lunes, 15 de enero de 2024

EL MULTIFACÉTICO CHARLES DICKENS...ESCRITOR..ARTISTA


Charles Dickens. El pop star del siglo XIX que salía de gira, hacía delirar a las audiencias y tenía curiosas manías
El autor de “Oliver Twist” no solo escribía y era un éxito de venta. Interpretaba sus obras y como una estrella se presentaba en vivo. En Estados Unidos, planteó el problema de la piratería
Guadalupe Treibel
Charles Dickens, uno de los más ilustres novelistas que ha dado la literatura inglesa y universal.
“Eran los mejores tiempos y los peores tiempos, la edad de la fe y la edad de la incredulidad, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación: de esta guisa, arranca la famosa ficción Historia de dos ciudades. Y allí estaba el autor, parado frente a un atril rojo, preparado para ofrecerles a centenares de personas una experiencia inolvidable al leerles su propio texto. Porque el carismático Charles Dickens (1812-1870) –uno de los más grandes novelistas de la historia de la literatura– no solo fue un creador inmenso, sino también un intérprete diestro y generoso que, en exitosas funciones, llevó una suerte de unipersonal de gira en reiteradas ocasiones.
Ciertamente, Dickens escogía sus textos con sumo cuidado, inclinándose por los favoritos del público, que le hacía saber su predilección por Cuento de Navidad, Nicholas Nickleby, Oliver Twist, Los papeles póstumos del Club Pickwick… Tampoco se tomaba a la ligera las presentaciones, que preparaba con esmero: adaptaba los relatos o tomaba ciertos pasajes puntuales, condensando extensiones y modificando la puntuación y la gramática, a sabiendas de lo que funcionaría en materia de ritmo, de progresión dramática en teatro.
Dickens creó algunos de los personajes de ficción más conocidos en el mundo y muchos lo consideran no sólo uno de los mejores escritores y novelistas de todos los tiempos, sino el mejor novelista de la época victoriana.
Una de sus actuaciones resultó muy comentada en sus días: el tremendo asesinato a golpes de Nancy a manos del maleante Bill Sikes (de Oliver Twist). “Enardecido, Dickens arrojó a un lado su libro y representó la escena chillando las súplicas de la aterrorizada muchacha y gruñendo el salvajismo del asesino”, dejó asentado un conmovido reportero sobre este momento que, al parecer, provocaba tanto lágrimas como escalofríos en el público. Charles se dejaba la piel y el corazón en la escena, al punto que, en sus últimos años, tuvo que suprimir esta situación de sus giras por recomendación médica, tras constatarse que le disparaba la presión por los cielos.
Dickens –que siempre bregó por los desfavorecidos– estaba familiarizado con las penurias que atravesaban las “mujeres caídas” como Nancy, e incluso había fundado junto a su amiga Angela Burdett-Coutts el hogar Urania Cottage, en Londres, para ayudar a reinsertar a ex prostitutas y carteristas que, tras salir de la cárcel, encontraban allí un sitio seguro donde aprender a leer y escribir, aritmética básica, cocina, costura y limpieza.
Póster que anuncia una de sus lecturas en Nottingham pocos meses antes de su muerte.
Si bien ya había efectuado algunas lecturas espaciadas con fines benéficos (por ejemplo, para sacar de apuros económicos al Great Ormond Street Hospital, destinado a la salud de los niños), su primer gran tour empezó en abril de 1858 y duró hasta febrero del año siguiente; un total de ¡129 apariciones en escena! en 49 ciudades de Escocia, Inglaterra e Irlanda. Por aquel entonces, Charles ya era un escritor tremendamente popular, muy querido por gente de todas las capas sociales, cuya pluma y sensibilidad habían conquistado tanto a la reina Victoria como a Freud, a Dostoyevski, a Marx, por citar unos pocos nombres reconocidos. El célebre teórico de la revolución, de hecho, sugería leer sus novelas “con más verdades de calado social que cualquier discurso político”.
Dickens –como es sabido– conoció la injusticia y la miseria de primera mano, almacenando impresiones de un mundo sórdido y penoso desde su infancia. En aquel entonces, la Londres imperial que se industrializaba albergaba una atroz miseria: superpoblada, insalubre, familias hacinadas, miles de personas hambrientas vagando sin rumbo. Eran tiempos inestables, de temor y desasosiego, donde incluso niños podían ser sentenciados a la horca por delitos de robo. Esa realidad está reflejada en sus trabajos, donde se refiere a la calidad de las escuelas, a la explotación infantil, a las pésimas condiciones en las que vivían las clases proletarias, al maltrato que recibían quienes habitaban los márgenes.
De niño, Dickens fue enviado a trabajar a una fábrica de betún en una zona industrial infestada de ratas, donde etiquetaba envases en jornadas de 10 horas.
De orígenes humildes, el propio Charles fue enviado a trabajar a una fábrica de betún de chico, en una zona industrial infestada de ratas, donde etiquetaba envases en jornadas de 10 horas, mientras que su padre John cumplía sentencia en la prisión de Marshalsea por sus deudas (la misma cárcel, sí, donde transcurrirá La pequeña Dorrit). La desastrosa situación familiar anulaba las ilusiones del pequeño de convertirse en un hombre formado y distinguido.
“Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S parece presentarse ante mí como entonces, y este recuerdo no me suscita ningún sentimiento de repugnancia ni de tristeza; por el contrario, me parece haber paseado a lo largo de un sendero de flores hasta llegar al libro de los cocodrilos y haber sido ayudado en todo aquel camino por el cariño y la dulce voz de mi madre”, relató en David Copperfield, novela con tintes autobiográficos, inspirado en aquellos primeros años en los que Elizabeth, su progenitora, que había trabajado como sirvienta, le enseñó algunas nociones de lectura y escritura que, más tarde, volcaría en sus primeros trabajos como cronista y, luego, como novelista.
Esta ilustración de 1867 recrea una de sus presentaciones.
Las giras le reportaban interesantes dividendos al ya consagrado autor, pero aún cuando el dinero era una motivación, distaba de ser la primordial. Lo cierto es que Dickens sentía auténtica pasión por las tablas. Ya de joven, había coqueteado con la idea de ser actor, fascinación que nunca menguó en él. Porque, como chico de los recados de un bufete de abogados a fines de la década de 1820, solía separar unas monedas para ver obras de teatro casi todas las noches de la semana, aunque tuviera que sacrificar otras necesidades.
Nótese que varias décadas después, una vez mudado con su esposa Catherine y sus diez hijos a su casa de Tavistock Square, en 1851, una de las primeras reformas que encargó fue instalar un pequeño escenario que apodó “el teatro más pequeño del mundo”. En esa salita, llevaría adelante las primeras puestas amateurs de la obra The Frozen Deep, que escribió con su amigo novelista y dramaturgo Wilkie Collins, sin mayores pretensiones. La pieza, empero, fue ganando cierto predicamento y el dúo acabó contratando actrices profesionales para montarla en salas. Una de las intérpretes, Ellen Turner, de 18 años, flechó a Dickens quien –quebrando la convención victoriana– se separó de Catherine para proseguir el apasionado romance. La relación, escandalosa para la época, probaría ser bastante más que un berretín: estuvieron juntos hasta la muerte del escritor en 1870.
Ejemplar de Cuento de Navidad con las anotaciones de Dickens para sus actuaciones.

Charles ya estaba separado de su esposa cuando se embarcó en la serie de tours extremadamente populares y económicamente provechosos que absorberían la mayor parte de sus energías en la próxima década. Lo cual no quitó que siguiera escribiendo y publicando títulos ¡Y qué títulos! En lo sucesivo, saldrían a la venta Historia de dos ciudades, Grandes esperanzas, Nuestro amigo común… Previo a partir de gira, su amigo cercano y primer biógrafo, el crítico victoriano John Forster, lo había disuadido por un tiempo de exponerse públicamente por plata, proceder que consideraba degradante y temía que hiciese mella en su respetabilidad. Pero, al final, el fervor escénico pesó más y Dickens se lanzó a la ruta.
En sus shows, el repertorio variaba pero él no mudaba cierta costumbre: pisar las tablas acompañado de sus papeles, donde se recordaba a sí mismo cómo y dónde acentuar la nota interpretativa. “Usar tono misterioso”, “Alegre”, “Golpear el escritorio”, puede leerse en esta especie de didascalias de quien disfrutaba enormemente la chance de encontrarse cara a cara con sus agradecidos lectores, a quienes llevaba añares hablándoles con familiaridad en los prefacios de sus libros; la mayoría, originalmente publicado por entregas que mantenían en suspenso al público. Y la gente encantada, lo esperaba en la puerta de su hotel o en la estación de tren de la ciudad, al enterarse a través de la prensa de su arribo.
El dibujo muestra a las personas que esperan ingresar a la lectura de Dickens en Nueva York, en 1867.
Acaso ensayase sus rutinas la noche previa a las funciones en el hotel de turno, donde ni siquiera como huésped soltaba una curiosa manía: antes siquiera de desempacar, Dickens solía mover los muebles del cuarto para que la cabecera de la cama mirase hacia el norte, creyendo que así tendría una mejor noche de sueño y, por tanto, un mejor desempeño al día siguiente. Llevaba siempre una brújula consigo en pos de armar este feng shui casero, acostándose sobre el colchón con los brazos extendidos y las manos equidistantes de los bordes: tal la fórmula completa con la que trataba de inducir el descanso profundo, un tanto esquivo en sus últimos años.
Porque, para trasladarse de lugar en lugar, lo más razonable era que tomara el tren, rápido y confiable transporte que, hasta 1865, no supuso ningún problema para Dickens. Ese año, sin embargo, protagonizó un episodio traumático, que inspiraría El guardavías, inquietante relato sobre una presencia espectral que trata de advertir a un pasajero sobre una tragedia en ciernes, sobre rieles. A la altura de Staplehurst, un pueblito de Kent, los primeros siete vagones del tren en el que Charles viajaba se hundieron en un puente de hierro que estaba en reparación y, milagrosamente, el único coche de primera clase que permaneció sobre las vías fue el suyo en este accidente con saldo desolador: 40 heridos y 10 muertos. Desde ese momento, el escritor –que atendió a personas gravemente lastimadas vertiéndoles brandy y agua– hacía todo lo posible por desplazarse mediante cualquier otra forma de transporte.
En su viaje a Estados Unidos, Dickens encontró especialmente aberrante la esclavitud, horrorizado por la opresión y el maltrato despiadado contra la comunidad negra.

“¿Fue Charles Dickens el primer pop star?”, se preguntaba el rotativo The Guardian hace unos cuantos años, recordando que sus actuaciones dieron puntapié a otro fenómeno moderno: el especulador de tickets; es decir, gente que compraba entradas para revenderlas más caras, dada la altísima demanda. La respuesta del medio fue un sí rotundo, sembrando curioso paralelismo entre sus itinerarios internacionales ¡y los de Madonna!, sí, porque además de Gran Bretaña, llevó su espectáculo a los Estados Unidos, donde también se metió al público y a la prensa en el bolsillo.
Dickens había visitado por primera vez Estados Unidos en 1842, deseoso de conocer esta joven nación democrática. Asimismo, buscaba plantear el problema de la piratería de sus obras con la esperanza de provocar un cambio en la ley vigente, que no protegía la propiedad intelectual de escritores extranjeros. Esto significaba que editores podían tomar cualquiera de sus trabajos y hacer lo que les diera la gana: mezclar fragmentos de sus crónicas y novelas, cambiar los títulos, sin pedir permiso ni abonar medio centavo. Ningún autor había dado aún esta pelea, y él logró sembrar la primera semilla del cambio con sus persuasivos argumentos.
Tras esta travesía de varios meses por distintas urbes, Dickens regresó a Inglaterra, donde se despachó con Notas americanas, un ensayo muy lúcido y muy crítico sobre esta república en desarrollo, testimoniando su experiencia por el Nuevo Mundo, analizando íntimamente cómo funcionaban sus estructuras penales, industriales, judiciales, sociales, etcétera. Encontró especialmente aberrante la esclavitud, a la que dedicó largos párrafos en su libro, horrorizado por la opresión y el maltrato despiadado contra la comunidad negra en un país que se jactaba de promover valores como libertad e igualdad. También escribió La vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, ficción que satirizaba la vida norteamericana, a la que seguiría un clásico de clásicos, Cuento de Navidad, que hizo olvidar a los estadounidenses las “ofensas” recibidas.
Este museo es la única morada de Dickens que subsiste en Londres

Este cuento resultó un éxito literario sin precedentes que transformó a Dickens en una superestrella de las letras, y así fue recibido, con todas las pompas, en 1867, cuando llegó al mentado país para ofrecer sus lecturas de ésta y otras historias imbatibles. Su salud estaba muy disminuida, pero él se negaba a cancelar las presentaciones; subsistía a base de champán y huevos batidos en jerez; apenas bajaba el ritmo. Tampoco lo hizo en Gran Bretaña, al retornar nuevamente a su patria, donde persistió incluso después de haberse desmayado en escena. Entre 1868 y 1869, programó 100 lecturas en Escocia, Irlanda, Inglaterra.
En un especial radial de la señal española Cadena Ser, se comenta que se ha llegado a hablar de una forma insólita de suicido: por exceso de vitalidad. Activo hasta el final, Charles Dickens murió de un accidente cardiovascular en 1870. Fue sepultado con todos los honores en la Catedral de Westminster, a pesar de haber manifestado su deseo de tener un entierro modesto, austero.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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