
Un experimento no apto para impacientes
Restauración mediante inteligencia artificial de la inscripción griega IG I3 4B, que recoge un decreto de la asamblea ateniense relativo a la gestión de la Acrópolis, lugar donde se encontró. El texto data del año 485/4 antes de Cristo. En esa época no sobraba el sustrato en el que escribir, así que se ahorraba espacio por todos los medios: todo en mayúsculas, palabras pegadas, sin doble espacio ni sangríaMarsyas, Museo Epigráfico/ Assael & Sommerschield et al./Nature
Llevamos más de 15 años anunciando la desaparición de las computadoras de escritorio y soñando con concentrar todo en el smartphone, y ninguna de las dos cosas ha ocurrido; la inteligencia artificial ha venido a complicar mucho el panorama, al demandar una enormidad de poder de cómputo. ¿Y si en realidad va a pasar algo completamente diferente?
Ariel Torres
Los formatos han sido desde los inicios de la civilización una fuente inspiración y un motivo de confusión. Pondré, para demostrar lo que quiero decir, un ejemplo extremo. En la antigua Grecia no podías ir al super y comprar una resma de papel. El sustrato no sobraba, y si bien es cierto que podías crear textos relativamente largos, era muy común escribir en los monumentos. En ciertos casos terminabas plasmando oraciones de varios metros. Por añadidura, y precisamente porque el sustrato no abundaba, el griego original (simplificando, antes de los alejandrinos) estaba escrito todo en mayúsculas y sin espacios entre palabras. Complicadito. Sumo algo más: lo de dejar doble espacio o usar sangría para facilitar la lectura era un lujo que no te podías dar. Sobre todo en un monumento. Así que a alguien se le ocurrió una idea brillante: el bustrofedón.
Suena a analgésico, pero en realidad es un método de redacción en el que la primera línea se lee de izquierda a derecha, la siguiente de derecha a izquierda, luego otra vez de izquierda a derecha, y así, alternativamente. Como tenías que caminar para leer, eso te evitaba dos cosas: primero, volver a la otra punta del monumento para empezar a leer la siguiente línea y, segundo, confundirte las líneas.
En términos de consumo de energía, seguiría siendo eficiente con la página del libro o la columna del diario (o con este texto online), pero lo que ganaríamos en no volver a la izquierda para leer la siguiente línea (o a la derecha o arriba, depende del idioma) sería tan ínfimo en comparación con la complicación de leer al revés que, simplemente, el bustrofedón ya no se usa.
De chico miraba Lassie; el formato "serie" ha cambiado sustancialmente en medio sigloSe preguntarán qué tiene que ver esto con la tecnología. Esperan, todavía hay más digresiones de trasnoche (literalmente). La semana pasada día vi una serie. Entera. Me di cuenta de que, básicamente, era una película de ocho horas dividida en ocho capítulos en los que solo ocurría una cosa importante. Una y media, en realidad, porque ese formato está diseñado para que te enganches y necesites mirar el siguiente episodio. En realidad el formato es más complicado que esto y toca algunos otros nervios de la psiquis humana, pero aunque no es algo apto para mi impaciencia (me aburrió muchísimo el tempo “serie”), advertí que la había observado desde el sesgo largometraje. Interesante, porque entonces estaba prejuzgando, lo que constituye un feo vicio a la hora de analizar algo.
Johann Sebastian Bach fue uno de los principales responsables de organizar y articular eso que llamamos teoría musical; Beethoven y Mozart eran sus fansLas novelas, los cuentos, la duración de un réquiem, una sinfonía, un corto o un largometraje son convenciones formales que, un buen día, alguien quiebra. Dato: solo el cuarto movimiento de la Novena de Beethoven dura más que cualquiera de las sinfonías de Mozart. No hay mejor ni peor acá. Son dos gigantes. Pero la forma es un factor muy potente en la visión que tenemos de la realidad, y tiende a forzar nuestro juicio en direcciones que no siempre son acertadas. Traducido: aunque me aburro con las series, no son películas de ocho horas. Invertimos ese tiempo, cierto, pero el formato lo convierte en una experiencia diferente.
El escribiente
Todo esto que precede me vino a la cabeza porque el otro día conecté un teclado Bluetooth (el mismo que duerme el sueño de los justos en un cajón del living desde hace años) con mi nuevo Galaxy S23 (el modelo más económico; lo compré en agosto). Hasta ese momento, tipear en un teclado Bluetooth con un celular o con una tablet era para mí desesperante. Mi ánimo detona si tengo que esperar 5 milisegundos entre que presiono la tecla y aparece el texto. Pueden pensar que soy un exagerado, pero no estoy solo. Esto se llama latencia, es un factor fundamental en la experiencia a la hora de escribir y se le puede atribuir a un número de factores.
Los Galaxy S23 y S23+ de SamsungMi sensación era que el culpable siempre había sido el teléfono. Ni el teclado ni la conexión inalámbrica, sino la capacidad del smartphone para procesar el dato que llegaba por Bluetooth, pasárselo a la app correspondiente (WhatsApp, en este caso) y luego decirle al componente de video que lo mostrase en pantalla. Pues bien, cuando probé el mismo teclado (un Logitech fotovoltaico que tengo hace años) con el S23, la latencia había desaparecido por completo. Dejando de lado que los teclados chiquitos me resultan incómodos, ahora podía responder mensajes de WhatsApp sin abrir la notebook y sin lidiar con el odioso teclado en pantalla.
Todo esto me recordó un anticipo que hice hace mucho, en esta misma columna. Seguimos viendo las computadoras personales en sus formatos originales y con ese sesgo seguimos persuadidos de que un día el móvil va a desplazar a la PC de escritorio o a la notebook; la verdad, señores consultores, ya llevamos demasiado tiempo (más de 15 años) esperando que algo así ocurra. Dato: Las tecnologías se extinguen rápido; si no, estamos hablando de otro fenómeno.
Mi impresión siempre fue que algunos de estos formatos van a confluir y fusionarse en algo nuevo. Todavía es difícil de imaginar qué será, porque depende de otros desarrollos, como baterías con mayor autonomía, nuevos tipos de procesadores y materiales aún no inventados, pero la síntesis de formatos es mucho más común que los reemplazos. Cada tanto hay un cambio de paradigma (el rollo al libro cosido, por ejemplo, y esto no ocurrió en seis meses), pero mientras pedimos más poder de cómputo y pantallas más grandes, seguimos anticipando la muerte de las desktop, que son las únicas capaces de entregar todo ese poder de cómputo y pantallas así de grandes.
Gordon Moore en los cuarteles generales de Intel en Santa Clara, junto a un retrato del desaparecido Robert Noyce, otro de los fundadores de la compañíaAhora, la inteligencia artificial (IA) está forzando la industria a plantearse muy en serio algo que vinieron pateando para adelante durante dos décadas: ¿cómo va a ser la siguiente etapa en la miniaturización? La IA requiere cantidades monumentales de cómputo. Aparte la batalla por estirar más la Ley de Moore hasta que tengamos otro paradigma informático (computación cuántica, por ejemplo, aunque esto no es ni tan sencillo ni tan lineal como lo presentan), tenemos un obstáculo enorme en la disipación de la temperatura. Si algo consume energía, disipa calor. Hace rato que tenemos procesadores en los que podemos elegir enfriarlos con aire (el modo tradicional) o con líquido. Esa discusión se va a poner cada vez más, ejem, caliente. Pero el sueño de una computadora igual de potente que mi desktop en el tamaño de un celular todavía es inalcanzable. Y ahora la IA pide muchísimo más cómputo. En rigor (les adelanto un principio práctico de estas tecnologías), cualquier cosa que hagamos con computadoras va a pedir más poder de cómputo.
Las pantallas flexibles son muy lindas, pero hasta que (gracias a la IA) no descubramos un display capaz de expandirse de 6 a 60 pulgadas sin sufrir cansancio de los materiales, tendremos que seguir yendo del smartphone al smart TV, mientras, en el colmo del delirio, hablamos de que todo pasa por la movilidad. Si tuviéramos la tecnología (la tenemos, solo que hay una larga lista de razones prácticas, algunos problemas aun no resueltos e intereses comerciales que se interponen) podríamos simplemente tener cómputo difuso, instalado en casa o bien como un servicio de la nube, y simplemente usar esa capacidad como queramos, desde la pantalla y la interfaz (teclado, mouse, gamepad, y cualquier otra cosa que inventemos) que nos resulte más cómoda para esa tarea. Es decir, usar tan poco como lo que requiere el celular la mayor parte del tiempo (aunque tu celular es miles de veces más potente que mi desktop de hace 30 años) o tanto como lo que hace falta para el Call of Duty en 8K.
La PlayStation 5 ya vendió 50 millones de ejemplaresSONY De momento, esa fusión está verde, por eso seguimos con el doble discurso de que la desktop va a desaparecer (o la Play, cuya versión 5 ya vendió 50 millones de ejemplares) pero consumimos contenidos creados en estaciones de trabajo con procesadores enfriados con líquido. Hasta que un día tu teléfono es tan veloz que podés usarlo para escribir una nota con un teclado inalámbrico sin sufrir un ataque de nervios, y entonces te das cuenta de que empezó la fusión y que no hay que confundir lectura con bustrofedón.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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