María Fernanda Ampuero. “Mi pauta para escribir terror es subirle el volumen a la realidad”
La autora ecuatoriana, que vive en Madrid, visita Buenos Aires para participar hoy en la Feria Leer-literatura En El Río, en San Isidro, una edición dedicada a lo tenebroso y espeluznante
Daniel Gigena... feria leer
“Esta es la tierra de mis sueños”, dice la escritora y periodista ecuatoriana María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), la única invitada internacional a la quinta edición del Feria Leer-literatura En El Río, que tendrá lugar este fin de semana en el Centro Municipal de Exposiciones de San Isidro con el lema “Lo tenebroso y lo espeluznante”. La autora de los celebrados libros de cuentos de terror Pelea de gallos (2018) y Sacrificios humanos (2021), ambos publicados por Páginas de Espuma, vivió en Buenos Aires hace veinte años. “Estudié literatura en Puan [la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA] con profesores maravillosos como Noé Jitrik, Tununa Mercado, Cristina Piña –recuerda–. Era otra la Argentina, yo era otra, todos éramos otros; nos caíamos a pedazos pero éramos jóvenes”. Años atrás, visitó Buenos Aires para dar un taller de crónica y esta es la primera vez que llega como escritora de ficción (hoy, desde las 17.30, conversará y leerá al público dos de sus cuentos; ver aparte).
Ampuero vive en Madrid y trabaja como periodista para revistas como Soho, Gatopardo, Yorokobu y Vistazo. Aunque luego de publicar los libros de crónicas Lo que aprendí en la peluquería y Permiso de residencia lanzó dos de relatos, que cosecharon buenas críticas y se siguen reeditando, aún le parece raro presentarse como escritora. “Lo que soy es profe, colaboradora, columnista, entrevistadora, doy charlas –responde–. No tengo esa pretensión”.
–Como narradora, ¿solo te interesa el terror?
–Es lo único que me interesa. Quiero ajustar cuentas con todo el hijueputismo del mundo que me ha hecho daño a mí y a mucha otra gente. Yo estoy viva, pero otros no a causa de ese odio, porque hay un chiquillo homosexual que se suicida, porque días atrás en España un chiquillo trans y su hermana se lanzaron por la ventana, ambos argentinos, por cierto. Eso no tendría que pasar. ¿Tiene sentido que eso pase? El único sentido es que hay odio. Quiero vengarme y, como no soy material para la cárcel, me vengo por medio de la herramienta con la que siempre hice todo, que es la palabra.
–¿La literatura no permite trabajar desde la perspectiva del monstruo?
–Me cuesta más. Es una cosa que me han criticado, que la mía siempre es una literatura de la primera persona o del testigo, a favor de las víctimas. Me cuesta más ponerme en los zapatos del asesino, del violento, del homofóbico, del empleador que maltrata a sus trabajadores. Tampoco tengo una pretensión de cambiar las cosas, esa es una cosa de la masculinidad tóxica, de los escritores masculinos que sabemos quiénes son, los de la novela total, los que quieren que sus novelas sean como La montaña mágica [Thomas Mann] y a los que les repatea que las mujeres estemos existiendo.
–¿Hay una resistencia de los escritores al boom actual de escritoras en América Latina?
–Yo ni siquiera le llamo boom. Siempre ha habido un silenciamiento que ahora no permitimos. El silenciamiento del acoso sexual, de las violaciones, de que nos paguen menos, de que el hombre no se haga cargo de los niños. Todo eso se acabó con el #Metoo. No se leía a Elena Garro, a Clarice Lispector, a Alicia Yánez, no sé por qué no nos hacían leer a Hebe Uhart junto con Julio Cortázar, por qué solo a Octavio Paz y no a Elena Poniatowska. Ahí estaban las mujeres, escribiendo, ahí estamos. ¿Cómo puede ser que conociéramos a Juan Carlos Onetti y no a Armonía Somers, que no conociéramos a las mexicanas, a Amparo Dávila que es la madre de todas nosotras, que escribió un terror social y político como el que escribimos hoy? Nadie ha inventado nada, lo que ha cambiado es la mirada. Es ofensivo que digan que somos una moda.
–¿Tu editor, Juan Casamayor, interviene en tu trabajo?
–Él interviene mucho no solo en mis libros sino también en mi vida. Sabe que soy muy insegura, dudosa de mí misma, que tengo el síndrome de la impostora muy fuerte. A veces eso me boicotea, pero me permite tener los pies sobre la tierra, me impide fascinarme con el oropel y saber que voy a volver a casa a comer lentejas. El lunes pasado hablamos del proyecto de libro que tengo sobre la muerte de mi padre, de cómo la orfandad a la edad que sea te hace replantearte la existencia. Fue una muerte muy particular, hace ocho años, en un hospital público de Ecuador con las condiciones infernales que te imaginarás. Esa sensación me ha acompañado en mis dos libros de cuentos, esa sensación de devastación y de apocalipsis. Quiero escribir sobre eso.
–Niñas y adolescentes son protagonistas de tus cuentos.
–Esa edad de la pérdida de la inocencia es fundamental para mí, esa bisagra que te transforma en algo que no ibas a ser. Los personajes perciben pero no saben describir lo que les pasa y de lo que están hablando, lo que genera una tensión brutal, porque tú sabes el peligro que están corriendo. Soy la autora del coming of age, de la infancia a la adolescencia, y ahora a la adultez.
-¿Tenés un método para escribir?
–Mi pauta para escribir terror es darle una exageradita a la realidad, un zoom, o como dice Mariana Enriquez, le subo el volumen. Soy una rumiante.meimaginocomounavaquita con un montón de hierba en la boca y tú dices: “Pero no está haciendo nada, está mirando el espacio infinito, moviendo su mandibulita”. Trabajo así, estoy lavando los platos y estoy rumiando, estoy poniendo la lavadora y estoy rumiando. Cuando está superrumiado, me siento y ya hay un material. En ese proceso he llegado al tuétano de la sensación que quiero transmitir. Las escenas concretas no importan tanto porque la atmósfera, lo tenebroso y lo espeluznante está trabajado.
–Esos son los ejes del festival.
–Todo lo que consideramos la otredad y la forma en que nos relacionamos con ella es tenebroso y espeluznante. El hecho de que creamos que un pobre es menos que nosotros, que un inmigrante es un intruso, o que una mujer no tiene derechos sobre su cuerpo, o que tus padres no te quieran porque eres gay, o trans o gorda o respondona, todo eso es espeluznante.
–¿El terror pasó de ser marginal a mainstream?
–El amor de mi vida literaria y cinematográfica es el terror. Lo he visto todo en cine, desde la basura más grande y gore hasta las obras maestras de Brian De Palma o Stanley Kubrick. A Stephen King lo he leído como se lee un libro sagrado, a Shilrey Jackson y a los clásicos. Mi favorito de King es Carrie porque yo escribo desde la venganza; ella es mi animal totémico.
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