Del kirchnerismo a Milei y Caputo, cambio de manos en el joystick de la política argentina
El oficialismo garantiza el tablero electoral de 2025 que más le conviene: con Cristina adentro; busca manejar las variables políticas y conducir a la ciudadanía hacia el miedo al kirchnerismo
Luciana Vázquez
Javier MileiAlfredo Sábat
Mientras el gobierno de Javier Milei enfrenta un dilema, Mauricio Macri y Pro se aferran a una esperanza. Los dos juegan con la misma ficha, la de la baja de la inflación, cada uno con su sistema de apuestas. Para Milei, la baja de la inflación es su mayor logro, pero también la paradoja más inquietante: cuando la presión económica disminuye, las aspiraciones del votante pueden moverse hacia otros territorios menos urgentes y prosaicos, por ejemplo, la institucionalidad, o la lucha anticorrupción. Por eso, para el gobierno, el gran riesgo no es tanto el kirchnerismo de Cristina y Máximo Kirchner sino Mauricio Macri y el cuadrante de derecha.
El riesgo es una elección legislativa que en 2025 le devuelva algo de fortaleza al tercio que peor quedó plantado con el triunfo de Milei. Si la “centro derecha” recupera tan sólo algo de votos, al mileismo se le empiezan a escurrir. La pecera donde pescan se superpone. Quedó demostrado en las elecciones de 2023.
Ante ese escenario es que el mileismo necesita la rueda de auxilio de la polarización: la ira anti cristinista mantiene presa a la ciudadanía del miedo al regreso del kirchnerismo inflacionario. Milei y su estratega Santiago Caputo manejan la política de la ira como si fueran croupiers. Con la ira, la casa gana.
Detrás de Milei y sus estrategias, funcionaría una certeza: la necesidad de repetir el modelo de miedo 2023 y que con ese horizonte por delante, votar a Milei se presente como el mejor antídoto. Por eso el joystick de la playstation política acaba de pasar de manos de Cristina y Máximo Kirchner a Milei y su mago político, Caputo. Con motricidad fina de estrategas acostumbrados a manipular joysticks, ahora reponen en el escenario la polarización con Cristina Kirchner para reinstalar una sensación en particular: la sensación de balotaje. El Affair Ficha Limpia y el salvavidas arrojado a la cabeza de Cristina Fernández encuentran explicación dentro de ese marco conceptual. La excusa es el fair play: “No queremos generar la sensación de proscripción”, argumentó el jefe de Gabinete Guillermo Francos. La realidad es otra.
La polarización no es sólo con el kirchnerismo. Polarizar es el verbo que mejor conjugan Milei y Caputo. Es el que más les conviene. Hay enemigos varios con los que polarizar: la cosa se define en el día a día. El fin de semana, el narcotráfico ofreció un camino de polarización inesperado: el video de una banda narco amenazando a Patricia Bullrich y Maximiliano Pullaro podría resultar una muestra de debilidad de la política de seguridad del gobierno. Por ahora, esa polarización entre el oficialismo mileista y el narco recargado termina resultando una oportunidad para el gobierno para copar la escena política y mostrar la firmeza y la jerga que más le resulta: la de administración y orden cueste lo que cueste, en todos los frentes, no sólo en la macro. Lo del video narco se presenta como un fogonazo en un historial de reducción del crimen narco que hasta ahora, beneficia al gobierno. Por eso hoy esa polarización le juega a favor.
La calidad institucional y el paso en falso del gobierno con la “ficha limpia”, ofrendó nuevos enemigos: renacieron polarizaciones. El macrismo y la Coalición Cívica se encontraron al fin con una polarización a su favor: el gobierno quedó del lado del enemigo de una ciudadanía muy crítica de la corrupción. A esa oportunidad opositora, el oficialismo respondió redoblando la polarización, inclusive con la oposición afín. Los libertarios se esforzaron por bajarle el precio a la entereza republicana y moral de Elisa Carrió y Mauricio Macri, que cuestionaron duro al gobierno por su boicot a una política anticorrupción como la “ficha limpia”. Milei mismo polarizó con Carrió en X, y rebajó su condición de luchadora contra la corrupción: “Pitonisa de la Moral”, la llamó y buscó convertirla en corrupta por contar con custodia armada. También en X, la cuenta de Las Fuerzas del Cielo hizo lo mismo con Macri: “Mauricio. Por décima vez, no te vamos a dar la Hidrovía”, posteó en respuesta a Pro Argentina. Macri y su jugada institucionalista rebajada a las artimañas de un lobbista en busca de cargos públicos y cajas políticas. En los últimos días, abundaron esas alusiones para perforar la identidad política basada en la lucha anticorrupción y la calidad institucional.
En el caso de Macri, el éxito paradójico del gobierno anti inflacionario de Milei depara una esperanza: que la sociedad se saque de encima el miedo al regreso de la inflación y al retorno del kirchnerismo emisor y deficitario y en 2025, vuelva a los sueños de mayor calidad democrática. Mientras Milei agita ese miedo, a Macri le conviene que se disipe. En ese caso, el voto macrista y filo centro derecha variopinta, volvería a su redil: el embanderamiento detrás de la resistencia republicana. Por eso, la polémica en torno a la ley de ficha limpia llenó de expectativa a las huestes macristas: en ese debate, Macri y Pro quedaron como abanderados de la lucha anticorrupción.
En el macrismo, circuló mucho una encuesta de Casa 3, de la encuestadora Mora Jozami, que mostró resultados elocuentes: el 78 por ciento de los argentinos está de acuerdo con el proyecto de ficha limpia. Milei quedó off side hasta con sus propios votantes: el 90 por ciento apoya ficha limpia. Entre los votantes de Patricia Bullrich, lo apoya el 92 por ciento. Macri quedó, en cambio, del lado de la opinión pública mayoritaria. En 2025, según esta composición de lugar, el voto republicano no se identificaría tan directamente con Milei. De ahí la necesidad de Milei de reponer el fantasma de Cristina Kirchner y del regreso de la irracionalidad macroeconómica.
Moviendo para que entre a jugar fuerte el kirchnerismo, el oficialismo garantiza el tablero electoral de 2025 que más les conviene: con Cristina adentro. La estrategia es manejar las variables políticas como si estuvieran jugando los juegos del hambre: sacar y poner fichas políticas para conducir a la ciudadanía hacia el miedo al kirchnerismo, otra vez.
Detrás de esa visión política, hay una teoría de la motivación popular y un modelo de las necesidades sociales. Como si fuera una especie de Pirámide de Maslow de la motivación de la conducta humana, ahora aplicada al terreno político y sobre todo, al tablero electoral. En la base del modelo del psicólogo estadounidense Abraham Maslow están las necesidades fisiológicas: una vez satisfechos el hambre, el descanso, la vivienda, entre otras, las personas pueden elevar sus aspiraciones. Del mileismo al macrismo, hay una lectura similar aplicada a la sociedad.
Ambos miran lo mismo: ya satisfecha la necesidad social básica de una inflación controlada y de una macro encarrilada racionalmente, la ciudadanía está lista para tomar decisiones de otro tipo, más ambiciosas en lo político y lo institucional. De hecho, desde septiembre, la inflación bajó hasta el sexto lugar de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés. En noviembre de 2023, en cambio, la inflación era la mayor preocupación de los argentinos. El gobierno de Milei produjo ese cambio de tendencia.
Para los macristas, cuánto más exitoso y más sostenible sean los logros económicos de Milei, más chances para su propia recuperación política. Es más: si la naturalización de la estabilidad macroeconómica alcanza los dos años, ven una oportunidad todavía mayor. Al contrario, con el miedo económico dejado en el pasado, para los mileistas el riesgo es que el voto popular se vuelva un electrón demasiado libre. A mayor baja del índice de inflación y mejora general de los indicadores macroeconómicos, más libre la ciudadanía a la hora de votar. Controlado el hambre, la gente se percibe más libre. Ahí es donde Cristina Kirchner entra en la ecuación de Milei y Caputo: la ira anti cristinista frena la elevación de las aspiraciones sociales.
Con la polarización, Milei acota la libertad de los votantes que vuelven a la opción del mal menor, o del miedo menor. Es la lógica del balotaje pero llevado al terreno de la elección legislativa. Convertir a la elección legislativa en un plebiscito del gobierno de Milei. Evitar así que los votos prestados de 2023 sean átomos libres en busca de una representación de mayor amplitud temática.
“No vamos a hacer ni política fiscal ni monetaria para tratar de influir en el resultado electoral”, anunció ayer Milei. Está claro que el oficialismo libertario no caerá en un “plan platita” emisor e inflacionario al estilo Massa, o cristinista en general. La inflación a la baja está en su naturaleza. Pero se ve cada vez más otra hilacha. Por un lado, la del joystick moviendo los hilos macro pero todo, a diferencia del kirchnerismo, para garantizar la caída de la inflación. No está claro que con eso alcance. Sobre todo si, por otro lado, el gobierno se pone sus propias trampas: las que llevan del Affair Ficha Limpia a la Corte y Ariel Lijo, es decir, si hace pedazos la ficha de la institucionalidad
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Mientras el gobierno de Javier Milei enfrenta un dilema, Mauricio Macri y Pro se aferran a una esperanza. Los dos juegan con la misma ficha, la de la baja de la inflación, cada uno con su sistema de apuestas. Para Milei, la baja de la inflación es su mayor logro, pero también la paradoja más inquietante: cuando la presión económica disminuye, las aspiraciones del votante pueden moverse hacia otros territorios menos urgentes y prosaicos, por ejemplo, la institucionalidad, o la lucha anticorrupción. Por eso, para el gobierno, el gran riesgo no es tanto el kirchnerismo de Cristina y Máximo Kirchner sino Mauricio Macri y el cuadrante de derecha.
El riesgo es una elección legislativa que en 2025 le devuelva algo de fortaleza al tercio que peor quedó plantado con el triunfo de Milei. Si la “centro derecha” recupera tan sólo algo de votos, al mileismo se le empiezan a escurrir. La pecera donde pescan se superpone. Quedó demostrado en las elecciones de 2023.
Ante ese escenario es que el mileismo necesita la rueda de auxilio de la polarización: la ira anti cristinista mantiene presa a la ciudadanía del miedo al regreso del kirchnerismo inflacionario. Milei y su estratega Santiago Caputo manejan la política de la ira como si fueran croupiers. Con la ira, la casa gana.
Detrás de Milei y sus estrategias, funcionaría una certeza: la necesidad de repetir el modelo de miedo 2023 y que con ese horizonte por delante, votar a Milei se presente como el mejor antídoto. Por eso el joystick de la playstation política acaba de pasar de manos de Cristina y Máximo Kirchner a Milei y su mago político, Caputo. Con motricidad fina de estrategas acostumbrados a manipular joysticks, ahora reponen en el escenario la polarización con Cristina Kirchner para reinstalar una sensación en particular: la sensación de balotaje. El Affair Ficha Limpia y el salvavidas arrojado a la cabeza de Cristina Fernández encuentran explicación dentro de ese marco conceptual. La excusa es el fair play: “No queremos generar la sensación de proscripción”, argumentó el jefe de Gabinete Guillermo Francos. La realidad es otra.
La polarización no es sólo con el kirchnerismo. Polarizar es el verbo que mejor conjugan Milei y Caputo. Es el que más les conviene. Hay enemigos varios con los que polarizar: la cosa se define en el día a día. El fin de semana, el narcotráfico ofreció un camino de polarización inesperado: el video de una banda narco amenazando a Patricia Bullrich y Maximiliano Pullaro podría resultar una muestra de debilidad de la política de seguridad del gobierno. Por ahora, esa polarización entre el oficialismo mileista y el narco recargado termina resultando una oportunidad para el gobierno para copar la escena política y mostrar la firmeza y la jerga que más le resulta: la de administración y orden cueste lo que cueste, en todos los frentes, no sólo en la macro. Lo del video narco se presenta como un fogonazo en un historial de reducción del crimen narco que hasta ahora, beneficia al gobierno. Por eso hoy esa polarización le juega a favor.
La calidad institucional y el paso en falso del gobierno con la “ficha limpia”, ofrendó nuevos enemigos: renacieron polarizaciones. El macrismo y la Coalición Cívica se encontraron al fin con una polarización a su favor: el gobierno quedó del lado del enemigo de una ciudadanía muy crítica de la corrupción. A esa oportunidad opositora, el oficialismo respondió redoblando la polarización, inclusive con la oposición afín. Los libertarios se esforzaron por bajarle el precio a la entereza republicana y moral de Elisa Carrió y Mauricio Macri, que cuestionaron duro al gobierno por su boicot a una política anticorrupción como la “ficha limpia”. Milei mismo polarizó con Carrió en X, y rebajó su condición de luchadora contra la corrupción: “Pitonisa de la Moral”, la llamó y buscó convertirla en corrupta por contar con custodia armada. También en X, la cuenta de Las Fuerzas del Cielo hizo lo mismo con Macri: “Mauricio. Por décima vez, no te vamos a dar la Hidrovía”, posteó en respuesta a Pro Argentina. Macri y su jugada institucionalista rebajada a las artimañas de un lobbista en busca de cargos públicos y cajas políticas. En los últimos días, abundaron esas alusiones para perforar la identidad política basada en la lucha anticorrupción y la calidad institucional.
En el caso de Macri, el éxito paradójico del gobierno anti inflacionario de Milei depara una esperanza: que la sociedad se saque de encima el miedo al regreso de la inflación y al retorno del kirchnerismo emisor y deficitario y en 2025, vuelva a los sueños de mayor calidad democrática. Mientras Milei agita ese miedo, a Macri le conviene que se disipe. En ese caso, el voto macrista y filo centro derecha variopinta, volvería a su redil: el embanderamiento detrás de la resistencia republicana. Por eso, la polémica en torno a la ley de ficha limpia llenó de expectativa a las huestes macristas: en ese debate, Macri y Pro quedaron como abanderados de la lucha anticorrupción.
En el macrismo, circuló mucho una encuesta de Casa 3, de la encuestadora Mora Jozami, que mostró resultados elocuentes: el 78 por ciento de los argentinos está de acuerdo con el proyecto de ficha limpia. Milei quedó off side hasta con sus propios votantes: el 90 por ciento apoya ficha limpia. Entre los votantes de Patricia Bullrich, lo apoya el 92 por ciento. Macri quedó, en cambio, del lado de la opinión pública mayoritaria. En 2025, según esta composición de lugar, el voto republicano no se identificaría tan directamente con Milei. De ahí la necesidad de Milei de reponer el fantasma de Cristina Kirchner y del regreso de la irracionalidad macroeconómica.
Moviendo para que entre a jugar fuerte el kirchnerismo, el oficialismo garantiza el tablero electoral de 2025 que más les conviene: con Cristina adentro. La estrategia es manejar las variables políticas como si estuvieran jugando los juegos del hambre: sacar y poner fichas políticas para conducir a la ciudadanía hacia el miedo al kirchnerismo, otra vez.
Detrás de esa visión política, hay una teoría de la motivación popular y un modelo de las necesidades sociales. Como si fuera una especie de Pirámide de Maslow de la motivación de la conducta humana, ahora aplicada al terreno político y sobre todo, al tablero electoral. En la base del modelo del psicólogo estadounidense Abraham Maslow están las necesidades fisiológicas: una vez satisfechos el hambre, el descanso, la vivienda, entre otras, las personas pueden elevar sus aspiraciones. Del mileismo al macrismo, hay una lectura similar aplicada a la sociedad.
Ambos miran lo mismo: ya satisfecha la necesidad social básica de una inflación controlada y de una macro encarrilada racionalmente, la ciudadanía está lista para tomar decisiones de otro tipo, más ambiciosas en lo político y lo institucional. De hecho, desde septiembre, la inflación bajó hasta el sexto lugar de la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés. En noviembre de 2023, en cambio, la inflación era la mayor preocupación de los argentinos. El gobierno de Milei produjo ese cambio de tendencia.
Para los macristas, cuánto más exitoso y más sostenible sean los logros económicos de Milei, más chances para su propia recuperación política. Es más: si la naturalización de la estabilidad macroeconómica alcanza los dos años, ven una oportunidad todavía mayor. Al contrario, con el miedo económico dejado en el pasado, para los mileistas el riesgo es que el voto popular se vuelva un electrón demasiado libre. A mayor baja del índice de inflación y mejora general de los indicadores macroeconómicos, más libre la ciudadanía a la hora de votar. Controlado el hambre, la gente se percibe más libre. Ahí es donde Cristina Kirchner entra en la ecuación de Milei y Caputo: la ira anti cristinista frena la elevación de las aspiraciones sociales.
Con la polarización, Milei acota la libertad de los votantes que vuelven a la opción del mal menor, o del miedo menor. Es la lógica del balotaje pero llevado al terreno de la elección legislativa. Convertir a la elección legislativa en un plebiscito del gobierno de Milei. Evitar así que los votos prestados de 2023 sean átomos libres en busca de una representación de mayor amplitud temática.
“No vamos a hacer ni política fiscal ni monetaria para tratar de influir en el resultado electoral”, anunció ayer Milei. Está claro que el oficialismo libertario no caerá en un “plan platita” emisor e inflacionario al estilo Massa, o cristinista en general. La inflación a la baja está en su naturaleza. Pero se ve cada vez más otra hilacha. Por un lado, la del joystick moviendo los hilos macro pero todo, a diferencia del kirchnerismo, para garantizar la caída de la inflación. No está claro que con eso alcance. Sobre todo si, por otro lado, el gobierno se pone sus propias trampas: las que llevan del Affair Ficha Limpia a la Corte y Ariel Lijo, es decir, si hace pedazos la ficha de la institucionalidad
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Diez posibles favorecidos
Fernando Espinoza intendente de la Matanza
está en su segundo mandato consecutivo y cuarto en total. Gobierna el distrito más poblado de la provincia de Buenos aires.
Jorge Ferraresi intendente de Avellaneda
aliado principal del gobernador bonaerense y blanco predilecto de los dardos de la Cámpora, está en su cuarto mandato seguido.
Gustavo Menéndez intendente de Merlo
en su tercer mandato en fila, se convirtió en aliado central de Cristina. Gobierna desde 2015. en su distrito hay 450.000 electores.
Mario Secco intendente de Ensenada
el actual es su sexto mandato seguido. Comenzó esa seguidilla en 2003. de perfil ultrakirchnerista, es uno de los animadores de Kicillof.
Juan José Mussi intendente de Berazategui
el primero de sus cinco mandatos lo ganó en 1987 y maneja el distrito desde ese momento. Gobierna sin interrupciones desde 2019.
Mayra Mendoza intendenta de Quilmes
Referente de la Cámpora y crítica de axel Kicillof, gestiona quilmes desde 2019, por lo que transita su segundo período sin pausas.
Mariano Cascallares int. de Almirante Brown
al frente de un distrito con casi 485.000 electores habilitados, gobierna desde 2015, por lo que el actual es su tercer período.
Mario Ishii intendente de José C. Paz
es uno de los históricos “barones del conurbano”. Fue intendente entre 1999 y 2007; regresó en 2015 y se mantiene desde ese año.
Fernando Gray intendente de Echeverría
lleva cinco períodos consecutivos, desde 2007. anticamporista, pero no por eso aliado del gobernador, intenta un armado propio.
Federico de Achával intendente de Pilar
el período iniciado en 2023 es su segundo consecutivo. Fue funcionario de Humberto Zúccaro. en 2019, desbancó a Nicolás Ducoté.
Un cambio en la ley de reelecciones beneficiaría a intendentes de peso
Negociación. Si la normativa no se modifica, finalizarán en 2027 los mandatos de varios jefes comunales del PJ que gobiernan los distritos bonaerenses con mayor caudal electoral
Las negociaciones que se iniciaron en la provincia de Buenos Aires y que incluyen un paquete de modificaciones impulsadas por el gobernador Axel Kicillof definirán la suerte electoral de los intendentes que ya cuentan con dos mandatos y aspiran a conseguir otro. La posibilidad de que se modifique por segunda vez la ley que limita las reelecciones de los jefes comunales afecta los planes de al menos diez mandatarios que gobiernan en varios de los distritos de mayor peso electoral del conurbano, claves para cualquier elección.
Dentro de la nómina de intendentes que necesitarían de un nuevo cambio en la ley de reelecciones para poder competir otra vez por el cargo está Fernando Espinoza, intendente de La Matanza. Está en su segundo mandato consecutivo (la norma permite encadenar dos períodos, con el de 2019 contabilizado como el primero), pero en total suma cuatro (gobernó también entre 2007 y 2015). Entre 2015 y 2019, la actual vicegobernadora bonaerense, Verónica Magario, fue intendenta. Los rumores políticos en el distrito señalan que Magario podría volver a postularse a intendenta. La Matanza es el distrito de mayor peso electoral de la provincia, con más de un millón de electores habilitados.
La ley que Kicillof podría modificar para autorizar a los intendentes a ir por un nuevo mandato ya fue reformulada una vez en los años que el gobernador lleva en el poder. El cambio fue el 28 de diciembre de 2021, cuando la norma que se había sancionado en el gobierno de María Eugenia Vidal se retocó y se estableció que el primero de los dos períodos a contabilizar sea el que comenzó en 2019 y no el iniciado en 2015. Ahora, Kicillof podría volver a impulsar un cambio en la ley que ya modificó.
La camporista Mayra Mendoza (Quilmes) y su vecino rival Jorge Ferraresi (Avellaneda) integran la lista de intendentes que necesitarían del éxito en la negociación de Kicillof si quisieran un nuevo período. Mendoza gobierna Quilmes desde 2019, en su segundo período seguido; Ferraresi es jefe comunal de Avellaneda desde 2011 y está en su cuarto mandato. La intendenta es una referente de La Cámpora que se enfrenta a Kicillof; Ferraresi es el principal intendente que impulsa al gobernador hacia una hipotética candidatura presidencial en 2027. En Quilmes, hay más de 500.000 electores; en Avellaneda, más de 300.000.
En su tercer mandato seguido, Mariano Cascallares, intendente de Almirante Brown desde 2015, sería otro de los jefes comunales que se beneficiarían de un cambio en la legislación. En Almirante Brown están habilitadas a votar unas 485.000 personas.
Gustavo Menéndez, jefe comunal de Merlo, también se encuentra en su tercer mandato consecutivo. Gobierna desde 2015 un distrito de más de 450.000 electores y es uno de los intendentes más cercanos a Cristina Kirchner.
Entre los jefes comunales de mayor permanencia que serían beneficiados por un cambio que permita exceder los dos mandatos está Mario Ishii, jefe comunal de José C. Paz, que lleva tres mandatos consecutivos, pero también gobernó el distrito entre 1999 y 2007. Casi 250.000 electores sufragan en José C. Paz.
Con seis mandatos consecutivos figura otro de los principales aliados de Kicillof en su pulseada con La Cámpora: Mario Secco, de Ensenada. Es intendente desde 2003 en un distrito que cuenta con poco más de 60.000 electores.
Con cinco mandatos consecutivos, el intendente Fernando Gray, de Esteban Echeverría, aparece en la lista de posibles beneficiados por un nuevo cambio en la normativa sobre las reelecciones. Transita su quinto mandato consecutivo en el distrito, que gobierna desde 2007 y tiene más de 270.000 electores.
El histórico intendente de Berazategui, Juan José Mussi, está en su segundo período consecutivo en la municipalidad, pero en total tiene en su haber cinco mandatos (el primero, en 1987). Si bien no siempre fue intendente, Mussi controló todos los gobiernos desde ese año, a través de delegados o, incluso, su propio hijo Juan Patricio. En Berazategui pueden votar unas 290.000 personas.
Federico de Achával, de Pilar, gobierna desde 2019 y también depende de una modificación legal para volver a presentarse. El distrito tiene más de 300.000 electores habilitados. De Achával es un aliado silencioso de Kicillof.
Otros intendentes importantes del justicialismo en el conurbano que dependen de un cambio de normativa para quedar habilitados a una nueva reelección son Mariel Fernández (Moreno), Blanca Cantero (Presidente Perón), Leonardo Nardini (Malvinas Argentinas), Ariel Sujarchuk (Escobar), Andrés Watson (Florencio Varela), Fabián Cagliardi (Berisso), Marisa Fassi (Cañuelas), Nicolás Mantegazza (San Vicente), Julio Zamora (Tigre) y Juan Andreotti (San Fernando).
Muchos de los intendentes que ahora necesitarán del éxito de la negociación política por una nueva modificación en la ley de reelecciones ya habían utilizado la herramienta de las licencias para ejercer otros cargos, para así eludir la limitación de la ley, antes de su cambio en 2021 (la reglamentación de la ley establecía que quedaban exentos de la prohibición quienes no hubieran cumplido dos años en su segundo mandato). Algunos de los que se tomaron licencia fueron Ferraresi (fue ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat), Cascallares (fue diputado provincial), Menéndez (fue presidente del Grupo Bapro), Nardini (fue ministro de Infraestructura bonaerense) y Sujarchuk (fue titular del Ente Nacional de Control y Gestión de la Vía Navegable).
En las filas de Juntos por el Cambio, los intendentes que podrían presentarse nuevamente en caso de que se elimine la restricción reeleccionaria son, entre otros, Diego Valenzuela (de Tres de Febrero, que gobierna ininterrumpidamente desde 2015), Guillermo Montenegro (de General Pueyrredón, que comenzó a gobernar el distrito en 2019 y está en su segundo mandato consecutivo), Miguel Lunghi (intendente de Tandil sin pausas desde 2003), Miguel Gargaglione ( jefe comunal de San Cayetano desde 2007) y Pablo Petrecca (de Junín, que gobierna desde 2015).
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