Del senador Kueider a Javi Milei: caras que venden
CARLOS M. REYMUNDO ROBERTS
El Gordo Dan no engaña: con esa carita de emoji quiere salir a cazar zurdos
Aclaremos enseguida que el senador Edgardo Kueider, el kirchnerista aliado de Milei que fue detenido con más de 200.000 dólares cuando ingresaba a Paraguay, no tiene nada que ver con el ya célebre pacto Javi-Cristina. Edgardo –cariñosamente, Mister Ed– se cortó solo. Bueno, no solo: cruzó la frontera con su secretaria, Iara, como lo venía haciendo regularmente. Es el sexto viaje del año a Paraguay, siempre con ella, siempre llevando dólares, también pesos, que después revoleaba en un convento de monjas en Asunción. ¿Por qué pesos? Según los trascendidos, las monjas querían diversificar su cartera con la moneda de moda en el mundo. Tan de moda que en algunos mercados le están cambiando el nombre: “Compré un auto por 70.000 mileis”.
Cuando las autoridades paraguayas le preguntaron por esos dólares que no había declarado, Ed balbuceó incoherencias. El interrogatorio fue delicioso: ¿Y esta plata, senador? Ehhhh… ¿qué plata? Los 211.102 dólares. Bueno, a ver, digo: los 102 dólares son míos. Ahorros de toda la vida. ¿Y los otros 211.000? Ni idea. Pregúntenle a mi querida Iara. La coartada es buena: típico de una secretaria que clava un viaje al exterior con su jefe, hombre de buen pasar, y sale de shopping. Tenían reservado un hotel en Ciudad del Este, donde es sabido que se consigue de todo y por precios muy convenientes. El problema no es la coartada de Ed, sino su cara. En serio lo digo. ¿Vieron las fotos? ¡A confesión de trucha, relevo de pruebas! La Providencia hace esas cosas: “OK, serás kirchnerista, votarás con las fuerzas del cielo, te harás millonario, pero, por las dudas de que zafes de la Justicia, llevarás la culpa en el rostro. Esa es tu condena”.
En 2019, a Cristina le mandaron una foto de Mister Ed, al que no conocía; la vio dos segundos y ordenó: “Lo quiero conmigo en el Senado”. No será buena eligiendo candidatos a presidente, pero ve ciertas caripelas y sabe que son de su especie. En cambio, Kueider (Kirchner, Kicillof, Kunkel, Kueider… ¿Otra marca de nacimiento?) ya tenía un flor de prontuario cuando, meses atrás, Santi Caputo intentó ponerlo al frente de la Comisión de Seguimiento de los Organismos de Inteligencia; organismos que están bajo su ala: es decir, Caputito quería ser controlado por Ed, sobre el que pesaban denuncias por enriquecimiento ilícito y cobro de sobornos. Así como Cris reparó en este purasangre entrerriano cuando vio una selfie, Caputito lo eligió después de leer sus expedientes. De paso: me considero un buen detector de caras que se autoincriminan, y vengo estudiando detenidamente la de Caputito, ahora que está levantando el perfil y se deja fotografiar. ¿Mi consejo? Santi, volvé a desaparecer.
Tipos como Massita, Máximo, Scioli, Moyano, Baradel… parecen también haber sido sentenciados antes de venir al mundo, incluso injustamente. En el caso del profesor Alberto, puede disimular un ratito, pero la conjunción de gestos y palabras enseguida lo delatan. Otros tienen rasgos que hablan de cierto orden y concordia. Por ejemplo, Kichi: nadie podría decir que es tan torpe, que dice y hace tantas macanas. O Pato Bullrich, que de un pantallazo no pinta lo jodida que puede llegar a ser; con ella, Javi recorrió el camino contrario: de asesina de chicos a ministra estrella del gabinete. ¿Cris? No sé, tiene una cara muy intervenida, a la que además contribuyen sus oros. Dicen que de chica era linda. Son las peores.
Vaya mi consideración, por cierto, a la celebrity del momento, el Gordo Dan (Daniel Parisini, 32 años, santiagueño, médico genetista). Me encantan personajes como este pibe, que hasta hace un año hacía guardias en hospitales y hoy se para ante un auditorio internacional y explica, con labia de influencer, hacia dónde va el mundo. Sus facciones le dan apariencia de emoji simpaticón: carita redonda, pelo corto y cuidado, trazo de sonrisa. Las apariencias no engañan: con esa expresión amable quiere salir a cazar “zurdos de mierda”. No podrá ir con su mujer: le acaba de conseguir laburo en el Estado.
El que tiene más claro la importancia de un semblante vendedor es el Presi: vive atento a ese rubro. Como no le gusta su papada, lo primero que hace al enfrentar una cámara es esconderla pegando la pera al pecho. Jon Lee Anderson, mítico periodista y escritor norteamericano, lo entrevistó semanas atrás para un perfil en The New Yorker (Anderson, The New Yorker, 15 páginas… ¡Cris, te querés matar!) y tardó nada en darle la cana. “Durante mi visita –escribió–, su estilista paró la conversación para ajustarle el pelo”. ¿Quién era esa chica atrevida que osó interrumpir el encuentro peine en mano? La diputada Lilia Lemoine. Tan exótica es la escena que Javi le explica a Anderson: “Ella [Lili] quiere que tenga una mezcla de Elvis Presley y Wolverine”. El Presi le revela además su preocupación: por trabajar desde el amanecer hasta la noche le están saliendo canas. “Soy fotosensible”.
No, Javi, sos fotogénico. Y, sobre todo, sos muy tierno.
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Cuando el insulto es mucho más que eso
— por Héctor M. Guyot
Basura, rata, lacra inmunda. Son insultos que no reconocen al otro como ser humano. Quien critica al Gobierno encarna el mal y se le niega su condición de persona
Las imágenes del video permiten establecer la secuencia. Tras un streaming compartido en el canal de la periodista María Julia Oliván, el líder piquetero le extiende la mano al militante libertario. “Dame la mano”, lo invita. “No, no, tocá para allá, boludo”, rechaza el otro. La reacción es inmediata: “A mí no me digas boludo porque me levanto y te doy un sopapo”. El youtuber desafía: “Dale, dale”. Entonces el piquetero rodea la mesa, llega hasta el libertario y, en medio de los llamados a la calma de la conductora, comienza un juego de manos que por suerte no pasa a mayores.
La relevancia del episodio en sí es escasa, podríamos convenir. El hecho es una gota más en el charco de los cruces banales que alimentan el clima de confrontación permanente de la política. Sin embargo, hay razones para detenerse en el altercado.
En una primera lectura, muestra de qué modo la violencia verbal, que hoy se ejerce desde el Gobierno como si resultara gratis, puede pasar a la física casi sin transición. Una cosa es denostar al otro desde la soledad de un video casero y otra es hacerlo cara a cara, en un espacio compartido, donde el rechazo recíproco se ceba durante un intercambio inútil, sin lugar para diálogo, hasta que busca descargarse en una agresión sobre el cuerpo del antagonista. En esto, el video es elocuente.
Por otra parte, el episodio refleja muchos de los mecanismos que los libertarios, inspirados en su jefe, ponen en práctica a diario. Y que no por casualidad se verifican en todos los populismos, sean de derecha o de izquierda.
Por ejemplo, la victimización. Anteayer por la tarde, el youtuber se paseó por los medios denunciando que el piquetero lo había agredido sin razón. “Belliboni intentó asesinarme. Queda demostrado lo que son estas lacras inmundas”, escribió en las redes. Dijo que el piquetero le había pegado también a la conductora. El video, que apareció después, lo desmiente. Y muestra que la reacción de Belliboni fue precedida por el “boludo” con el que el libertario respondió al frustrado intento de saludo. Victimizarse paga. Javier Milei no se cansa de denunciar ataques del periodismo allí donde no suele haber más que una crítica, y a veces, menos que eso. Cristina Kirchner encarnaba ese papel como una actriz consumada. Era la heroína que, por amor al pueblo, resistía el embate vil de “los poderes concentrados”, la Justicia y, claro, la prensa. Hoy se dice víctima del lawfare.
Otro síntoma, derivado del anterior, es la proyección. Alguna vez, al escribir sobre el kirchnerismo, lo llamé “efecto espejo”. Está claro que, al adjudicarle toda la violencia al piquetero, el youtuber desconoce la que él despliega. “Me atacan”, vocifera escandalizado. En la denuncia, borra la agresión que él descargó antes. O, más bien, la proyecta sobre el otro (esto no lava la responsabilidad de Belliboni). Es curioso. Al atribuir el odio y la violencia al piquetero, el libertario en realidad está describiendo sus propias actitudes. Es una dinámica habitual en los líderes populistas. Para victimizarse y extremar la polarización, Cristina Kirchner les endilgaba a sus “enemigos” las maniobras turbias que ella misma perpetraba.
Victimización y proyección son síntomas constitutivos de la personalidad paranoica, que suele desconfiar de todos y tiende a ver una conspiración hasta en la puesta del sol. Incapaz de mirar en su interior o de la más elemental autocrítica, el “mal” siempre está afuera.
Por último, el insulto. En la Argentina, el “boludo” puede ser hasta una expresión cariñosa. No es el caso. La frase en la que viaja el insulto del youtuber deja en claro el desprecio que el piquetero le merece: no quiere con el otro el más mínimo contacto. Esto es lo significativo, porque refleja que los insultos de los libertarios, de Milei para abajo, no son solo una cuestión de forma. Yo, al menos, no los critico en nombre de la urbanidad o las buenas costumbres. El problema es lo que expresan.
Basura, rata, excremento humano, lacra inmunda. Son insultos que no reconocen al otro como ser humano. Quien critica al Gobierno no es una persona que puede estar equivocada en su apreciación. Es alguien al que se le niega, desde una supuesta superioridad moral, la condición misma de persona. Y eso porque, como encarnación del mal, representa al mismo demonio.
A un año de gobierno, hay que reconocerle a Javier Milei su éxito en controlar la inflación y en poner en caja el déficit fiscal. Dadas las condiciones macroecónomicas en las que recibió el país, no es poco. Pero es hora de entender que el insulto es más que un arma coyuntural de la mala política o un ejercicio de espontaneidad. Detrás del insulto se esconde la fe religiosa en un dogma económico destinado a salvar al mundo de las tinieblas que promueven “los zurdos” (en la práctica, aquellos que no se inclinan ante el sumo sacerdote). También, la determinación de librar, en nombre de la pureza, una batalla cultural que aspira a una hegemonía. Es lo propio de los líderes de ego inflado que entienden la política, y acaso la vida, como una guerra. Santa, para peor.
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