miércoles, 18 de diciembre de 2024

OPINIÓN E INTERNA


Lecciones para Milei sobre corrupción
Luciana Vázquez


Termina 2024 con una brisa económica mucho más auspiciosa que lo que se esperaba hace un año, pero con tormenta ética que proyecta su sombra al 2025 electoral. La pregunta política clave con la que se cierra 2024, y con la que se abrirá el nuevo año, es una cuestión de tonelaje simbólico: ¿cuánto pesa, políticamente hablando, la corrupción en la Argentina de Milei? De ahí, surgen tres cuestiones: ¿cuánto condiciona la credibilidad del oficialismo? ¿Cuánto determina el éxito o fracaso de la oferta electoral en general, tanto del mileísmo como de la oposición macrista o kirchnerista? ¿Y cuánto influye en la demanda electoral por el lado de la ciudadanía? Es decir, ¿a alguien le importa la corrupción?
Hay indicios para sospechar que no tanto. La corrupción endémica es un elemento definitorio de las cuatro décadas de democracia, que ofrece hitos claves. Hay por lo menos tres, por su materialidad y su poder visual: los tres son hijos de la década kirchnerista. Primero, el video de La Rosadita de 2013, donde Martín Báez, el hijo de Lázaro Báez, contaba billetes con la naturalidad de oficinista en rutina automática. El segundo, las lecciones de Leonardo Fariña, el valijero de Báez, que en el 2013 kirchnerista dejó su huella en la conciencia colectiva cuando tradujo el valor billete a su kilaje: “Un millón de dólares pesa 1,1 kilos”, dijo. En aquellos años, un programador hizo el cálculo y lo desmintió. “Pesa 10 kilos”, dijo, y creó una página web para pesar el salario: Pesatusueldo.com. “Pesá tu sueldo según el cálculo de Fariña”, anunciaban páginas de internet en 2013. El último hito fueron los bolsos de López arrojados por encima del muro del convento. Relatos salvajes de la democracia argentina.
Ahora, desde el debate fallido de ficha limpia, la corrupción y la falta de transparencia institucional llegaron al centro de la escena de la Argentina libertaria. Desde entonces, sigue dominando la agenda de la indignación política: oficialismo y oposición perfilan sus identidades y sus estrategias políticas cada vez más en torno a ese tema, no siempre con éxito. No es solo la economía, también es la corrupción y el posicionamiento ante ella.
Una saga de episodios renueva esa reacción. Del affaire ficha limpia al caso Kueider. De ahí, al video showoff del fiscal Ramiro González y al caso del nuevo jefed el aDGI libertaria, AndrésVázquez, llegado ala AFIP con el menemismo, que no declaró sus propiedades offshore ante la Oficina Anticorrupción. De ahí al juez Ariel Lijo, que en 2022 sobreseyó a Vázquez en otra causa de 2004 sin profundizaren la investigación: un oxímoron en el que el recaudador fue procesado por no declarar ante la agencia recaudatoria en la que trabaja cuentas en dólares en el exterior. Y de ahí, al jefe del bloque de Pro en Diputados, Cristian Ritondo, denunciado por presunto enriquecimiento ilícito. Además, la cuestión persistente del rol de Lijo en la maniobra del Gobierno para cubrir los cargos vacantes en la Corte Suprema. Y, como trasfondo, las investigaciones judiciales que protagoniza sostenidamente Cristina Kirchner: 2025 la encontrará frente a dos juicios orales por corrupción, la causa de los cuadernos y HotesurLos Sauces.
La Argentina es una bomba enredadísima de corrupción donde todos son hilos rojos que nunca se cortan. El entramado atrapa aún a quienes se esfuerzan políticamente por quedar fuera del enredo. El progresismo está enojado e indignado moralmente. La derecha está desaforada y con la autoestima alta. En esas dos oraciones se sintetiza el panorama del presente. Parecen polos opuestos pero hay una trama transversal que los atraviesa: la corrupción y sus esquirlas. Por supuesto que hay diferencia de escalas.
El kirchnerismo lideraba el ranking de la lógica de la corrupción. El problema de los libertarios y del ma1989, anticasta o de transparencia republicana, respectivamente, están obligados a la política de la conducta ética irreprochable. Sin embargo, la madeja los tiene enredados.
Paradojas: aunque el kirchnerismo es el sector político con más acusados, juzgados y condenados en causas de corrupción, es el que menos sufre el impacto electoral del tema corrupción y falta de transparencia. De Menem al último gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, queda claro que el votante peronista o kirchnerista en sus diversas versiones es capaz de mirar hacia otro lado, incluso cuando la economía no acompaña.
El año pasado lo dejó claro. El Yategate de Insaurralde y el affaire Chocolate Rigau mostraron que la corrupción rampante no termina de conducir a la condena electoral. En Lomas de Zamora ganó el delfín políticode I ns aurr al de. En la provincia de Buenos Aires renovó Axel Kicillof.
El menemismo inauguró la corrupción estructural como matriz política: esa es una versión de Menem que los libertarios dejan de lado. Pero es una dimensión central de la década menemista: el Estado y su privatización como oportunidad para hacerse de un botín desde el Estado. También plantó la bandera de la primera gran desazón argentina: un electorado capaz de renovar el voto a un gobierno denuncia do interminable mente por la corrupción de su primera gestión. Esa cor rob oración del comportamiento del votante quedó inaugurada en 1995, cuando Menem ganó con el 49,95% de los votos. En había ganado con el 48,51%.
Hoy, para el kirchnerismo, el combate contra la corrupción tampoco es un tema de su identidad, pero sí es una oportunidad política para recuperar poder: el caso Kueider dejó ver el uso táctico del tema corrupción en la guerra que se libra palmo a palmo por el poder. “Cinismo”, fue el reproche de la oposición.
Al contrario, en el gran cuadrante de derecha que va del mileísmo rabioso a Pro de Macri y al radicalismo exaliado del macrismo en Juntos por el Cambio, la corrupción conduce a un posicionamiento político obligado. En la medida en que es una bandera política, su contrato electoral tiene a la ética y la transparencia como componentes centrales. Por eso el silencio en las huestes macristas y libertarias en torno al tema Ritondo. La bandera anticorrupción puede verse manchada. En su caso, la táctica que aleja el pragmatismo político de la ética anticorrupción es más riesgosa que en el caso de los kirchneristas: mientras se hace política oportunista que debilita los principios anticorrupción para salvaguardar posiciones de poder, se debilita el contrato electoral con los votantes. Ese es el dilema detrás de la ficha limpia o el caso Kueider y su expulsión o no. Lo que conviene no es siempre lo correcto.
Ese dilema dispara un interrogante específico para libertarios y macristas. No aplica a los kirchneristas. La cuestión es: ¿la ciudadanía que espera pureza ética está dispuesta a acompañar a los políticos que no la tienen? La ciudadanía que perdonó a Menem o al kirchnerismo puede no comportarse igual frente a una promesa de depuración que termina fallida. La duda se refuerza ante el año de las elecciones legislativas, cuando el voto sale de la encerrona blanco o negro que implica una elección presidencial.
En el macrismo, la transparencia republicana es la bandera con la que busca diferenciarse del mileísmo. Si Milei se quedó con todas las banderas económicas, a Pro le queda llevar la de la transparencia republicana. En ese punto, Pro está todavía más exigido: solo tiene la política de la ética para ofrecerle a su electorado.
En el mileísmo, la política económica está alineada y no hay voces disonantes en ese terreno: la interna del Gobierno no llega al Ministerio de Economía. En temas de corrupcrismo es la altura de lavar a: con identidades ción y transparencia, es otra cosa. En ese punto, es interesante la última encuesta de la consultora Escenarios, de Pablo Touzón y Federico Zapata. Ante la pregunta “¿qué tan capaz considera al gobierno de Javier Milei para resolver los siguientes problemas?”, el mayor porcentaje se lo lleva “inflación”, con el 37,6%. El segundo, “déficit público”, con 37,6%. El tercero, “la economía”, con 37,3%. Pero el tema “corrupción”, queda sexto de ocho, con 31%.
La gran interna mileísta se traduce políticamente en la cancha del tema transparencia y corrupción. La elección de Lijo como juez de la Corte, la posición en ficha limpia y el caso Kueider definen la cancha en la que se enfrentan el Presidente y su vice, Victoria Villarruel, nada menos. Por el momento, en lugar de generar política pública e identidad ante la ciudadanía, la lucha anticorrupción genera interna feroz y pérdida de alineamiento.
No está claro todavía el significado de ese cimbronazo: ¿por qué el tema corrupción no alinea a la tropa anticasta de Milei? ¿La lucha anticorrupción sin vueltas no debería ser una consecuencia natural de su identidad fundacional? ¿Por qué, al contrario, la enreda y la desconcierta? El sentido de esa confusión todavía no queda claro. Tampoco está decidida la respuesta de la ciudadanía a esas contradicciones mileístas

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Villarruel estalló contra tuiteros mileístas que la amenazaron con “carpetazos”
Reaccionó a un mensaje de un influencer que ejerce de abogado del Gordo Dan;
Un día después de enviar un mensaje conciliador hacia Javier Milei, Victoria Villarruel no pudo contenerse ante un ataque en redes sociales surgido de la estructura vinculada a Santiago Caputo, el principal asesor del Presidente. “Estoy ansiosa por saber en qué hacen inteligencia sobre mí y mi familia”, escribió, en respuesta a un mensaje del influencer libertario Alejandro Surubbi Benítez que oscilaba entre la ironía y la amenaza.
Ese usuario posteó un comentario a la declaración de anteayer de Villarruel, en la que ratificó su “lealtad” a Milei en pleno escándalo desatado por la sesión del Senado en la que fue expulsado Edgardo Kueider. “Victoria absoluta de las fuerzas del cielo. Y ni siquiera hicieron falta los dos carpetazos”, escribió Surubbi Benítez, conocido por el alias Gordo Leyes que usa en sus apariciones en el canal de streaming Carajo, propiedad del militante Daniel Parisini (Gordo Dan), a quien representa como abogado en causas judiciales.
Villarruel pidió que “por favor” publicaran esa supuesta información comprometedora. “Voy a estar esperando la difusión de eso para hacer las correspondientes acciones legales entre ellas contra vos, que fogoneás hacer inteligencia sobre los ciudadanos”, respondió, en plena madrugada de ayer.
La Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) está a cargo de Sergio Neiffert, ligado al asesor presidencial Santiago Caputo, el principal promotor de la red de influencers que trabajan en Carajo.
A partir de la reacción de Villarruel se desató una discusión virtual, en la que la vicepresidenta dedicó más de una hora a responder los ataques de cuentas libertarias.
“Haceme un favor no me vengas con la casta y el círculo rojo y bla bla cuando soy una ciudadana común que se comporta con decencia. Proyectan en mí lo que piensan de los políticos y yo no me rompí el alma toda la vida para que me relacionen con lo que destrozó este país. Así que circulá”, le escribió a otro usuario que se declaró frustrado con ella por su actitud desde que llegó a la vicepresidencia.
Desde una cuenta anónima la acusaron de pagarle coimas al peronista Kueider para votar la Ley Bases. “Yo no le pagué a nadie nada. Así que te pido yo misma que hagas la denuncia judicial así te demuestra la misma Justicia que lo que decís es falso”, tuiteó Villarruel.
También aludió a Lilia Lemoine cuando un usuario la defendió de las acusaciones que la diputada mileísta viene volcando sobre ella, en especial por comentarios que hizo en una publicación del español Javier Negre, propietario de La Derecha Diario. “Gracias querido amigo por aclarar lo que es una difamación y una falta de respeto para con quienes somos amigos y no incursionamos en deslealtades como la citada por Negre”, señaló.
Todo arrancó con el mensaje que escribió Villarruel el domingo por la tarde, en el que juró no estar “en ningún armado político” contra el Gobierno. Y dijo: “Soy parte del espacio que gobierna nuestro país, desde su misma fundación y aquí me quedaré”.
Fue su primera reacción a la declaración de Milei que, desde Italia, dijo que la sesión en la que fue expulsado Kueider era “inválida” porque Villarruel la presidió a pesar de que debía estar a cargo del Poder Ejecutivo. Más tarde, en un acto político, dijo: “El que viene con agendas propias y no acata la línea del partido es expulsado”.

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