lunes, 5 de febrero de 2024

LA VIDA EJEMPLAR DE PAULA PARETO


Paula Pareto
"“Creo que la clave es intentarlo, simplemente”


Texto de Mariángeles López Salon // Fotos: Mariana Roveda
Desde la vereda huele a café y, con solo dar unos pasos en la galería, se descubre que hay más que buenos espressos. Detrás del mostrador atiende Mirta, que sonríe y ofrece una porción de brownie, aunque en otros tiempos estuvo en las tribunas de los Juegos Olímpicos, alentando o sufriendo a la par de su hija, Paula Pareto. Siempre acompañándola, como toda su familia. “Es mi equipo”, dice la judoca mientras acompaña la entrevista con un latte, y también sonríe, ya lejos de las tensiones de las competencias como deportista de elite. La primera mujer que logró una medalla de oro para la Argentina en un deporte individual en Juegos Olímpicos, en Río de Janeiro 2016, ganadora de la medalla de bronce en Pekín 2008 y de tantos Panamericanos y torneos, dejó definitivamente la alta competencia después de Tokio 2020. ¿Extraña? “No, cero”, asegura. ¿Tiene tiempo libre? “Para nada”. Sigue ligada al judo, pero desde el otro lado del tatami, como coordinadora de un programa del Enard (el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo). También como médica, porque mientras entrenaba y competía en China, Brasil, Japón o Inglaterra, cursaba medicina en la Universidad de Buenos Aires. Es más, su mérito inspiró el Programa para Estudiantes Deportistas de Alto Rendimiento de la UBA. Al conocer su esfuerzo, el entonces rector Alberto Barbieri impulsó el programa para que los alumnos pudieran desarrollar su carrera deportiva sin descuidar la formación académica. Fue aprobado en noviembre de 2019 y hoy suma 25 deportistas de elite de distintas disciplinas. Pareto Caffé, que abrió con y para su familia, es su centro de operaciones. Ahí, además de compartir tiempo con sus padres, hermanos y sobrina, coordina entrevistas, publicidades e invitaciones a conferencias. Su testimonio es muy requerido por las empresas y, aunque no es amante de la exposición pública, accede a contar su historia y sus principios. Y sí que vale la pena escucharla. – ¿Cuáles son los tópicos de las charlas? –Suele ser el trabajo en equipo, la motivación, el liderazgo. Siempre hay un moderador y, más que dar conferencias, me gusta que me pregunten y que salga espontáneo. Hablo de mi vida, depende del ángulo que tomen. – Sos un doble ejemplo, mientras entrenabas y competías en los Juegos Olímpicos, estudiabas medicina. –Soy una persona más. Creo que la clave es intentarlo, simplemente. Mucha gente no llega porque ni siquiera lo intenta, porque cree que es imposible. Yo siempre agradezco el equipo de trabajo que tengo, porque sin el equipo sería imposible. Tanto para seguir entrenando como para estudiar. En general, los chicos dejan de hacer actividad física o deporte cuando comienzan la facultad porque se les acortan los tiempos. Si uno se organiza y tiene un objetivo firme, se puede. Pero son pocos los que se animan a intentarlo. Además, a perder y fracasar millones de veces, y seguir a pesar de eso. Tenés que ser un poco cabeza dura, con sus pros y con sus contras (se ríe).En San Fernando, el Pareto Caffé es su centro de operaciones y el lugar de encuentro familiar
–¿Tu objetivo era ser campeona olímpica? —La verdad es que las cosas se fueron dando. Mi objetivo, en realidad, tanto en el estudio como en el entrenamiento, era hacerlo cada día mejor. –¿No soñabas con la medalla olímpica? –Yo veía a los que representaban a la Selección Argentina y decía eso es lo que quiero. Mi sueño era representar a mi bandera, y lo veía muy difícil. Pero ni me lo ponía como meta, siempre entrenaba al cien por cien, a dar mi tope, a hacer lo mejor posible. Por ejemplo, en judo a algunos les cuesta más que a otros el randori (la lucha de estilo libre). Yo tenía que luchar con el contrincante que más me costaba, sino sentía que me faltaba algo, que me fallaba a mí misma. Si un día hacía 10 dominadas, al siguiente necesitaba llegar a 11. Día a día, ganarme a mí misma. –¿Siempre tuviste esa actitud? –Siempre, y en todo fui así. Al principio, salía a correr arriba del gimnasio en San Fernando, donde empecé; me tomaba los tiempos en cada vuelta y quería hacer un segundito menos. En el estudio tal vez era más difícil, porque mi objetivo era por horas de estudio. –En la alta competencia los deportistas llegan con un estado físico parejo, ¿la diferencia es la actitud? –En el día a día tenés que esforzarte para después, en la competencia, rendir como corresponde. Lo que pase en competencia es resultado del trabajo previo. Es parte de un todo. Ese día lo más importante es cómo estás preparado de la parte mental. La física la tenés, o no. Yo sabía que la parte física la tenía, que había hecho los deberes. Pero también veía a un montón de compañeros, de amigos, que físicamente eran unos animales, sabía cómo entrenaban y eran técnicamente impecables, y después, cuando competían, pensaba ‘¿qué hace? No se puede cansar este chico’. –Estudiabas medicina siendo una deportista de elite. ¿Cómo manejabas los tiempos? –Me organizaba el año previo, desde noviembre y diciembre. Agendaba las materias y los torneos de ese año, y así veía qué priorizaba. Hablaba también con mi entrenadora para decidir qué era lo más importante, porque en lo deportivo tenés picos de rendimiento, el torneo principal del año, el segundo y los preparatorios. En las materias, lo mismo, con las fechas de los parciales y finales. Siempre cursé en enero y febrero para ganar tiempo. En la medicina el mejor momento fue cuando me recibí, fueron años de esfuerzo que dieron resultados. Cuando estudiás en algún momento va a rendir, pero en lo deportivo es una incógnita, hay alguien del otro lado que también quiere ganar. En medicina, si estudiás, te va bien. Igual tardé un año y medio o dos años más que un chico que solo estudia. –¿Era más importante el judo que la medicina? –Siempre estuvieron a la par. Sí cobraban más importancia en la semana previa de un examen o de una competencia, pero eso ya lo tenía en mi calendario previo.Es la primera mujer que logró una medalla de oro para la Argentina en un deporte individual en Juegos Olímpicos
–¿Cuándo comenzaste con un psicólogo deportivo? –En 2006, 2007. Me lo sugirió un amigo de judo. No había tenido nunca la idea, y me pareció que estaba bien. Creo hay que quemar todos los cartuchos, dar tu 100%. Para lo físico, vas al gimnasio. Lo mental es igual de importante, ¿cómo lo entreno? Yendo con quien sabe. –¿Habías hecho terapia antes? –No. Hoy con mi psicólogo nos reímos porque la primera vez que fui le dije: “Yo no soy muy de psicólogo, pero sí me gusta quemar todos los cartuchos. Sentir que hice de mi parte lo que corresponde”. Al principio no es tangible ver si te ayuda lo psicológico, después me di cuenta que sí. –¿Y cómo te ayudó, además de lo tangible? –Así como hacés un entrenamiento físico, hacés un entrenamiento mental. Con visualizaciones, con las charlas, en cómo afrontar situaciones. Él me decía: “Ya sé que esto lo sabes, pero siempre es importante que te lo digan de afuera”. Es así, si lo escuchás de un externo repercute. Hay que encontrar el que es para uno, que en mi caso fue el mejor y me ha servido. Y también confiar en tu equipo. –¿En qué te apuntaló frente a las competencias? –Lo más importante, o donde más cuenta lo psicológico, es el mismo día de la competencia. Justamente a Beijing fui con la premisa de lo que decías, que todos más o menos llegamos físicamente de igual forma. Tal vez un japonés tiene más años de entrenamiento, porque a uno no le dan los tiempos. Pero en ese momento, la actitud marca la diferencia. En especial en el judo. –¿Y frente al contrincante? –En hacer lo tuyo, pensar que se puede ganar. Tener fe en el trabajo que hiciste en el día a día y luchar. No pensar en otra cosa. Podés tener pensamientos positivos o pensamientos negativos. Alguna vez te preguntan, ¿cómo hacés para no ponerte nerviosa antes de luchar? Me pongo nerviosa, si no hay nervios no te sirve, no tenés adrenalina. La idea es saber procesar ese sentimiento y darle una utilidad, enfocarte. Hay dos opciones, pensar “Uy, voy a perder, me va a tirar”, o “yo tengo que hacer esto y esto. Punto”. No dejás que nada más entre en tu cabeza. Tu cabeza es tuya y vos aceptás si entra una cosa u otra. Sabía lo que yo tenía que hacer, después lo que hacía la otra era problema de ella. Si me tira, bien por ella, y si la tiro, bien por mí. Lo encaro sabiendo que va a funcionar. Si funciona o no funciona, lo veremos. –Lograr esa seguridad lleva tiempo. –Claro que sí. La seguridad de saber que entrenaste físicamente bien y que te mantenés desde el punto de vista mental. Se cae de maduro. Es un todo. El día de la competencia es más importante lo psicológico, pero si no tenés lo físico, no llegás, aunque tengas todas las ganas. La parte física, la parte técnica y la parte psicológica. Son las tres, ese día está todo. –¿Te afectaba emocionalmente el resultado? –Yo siempre marco la diferencia entre ganar, perder y salir frustrado. ¿Dónde te frustrás? Cuando no das el 100%. Ahí es donde perdés y no aprendés nada. En cambio, podés perder, porque es una competencia, y lo aceptás, porque diste lo mejor. Yo le sacaba lo positivo y seguía. Sí, claro, antes de eso lloraba tres horas, vale aclararlo. Es un sentimiento, lo procesás y sacás algo. Pero es frustrante cuando no aprendiste nada de esa situación, y duele mucho más. Por lo menos yo lo aprendí así, a los golpes –¿Qué momento recordás como el más frustrante? –En Londres, que hoy tomo como totalmente positivo para lo que siguió (quedó en el quinto puesto). La noche anterior, algo que nunca me había pasado, no dormí nada. Sentía todo negativo y no podía luchar conmigo misma. Había unos problemas internos en el judo que influyeron. Tres días antes tuve una descompostura muy grande y, según los médicos, no había llegado al cien. Sin embargo, luché por un bronce olímpico, que es un montón. Cuando terminé estaba triste, mal. Desde la autoexigencia sentía que se me había escapado por muy poco la medalla. Siendo objetiva, así como se escapó por poco la de Londres, la de Beijing medio que salió de la galera. Ganada en justa medida, pero mi rival para mí era superior. Gané porque el juego es así y la tiré en el momento indicado, se equivocó y yo aproveché. –¿Por qué resultó positiva la experiencia? –Me sirvió para los juegos olímpicos de Río, para afrontarlos de otra manera, con la tranquilidad que me daba mi equipo. Después de Londres no quería hacer más judo. Pensaba en competir en Beijing, dejar y dedicarme solo al estudio. Pero volvía porque es un estilo de vida, tenés tus amigos, tu equipo. Me gusta el deporte claramente, seguía dando mi 100% en cada entrenamiento porque soy así. Además, en la última lucha en Londres, me fracturé el codo y me enteré al mes, cuando me hice una radiografía [tenía una fractura por avulsión]. Pero no me importaba, no iba a competir más. –De nuevo cambiaste de opinión. –Mis amigos me insistían para que entrenara, decían que me extrañaban, ja, ja. Como no tengo un punto medio: si voy, entreno, no voy a pavear. En 2009, en el Panamericano de Judo, se hizo un selectivo y me fue bien. Quedé primera y seguí entrenando. Fue una sucesión de cosas. –Siempre volvías. –Me decía: en Beijing me retiro. Londres, me retiro. Río, me retiro. Pero Río está acá al lado, cómo no vas a ir. Seguía porque me gustaba, siempre al tope, iba a una competencia, a otra, sumaba puntos. Me acuerdo cuando mi entrenador me dijo: “Lamento informarte que, si no querés ir a Río, que ya estás clasificada”. Es un poco el lema de mi vida: día a día.“Siempre marco la diferencia entre ganar, perder y salir frustrado. ¿Dónde te frustrás? Cuando no das el 100%”

–Y finalmente llegaron los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. –Río superó el sueño, porque en un sueño uno puede imaginarse festejando, saltando y contento, pero no con todo tu equipo de trabajo ahí. Mi equipo es mi familia, amigos, mi entrenador, mi psicólogo y todos los argentinos que quizás no tenían la más remota idea de lo que era el judo y alentaban. –El judo es un deporte en equipo, aunque estuvieras sola en el tatami. –Totalmente. Sin toda esa gente no llegaba al resultado. En Río había algo particular. Podía ganar, perder la primera lucha o ir pasando y lograr el resultado que se dio. Como te decía: yo voy y hago lo que tengo que hacer. Después que pase lo que pase. Antes de la pandemia, Paula Pareto quedó clasificada para participar en los Juegos Olímpicos Tokio 2020. Sabía que su estado físico no era el mejor, y que con el aislamiento se limitaban los entrenamientos previos a las competencias. Con ingenio, buscaba todo tipo de técnicas y herramientas a su alrededor para mantenerse en movimiento, y lo compartía en sus viralizadas historias de Instagram (@paupareto) “Fue difícil. Aunque nuevamente quería dejar después de Río, había vuelto a entrenar, a sumar puntos y quedé para Tokio. Y quién no quiere ir a un juego olímpico. Tenía varias lesiones acumuladas, estaba imposibilitada en algunas cuestiones técnicas que eran mi fuerte. Durante la pandemia entrenaba en casa, hacía lo que podía. La gente veía mis historias y me decía que entrenaba un montón. No, en realidad me colgaba de una lámpara, buscaba cosas diferentes, pero eso no es entrenar”. –Así llegaste a Tokio 2020. –Con 35 años físicamente no daba, había entrenamientos que no podía terminar por los dolores. Salía frustrada, es como si un futbolista no puede patear una pelota. Había lances [con lo que arrojás al otro y lográs la puntuación] que no podía hacer, y me moría del dolor. Intentaba disfrutar, y de hecho lo he disfrutado, porque decía es lo último. Cuando te retirás del alto rendimiento es normal hacer un duelo; el mío fue previo, en la pandemia. En Tokio quedé séptima, o sea, un resultado inferior al de Londres, pero yo estaba feliz. Había dado todo. Me podían decir “perdiste con una chica a la que le habías ganado cinco veces”. Es parte del deporte, yo siento que me ganó en buena ley. Tal vez si luchábamos de vuelta le podría ganado, sí. Pero le tocaba a ella. –¿Fue una buena forma de cerrar la carrera? –Haber dado todo es buena forma de cerrar la carrera. –¿Extrañás las competencias? –No, para nada. Cuando voy a las competencias como médica, como técnica, más de uno se para al lado y me dice “¿Extrañas, no?” Noooo. Lo veo y disfruto haberlo pasado. –¿Qué consecuencias sufriste en el cuerpo? –El alto rendimiento no es salud. Siempre jugás al límite. Comparo al deportista de alto rendimiento con un Fórmula 1. Desde el punto de vista nutricional, porque no le vas a cargar aceite de oliva. Yo entrenaba y después quería comer bien para no tirar al tacho todo ese esfuerzo. Con el cuerpo, estás ahí al límite. En un momento el motor funde, lo vas regulando. De hecho, en judo muchos dejan de competir antes de los 30 años, por el peso. Ese problema no lo tuve, siempre estaba por debajo de los 48 kilos y me esforzaba para subir un poco para no regalar tanto peso. Por eso tuve menos lesiones que otros, y también perduré más en el tiempo en cuanto a la edad. Sin embargo, tengo una cirugía cervical, los hombros con bastantes lesiones, lo mismo las rodillas. –¿Aún sentís dolor? –No, pero porque no hago más judo. A los chicos les hago especial hincapié en que estamos al límite. Si nos preocupamos por hacer bien las cosas, estaremos bien físicamente. Cuando comencé no existía toda la ciencia aplicada al deporte de hoy, que es un montón y hay que aprovecharlo. Busco que entiendan que si te cuidás de chico es mucho más llevadero cuando avanza la carrera, y no llegás con las lesiones que tenemos los deportistas más grandes. –¿Cuál es la preparación de los judocas que en un futuro representarán a la Argentina? –Mi objetivo es acompañarlos en lo que es la formación, seguirlos con el cuerpo técnico de la Selección Mayor, con la que tengo muy buena relación. La idea es hacer esta transición como corresponde y ser parte de ese equipo desde el lado del banquito, de esos chicos que para mí tendrán mejores resultados que nosotros porque cuentan con un equipo de seguimiento continuo. Hoy el trabajo es más integral. Entonces se los descubre desde lo físico y psicológico mucho antes, entonces se los guía mejor y llegan más armados. –Muy distinto a cuando comenzaste. –Yo llegaba como llegaba. Éramos pocas chicas, a veces era la única. Les preguntaban a mi mamá y a mi papá porqué me dejaban hacer judo si era de varones. Ahí está el apoyo familiar. La respuesta de ellos era: “Es un deporte” –Humanamente, ¿qué es lo positivo del judo? –La cultura japonesa es digna de aprender a nivel mundial. Cuando viajo a Japón vuelvo feliz y enamorada de la gente, digo qué calidad humana. Tienen una simpleza, son amables,ordenados. Tienen esa disciplina, te enseñan los valores del deporte. Cuenta una leyenda de que se remonta al siglo VI: Un día de invierno, Jigoro Kano se encontraba mirando por la ventana el paisaje, observaba cómo al caer la nieve sobre las ramas gruesas de un viejo roble, la nieve se acumulaba hasta que la rama en primavera se quebraba, mientras que, al caer la nieve sobre las ramas finas de un sauce, éstas cedían ante el peso de la nieve dejándola caer. Así se creó uno de los principios básicos del judo: ceder para vencer. “Judo significa camino a la suavidad, es ser flexible a los cambios. Yo tenía mi agenda, pero si surgía un cambio no me trababa en eso, buscaba la solución. Es una elección cómo sobrevivir al crudo invierno. Esto de perder, ganar, fracasar es lo mismo”. –Así y todo, ¿en la competencia era matar o morir? –Yo siempre digo a matar o morir en el buen sentido de la palabra, porque para mí cada competencia era como una guerra. Eran esos cuatro o cinco minutos de lucha, en los que tenés que dar todo. Para eso te esforzaste, para eso se esforzó tu familia, tu cuerpo técnico, tu cuerpo médico, tu equipo. Ahí hacés valer todo ese esfuerzo. –En ese momento, ¿qué lugar ocupaba el contrincante? –Hay que ganarle, al que sea, siempre dentro de las reglas. De hecho, siempre me llevé muy bien con todos porque el anti fair play no me va, es algo que también les repito a los chicos. Más importante es ser buena gente, nosotros representamos un país. Ganar o perder, segundo plano. Primero ser bueno y hacer bien las cosas, ganemos en buena ley. Pero sí vamos a matar o morir. Nosotros queremos ganar dentro de las reglas de juego. –¿Es verdad que en tu casa no hay trofeos? –Me daba vergüenza recibir un premio. Lo tomaba como un reconocimiento al esfuerzo del día a día que no solo hice yo, sino también todo mi equipo. En cada premio agradezco al equipo. Porque es un reconocimiento para todos. No me gusta exponer los trofeos. En mi casa no tengo nada porque al que invito no tiene por qué entrar y ver un premio. Los tienen entre mi mamá y mi papá, cada uno en su casa. Sé que están en buenas manos y ellos están felices de tenerlos. –¿Y el diploma de médica? –También guardado (se ríe). –¿Ahora sentís alivio, después de dejar las competencias de alto rendimiento? –Sí, total. Porque si bien siempre lo hice porque me gustaba, había llegado el momento. Yo creo que hoy no estoy en paz, entre comillas, porque busco siempre hacer cosas diferentes, tengo proyectos todo el tiempo. Pero no hay todo un grupo de trabajo o alguien que dependa de ese resultado, entonces te da cierta tranquilidad. Ahora, cuando voy a las competencias con los chicos, tengo otra sensación. Es difícil describirlo. Si bien digo soy parte del equipo y quiero que les vaya bien, hay cosas que no dependen de mí. En ese momento todo depende del deportista. –¿Qué es ser un referente en la Argentina? –Hay mucha gente que hace muy buenos trabajos y que, simplemente, no es conocida. En el ámbito público tal vez soy un referente, pero hay miles de referentes desconocidos, que día a día hacen un esfuerzo por el país, por su familia, por un objetivo. Lo veo en el ámbito médico todos los días, en el empresarial lo mismo, como en todos los ámbitos. Pero sí me gusta si mi experiencia sirve para que los chicos vean que es posible, por ejemplo, estudiar y competir, y que cuando uno tiene un objetivo lo puede cumplir con esfuerzo, voluntad y motivación.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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