lunes, 13 de marzo de 2023

GRANDES PELÍCULAS Y DÓNDE VERLAS


Diez grandes guiones que no ganaron el Oscar pero hicieron historia
Regreso al futuro, de Robert Zemeckis, o El gran dictador, de Charles Chaplin, son notables películas que estuvieron nominadas por su libreto pero no se llevaron estatuilla
Javier OcañaMarie-christine Barrault y Jean-louis Trintignant en Mi noche con Maud, de Eric Rohmer
Si se repasan las nominaciones a los Oscar a lo largo de casi toda su historia, se llega a una conclusión clara: en la categoría de mejor película han sido candidatas e incluso han triunfado no pocas películas olvidables. Sin embargo, es bastante más complicado encontrar abundantes deslices en los apartados de escritura, sobre todo en el de mejor guion original, en el que suelen coincidir algunas de las historias más singulares, emocionantes e inolvidables del cine.
Centrándonos en esta última categoría, la de obras que no partían de materiales creados con anterioridad, hemos compuesto una selección con algunos de esos peculiares relatos. Aspirantes al premio que no acabaron triunfando, normalmente al margen de cualquier convencionalismo, con la característica añadida de que estuvieran disponibles en plataformas de streaming (algo, de todos modos, muy cambiante), lo que nos ha llevado a dejar de lado títulos importantes de todas las épocas.
El gran carnaval (1951), de Billy Wilder.
“No voy nunca a la iglesia, al arrodillarme se me hacen bolsas en las medias”, decía la esposa de la película, también conocida como Cadenas de roca, ante la posibilidad de acudir a la ayuda divina para lograr salvar a su marido, aún vivo, del derrumbamiento en una mina. El cinismo y la falta de escrúpulos del periodismo sensacionalista, la histeria de las masas y el espectáculo público de la agonía y muerte de un hombre. La película fue un fracaso de público y Wilder dijo años después: “Ahora soy demasiado viejo para engañarme a mí mismo y decir que con El gran carnaval me adelanté a mi tiempo”. Pero así fue: la realidad y un puñado de películas inspiradas en ella lo confirman. En los Oscar ganó Un americano en París, fantástico musical. (Disponible en Filmin).
El general de la Rovere (1959), de Roberto Rossellini.
Un mentiroso profesional, un hombre acostumbrado al disfraz, protagoniza una película en tiempo de guerra en la que se llega al heroísmo por el más oblicuo de los sentidos. “Cuando no sepas cuál es el camino del deber, elige siempre el más difícil”, dice una de las frases del libreto escrito por Sergio Amidei, Diego Fabbri e Indro Montanelli, que tuvo que ceder en los Oscar ante Esplendor en la hierba, de Elia Kazan. La mayúscula complejidad del embaucador, del crápula que se aprovecha de la amargura de las familias italianas de los detenidos por la Gestapo, capaz de sacarles el dinero a costa de su esperanza, e interpretado además por otro mito del cine como Vittorio de Sica, reside en un matiz perturbador: nunca tiene conciencia de estar timándoles, solo de venderles consuelo. No se puede vivir sin Rossellini. (Disponible en Flixolé)
Regreso al futuro (1985), de Robert Zemeckis.
La fantástica idea inicial de la película fue de Bob Gale e incluía un componente de reflexión de peligrosa respuesta: de haber coincidido en el instituto con tu padre, ¿te hubieses hecho amigo suyo? Una premisa perversa que el propio Gale y Zemeckis desarrollaron con enorme gracia, infinito poder de seducción, diálogos desternillantes y variadas situaciones espejo entre la vida del presente y la del pasado, en los años cincuenta. Frente a la excesiva gravedad contemporánea de cierta ciencia ficción de objetivos ligeros, pero grandilocuentes explicaciones, la sencillez expositiva del condensador de flujo resulta maravillosa. Cinco peliculones optaron al mejor guion original de aquel año: Regreso al futuro, La rosa púrpura de El Cairo, La historia oficial, Brazil y la ganadora final, Testigo en peligro. (Disponible en Netflix y otras)
La rosa púrpura de El Cairo..1985), de Woody Allen
. Allen había compuesto el imborrable sueño de cualquier fanático del cine, en este caso, el de una mujer durante la Gran Depresión: el protagonista saliendo de la pantalla para iniciar con ella una conversación, una relación, quién sabe qué. En la fantástica El moderno Sherlock Holmes (1924), Buster Keaton había ideado ya, durante el sueño de un proyeccionista, que este se metiera en la película que estaba exhibiendo. Y Allen, que siempre ha dicho que necesita saber adónde va antes de descubrir el camino a seguir para conseguir su objetivo en las historias, le da la vuelta al concepto de Keaton y desarrolla un magistral relato en el que el rol de Mia Farrow debe elegir finalmente entre la realidad y la fantasía. (Disponible en Filmin)
Sin nada que perder (2016),de David Mackenzie. Un western con vaqueros y asaltos a bancos, con un combate a muerte entre el proscrito y el poder establecido, pero en nuestra contemporaneidad, y ambientado en la América a la que apeló Donald Trump para su triunfo en las elecciones de 2016. Obra maestra del cine social y de género, conocida en España como Comanchería, su guión es del soberbio Taylor Sheridan, para quien el secreto de la escritura está en romper las reglas de la estructura que aprendió trabajando para la televisión. El ganador del premio fue Kenneth Lonergan, por la dolorosa Manchester frente al mar. (Disponible en Amazon Prime Video)
Mi noche con Maud (1969), de Éric Rohmer. Una película de cámara con cuatro personajes, en la que no se para de hablar, ambientada en buena parte en un extraño salón-dormitorio, y en la que se reflexiona con pasmosa complejidad sobre Pascal, sobre el jansenismo y sobre el catolicismo. Fue candidata al Oscar junto a obras como Love Story y Patton, que fue la ganadora. Eran los extraordinarios y atrevidos años del Nuevo Hollywood, también en la ceremonia. Fue el tercero de los Cuentos morales de Rohmer, con la bella sensación de ver cómo cuatro actores y actrices profesionales interpretan un texto cerrado como si lo estuvieran improvisando justo en ese instante. (Disponible en Filmin)
El gran dictador (1940), de Charles Chaplin. El objetivo principal del guion era “reírse de Hitler”, ridiculizarlo. Y no ahora, que es fácil, sino entonces, antes incluso de comenzar la II Guerra Mundial, cuando se escribió. Sin embargo, como dice en su autobiografía, Chaplin no la hubiera hecho si hubiese sabido lo que más tarde se perpetraría en los campos de exterminio: “En ese caso no habría tomado a burla la demencia homicida de los nazis”. Nominada a cinco Oscar, se fue de vacío y el premio al mejor guion fue para el también excepcional Preston Sturges de El gran Mcginty. (Disponible en Movistar Plus+, Filmin y Acontra+)
Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson. Con su habitual mirada compasiva hacia los personajes, Anderson elaboró un guion conducido por una sistemática que pocos directores desarrollan consumaestría:laescrituravisual. Andersonescribepormediodesucesivas imágenes y conceptos, que abarcantantoeltextocomolafiguración, el sonido y la música. Todo en perfecta armonía. Alan Ball fue el ganador por American Beauty, en un año en el que los otros nominados eran Charlie Kaufman, M. Night Shyamalan y Mike Leigh. Casi nada. (Disponible en HBO y Movistar Plus+)
Tres anuncios por un crimen
(2017), de Martin Mcdonagh. Por un lado, la rabia de una madre rota por la violación y el asesinato de una hija, e impotente porque la policía no parece hacer el menor esfuerzo por resolver el caso. Por otro, el negrísimo sentido del humor del dramaturgo británico Martin Mcdonagh. ¿Son ambas cosas conciliables? La película lo demuestra: sombría y ligera, profundaydivertida,delicadayviolenta.paramcdonagh,admiradordel cine de Nicolas Roeg y de Michael Powell y Emeric Pressburger, las fórmulas dramáticas y las estructuras de los manuales de guion son “jodidamente aburridas”. De modo que el desafío creativo era otro: no convertir a ese personaje en una mujer sentimental, maternal y agradable, sino en alguien verdaderamente tridimensional. (Disponible en Disney+)
El discreto encanto de la burguesía (1972), de Luis Buñuel. Un grupo de amigos sale a cenar y no lo logra en toda la película pese a pasar por casas a las que habían sido invitados, restaurantes y diversos locales, como una suerte de El ángel exterminador culinario y procaz, e igual de absurdo. Buñuel y Jean-claude Carrière, su coguionista, escribieron cinco versiones del guion en busca del equilibrio entre la lógica cotidiana de la situación y la acumulación de inesperados obstáculos para la ansiada cena, y tenían un derecho de veto mutuo a la hora de escribir juntos. Un pacto que venía de una sensación previa del director aragonés, basada en la cordura artística y en la modestia, y que pocos artistas de su prestigio aguantan cuando están en la cima: la necesidad de que lo contradijeran. Abundantes motivos del cine de Buñuel se dan cita en esta obra ácrata y lujuriosa, pérfida y cómica: los ataúdes y los velatorios; los comensales frente a una mesa; los hábitos de curas, sacerdotes y obispos. El candidato, notable sátira política con Robert Redford, les birló el premio de guion; en cambio, obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa (para Francia). (Disponible en Filmin)

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