domingo, 17 de marzo de 2024

Coppola: el representante (dirigida por Ariel Winograd y ya disponible completa en Star+)


Guillermo Coppola
“Fui un privilegiado y se lo debo a Diego”


Texto de Martín Wain // Fotos: Martín Lucesole
La entrevista es a media mañana del primer día de este mes en su departamento de Avenida del Libertador al 3500. Guillermo Coppola (75) se levantó temprano y ya pagó las cuentas. “El día primero de mes se paga luz, gas, teléfono. Papá me enseñó así. Se pagan los servicios y los vicios. En aquella época mi vicio era solamente El Gráfico. Hoy pagué la farmacia, le pagué al diariero. Todavía no pasé por la tintorería. Tengo el sobre ahí preparado. Este buzo me lo puse hoy y posiblemente le dé una usadita más mañana. Después, a lavar. Soy de tintorero: pantalones, remeras, pulóveres, camperas... Trajes y camisas, por supuesto. Lo único que no van son slips, medias y las bermudas que no son de vestir. ¿Tomás cafecito? ¿Agua con o sin gas?”. Desde el ventanal del living, la vista del río, el Rosedal y el Planetario parece una maqueta hasta que algún avión despega o aterriza en Aeroparque. En el interior predomina el blanco, muy diferente a la decoración barroca y sobrecargada con cama solar y cámara Gesell de los años 90. Pero es el mismo el lugar, aquel que quedó grabado en la iconografía popular cuando, tras ser allanado en octubre de 1996, fue el escenario del caso judicial más televisado del país, que daría inicio a la aún más barroca era de los mediáticos. La causa se cayó a pedazos cuando se supo que había sido armada por el entonces juez federal Hernán Bernasconi. Pero el jarrón más famoso de la Argentina se mantiene sano y salvo contra una columna del comedor diario. En aquel momento, el manager de Diego Maradona se entregó a la Justicia acompañado por el periodista Néstor Ibarra y las cámaras de América TV. Cuando quedó en libertad, después de 97 días preso, salió al aire con Mauro Viale; había firmado un contrato de exclusividad con el canal de Eduardo Eurnekian. Para el hombre cuya vida ha estado signada como pocas por la pantalla chica, el lanzamiento de una serie dedicada a su figura parece el broche de oro de un porteño encantador de los medios, donde se ha movido como pez en el agua. O como fumador debajo del agua. Coppola: el representante (dirigida por Ariel Winograd y ya disponible completa en Star+) es una ficción basada en historias que él ha sabido contar y adornar sin distinción de audiencia, para una jornada de capacitación empresarial o para una despedida de soltero. “Vivo un poco de eso. Además de la radio [está en La 100, con Guido Kaczka] y la Copa Argentina [es gerente de relaciones institucionales], me convocan a dar charlas y la gente me pide anécdotas. Algunas llegaron lejos, como la de Enzo Ferrari [convenció al magnate de que fabricara una Ferrari exclusiva para Maradona, negra en lugar de roja]. Hace poco me mandaron un mensaje, era una estafa telefónica. Supuestamente, el CEO de Sancor me estaba pidiendo 30 lucas. Yo lo olfateé. ‘Mandame un audio’, le dije. No quiso. ‘Es una urgencia, por favor’. Lo puteé. ‘¡Andá a laburar!’. El estafador me contestó: ‘No te enojés Guillote, tampoco te pedí una Ferrari negra’. Me hizo reír. Decir que era un delincuente, pero me dieron ganas de felicitarlo... ¿En qué estábamos? ¿No querés
probar una medialuna?”.El jarrón más famoso de la Argentina se mantiene sano y salvo en su departamento

–La serie es una comedia, pero el capítulo de la cárcel es muy duro. ¿Fue tu momento más difícil? –Creo que lo más duro es cuando se te muere tu mamá, tu papá... Pero sí, fue algo que no me esperaba. Que te manden a la cárcel. Yo estuve en Caseros y en Dolores. Mi vieja sufrió mucho. Le hacían una requisa para ver si entraba alguna sustancia, le revisaban las partes íntimas porque supuestamente yo era un adicto o no sé qué. Mamá me contaba y yo le rogaba: no vengas más. En Caseros fue terrible. Ahí me habían ofrecido quedarme en la enfermería. “¿Y los muchachos de la causa?”. Yo ni los conocía, los conocí en el viaje. Pero afuera decían que yo estaba en una cárcel VIP, separado del resto. Entonces no acepté: “Pabellón común”, dije. Enseguida los presos y los guardias me lo hicieron saber: “Coppola, acá no hay privilegios”. Mientras tanto, el juez iba a almorzar a lo de Mirtha Legrand y salía en Caras bajando escaleras de mármol. –¿Te llegaste a cruzar con Bernasconi en estos años? –Él quiere verme, “para contarme”. Eso me dicen. –¿Quién te lo dice? –Jacobo [Winograd]. Se cruzan en un bar cerca de River. Un día el tipo vino acá a la esquina, lo maltraté y no me dijo nada. Otra vez nos cruzaron en un programa de Pergolini, que era un mano a mano, pero tampoco habló. Yo todavía quiero saber por qué me mandó preso. Él en su momento se profugó y lo encontraron en un convento. Tal vez sea casualidad, pero su mujer es amiga del Papa Francisco. Yo una vez estaba en Roma con Cori [Corina Juárez, su esposa]. Ella es de ir a la iglesia y yo también. Le dije: “Vamos a ver al Papa”. En realidad, yo le quería preguntar al Papa si sabía algo más de lo que había pasado, por su cercanía. Mi mujer me decía: “Ni se te ocurra”. No me animé. Cuando llegó el Papa, me puse a llorar. –¿Entonces sí te juntarías con Bernasconi? –Que primero me lo escriba: “Fue por esto”. Y ahí voy. Él ya fue diciendo cosas, pero no a mí. Yo aprendí de mi viejo: las señales de lejos no sirven. No culpes ni hables por terceros. Diego era de enojarse: “Me contaron tal cosa”. No, Diego. Las cosas hay que verlas o saberlas de primera mano. Tal vez este tipo no quiera dejar huellas, no sé. Quién te dice algún día voy igual. –Nombraste dos enseñanzas de tu papá. ¿Cómo era tu vínculo con él? –Teníamos buen vínculo, pero era un tipo duro. “Hay que cumplir”. “Es lo que hay”. “¿No tenés más? Lo siento”. Mi viejo nos daba el taxi los sábados. Un sábado a mi hermano, un sábado a mí. Desde las cero horas el taxi era nuestro. Lo usábamos desde la mañana hasta la noche. El domingo al mediodía teníamos la obligación de devolverlo en las mismas condiciones: tanque lleno y lavado. Eso me alcanzaba para la semana. Yo empecé a laburar en el banco a los 15 años [Banco Federal Argentino], pero el sueldo lo dejaba en casa, entonces él me habilitaba el taxi para tener un poco más. Después empecé a cobrar horas extras y me mandaron a estudiar. El presidente del banco vio algo en mí y me mandó a la universidad. Le estoy agradecido. Soy egresado en administración y organización bancaria. Era una carrera que habían pedido los bancos y la cursé en la Universidad Católica. Al presidente del banco también le debo el primer contrato con un futbolista. – Vicente Pernía. –Sí, se cumplen 50 años ahora. Me lo presentó él, que jugaba al golf y Pernía había sido su caddy. Se conocían de Tandil. Yo era muy travieso en esa época. Tenía novia en el séptimo piso, en el tercero, en el subsuelo. Era muy de noviar, no existía el touch and go. Me ponía de novio. Pero un día se me juntaron las tres, en la iglesia de la esquina del banco. Una de ellas era la secretaria del presidente. Al día siguiente suena mi teléfono: “Coppola, el señor presidente quiere verlo”. Era ella. “¿Por qué me decís Coppola?”. “El presidente quiere verlo”. Se enteró, pensé. Subí corriendo al séptimo piso, muy nervioso. Cuando entré, estaba el presidente con Pernía, que ya jugaba en Boca. Era un despacho grande. Después bajamos juntos y nos pusimos de acuerdo.“La vida que tuve con él no tiene precio”, dice sobre Maradona, con quien compartió casi dos décadas, como su manager e íntimo amigo
–¿Firmaron un contrato? –¿Qué contrato? Nos dimos la mano. Si querés estar conmigo, estás. Hoy se hace contrato por si se van con otros. Antes no pasaba. Yo tenía casi 200 jugadores, los tenía a todos. A todos menos a Diego. –Después tuviste a Diego y dejaste a todos los demás. –Vos lo decís así, pero no fue fácil. Cuando Diego me habla, le dije que tenía 183 futbolistas. Pero me dice: “Yo quiero exclusividad”. Era 1985, imaginate. Eliminatorias para el Mundial 86. “Lo siento, no puedo”. Entonces salgo de esa reunión y están Gareca y Ruggeri. Era en el predio de Empleados de Comercio, en Ezeiza. Todavía no estaba el predio de la AFA. “¿Cómo le decís que no?”. Ellos habían escuchado. “¿Te volviste loco?”. “¿Y con ustedes y los demás qué hago?”. Sale Diego, enojado. “Vamos a comer los cuatro”, propone el Flaco. “Pero a éste lo invitan ustedes”, dice Diego sin mirarme. Y ahí en la mesa decidimos. “Nos vamos a arreglar”. Diego dijo que, si había una urgencia, podía ocuparme de algún otro. Después no me dejó tocar nada. Solo me dejó hacer a Rubén Insúa, que lo tenía casi abrochado con Las Palmas. Viajé con Quique Wolff, que me hizo la gamba porque había jugado ahí, y con el presidente de San Lorenzo. De Las Palmas me fui directo a Nápoles. –¿Era muy celoso Diego? –Sí. Lo que dijo de “me robaste la plata de mis hijas” vino de ahí. Pasó de declararme su amor incondicional a eso. “Guillermo es el corazón que me queda”, decía. “Mi pierna izquierda”; “mi padre, mi amigo, mi hermano”; “sos el amor de mi vida”; “el hombre que me salvó la vida”; “sos la pelota de mi vida”. Y un día me dice que me quedé con la plata de sus hijas... Fue duro, pero él me quería pegar. –¿Qué le había dolido tanto? –Que me volviera de Cuba... Yo no aguantaba más. Estábamos solos. ¡Cuatro años! Yo acá estaba acostumbrado a otra cosa. Salía, cenaba en Piegari, en Happening, después me iba a Trumps. En Cuba, si queríamos carne la teníamos que llevar nosotros y no conseguía ni una Coca diet. De todas maneras, él lo necesitaba. A veces me preguntan, como un reclamo: “¿En serio fueron a recuperarse a Cuba?”. No, en realidad fuimos a aislarnos. Estados Unidos no nos dio la visa y necesitábamos hacer algo para sacar a Diego de ese asedio. Y él cumplió al pie de la letra. Al principio estaba Claudia. lban la mamá, el papá. Después las chicas empezaban el colegio, entonces se volvieron. Venía algún amigo una semana. Venía la familia, otra semana. Y después nos quedábamos solapa. Cuatro añitos. Cuando ya estaba acá, salí en la revista Gente jugando a la pelota con Tinelli, Faena, Suar. No sé si Mauricio estaba en ese partido. Me llamó Diego enojadísimo: “¿Para eso querías irte?”. –¿Fue el estilo de vida lo que no aguantaste? –Por ahí no era el lugar más adecuado, lo reconozco. Pero a Diego no le hizo mal. Estaba tranquilo, jugaba al golf once horas por día. Íbamos a los paladares a comer. Bailábamos, se puso de novio. Después, volvió e hizo La noche del 10. Yo ya no estaba con él, pero volvió bárbaro, el mejor Diego desde 1986. Y vivió 20 años más. Lo digo con énfasis porque muchos me señalaron: “¡Andaban de fiesta, se encerraban...!”. Incluso en la serie que salió en Amazon [Maradona: sueño bendito, de 2021] me ponen como el villano de la historia. La contó uno que estaba dormido. En la primera entrevista que hizo Diego después de Punta del Este [lo habían internado de urgencia en enero de 2000], dijo: “Guillermo me salvó la vida”. Obviamente se la salvaron los médicos. Pero los mismos médicos años después dijeron que mi accionar había sido fundamental. ¿Qué quieren? Después, toda la familia, cuando tristemente hubo que despedirlo, me dio la primera manija de su cajón.
Coppola: el representante es una ficción basada en historias que él ha sabido contar y adornar sin distinción de audiencia, para una jornada de capacitación empresarial o para una despedida de soltero
–¿Qué es lo que más extrañás de tu época con Diego? –La vida que tuve con él no tiene precio. Esa experiencia es única, no se paga con nada. Fui un privilegiado y se lo debo a Diego. La reina Isabel en el palacio... Y él diciéndome: “Coppola, pedile a este narigón que me saque la noma del hombro”, por el rey Juan Carlos. Yo estaba extasiado. Pasé de la letrina de mi infancia a usar el baño de la reina de Inglaterra, del Papa. Soy un agradecido. Nací en Tacuarí 1593. El papel higiénico era papel de diario arrugado. Yo no me olvido de eso, la plata no te puede cambiar. Tuve momentos muy buenos, también lo perdí todo. Por amigos recuperé este departamento, me lo habían rematado. Vino Chiche Gelblung ese día. Había perdido los autos también, tenía un Lamborghini y un Porsche, y pasé a usar el Ford K de Analía Franchín, salía con ella en ese momento. Yo era el garante “responsable y solidario” de la casa que se le quemó a Diego en Barrio Parque. Yo podía haber dicho algo... Pero era ir contra él. Lo más preciado no son esas cosas, sino la vida misma y después la libertad. Se lo decía siempre a Diego y él se reía, me respondía con el Che Guevara. –¿Tenías diferencias con Maradona en sus posiciones políticas? –Diferencias, no sé. Diego defendía. Un día con Fidel Castro, en su primera visita –porque él venía a visitarnos a casa–, dije algo de la libertad y me dijo (imita la tonada): “Usted es una buena persona”. “Comandante –respondí–, usted debe ser el único en el mundo que piensa que soy buena persona”. “¿Por qué me lo dice?”. “Porque me están matando”. Claro, después de Punta del Este... Pero Diego tenía sus razones para apoyar. Un día fuimos a Japón, para el Mundial. Lo revisan en el control del aeropuerto. Lo revisan y me lo sacan. Yo nunca lo perdía de vista, pero ese día lo metieron en un cuarto durante 40 minutos. Me empecé a preocupar: “Éste tenía algo...”. Por un porro a Lennon o a no sé quién no lo dejaron entrar nunca más. Después, Diego sale y da una conferencia de prensa. “Hoy llegué y me revisaron de manera absoluta y acá vienen los americanos que les tiraron dos bombas y pasan como si nada, por eso yo vivo en Cuba”. Claro, Fidel estaba encantado. Mejor representante de Cuba, imposible. Yo no coincidía con esos discursos. Le discutía: “dale, siempre con Estados Unidos”. “Fidel nos cobijó, a vos ni te dieron la visa”. Él venía acá al departamento los 4 de julio y meaba la fiesta de la independencia. Desde el cuarto, que da justo a la embajada de Estados Unidos. ¿Cómo nos van a dar la visa? –¿Lo veían? –¡Claro! Se quedaban mirando, no lo podían creer. –Justo al lado de la embajada tenías que vivir... –Había momentos que no eran fáciles. –Ustedes se reencontraron en el Mundial de Rusia, muchos años después. –Antes nos vimos una vez, cuando falleció Don Diego. Yo no sabía qué hacer ese día. Pasó algo curioso: siempre apago el celular en mi casa porque mis hijas tienen el número fijo, entonces a determinada hora no lo necesito. Pensaba: voy, no voy. No quería meterme con la gente que estaba trabajando con él. Había cierto celo. Y suena el celular, que supuestamente estaba apagado. “¿Qué hacés que no estás acá?”. Era Diego. Me levanté y fui, tardé nada. Él se puso feliz. Era especial Don Diego, se divertía mucho conmigo. Al día siguiente nos encerramos en un cuarto en el cementerio. “Perdoname que te llamé así anoche, pero papá te adoraba y yo quería que estuvieras”. Le conté del celular y le pregunté. “¿Pero por qué dijiste lo de la plata de tus hijas?”. “¿Qué podía decir?”. Ese día había 300 personas. “¡¿Dónde está Guillermo?!”. Llevamos la misma manija del cajón, las dos manos juntas. Yo esperaba que lo aclarara, pero ese gesto era suficiente. Habían pasado más de diez años: me separé de Diego en noviembre de 2003, unos días después de su cumpleaños. Fue al baño con la puerta abierta y a mí me cansó. Ese fue el detonante. –Eran un matrimonio. –Qué te parece. Cuando lo vi en Rusia, lo primero que me dijo fue: “Nunca dejé de amarte”. “Yo tampoco, Diego”. Pero los cuatro años en Cuba fueron demasiado. Uno puede hacer algo así por su mamá. Ni siquiera por mi papá lo hubiera hecho, que se las rebuscaba más. Yo me enojaba muchas veces con Diego, pero no por su adicción. “¿Te tenés que limpiar? Hay diez personas de tu familia que tienen más poder que yo para acompañarte”. La gente piensa que era todo joda. Coppola, pelo blanco, la noche... La noche, cuando podíamos. En Nápoles no podíamos ni salir a comer. Lo que le pasa a Messi ahora. Sale una vez cada tanto, demasiado revuelo.Hace 50 años, Guillermo Coppola iniciaba su carrera de representante de futbolistas; de la mano de Maradona tuvo una vida extraordinaria, ahora convertida en una serie de ficción
–En el imaginario popular se la pasaban de fiesta. –A veces acá salía y tal vez estaba rengo. Yo me ocupaba de los periodistas: “Muchachos, mañana a las 6 nos vemos, hoy no está. Coman lo que quieran, tómense algo”. Yo lo cuidaba. Conmigo nunca lo viste como lo vimos en la cancha de Gimnasia. Conmigo jamás estuvo así. Y las discusiones eran por eso. “¿Quéres salir? Andá a hablarles, dale. Se enojaba, discutíamos y al otro día me escribía: “Viejo, tengo miedo de que te hinches las bolas y quedarme más solo que Kung Fu”. Me lo escribió en la cabecera de su cama, junto a las fotos de Dalma y Giannina, el cinturón de Rodrigo y la letra completa de la canción “Amigo”, de Alberto Plaza, escrita prolijamente en la pared. –Después de Diego, ¿te imaginaste volver a ser representante? –No, con él llegué a lo máximo. Hoy hay hombres y también mujeres que se están dedicando a eso, que son profesionales. Pero aquel mundo no existe más. De hecho, los representantes no existían y hoy hay miles. Antes solo había intermediarios. Cuando Pernía me llevó a La Candela, donde estaban los jugadores de Boca, yo sentí que había una necesidad en esos chicos. Guardaban la guita en el forro de las almohadas, en la lana, las descosían y cosían. Hugo Paulino Sánchez, de Corrientes. Los hermanos Abel y Hugo César Alves, de Olavarría. Marcelo Trobbiani, de Arequito. Pernía les hacía contarme: “Ahora cuando vaya a Arequito les llevo plata a mis viejos...”. Yo les decía: “Pero lo podés hacer por banco, en media hora tu mamá tiene la plata”. Se incendiaban las almohadas, se las robaban. Trobbiani me dio 1000 pesos, por poner un número. Le abrí una cuenta. Era la época de los Valores Nacionales Ajustables. En dos meses se fueron a 10 mil. Me dijo: “Guille, ¿le podemos mandar algo de plata a mamá?”. “¿Cuánto querés?”. “Y tengo esos mil y acá 200”. “¡Tenés 10 mil!”. Claro, los jugadores creían que yo era Caputo. Fue un aluvión. Ahí vinieron los más grandes: el Chapa Suñé, Nicolao... Después, todo el fútbol. La mejor foto que me sacaron es una de El Gráfico, en la cancha de Deportivo Español. Pusieron un escritorio al lado de un arco. Me sentaron vestido de traje, mientras el Loco Gatti, Rinaldi, Insúa, Chicho Gaona, Ruggeri, Gareca, Pumpido y Olarticoechea hacían cola del otro lado para firmar. –¿Qué cambió estos años en ese ambiente? –La confianza... Es algo que se fue perdiendo, no solo en el fútbol. Yo siempre respeté al club. El Conejo Tarantini jugó el Mundial libre. Lo vendí al Birmingham. Lo jugó libre y a Boca no le correspondía nada, pero yo le llevé a Boca 100 mil dólares. Esa era mi función. Otro se lo queda, no se lo trae o no lo pelea. Es una cuestión de confianza. Hoy por ahí los jugadores se van. ¿Quién te abrió la puerta? ¿Quién te mostró? ¿Quién te educó? ¿Quién te alimentó? El club. Para mí lo primero siempre es el jugador, pero no te podés ir así. No te podés olvidar de lo que te dio el club. A lo mejor estoy desactualizado, porque a mí no me maltrataron. Me abrían la puerta todos los presidentes, había clubes que no aceptaban a los representantes, pero a mí me recibían sin excepción. –¿Qué sentís ahora al ver tus historias en la serie? –Estoy agradecido. [Juan] Minujín es más Guillote que Guillote. El día que filmaron en la puerta del edificio, el portero le decía: “señor Guillermo...”. Es una serie divertida, ¿qué puede ser mi vida? No le cagué la vida a nadie. Yo dije: el que no quiere aparecer que no esté, me lo dice y listo. Yuyito [González] tenía algunas dudas al principio y después aceptó. ¡Y todo lo que falta! Agrando un poquito los cuentos, pero tengo mil que no puedo contar. Pelé y Maradona, yo los vi en la mesa de pool, y no jugando al pool. Hay cosas que son prohibidas. Rod Stewart, que estaba travesureando en un baño, el rey Juan Carlos contándonos sus aventuras. Las cosas que viví... ¿A vos qué te pareció la serie? Bueno, material para la nota tenés. ¿Un cafecito más? ¿Uno cortito?

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.