Animación para adultos: cuando los “dibujos” se atreven al policial, el erotismo, la sátira política y las cuestiones existenciales
Del underground de Ralph Bakshi al mainstream de Los Simpson o South Park, un recorrido por las piezas claves de un cine que consiguió abrirse un camino propio en las últimas tres décadas
Leonardo D'Esposito
Animación para adultos: cuando los “dibujos” se atreven al policial, el erotismo, la sátira, la política y las cuestiones existencialesEn los últimos treinta años ha sucedido algo saludable: el cine de animación ha dejado de considerarse un campo estrictamente infantil. El estreno esta semana de El Señor de los Anillos: La guerra de los Rohirrim es una prueba perfecta: no es un intento “independiente” sino parte de una franquicia exitosa y una apuesta comercial fuerte. Las consecuencias del acercamiento entre el cine “adulto” y el campo animado son muchas y exceden un artículo; una de las más interesantes consiste en que muchos artistas utilizan la casi infinita plasticidad del medio para disponer de temas cada vez más adultos de una manera que el cine de acción en vivo -salvo que se una a la animación con la coartada del efecto digital- no puede desplegar. Es cierto que el “otro cine”, el de actores y escenarios analógicos, se ha contagiado (quizás demasiado) de las posibilidades de la animación; y que el matrimonio, con la irrupción de la IA, puede convertirse en una integración absoluta más temprano que tarde. Pero aquí vamos a hablar de esos films que optan por el dibujo para dirigirse a los adultos como target principal.
Es curioso, pero el mayor pionero estadounidense de la animación adulta había intentado alguna vez una adaptación de El Señor de los Anillos. Se trata de Ralph Bakshi, que hizo aquella película con mucha rotoscopía en 1978 (se puede encontrar en Apple TV+). Lo importante de aquel film es que fue exitoso, aunque no lo suficiente como para que se realizara -llega a la mitad de la novela- su continuación. Y que Bakshi se desmarcaba del “estilo Disney” que dominaba entonces un medio considerado básicamente caricaturesco. Es cierto que el cine de animación es básicamente caricatura, en la medida en que busca la estilización de lo real (o su sátira) en lugar de una mímesis absoluta. En el caso de Bakshi, la violencia, el erotismo (no aquí, pero sí en el resto de su obra) y el diseño van de la mano. Su primer largo, de hecho, es una cachetada al cartoon de animales, como es la obra en la que se basa: Fritz, el gato (Google Play), sobre la tira del dibujante underground Robert Crumb. El personaje es vanidoso, feroz y lascivo; y la crítica social de la película esta inscripta en el mundo contracultural de los sesenta y setenta. Crumb, se sabe, la odió y de hecho dibujó una tira donde se asesinaba a Fritz satirizando la existencia de la película. Sin embargo, es una gran prueba de cómo la psicodelia salvaje podía incorporarse, gracias al dibujo, al cine.
De Bakshi es bueno revisar todo, aunque no todo es completamente logrado. El curioso puede revisar su film sobre la música popular estadounidense American Pop (AppleTV+) que, en un estilo muy realista y a través de una familia, cuenta la historia que va del jazz al punk en los Estados Unidos. O su parábola de ciencia ficción sobre el fascismo Wizards (Disney+), que tiene mucha aventura, mucha épica, mucha sátira, algo de erotismo y una burla al cartoon clásico. Esas dos son, quizás, sus películas más logradas y abrieron caminos que tardaron por lo menos dos décadas en volverse mainstream, mientras el cine animado seguía relegado por la gran industria a lo pueril. Porque ese fue un gran defecto: lo que un par de adultos pensaban que podía ser adecuado “para niños” resultaba ser, ni más ni menos, una repetición de tópicos y formas que no tenían nada que ver con las intenciones de los grandes creadores del género. Chuck Jones, Tex Avery o el propio Disney pensaban en un público general (como mucho) o en sus propias fantasías antes que en “niños”. Por suerte, eso volvió a cambiar cuando, a fines de los 90 y un poco gracias a Los Simpson, una generación criada a dibujos animados se lo empezó a tomar, otra vez, en serio. Aunque hay dos territorios donde esa limitación no existía: Europa y Japón.
Entre los europeos, hay que destacar especialmente al checo Jan Svankmajer, que utilizaba el stop-motion y la poética surreal para generar críticas al régimen represivo de lo que entonces era Checoslovaquia, aunque su salvajismo y poesía han continuado luego de la caída del muro. Dos cortos y un largo son centrales para comprender -y además, ver su influencia- desde entonces. Dimensiones del diálogo (1983, en YouTube, Google Play y suele volver por MUBI) tiene tres partes: objetos de cocina que se van destruyendo poco a poco; una pareja (asombroso trabajo de animación con esculturas de arcilla) que se enamora, apasiona y destruye; un par de hombres (dos cabezas hiperrealistas) que no logran comunicarse. Describir la película sería quitarle la sorpresa, pero la idea de que el cine, con el plano a plano, puede darle vida a objetos y, gracias a eso, crear una idea y criticar el mundo, es enorme.
Tras la caída del muro, Svankmajer hizo una irónica “historia” de la República Checa bajo el estalinismo, llamada La muerte del stalinismo en Bohemia (YouTube), que usa absolutamente todo para asentar un punto pesimista, desde esculturas hasta palos de amasar representando los tanques que aplastaron la Primavera de Praga. Mucho más tarde, Svankmajer hizo varios largos con mezcla de animación y actores; uno de los mejores es Conspiradores del placer, una comedia que incluye mucho erotismo (hay una gran copia en Archive.org, y no es fácil de ver en otras plataformas). Cine adulto, surreal y muy influyente más allá de lo animado, este film de 1996 está en la misma sintonía que David Lynch, aunque es bastante más cómico.
El animé es una paradoja: el campo de animación (por lo general dibujos animados tradicionales, hechos a mano) más exitoso y el menos comprendido. Japón, influido por el shinto, la religión que define la experiencia cultural japonesa, habla del equilibrio entre el hombre y la naturaleza; uno de sus corolarios es que cualquier cosa puede ser transformada en un hálito vital, puede tener conciencia. Y los dos grandes temas de la animación japonesa son el quiebre del equilibrio humanidad-Naturaleza por la mano del hombre (siempre con resultados catastróficos) y, asociada, la cuestión de la conciencia de lo artificial. Tres de los grandes clásicos de la animación japonesa puede verse en copias perfectas en Netflix: Akira, Ghost in the Shell y La princesa Mononoke (a la que se puede sumar El fin de Evangelion, película que supondría el epílogo de la serie del mismo nombre pero que puede verse como un gran obra surrealista totalmente aparte). Akira transcurre en 2019 -claro, es de 1988, aunque la historieta (manga) de Kastsushiro Otomo en la que se basa es bastante anterior- donde ya ha ocurrido una guerra nuclear. El film gira alrededor de seres manipulados por la ciencia con extraños poderes psíquicos que desatan o pueden desatar una hecatombe, pero sobre todo de cómo estas rupturas y desastres buscan la recomposición del equilibrio entre el mundo y el hombre. Akira no tiene concesiones en cuanto a iconografía: tanto la violencia a veces cercana al cine de horror como la trama política y científica requieren a un espectador abierto y atento.
Ghost... es en sí un policial: otra vez en un futuro del siglo XXI (¡cuántas esperanzas abrigaba nuestro siglo en los ochenta y noventa!) una agente policial que es en sí un cyborg busca a un criminal que “hackea” cerebros. Es una película de acción con un universo consistente pero intenta responder a la pregunta de hasta qué punto la conciencia humana es parte de un cierto tipo de biología. Hay una adaptación “con actores” (la protagonizó Scarlett Johansson en 2017, disponible en Apple TV+ y Google Play) muy menor; en el caso de la versión animada, el mundo resulta más real porque todo es dibujo, justamente, y crea una sensación de coherencia total entre personajes, acciones y ambiente. El tema, que se ha vuelto relevante en los últimos años en la medida en que ha avanzado la inteligencia artificial, resulta totalmente preciso en su forma animada. Hay además toda una serie de películas (las últimas, de la serie Ascension, en Prime Video), pero la original es única.
Y Princesa Mononoke es quizás una de las mayores películas de los años noventa en cualquier género y país, obra maestra de Hayao Miyazaki y, aunque se puede ver con menores, bastante compleja y violenta como para ser “infantil”. En el Japón medieval, un joven es maldecido por un espíritu del bosque y debe viajar lejos para encontrar la cura antes de morir. Lo que lo lleva a un lugar en el que una mujer poderosa ha rescatado a un pueblo de la pobreza a la que lo sometía un shogunato, pero fabrica armas de fuego que causan una ruptura del orden natural. Se le opone una niña criada por lobos gigantes y todo deriva en una enorme batalla entre animales y hombres en la que no es posible estar “de un lado”. No hay malos ni buenos definitivos, sino un cuento en el fondo moral o ético realizado con un grado de detalle en el diseño y en la profundidad psicológica de cada personaje que le otorga a la película una densidad poco común. Requiere atención -y atención adulta- para capturar sus muchas sutilezas.
En los Estados Unidos, el cine animado tomado como herramienta adulta ha derivado en la sátira salvaje, en consonancia con la mejor tradición de la animación clásica (qué otra cosa eran los Looney Tunes, amigos). Y han dado, ya, su obra maestra: South Park, la película (por ahora, Google Play, pero suele volver a Max). Sí, es parte de la famosa serie animada creada por Trey Parker y Matt Stone, pero si nunca la vio, no importa: se sostiene por sí misma. En primer lugar, es un musical que parodia, desde la primera secuencia “calcada” de La Bella y la Bestia, la animación de Disney. En segundo, es un ataque a la falsedad de la corrección política y a la pacatería estadounidense: se llega a una salvaje guerra contra Canadá porque los nenes dicen malas palabras copiando a unos comediantes. Y en tercero, es un grito desesperado contra la estupidez detrás de toda discriminación (de hecho, uno de los personajes más simpáticos y el que tiene el número musical más conmovedor es Satán, condenado al infierno por ser gay y constantemente abusado por su amante, Saddam Hussein). Para colmo de burla, el film es récord en malas palabras, y aún así logró una nominación al Oscar a Mejor canción por “Blame Canada!”. La cantidad de dardos envenenados que lanza el film por minutos es apabullante. Al respecto, se puede seguir con Los Simpson, la película, que es auténticamente parte del cine (Disney+) pero que, incluso bastante filosa, no llega a los niveles de subversión absoluta de South Park.
Hay muchísimo más, y sería bueno que el lector curioso se acercara a películas como Waltz with Bashir (Apple TV), de Ari Folman, que cuenta a modo de metáfora animada las consecuencias psicológicas de la guerra en un Medio Oriente irredento (y es, en cierta medida, autobiográfica) o la ya clásica Persépolis, sobre el Irán de la Revolución Islámica, también autobiografía de la dibujante Marjanne Satrapi, de la que hemos hablado (Apple TV+). Pero para entender el mundo que nos toca y el que viene, quizás sea preciso ver El Congreso (Mercado Play), también de Folman, una adaptación de la novela satírica y triste de Stanislav Lem El Congreso de Futurología. Hay un prólogo diferente del libro: una actriz que necesita dinero (gran trabajo de Robin Wright) “vende” su imagen para que la IA la reproduzca. Luego, se convierte en un dibujo animado que recorre lo que pasa en la novela: un congreso en un mundo extraño que, finalmente, se revela un simulacro que oculta la miseria en que ha quedado la Tierra por obra y gracia de nosotros mismos. Film de una gran profundidad tanto formal y visual como en cuanto a ideas, es una reflexión sobre el gran tema del siglo XX y, lateral y casualmente, del mejor cine de animación: ¿qué es lo real?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.