martes, 17 de diciembre de 2024

BOLSILLO SEQUÍA Y EL PULSO DEL CONSUMO


Prevén un repunte en el consumo para 2025, pero más atado al crédito que a la mejora en los salarios
Los analistas proyectan que se va a consumir más, principalmente en bienes durables, porque habrá mayor financiamiento; este año, por el peso de los gastos fijos, el poder adquisitivo no se recuperó en los hogares en la misma proporción que los ingresos
María Julieta Rumi
”El crédito seguramente será un factor dinamizador, pero más para bienes durables que para consumo masivo", dijo Osvaldo del Río, de la consultora Scentia
El año que está por concluir fue complicado para el consumo privado, que caería un 7,9% según el BBVA. Diversos factores inciden en esta caída: por un lado, la comparación con el Plan Platita de Sergio Massa, y por otro, la devaluación del peso en diciembre de 2023 y el sinceramiento de las tarifas, que pesaron más en los ingresos de las familias. Sin embargo, de cara a 2025, los expertos estiman que el consumo mejorará gracias al crédito y a una posible mejora en los ingresos.
“El consumo generalmente sigue la evolución de los salarios, pero también depende de lo que suceda con los gastos fijos, lo que será clave. Este año, los salarios cayeron fuertemente, mientras que los gastos fijos aumentaron considerablemente. A partir de mediados de año, los salarios comenzaron a mejorar, pero los gastos fijos siguieron en aumento. Es probable que esta tendencia persista, lo que explica por qué el consumo no se recupera tan rápidamente como la economía en su conjunto. El crédito fue un sostén en el tercer trimestre y podría seguir siendo útil, pero hay que considerar la liquidez. Los bancos no tienen pesos para prestar, lo que podría llevar a un aumento de las tasas”, explicó Federico González Rouco, economista de Empiria Consultores.
No obstante, señaló que el año próximo debería haber una mejora en el consumo, ya que los gastos fijos ya habrían tenido su impacto más fuerte y los salarios tendrían margen para aumentar.
Por su parte, el director de EPyCA Consultores, Martín Kalos, destacó que la mejora del consumo dependería más del crédito que de los ingresos: “Los ingresos laborales se recuperarán un poco, pero no tanto; y los no laborales seguirán deprimidos en sus niveles actuales”.
Para Guillermo Barbero, socio de First Capital Group, este año el crédito fue un salvavidas frente al desajuste entre los gastos corrientes y los ingresos familiares. En 2025, con un panorama macroeconómico más estable, aunque las tasas sean más altas, “habrá más oferta crediticia, lo que podría impulsar ligeramente el consumo”.
“Dado que estamos tan deprimidos en términos crediticios, seguramente esto ayudará en la compra de productos más caros que no se pueden pagar en un solo pago, como una heladera, un televisor o una moto. Habrá más crédito y algo de recuperación en los salarios, lo cual también es necesario debido a la relación entre los ingresos y las cuotas”, detalló. Además, insistió en que hay espacio para crecer, ya que recién estamos recuperando los niveles de crédito previos a las elecciones presidenciales de 2023, que no eran altos.
Durables vs. Consumo Masivo
A pesar de todo esto, con un aumento en el crédito, los sectores que podrían verse más beneficiados serían aquellos con un ticket más alto.
”El crédito seguramente será un factor dinamizador, pero más para bienes durables que para consumo masivo. Se están postergando compras de estos bienes que se retomarán con crédito y cuotas. Un ejemplo son las ventas de motos, que se espera crezcan fuertemente en 2025. El consumo masivo puede crecer, pero de manera moderada”, señaló Osvaldo del Río, director de Scentia.
Según el último informe de la consultora, en noviembre pasado, el consumo masivo cayó un 20% interanual, aunque el mes registró un crecimiento mensual desestacionalizado del 1,5% respecto a octubre (la caída acumulada es del 13,5%).
”Desde abril se observa una situación de estabilidad en las ventas, pero en noviembre se dio un quiebre en la tendencia”, agregó la consultora.
Por otro lado, un relevamiento de GfK, una empresa de NielsenIQ, sobre electrodomésticos, arrojó que en noviembre el sector creció un 6% interanual, impulsado por el evento de descuentos CyberMonday.
De acuerdo con GfK, aunque 2024 muestra una contracción acumulada del 21% en unidades vendidas, noviembre destacó como un mes de crecimiento positivo, lo que se suma a un aumento interanual del 3,6% en agosto. Desde julio, la disminución de la contracción ha sido sostenida, pasando del -33% en el primer semestre al -5% en el segundo.
“El consumo depende de variables macroeconómicas como la confianza del consumidor y la evolución de los salarios. Si esas variables continúan mejorando, seguramente impactarán positivamente en el consumo”, señaló Daniela Martínez, gerente senior de Tecnología y Bienes Durables de GfK.
Por su parte, fuentes de una cadena de electrodomésticos indicaron que en 2025 el mercado espera un crecimiento del 30% en unidades, considerando una economía abierta, en la cual el sector también pueda importar productos a precios muy competitivos.
Desde principios de diciembre, los argentinos pueden adquirir en plataformas extranjeras productos para uso personal de hasta US$400 sin tener que abonar aranceles ni tasa estadística (solo se paga el IVA).
Además, el monto máximo por paquete para envíos mediante courier se actualizó, pasando de US$1000 a US$3000.
Mala noticia en los bares: por Vietnam y Brasil, sube 20% el café
Con menos oferta global, el impacto llega a la Argentina
Francisco Jueguen
Los dedos pulgar e índice emulando una taza al aire. La traducción de esa imagen es inmediata, sobre todo, si se está en un bar: “Un cortado, por favor”. ¿Se convertirá ahora en un pequeño lujo? La costumbre de tomarse un café con amigos, familiares y colegas del trabajo será hasta un 20% más cara en los próximos meses.
La Argentina es un péndulo: en un año se pasó de ser uno de los lugares con café más barato del mundo a que tomar uno en el microcentro cueste lo mismo que en Madrid, Roma o Lisboa, aunque por debajo de Washington, París o Londres, si consideramos un expreso, que en Buenos Aires pasó de US$1,6 a comienzos de año a unos US$2,6 actualmente.
El salto que se prevé para el futuro cercano no tiene que ver con lo que pasa en la Argentina. Por razones climáticas en los países que producen y una demanda global que crece sin cesar, el precio internacional del café –que cotiza en diferentes bolsas– se disparó: llegó hace 48 horas a un valor tan elevado como su último récord, marcado en 1977.
El café en la Argentina es 100% importado. En el país no se produce (salvo una pequeña parcela en Salta). La gran mayoría viene del exterior. Ese insumo es el 60% del producto que llega a las góndolas o a los bares.
Hay dos grandes variedades de café: la robusta y la arábica. El precio de la primera, que cotiza en Londres, mostró un alza en el año de 118%; la segunda, cuyo precio se define en Nueva York, saltó 80%. ¿Las causas? Brasil, el mayor productor del mundo, enfrentó una fuerte reducción de su producción por sequías y temperaturas extremas, incluso durante el invierno.
Y Vietnam, el mayor productor de robusta, también por sequías, mostró una caída de exportaciones. “La situación empeoró con las sequías y tifones que afectaron la cosecha actual, generando una expectativa de menor oferta para los próximos meses”, afirmó Belén Cuadra, presidente de la Cámara Argentina del Café, que agregó que la demanda sigue subiendo.
En el sector estiman que, en los próximos cinco meses y de manera escalonada, el aumento en el país será del 20%. “Algo se va a trasladar al consumidor porque es insostenible”, dijo Cuadra. “Debería ser inminente”

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Después del shock, esperanza con templanza
Guillermo OlivetoL


Mayoritariamente, los argentinos sienten que están huyendo. Del dolor, de la oscuridad, de un agudo malestar, de la degradación permanente, de un espiral descendente sin fin. Y por eso caminan, marchan, creen. Se atrevieron a saltar al vacío. Y lo hicieron por primera vez de manera voluntaria, consciente, buscada. Desde 2021, el sentir mayoritario expresaba un grito sordo y subterráneo que se fue volviendo audible y catártico: “Esto así no va más”.
De aquella génesis nació el sorpresivo estoicismo que exhibieron este año. Moderaron sus expectativas, ejercieron el autocontrol, desplegaron la mesura, soportaron las vicisitudes de la escasez.
Fueron capaces, en sus propias palabras, de “cruzar el desierto”. Pusieron energía, mente y espíritu en juntar las fuerzas para atravesar un territorio que intuían áspero y que terminaría siendo más hostil e inhóspito de lo que habían imaginado.
Los últimos datos de noviembre de Scentia indican que el consumo masivo –alimentos, bebidas, cosméticos– cayó 13,5% interanual acumulado. El último mes, 20% interanual. En la construcción se perdieron 73.000 puestos de trabajo formales en un año de acuerdo con la información oficial del Indec. Los insumos se contrajeron 28,5%; los despachos de cemento, 25,2%, y el indicador de actividad, 29%. Todos ellos en variaciones interanuales acumuladas a la fecha de las últimas publicaciones. Estamos hablando de un sector económico con fuerte impacto multiplicador y mano de obra intensiva, sobre todo en la base de la pirámide.
Es un sinsentido subestimar la profunda contracción económica que atravesó la sociedad en 2024. Resultaría un error de análisis del mismo calibre negar la tolerancia y la resistencia que encarnó la población. Las dos cosas son verdad.
Es por ello que la “recesión con ilusión” signó gran parte del tránsito. Convivió desde junio y hasta septiembre con cierta dosis de urgencia: fragilidad con ansiedad. Habiendo aceptado los sinsabores de esa gesta épica, muchos se preguntaban dónde estaba el oasis en medio de aquel desierto que se tornaba implacable.
Desde octubre, intuyendo que “lo peor ya pasó”, de cara a un 2025 que luce más auspicioso, aunque no exento de desafíos, dificultades y dolores, más de la mitad de la ciudadanía se abraza ahora a un nuevo sentir dominante: esperanza con templanza.
De hecho, las últimas mediciones de la encuestadora de opinión pública Casa Tres destacan que es el sentimiento con el que se identifica más gente: 42% de las personas afirman hoy sentirse esperanzadas.
Esperanza con templanza es una conjunción potencialmente muy poderosa por el sentido que emana de ambos conceptos. Son palabras mayores para el espíritu humano. Incluso ambas dimensiones se retroalimentan. Fue el propio Jesús quien dijo: “Felices los que creen sin haber visto”. La gran mayoría de las veces se requiere una gran fortaleza para dejarse guiar por aquello que es apenas una posibilidad.
En su ya famoso ensayo Esperanza sin optimismo, que publicó en 2015, el crítico de cultura inglés Terry Eagleton realizó una defensa de la esperanza bien entendida, siendo algo no solo útil, sino también deseable.
Comienza acusando de banal al optimismo liviano, que cree que las cosas saldrán bien solo porque esa es su tendencia natural. Lo acusa de inconducente y, sobre todo, de improductivo. Dice: “Esperar significa proyectarnos nosotros mismos con la imaginación en un futuro que consideramos posible. La esperanza se origina en el deseo, al igual que el optimismo, pero le añade un cierto empuje o entusiasmo”.
Es decir, optimismo y esperanza tienen sí un factor común: las ganas de que algo que queremos suceda. La gran diferencia es que el optimista se queda sentado a esperar, mientras que quien tiene esperanza, paradójicamente, no espera, sino que se pone en movimiento.
Nos recuerda Eagleton que se trata de una virtud desvalorizada que él considera indispensable. Afirma: “La esperanza es un espejismo o una mentira vital. Quien tiene esperanza está predispuesto a actuar y a responder afirmativamente con respecto al futuro. No es posible la esperanza sin deseo. La potencialidad es lo que articula el presente con el futuro. La esperanza es la clase de virtud que implica un conjunto de cualidades igualmente encomiables: paciencia, confianza, valor y tenacidad”.
Exige por ello reflexión, involucramiento y compromiso. La posibilidad requiere de una acción transformadora. Las cosas no sucederán porque sí, sino por lo que hagamos para que sucedan.
Es decir, la esperanza no es otra cosa que “deseo más expectativas en el marco de lo posible”. El imaginario de un lugar real, concreto, tangible, sensato, razonable, donde llegar y las ganas, el entusiasmo y la convicción para ir hacia allí. Por eso la esperanza implica irrenunciablemente acción. Este es el mensaje central y vital del pensador británico: es la esperanza realista la que resulta virtuosa, la que tiene sentido y la que vale la pena.
La templanza, por su parte, tieLa ne un significado que la posiciona a su altura. El propio Platón la ubicó entre las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoyaría, desde ese punto fundante, toda la estructura moral de Occidente: templanza, prudencia, fortaleza y justicia. Alguien que es capaz de tener temple es moderado, resistente, sobrio, continente. Tiene la capacidad de dar una respuesta frente al desorden, incluso el caos o el shock, manteniéndose en eje y controlando sus apetitos sobre la base de la razón para mantener
En una cultura universal del malestar, que una promesa local pueda percibirse como cumplida resulta una novedad
En la Argentina, la sociedad pensó “no va más” y decidió adentrarse en lo desconocido para huir del dolor
a raya sus emociones más desbordadas. La templanza se relaciona también con el autocontrol, el coraje, la mesura y la disciplina. Es decir, el corazón de la filosofía estoica, para quienes también era identificada como una de las grandes virtudes. El interrogante que se abre ahora, cuando concluye el año del shock, la resistencia y la fe, al poner la mirada en el futuro, es: ¿qué tan sostenible será dicha conjunción?
¿De qué está hecha la esperanza? Como vimos, el clima de época ha cambiado en el cierre del año. El humor social siempre frágil, volátil, ciclotímico, cambiante e hipersensible, mutó repentinamente para bien. Disminuyeron las dudas, creció la confianza. Se alinearon todos los planetas para que el sentir ciudadano lograra finalmente afirmarse y tener motivos tangibles para empezar a creer que esta vez sí podría “salir bien”.
última investigación de Aresco indica no solo el punto más alto de imagen positiva del Gobierno para todo el año –57% de aprobación–, sino algo aún más importante: 14 razones para explicar por qué. La voluntad, la convicción y la fe empiezan a encontrarse con las validaciones empíricas. Algo que genera un círculo virtuoso sobre la credibilidad.
Los seres humanos, a nivel global, se han vuelto cada vez más escépticos. El hecho de tener que estar luchando en un magma de estímulos, contradicciones y fake news, por definir qué es verdad y qué no, genera desconfianza y paranoia. Por las dudas, mejor no creer. A nivel local, el fenómeno es todavía peor: los argentinos vienen sufriendo hace años, por no decir décadas, una decepción crónica.
En esa cultura del fracaso y el malestar, que una promesa sobre variables que hacen a la calidad de vida cotidiana logre percibirse como cumplida o en camino de serlo resulta una novedad que ilumina todo a su paso.
La baja de la inflación, la estabilidad del dólar, el retorno del crédito hipotecario, la desaparición de los piquetes, la eliminación de los intermediarios en la gestión de los planes sociales, haber evitado una hiperinflación y el achicamiento del Estado. Estos son, entre otros, los elementos que confluyeron para dan forma a un haz de luz que logró filtrar la densa niebla de la incertidumbre. Esto es lo que demuestran los datos de Aresco.
Al indagar en ese segmento que cree en la posibilidad de éxito, nuestros focus groups de humor social realizados en noviembre detectaban un factor común que atravesaba los logros concretos antes citados por las encuestas de opinión: “orden”.
Ese concepto, que se vincula con la estructura, la armonía y el equilibrio, le está dando, al menos a esa porción de la sociedad, aquello que tanto le quitaba el sueño: tranquilidad y previsibilidad. Aún no definitivas, pero sí incipientes.
La tranquilidad se relaciona con el sosiego, la quietud, la serenidad y hasta la placidez. Para un colectivo social que durante los últimos años se sintió viviendo bajo amenaza permanente, no es poco.
La previsibilidad con lo imaginable, lo probable, lo predecible y lo posible. En un entorno donde se vivía al día y no se podía planificar más allá de la semana o el mes, resulta toda una novedad.
Podrá decirse que esto es lo normal. Lo cual, aún con pinzas en el mundo actual, es bastante cierto en los países desarrollados. Incluso en varios de la región. Del mismo modo, es difícil no acordar con que nuestra escena social, económica y cultural de los tiempos recientes estuvo en las antípodas de la normalidad.
El ser humano es adaptativo por naturaleza. Y los argentinos, doblemente, por necesidad y costumbre. Todavía no podemos dimensionarlo ni cuantificarlo, pero ese sentimiento de poder prever, es decir, ver con anticipación, conjeturar lo que va a suceder, tener la capacidad de proyectar y además hacerlo con cierta calma, podría volverse una sensación tan sorpresiva como gozosa. Una fuente de bienestar integral, donde tallara lo económico, pero también lo mental y lo espiritual.
Suponer que los problemas de la Argentina podrían resolverse en apenas un año es una fantasía. Sin embargo, pensar que ese largo proceso dio sus primeros pasos no es necesariamente lo mismo. Para visualizar eso hace falta juntar algunos retazos de la realidad, obviar otros y creer. Sobre todo, creer.
Eso es lo que hoy está haciendo, grosso modo, cerca del 60% de la sociedad. Todo un activo para proyectar el futuro cercano. De todos modos, nunca hay que olvidarlo: el otro 40% se ubica en las antípodas. No solo “no cree”, sino que posa su registro en todo aquello que los demás eligen obviar.
También debemos recordar, sobre todo en momentos sutilmente angelados como el actual, que esas proporciones son siempre volátiles. Y que pueden cambiar muy rápido. La historia nos lo ha demostrado una y otra vez.
Como lo afirmó el gran antropólogo francés Marc Augé en el que fue su último ensayo, La condición humana, publicado en 2022, “en el origen de la ilusión se encuentra el deseo”. Vemos lo que queremos ver, lo que anhelamos, lo que esperamos.
Augé nos recordaba, con la sabiduría de sus lúcidos 86 años, que “la esperanza, tan ilusoria como suele revelarse, pide la huida hacia adelante”. Porque no se trata tanto de lo que sucede sino de lo que podría ocurrir. Es inasible, escurridiza, frágil. Por ello, indefectiblemente, “no se identifica con la felicidad, pero intenta huir de la desgracia”.
Esperanza con templanza. Esta poderosa conjunción domina la escena colectiva en el cierre del año. Expresa el sentir mayoritario de una comunidad que decidió adentrarse en lo desconocido para escapar del dolor y el malestar. Huir.
Veremos si este valioso encuentro de virtudes logra sostenerse en 2025, a medida que la siempre oscilante realidad despliegue su fisonomía. En caso de que así fuera, convendría estar preparados. El impacto de esa vibración será múltiple: económico, social y cultural. Contando con el aval de una plataforma tan vigorosa, el modelo tiene prácticamente un único destino posible: acelerar.

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