viernes, 4 de agosto de 2023

POLÍTICA E IGLESIA Y SOCIEDAD


Política Peronismo, ¿incluirlo o confrontar?

Laura Di Marco

El no peronismo y el peronismo acaban de confrontar en Chubut y, si bien el resultado podría considerarse un empate técnico, la pelea de Nacho Torres, candidato de la marca nacional Juntos por el Cambio, frente al despliegue de un infernal aparato clientelar, tiene un mayor valor porque la contienda fue de cancha inclinada.
Un triunfo que encierra claves, datos y un probable know how sobre escenario nacional. Torres, de 35 años y de origen peronista como Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, enfrentó con éxito 20 años de hegemonía justicialista, cuya estructura peleó con vitalidad, a pesar de las variables desastrosas que deja como herencia el gobierno de Mariano Arcioni, protegido de Sergio Massa.
En una jugada inteligente y sin mostrar alineamiento con ninguno de los dos candidatos de Juntos por el Cambio, Torres hizo una movida decisiva: logró sumar a su estructura al secretario general de los Petroleros Privados, Jorge “Loma” Ávila, histórico referente del peronismo provincial. Con esa inclusión logró achicar la diferencia que el aparato oficialista podría haberle sacado en Comodoro Rivadavia. Una nota al pie: a fines de los años 80 y en el arranque de los 90, Néstor y Cristina Kirchner, desde otra provincia petrolera, atesoraban a una pieza clave de su armado: Armando “Bombón” Mercado, marido de Alicia Kirchner, pero sobre todo el líder del SUPE, sindicato petrolero en un territorio que, igual que Chubut, vive de esas reservas. Mercado fue un alimento esencial enelcreci miento del pro tok ir ch nerismo, en sus 15 años de hegemonía.
¿La tesis de Larreta, de ampliar e incluir fragmentos del peronismo con ADN republicano, se comprueba en las elecciones de Chubut versus el paradigma bullrichista de confrontar? Difícil responder a esa pregunta. Horacio y Patricia difieren en el “cómo”, pero ese “cómo” es, nada menos, que la política. En la cosmovisión pública de la candidata de Pro quien se siente a dialogar perderá el tiempo; no hay cambio sin conflicto y, sobre todo, el poder no es una cuestión de “número” sino de ejercicio. Ella suele ejemplificar: “Kirchner ganó con el 23% de los votos y tenía el poder”.
Pero no todo es como parece. Hace un mes, Patricia se reunió a cenar con un grupo de empresarios. Uno le preguntó cómo iba a hacer con el voto moderado, que suele definir la elección. Ella le respondió: “Esperame hasta el 13 de agosto”, dejando entrever que, si gana las PASO, su discurso se moderará. ¿Y su electorado duro la bancará? Todo es intriga. Lo que no es intriga son los signos de un indudable cambio de época. Un rápido paneo por el mapa electoral 2023 y sus proyecciones indica tres puntos claves: que el no peronismo va a gobernar Jujuy, San Luis, Corrientes, San Juan, Chubut. Que muy probablemente ganará en Mendoza, ciudad de Buenos Aires y Santa Fe. Y que podría sumar Chaco, Entre Ríos y Buenos Aires (la última es la más difícil, pero no imposible). El consultor Lucas Romero, de Synopsis, lo explica: sumadas las tres últimas provincias, el no peronismo podría acceder al control de 11 territorios. Un dato inédito desde 1983.
Un dato fuerte que surge de las actuales elecciones y de las legislativas de 2021 –en las que el peronismo unido sacó menos del 35% de los votos– es el retroceso o la disminución de la efectividad del “aparato”, otro nuevo signo de época. En paralelo, en 40 años de democracia, también es inédito que una misma fuerza no peronista pueda ganar en más de 10 provincias. Synopsis hace otra proyección relevante, esta vez en la representación parlamentaria. Si el peronismo unido repite en la compulsa general otra elección por debajo del 35% (la peor elección presidencial del PJ fue la de Scioli, con el 37%, pero en 2015 esa fuerza estaba dividida), su representación en Diputados podría caer por debajo de las 100 bancas.
La marca de esta nueva era que asoma es la autonomización de la ciudadanía. Una autonomización que incluye a los pobres, aunque algunos lugares comunes (y prejuiciosos) del análisis político presupongan que el pobre no piensa, es ignorante y manipulable. El acceso a internet en las villas del conurbano bonaerense, tal como lo argumenta, con datos, Carlos Pagni en El nudo, es un hecho novedoso y decisivo. El acceso a internet implica más información, manejo de opciones, libertad.
Las investigaciones del politólogo Isidoro Cheresky sobre nuevas formas de la política –apalancadas en la revolución tecnológica– revelan que los partidos políticos no volverán a ser lo que eran 20 o 50 años atrás; que las corporaciones pierden peso y que crecen ciudadanos de nuevo perfil, desapegados de los encuadramientos clásicos. Tal vez por eso son inasibles en las encuestas clásicas y los pronósticos fallan.
Los números, incontrastables, revelan los síntomas de un modelo fatigado. El aparato peronista, con insuficiente combustible, no logró movilizar en 2021 a su base electoral, que perdió casi 5 millones de votos (y 1.850.000 en la provincia de Buenos Aires), a manos del ausentismo. Y vuelve a suceder ahora, en las elecciones provinciales. Recrudece el ausentismo; retrocede el peronismo. Con adrenalina para los politizados, estamos parados en el umbral de las elecciones más inciertas y cruciales de la historia democrática.

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¿Puede un sacerdote meterse en política?
Gustavo Irrazábal
La Iglesia Católica tiene una misión de carácter religioso y trascendente. Pero eso no excluye, sino que más bien supone, una responsabilidad en relación con la política. No en el sentido de que la Iglesia pueda proponer modelos sociales, políticos o económicos, o soluciones técnicas, o que pueda arbitrar entre proyectos políticos alternativos, ya que todo esto es ajeno a su competencia. Pero sí debe defender y promover la dignidad de la persona humana y sus derechos, brindar orientaciones éticas para el ejercicio del poder político, defender la autonomía de la sociedad civil y denunciar los privilegios que atentan contra la igualdad de oportunidades de sus miembros, aspectos de lo que se denomina la “justicia social”.
En este sentido, todos los católicos −cada uno según su estado de vida− deben participar de la vida política. Pero no corresponde a los sacerdotes intervenir directamente en la actividad política, menos aún en política partidaria, pues se trata esta de una tarea reservada a los fieles laicos, que actúan inspirados en su fe, por su propia iniciativa, y sin poder invocar para sus opciones personales, de modo exclusivo, la autoridad de la Iglesia. En cambio, los sacerdotes tienen el deber de formar la conciencia de los laicos en los principios de la Doctrina Social para que estos puedan cumplir adecuadamente con su vocación de ordenar efectivamente la vida social con la luz del Evangelio.
La razón para esta distinción es clara: como recordaba San Juan Pablo II, el sacerdote debe ser “un hombre de todos”, mientras que las opciones políticas son contingentes por naturaleza y no expresan nunca total, adecuada y perennemente el Evangelio. Es cierto que el sacerdote es también un ciudadano, y que tiene derecho a formar sus propias opiniones políticas y a votar según su conciencia. Pero su condición de ministro de la unidad le impone el deber de ser extremadamente prudente al momento de manifestar esas ideas en público, ya que de lo contrario introduciría divisiones y conflictos en la comunidad que debe guiar y generaría una sospecha de parcialidad en el ejercicio de su ministerio.
El Código de Derecho Canónico (n.287.2) prevé, sin embargo, una excepción, cuando lo exijan “la defensa de los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común”, caso en el cual un presbítero podría ejercitar una función de ayuda y de suplencia asumiendo un cargo político, con permiso expreso de la autoridad eclesiástica competente. Pero la interpretación de este supuesto excepcional es restrictiva, y de nada sirve citar remotos antecedentes históricos ya que, como señala Juan Pablo II, el desarrollo político, constitucional y doctrinal moderno ha permitido paulatinamente a la sociedad civil crear instituciones y medios para desempeñar sus funciones con autonomía. Y en todo caso, debe quedar en claro que quienes debidamente autorizados ingresen en la actividad política no cuentan para el desempeño de cargos políticos con ninguna misión, ni calificación adicional, ni carisma de lo alto.
Contra la tentación siempre presente de politización del clero, es preciso recordar que en nuestro país rige plenamente el sistema democrático y nada hace pensar que falten laicos capaces de animar la vida política o desempeñar los diferentes cargos públicos. La intromisión de sacerdotes en ese ámbito, con o sin autorización, sería signo de un clericalismo paternalista y anacrónico del tipo que tan insistentemente ha condenado el Papa. La “Iglesia pobre” que Francisco sueña es ante todo una Iglesia que renuncia al camino del poder. El sacerdote está llamado, de un modo especial, a ser signo de esa pobreza. La misma pobreza de Jesucristo, cuyo Reino “no es de este mundo”.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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