El Presidente, vocero del cristinismo
Sergio Suppo
Una nueva versión de antiguos fracasos se proyecta sobre la Argentina. Como una deteriorada pantalla de un cine de barrio, el país resiste la reproducción de imágenes y palabras que parecían perdidas en el tiempo. Muchos espectadores ya se fueron a otras salas; otros saben que no conviene pagar por una entrada para ver el espectáculo de una nación que se autodestruye.
Todo ocurre en medio de la crisis descomunal que le provoca al mundo la pandemia de coronavirus. La Argentina no solo la sufre más por sus debilidades sanitarias estructurales. A sus gobernantes también se les ocurrió organizar una batalla interna que elimina las más elementales nociones del poder y el liderazgo.

Desnudo de impotencia, sin siquiera poder desplazar a un subsecretario y luego de dinamitar el destino de su ministro de Economía, esta semana el Presidente sobreactuó los viejos discursos de Cristina en un desesperado intento de conseguir un antídoto contra su propia declinación.

El episodio quedó mucho más al descubierto que lo que cualquier gobierno desea mostrar. Ante una población golpeada por el empobrecimiento y la inflación, y castigada por la nueva ola de la pandemia, el oficialismo expuso la raíz de su lógica: Cristina solo piensa en cuidar su clientela electoral en el conurbano. Advertida de que su fuente de poder está bajo una fuerte amenaza, sin embargo, una vez más recurre a las recetas que ya la condujeron a perder elecciones y dejar el poder.

A Cristina le importa poco y nada que Guzmán, la cara argentina en la renegociación de sus deudas, haya quedado casi obligado a irse por no poder sacarse de encima a Basualdo. Lo que busca es que no haya aumentos de tarifas para sus votantes.ya ocurrió. La diferencia entre las tarifas de luz de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano respecto de las que se pagan en el resto del país forma parte del dibujo que retrata la división geográfica de las preferencias del electorado.

No se trata solo de la reconstrucción de un sistema inequitativo para personas según su domicilio. Es también la consolidación de un sistema que desprecia el peso de los costos de producción para una gran parte del país, como condición para que un sector afín a Cristina Kirchner pueda pagar más barata la electricidad, tenga gas natural o disponga de energía para radicar una industria.

Cristina impuso a Fernández el uso de pirotecnia que ya fue quemada en otros tiempos. Si hasta reapareció la frase “si quieren gobernar, formen un partido y ganen las elecciones”. La embestida ciega una vez más expone la debilidad del oficialismo. Otra vez, el viejo recurso de inventar una conspiración de opositores, jueces y periodistas, ahora relatada por Alberto.

No es la Corte la que está proyectando como presidenciable a Horacio Rodríguez Larreta por validar su planteo de clases presenciales, como argumenta ahora el kirchnerismo. Es el oficialismo el que lo impulsa con la reposición de la versión pura y dura del cristinismo como forma de gobierno.
Fernández perdió hace tiempo la oportunidad de encarnar al presidente dialoguista que prometió ser y que insinuó cumplir en las primeras semanas de la pandemia. Un pasado apenas más lejano ha regresado para repetir viejos relatos y producir nuevos desatinos.
Fernández perdió hace tiempo la oportunidad de encarnar al presidente dialoguista que prometió ser y que insinuó cumplir en las primeras semanas de la pandemia. Un pasado apenas más lejano ha regresado para repetir viejos relatos y producir nuevos desatinos.
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