotros- y el ser -la forma en que somos-. Picasso le dio a esa tensión existencial una profundidad que, simplemente por su turbulencia, resultó excepcionalmente moderna.
Cuando Picasso abstraía imágenes reconocibles del ámbito de los signos y los mitos, como hizo insistentemente, estaba expresando intuiciones sobre la forma en que la conciencia se relaciona con el mundo objetivo, con los arquetipos y con nuestra capacidad de comunicarnos, con sus implicaciones obvias para las condiciones de posibilidad del amor.
Por supuesto que la idea de interesarse por lo que Picasso, el misógino, tenía que decir sobre el amor puede ser difícil de digerir para muchas personas. Pero en ese sentido, después de todo Eliot tenía razón: el arte es un diálogo dinámico, no solo con otro arte, sino también con la realidad objetiva. Y cuando se desata la fuerza de ambos mundos, el arte realmente puede flotar, liberado de sus creadores. Las biografías son maravillosas —la de Richardson, en particular, es sumamente perspicaz— pero no estamos obligados a ver todas las obras de arte en términos biográficos.
“La rapacidad del ojo depredador de Picasso”, escribió Spurling (a todo esto, la biógrafa de Matisse), “solo era igualada por la velocidad y precisión de sus respuestas. … Revisó, repensó y recreó el mundo a los manotazos, destrozando formas y desgarrando conexiones”. La explícita elección léxica de Spurling evoca una violencia y una crueldad que hemos llegado a asociar tanto con el hombre como con su potencia artística. Pero no olvidemos que el uso que a veces hacemos de Picasso puede ser tan despiadado y egoísta como él lo fue con el arte y las personas a las que explotó.
A él no le debemos nada. Pero su arte seguramente nos seguirá sirviendo.
(Traducción de Jaime Arrambide)
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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