miércoles, 22 de marzo de 2023

LECTURA


Pascal Quignard La soledad del lector perdido en el tiempo
Con El hombre de las tres letras, el escritor francés prolonga su serie Último Reino, libros en los que la escritura explora la experiencia íntima con un ojo puesto en el pasado de la cultura y de la especie
Pedro B. Rey
El elogio de los libros y la lectura es tan recurrente como trivial, pero por suerte todavía hay quienes insisten en desbaratarlo como lugar común. Ahí están los impecables y minuciosos estudios históricos de Roger Chartier, los abordajes literarios de Alberto Manguel y también algún ensayo con swing como El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que logró la proeza de que las peripecias de papiros y pergaminos en los siglos previos a la imprenta llegaran a la lista best sellers.
Son demasiados los temas entrelazados en Último Reino, la serie sui generis que el francés Pascal Quignard (Verneuil-suravre, 1948) viene construyendo desde hace más de veinte años, para reducirla a esa única perspectiva, aunque el amor perplejo por el acto de leer atraviese su proyecto de principio a fin. El hombre de las tres letras, el undécimo y último tomo hasta hoy (traducido, como muchos de los previos, por el poeta Silvio Mattoni), se centra, sin embargo, de manera declarada en ese terreno. “Amo los libros –confiesa ya en la primera línea–. Amo su mundo. [...]. Me gusta envejecer en su silencio, en la larga frase que pasa ante los ojos.”
Quignard no escribe una historia de la lectura, ni propone un anecdotario. Al igual que en los otros volúmenes, va avanzando en su cantera de textos fragmentarios como quien diseña una composición musical (el escritor también se dedicó a la música, al órgano y al violonchelo) en la que los motivos pasan, formando eco, de volumen en volumen. Las anotaciones, reflexiones, las escenas y escritos puntuales del pasado (latino, medieval, pero también japonés o chino), los pasajes líricos, las pulsiones (el psicoanálisis es una presencia nada velada) organizan un palimpsesto que refleja cómo toda escritura íntima tiene sus fuentes en la historia cultural, pero también en la de la especie y de la naturaleza.
EL CUENCO DE PLATA
 172 PÁGINAS
3900 $

En Las sombras errantes, la primera entrega, el autor se planteaba rescatar detalles de un pasado que parece extinto, pero sigue vivo y latente. El segundo, Sobre lo anterior, giraba alrededor de lo que dice el universo anterior a la humanidad, con la convicción de que “el pasado es un inmenso cuerpo cuyo ojo es el presente”. En el décimo y anteúltimo, El niño de Ingolstadt, el objeto declarado es lo falso, pero sabiendo que las alucinaciones del sueño son tan reales como la realidad.
La importancia de los libros (de la lectura, de la escritura) en El hombre de las tres letras no tiene relación con lo más mundano de su circulación, sino con la conmoción que produce ese “canto solitario que solo escucha el que lee”. La imagen fundante es conocida, y Quignard la recupera con un giro final epigramático: el futuro san Agustín (todavía no es cristiano) se sorprende al ver a san Ambrosio, obispo de Milán, mirando hacia el vacío en una lectura silenciosa que lo retira del mundo. “Agustín –concluye el escritor francés– se hace bautizar el 25 de abril de 387 por haber visto a un hombre leer”. Ese ejercicio que transcurre en el tiempo está también, durante la concentración lectora, fuera del tiempo: es la paradoja que obnubila a Quignard.
Con su erudición microscópica, las citas en latín y en otros idiomas, el tono rapsódico que puede volverse hermético, el continuum de Último Reino puede intimidar, pero, como ocurre con mucha poesía de alto vuelo, al lector le conviene dejarse arrastrar por los apartados sucesivos, que vuelven comprensible el sentido a fuerza de insistencia, como si para alcanzarlo fueran necesarias cada una de sus palabras. El hombre de las tres letras es, en esos términos, uno de los libros más transparentes de la colección, aunque Quignard explique el título con complejidad. Esa era la perífrasis, anota, con que los romanos, pueblo supersticioso, designaban al ladrón (fur, en latín) y agrega que también rex (“rey”) tiene tres letras. La tesis que va a defender, argumenta, es que el hombre de las tres letras “es el rey furtivo, el que va y viene gracias a su lengua silenciosa, la que se escribe y se calla, entre los dos reinos, uterino y solar, donde se da íntegramente la breve experiencia posible para cada uno”. Esa experiencia individual se da y permanece en el tiempo, después del que (a pesar de las referencias cristianas de Quignard) ya no habría vida.
Que el proyecto no le teme a la repetición, más bien la alienta, puede reconocerse en el retorno de citas de libros previos, como la latina del señor de Pontchâteau : “Busqué en todas partes en este mundo el reposo y no lo encontré en ninguna parte, sino en un rincón con un libro”.
EL CUENCO DE PLATA

Quignard, que se refugió para leer y escribir de manera monacal, puede ser asociado con la tradición de Montaigne, pero en su caso la intimidad se disgrega en la conjunción de ese pasado, que exhuma sin pausa, con el interés por lo corporal y prelingüístico, fuentes de las que –en su visión– surge toda escritura.
Más allá de esa red que sostiene el arte de Quignard, en El hombre de las tres letras reaparecen inevitablemente las pequeñas historias que son su contraseña. La presencia de lo remoto en el presente tiene su encarnación concreta en el descubrimiento en 1997 de un mamut de 20.000 años, perfectamente conservado, que permite estudiar en el estómago “la digestión que la muerte había suspendido durante veinte milenios”. La contraparte lectora puede hallarse, por nombrar solo un ejemplo, en la instancia en que debe separar con una navaja los folios de un ejemplar de 1829 (los Elogios de Thomas) que nadie había abierto desde el año de su edición.
¿Por qué se dedica a “citar irresistiblemente” toda su vida “trozos de latín por todas partes?”, se pregunta Quignard al contar de una carta que Petrarca le dirige en ese idioma a Cicerón después de leer (los separan siglos) unos manuscritos perdidos. La explicación es autobiográfica, pero también lo trasciende: “Lo intertextual europeo, romano bajo el imperio, luego cristiano en la época medieval, luego erudito en la ilustración, fue el latín”, que tuvo eco en la Edad Media de su infancia, marcada por sus tareas en la misa en un liceo de varones. Quignard no reniega de ser fatalmente hereditario.
El hombre de las tres letras –todo Último Reino– es la obra de un “antimoderno” (en Francia, según Antoine Compagnon, suelen ser los escritores más conscientemente modernos de todos) que busca “crear un lugar solitario” contra lo que el mundo de hoy quiere imponer como verdad revelada. Escribir la serie hasta el último día –como promete Quignard– es su manera de “ensalzar la inseguridad de pensar”. Esa inteligencia, si hace falta agregarlo, solo puede ser humana, nunca artificial.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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