domingo, 18 de febrero de 2024

INFORME SOBRE LA POBREZA


Malabares del comercio barrial frente a la caída del consumo
El brusco aumento se debe a la devaluación de diciembre y a la suba en la canasta básica; el presidente Milei dijo que esta es “la verdadera herencia del modelo de la casta”
Federico González del Solar.
El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica (UCA) estima que la pobreza dio un brusco salto desde el 49,5% en diciembre de 2023 al 57,4% en enero de 2024. Así, el indicador habría alcanzado sus niveles más altos en los últimos 20 años, según el informe “Argentina siglo XXI: Deudas sociales crónicas y desigualdades crecientes. Perspectivas y desafíos”, difundido este fin de semana.
Según la UCA, el aumento se relaciona directamente con la devaluación impulsada por el Gobierno en diciembre, que incrementó los valores de la canasta básica alimentaria y la total. Esto habría ocurrido a pesar de las subas en las fuentes secundarias de jubilaciones, pensiones e ingresos laborales.
“Los sectores que caen en la pobreza son la clase media baja y los trabajadores de baja calificación”, dijo anoche a la nacion el director del Observatorio, Augustín Salvia. El especialista aclaró que el estudio se hizo sobre la base de una simulación estadística a partir de los datos de nuestra encuesta del tercer trimestre de 2023”. Salvia agregó: “No creo que estemos muy lejos de lo que está sucediendo”.
El presidente Milei reaccionó anoche a la publicación del informe. “La verdadera herencia del modelo de la casta: 6 de cada 10 argentinos son pobres. La destrucción de los últimos cien años no tiene paragón en la historia de Occidente”, aseguró en las redes sociales.
Al hablar de la pobreza, la población en esa situación -unos 27 millones de argentinos- tuvo dos procesos de crecimiento: pasó del 44,7% en el tercer trimestre de 2023 al 49,5% en diciembre de ese año y, finalmente, al 57,4% en enero de 2024. Los motivos no giran solamente en torno de la suba de la canasta básica total, sino también de los ingresos en los hogares.
Este valor es el más alto del índice desde 2004, cuando la pobreza alcanzó el 54,8%. “La diferencia es que en ese entonces estábamos de salida de la crisis de 2001 y ahora, si el programa del gobierno no funciona, estamos en la entrada”, advirtió Salvia.
Según el informe, los más afectados fueron los hogares de clase media y baja que no son beneficiarios de políticas sociales. Para los beneficiarios de esta ayuda, la pobreza aumentó del 76,5% en el tercer trimestre de 2023 a un 81,9% en diciembre de 2023 y a un 85,5% en enero de 2024.
El informe explica que las proyecciones se calcularon ajustando los ingresos del tercer trimestre de 2023 según “las variaciones reales en los salarios y las modificaciones en los programas de ingresos y transferencias monetarias”.
A su vez, las canastas de consumo (CBA y CBT) “se actualizaron en función de la variación de los valores correspondientes al incremento de las mismas según estimaciones del Indec”.
La indigencia, en cambio, pasó del 9,6% en el tercer trimestre de 2023 al 14,2% en diciembre al 15% en enero de este año. A diferencia de lo que ocurrió con el índice de pobreza, la suba de las transferencias en políticas sociales -como el aumento de la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la Tarjeta Alimentariasí amortiguó la indigencia en aquellos que son beneficiarios de los programas. Para los hogares de estos beneficiarios, aunque la indigencia aumentó del 19,7% al 28,8% en diciembre de 2023, se redujo al 23,8% en enero.
Además, aclararon que para calcular el agravamiento de la situación social realizaron dos ejercicios de simulación “en función de los ajustes aplicados a los micro datos de la EDSA del tercer trimestre de 2023”. El primero es donde recalculan los niveles de indigencia y pobreza en la situación del incremento de las canastas y la actualización de ingresos laborales y no laborales de diciembre de 2023. El segundo, en cambio, muestra la situación de los costos de canastas y los ingresos laborales y no laborales de los hogares de enero de 2024.
En diciembre el ministro de Economía, Luis Caputo, anunció una devaluación que llevó el dólar oficial de 350 a 830 pesos, lo que impactó directamente sobre distintos rubros, que sufrieron una disparada de precios. Ese mismo mes la inflación tuvo un pico de 25,5%, mientras que el valor del índice de precios para el año fue de 211,4%, el más alto en los últimos 32 años.
Esta cifra fue compartida con la gestión de Alberto Fernández, que finalizó el 10 de diciembre. Ese mes, desde la Antártida, adonde había ido por un viaje institucional, el presidente Javier Milei había asegurado que si la inflación llegaba al 30% sería “un numerazo” por cómo venía la economía.
En enero, el índice de precios experimentó una desaceleración y bajó a 20,6% en el primer valor completo de la gestión libertaria. Aun así, la variación interanual fue de 254,2%, rompiendo otra vez el récord de la cifra más alta desde 1991. Allí se vieron fuertes aumentos en bienes y servicios, alimentos y transporte.
El informe del Observatorio de la Deuda Social reconoce a la pobreza como un problema histórico desde hace más de 40 años. “La falta de capacidad de consumo de más de un tercio de los hogares y la población es un emergente de fallas económicas más estructurales del sistema económico-productivo”, escribe el organismo encabezado por Salvia.
El especialista que ganó prestigio porque el organismo que encabeza sigue la serie de pobreza desde 2004 -incluso durante el apagón estadístico del kirchnerismo- advirtió que “en febrero y marzo la situación tenderá a agravarse, pero el indicador encontrará un techo en el orden del 60%”. Dijo que “si la inflación baja habrá alivio; de otro modo será una catástrofe social”.

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Comerciantes. Malabarismos para sortear la crisis
Los pequeños vendedores del conurbano admiten que el volumen de consumo se contrajo bruscamente
Federico González del SolarUn negocio barrial de Wilde, a pura oferta
Mónica Baldi lleva un cuarto de siglo vendiendo fiambre, un trabajo que, junto con los proveedores, heredó de su madre. Los mejores clientes, los más “fieles”, los tuvo en una feria del partido de San Martín, pero el cese que impuso la pandemia y la necesidad de seguir la arrinconaron en su hogar de Villa Ballester, a pocas cuadras del asentamiento La Rana, donde le hizo lugar a su negocio, que amplió en un almacén general.
“Ese precio es en efectivo y al contado”, le suelta a una clienta que renuncia al queso fresco en oferta por no poder pagar con la tarjeta. Ya en retirada, casi en el umbral del negocio, hurgando en un bolso, la señora encuentra un billete de mil pesos. “Sííí –celebra, dándose vuelta–. Deme un cuarto”.
El miércoles pasado el Indec dio a conocer el índice de precios al consumidor de enero, que reflejó una inflación mensual del 20,6% –“horrorosa”, la calificó el presidente Javier Milei–. El dato tuvo un extra que despertó distintas lecturas: la desaceleración con respecto a diciembre (25,5%). “Si vos no coordinás expectativas, el costo de bajar la inflación es altísimo”, señaló el también economista Martín Lousteau, en alusión al freno en la demanda. El senador es uno de los radicales más refractarios al oficialismo, que, sin embargo y sin dejar de reparar en el “costo”, pronosticó un “ordenamiento” en los precios.
El de Mónica en Villa Ballester es uno de los muchos pequeños comercios del conurbano en los que resuenan a escala barrial los números que atestiguan un recorte en el consumo. La Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME), por caso, registró una caída del 6% en el último mes y un 28% con respecto a enero del año pasado.
En el rubro de Baldi, el de los alimentos y las bebidas, la retracción interanual fue de un 37% y la del último mes, un 13%.
“Ya venía mal desde diciembre. Se movió un poco por las Fiestas, pero no mucho más”, explica Baldi, que este año dejó de vender bondiola, pastrón y queso cheddar. “Y, en realidad –agrega–, desde 2018 que no levanta. El que diga lo contrario es que no entiende de comercio”, sentencia la mujer.
La ubicación en la cuadra, la fidelidad de los clientes y cierta espalda para solventar pérdidas a la hora de reponer mercadería son variables que cobran enorme peso en un contexto con señales recesivas y números inflacionarios solo comparables a la híper de 1991. Especialmente para los pequeños comercios, como el de Baldi o el de Gustavo Araujo.
“La mano viene mal, pero la estamos piloteando”, explica Araujo en el interior de una verdulería de esquina a pocas cuadras del negocio de Baldi, en una zona levemente más transitada. Trabaja junto a su tío, quien en 2001 se puso al frente de un negocio que ya en aquel año contaba con buen envión. “Todavía tenemos trabajo porque siempre hubo verdulería en esta esquina”, explica el hombre.
Día por medio se abastecen en el Mercado Central y, en ocasiones, relata Araujo, al reponer la mercadería, pierden dinero. “Lo importante es poder mantener los clientes”, señala, justo antes de que le pregunten por qué tiene tan magullados unos morrones que vende a mil pesos los dos kilos.
“Veo que muchos negocios de la zona bajaron sus persianas”, señala. “Uno piensa ‘se habrán ido de vacaciones’. Pero hace más de dos meses que están de vacaciones”, dice, inclinando la cabeza.
Rubén, jubilado hace pocos años, maneja el último de los almacenes que queda sobre la calle Ramallo, en el partido de Avellaneda. La aparición de las grandes cadenas, en primer lugar, y la proliferación de las distribuidoras de bebidas, en segundo término, fueron recortando las posibilidades de los pequeños comercios en la zona, según explica.
“Ya no sirve tener esto”, dice señalando con su mano el desguarnecido local a sus espaldas. La merma en el consumo y la suba de impuestos –que enlista con desánimo, junto con los gobiernos que se sucedieron en los 40 años que mantuvo el comercio– lo empujaron a tomar la decisión. “No sirve –insiste–. Ya hablé con dos personas para que vengan a buscar la balanza y las heladeras. Cierro a fin de mes”, cuenta con pesar. “Comeré una vez al día, pero voy a dedicarles tiempo a mis nietos. El que no pude dedicarles a mis hijos”. Trabajó, asegura, todos los sábados y domingos, todas las navidades y años nuevos. “No sirve. No sirvió”, afirma este jubilado, que prefiere mantener su nombre en reserva.
“Ya no se vende como antes”, compara Rogelio al frente desde hace casi cuatro años de una verdulería en Bernal. Su referencia temporal, sin embargo, son apenas unos pocos meses atrás. “La gente llevaba por kilos, hoy te piden dos bananas o dos papas”, ejemplifica. La dimensión de su negocio no justifica la ida al Mercado Central –“es muy caro”, subraya–, por lo que busca precios por la zona y se corre solo hasta Berazategui. “La gente tiene muy poco, solo para el día”, enfatiza.
El aumento en los remedios, apunta, es la queja más recurrente entre sus clientes.
La segmentación diaria en la compra de alimentos no es exclusiva de los comercios de cercanía. “Ya son pocas las compras grandes. La gente compra lo justo y necesario. A diario”, comparte, cambiando la escala, un gerente de un supermercado en una importante avenida de Quilmes.
“El consumo en los productos alimenticios bajó rotundamente”, informa, en alusión a enero y lo que va de febrero.
Los sectores medios no son los únicos que modifican hábitos de consumo. Alicia Montiel, de vasto recorrido como empleada de carnicería, atiende hoy una en el centro de Villa Ballester. Sin mucha clientela, dedicó buena parte del viernes a cortar cinco medias reses, acomodar y limpiar el local para el sábado, día en el que corre un importante descuento que hace un banco en carnicerías. “Explota. Y eso que este es un barrio de muy alto poder adquisitivo”, señala.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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