S.O.S ANIMALES ARGENTINOS
Yaguareté, la última oportunidad
Para proteger al felino, una guerrera ambiental lucha contra el desmonte
Ilustración: Julia Rouaux
Texto: Nicolás Cassese
PARQUE NACIONAL EL IMPENETRABLE, Chaco.– Sofía Heinonen está feliz. “Acá están las tripas”, dice mientras señala un enchastre de órganos flácidos amontonados debajo de un matorral. Es parte del carpincho que acaba de cazar Keraná, la yaguareté hembra que desde hace dos días rastreamos por este monte tupido y salvaje, en el límite entre Chaco y Formosa. Para llegar hasta acá bajamos el río Bermejo en lancha. El curso, sinuoso y de aguas barrosas, repleto de bancos de arena y árboles caídos, es imposible de navegar con barcos mercantes. Esta dificultad explica el rezago económico de la región, una de las más aisladas y pobres de la Argentina. Heinonen –la directora ejecutiva de Rewilding Argentina, una organización ambientalista que trabaja en la restauración de espacios naturales– tiene 56 años y viaja por el mundo recolectando donaciones de millonarios con conciencia social, pero en el monte viste bombachas de campo de un rosa desteñido, chinelas beige y un camperón verde. En el monte, Sofía habla con susurros. No quiere espantar a Keraná, que está cerca. Así lo demuestra el pitido constante del receptor de VHF, que capta las señales que la yaguareté emite desde el collar con que la monitorean. Darío Sobrero, el baqueano, no necesita de tanta tecnología para reconocer los indicios de su presencia. Los pelos del carpincho, los matorrales aplastados donde se libró la desigual batalla entre los dos animales y el suelo tibio, donde hasta hace instantes Keraná durmió la siesta luego de su comilona, son una señal elocuente: uno de los tres ejemplares del mayor predador de América Latina que sobrevive en la zona está agazapado a escasos metros, atento a nuestros movimientos. La escena ocurrió a fines de mayo de este año, cuando había pasado apenas un mes y medio desde la liberación de Keraná, y por eso la alegría de Sofía y del resto del equipo de Rewilding. “Nos escuchó y se fue –explica Sofía–. Es un gran síntoma. Si se hubiera quedado no sería yaguareté”.
Sofia Heinonen navega el río Bermejo buscando a Keraná, una yaguareté hembra
Cazar y esconderse de los humanos son dos de las condiciones fundamentales para la supervivencia de los animales salvajes en este y en cualquier territorio. La otra es reproducirse. Para eso trajeron a Keraná, que nació en Paraguay y pasó por el centro de reintroducción que Rewilding tiene en los Esteros del Iberá, en Corrientes, antes de llegar a Chaco. “Ojalá pronto tenga cachorros”, se ilusiona Sofía. Cuando logre procrear será un hito fundamental en el trabajo para reintroducir un animal que alguna vez reinó en esta zona. Hace por lo menos tres décadas que no hay registro de una hembra yaguareté en el Impenetrable. Y si no hay hembras, significa que no hay población estable. Cada tanto aparecen machos errantes, ejemplares que salen expulsados de sus territorios y caminan buscando aparearse, hasta que mueren de viejos, atropellados o cazados. Formosa es territorio de riesgo: en los últimos años cazaron dos. “Walking dead”, así llaman a estos animales que patrullan sin destino sus antiguos dominios en intentos estériles de salvar a su especie de la extinción. Dos de estos yaguaretés machos y silvestres –Qaramtá y Tewuk– están ahora merodeando El Impenetrable, disputándose la atención de Keraná, con la que ambos ya copularon. Sobre este trío y su fertilidad recae la responsabilidad de que el yaguareté vuelva a habitar el monte chaqueño. La obsesión de Heinonen con la vuelta del yaguareté podría ser solo estética –solitario y majestuoso, el animal recorre cientos de kilómetros con andar cansino hasta encontrar las presas que destroza con su poderosa mordida–, pero responde, en realidad, a razones más estructurales. El trabajo de Rewilding implica donar tierras para la creación de reservas naturales –el Parque Nacional El Impenetrable, las 128.000 hectáreas por las que circula Keraná, se creó gracias al esfuerzo de varias organizaciones– e impulsar la reintroducción de las especies extintas, o amenazadas, que son endémicas de esos espacios. El yaguareté es el último eslabón de un arduo programa de restauración del monte chaqueño. Su supervivencia es señal de que el ecosistema está sano en todos sus eslabones, desde los pecaríes que caza el felino hasta los frutos de los que se alimentan sus presas. También es una condición para lograr esa biodiversidad. “Como depredador tope, todos los animales le tienen miedo, no pueden irse muy lejos. Esto genera espacios para distintas especies, cada una tiene su nicho”, explica Heinonen.
La degradación del monte chaqueño




Monte sano
Mientras la selva es abundante y hay presas disponibles, los yaguaretés y el resto de las especies viven y se reproducen sin conflicto.
Deforestación
Con la revolución tecnológica que significó la siembra directa, el monte comenzó a ser arrasado con topadoras para permitir el avance de la frontera agrícola. Esto degradó el hábitat del yaguareté.
Falta de alimento
Especies de las que se alimenta el yaguareté disminuyeron sus poblaciones por la pérdida del hábitat natural.
Extinción
Cuando las presas silvestres disminuyeron por la pérdida del bosque y la caza excesiva, los yaguaretés, que también eran cazados por sus pieles, perdieron su hábitat y comenzaron a extinguirse.
La alianza de Heinonen y Keraná representa, además, la punta de un dilema que atraviesa a la región y que visibiliza, en una escala pequeña, pero dramática, una de las grandes preguntas que enfrentan países como la Argentina. ¿Cuál es el costo ambiental que estamos dispuestos a pagar por el progreso económico? O, puesto en el sentido inverso, ¿cuál es el costo productivo que estamos dispuestos a pagar por mantener sanos nuestros ambientes naturales? ¿Y quién debería pagar ese costo? Lejos del estereotipo de los ambientalistas que abrazan osos pandas con sonrisa beata y suben videos a TikTok, Heinonen es tenaz y aguerrida. En su lucha por preservar la naturaleza, que ya lleva cuatro décadas, cosechó muchos admiradores, pero también detractores. Es que, además de mucho trabajo y dinero, en su rescate de Keraná y los yaguaretés, Heinonen formula una crítica al modelo extractivista de progreso que, dice, representa el momento actual del capitalismo. Como alternativa, propone un desarrollo que, en zonas estratégicas, reemplaza la producción agrícola y ganadera por esquemas centrados en el turismo, respetuosos del medio ambiente y de las poblaciones locales. Esta discusión, que parece teórica, se volvió muy concreta a mediados de este año, cuando en Chaco una ley amplió las hectáreas donde el bosque nativo se puede talar para abrir tierras a la agricultura. Los ambientalistas lo denunciaron como un crimen contra la naturaleza y recordaron que esta provincia es la que sufre la mayor deforestación. Solo en 2023, en Chaco se perdieron 57.000 hectáreas de monte: dos veces y media la ciudad de Buenos Aires. Los productores, por su lado, argumentaron que esta es la provincia más pobre de la Argentina y necesita generar desarrollo productivo.
Características del yaguareté
PANTHERA ONCA
“Yo defiendo el nuevo ordenamiento territorial”, dice Lucas Vicentín, productor de Pampa del Infierno, una planicie semiárida y chata, al sur de la provincia de Chaco. Vicentín siembra maíz, sorgo, girasol, soja y, cuando el clima lo permite, trigo. La revolución tecnológica que supuso la siembra directa es lo que trajo el avance de la frontera agrícola hasta su campo, donde antes solo había desierto. Con 43 años, Vicentín heredó de su padre la vocación agrícola enfocada en tierras chaqueñas y entiende que su trabajo tiene un impacto sobre la naturaleza, pero dice que es una condición necesaria para lograr la prosperidad. “La agricultura es progreso, transforma los pueblos”, asegura. En ese sentido, defiende la nueva ley que amplió el desmonte porque entiende que generó un marco de legalidad para controlar lo que se estaba haciendo sin ningún tipo de norma, con productores que desmontaban donde no estaba permitido porque pagar la multa les resultaba un gran negocio en relación con el rinde que obtienen de las nuevas tierras. Vicentín critica las posturas ambientalistas de protección del monte, como la de Heinonen. Dice que, “por ideología o fundamentalismo”, bloquean el desarrollo necesario en Chaco, una provincia pobre. “Si queremos desarrollarnos –plantea–, la agricultura es fundamental. Lo otro es ser el pulmón verde del mundo, pero con un beneficio cero para estos pueblos, a los que no les llega nada”. El problema, agrega, es que Chaco llegó tarde a la agricultura. “Nos quieren hacer pagar lo malo que han hecho en otros países”, se queja. “Brasil desmonta el Amazonas, el Chaco paraguayo está creciendo y nosotros la vemos afuera, nunca nos subimos a los trenes de desarrollo”, agrega. Un punto donde Vicentín sí critica el vertiginoso proceso de desmonte que sufre su provincia es por el despilfarro de la madera que sacan del bosque para hacer lugar a la agricultura. Según cifras de la industria, en Chaco quemaron el 65% de los árboles que voltearon el año pasado para permitir el avance de la frontera agrícola. “El desmonte tiene que ser más lento”, admite Vicentín.


El bosque chaqueño se desmonta para generar nuevas tierras de cultivo
Chaco tiene una larga historia de aprovechamiento de su madera. El quebracho colorado, un árbol duro y muy resistente, de crecimiento lento, se usó para los durmientes de las vías con que se montó la red de trenes a mediados del siglo XIX. Hoy quedan pocos quebrachos colorados en pie y, como su madera no se pudre bajo el agua, son muy demandados para la construcción de muelles. El nuevo furor es el palo santo, una madera dura que hasta hace poco tenía escaso valor, pero que comenzó a ser demandada por empresarios chinos: la utilizan para producir esencias. Cecilio Cabana tiene un campo cerca del Parque Nacional El Impenetrable y firmó un acuerdo para vender 300 toneladas de palo santo. Ya se llevaron la mitad, pero están demorando el desmonte de lo que queda y Cabana no parece muy conforme con el trato. Dice que por ahora dejará el resto de su monte en pie. Será un seguro por si le surge alguna necesidad económica. Su caso no es habitual: la presión de la agricultura está arrasando con el bosque chaqueño a un ritmo vertiginoso.
Lucas Vicentín es un productor de Chaco y sostiene que la agricultura es necesaria para que la provincia prospere
“Estamos quemando nuestro recurso”, se queja Enzo Nardelli, un empresario de 31 años. Escondido por la humareda que desprenden los 40 hornos que convierten madera en carbón en su predio de Tres Isletas, Nardelli confirma que en la provincia deforestan mucho más rápido que lo que ellos y el resto de las empresas del rubro pueden procesar. La razón de este despilfarro económico y ambiental es que es tanta la madera disponible que su precio se deprecia y no resulta viable comercializarla. Los operarios de Nardelli entran a los campos luego de que la topadora volteó los árboles y se llevan la madera. Su modelo de negocios no permite pagar por el recurso. El servicio que brindan es despejar el campo para que su dueño luego lo siembre. Sin embargo, el ritmo del desmonte impide que aprovechen toda la madera que se genera. Apurados por sembrar, los dueños la terminan quemando. “Si seguimos así, no va a haber más bosques”, pronostica Nardelli. El propio Nardelli muestra la realidad del desmonte en Chaco invitándonos a volar en una avioneta que él mismo pilotea. Desde el aire, el paisaje es un mar infinito de campos pelados, apenas interrumpidos con algunos pequeños parches de monte verde. Ese escenario, ideal para los cultivos, resulta imposible para Keraná, o cualquier otra especie animal o vegetal.
Enzo Nardelli utiliza la madera para producir carbón y dice que el desmonte debe ser más lento y ordenado
Para Heinonen, el riesgo es aún mayor. Lo que está en juego, dice, es nuestra propia supervivencia como especie: “Los seres humanos necesitamos la biodiversidad porque dependemos de que haya todo tipo de especies para obtener comida, medicamentos, textiles y todos nuestros recursos. Si la naturaleza es muy pobre, porque solo sobreviven unas pocas plantas y especies, probablemente no podremos resistir cuando nos toque enfrentarnos a una catástrofe”. –¿Considerás que salvar el monte es una medida de autopreservación para nuestra propia especie? –Completamente, porque el planeta es una gran trama de vida y si les quitamos las hebras, que son las interacciones ecológicas, nos vamos a quedar agarrados de una sola y al final esa hebra también se va a cortar. Venimos sacando hebras del telar de la vida, viendo hasta qué punto no se rompe. La urgencia de Sofía responde a que considera que estamos asomándonos a una extinción masiva. “A lo largo de la evolución de nuestro planeta, tenemos registro de seis extinciones masivas. Las anteriores fueron provocadas por meteoritos o cambios climáticos. Esta, en cambio, sería la única producida por una especie, nosotros, contra las otras”, afirma
Los yaguaretés llevan un collar que envía señales para que los ambientalistas los puedan monitorear
Su misión para evitarlo comenzó cuando el filántropo Douglas Tompkins sobrevoló los Esteros del Iberá en su avioneta. Tompkins, un escalador y aventurero que se había hecho millonario con marcas de indumentaria y luego abandonó sus empresas para convertirse en guerrero ambiental, tenía experiencia en Chile como donante de tierras para la creación de parques nacionales. En la Argentina, vio que los esteros, un humedal de 1.300.000 hectáreas, tenían potencial ecológico, pero faltaba lo principal: los animales. Décadas de explotación habían extinguido gran parte de la fauna local, incluyendo al yaguareté. “Era un escenario hermoso, pero sin actores”, recuerda Heinonen. Sofía, que entonces era una joven madre de dos niños y trabajaba en el Parque Nacional Iguazú, consiguió la atención de Tompkins y lo convenció de que ella era la indicada para ponerse al frente del proyecto. La tarea era titánica: comprar tierras, restaurarlas y donarlas para crear un parque nacional era el principio. Luego, había que reintroducir las especies nativas. Arrancaron con osos hormigueros, venados, pecaríes y guacamayos hasta lograr la vuelta del rey del estero: el yaguareté. Tompkins había seguido de cerca el trabajo para reintroducir el lobo en Yellowstone, en Estados Unidos, y quería hacer lo mismo en Iberá.
Distribución de la especie en el territorio
La vida de Sofía la había preparado para la misión. Su madre es Julie Fortabat, la descendiente rebelde de una de las familias más ricas de la Argentina, y su padre, Guillermo Heinonen, un finlandés aventurero que tuvo un ataque de esquizofrenia que lo dejó internado por el resto de su vida cuando Sofía tenía apenas ocho años. Nacida y criada en el campo familiar, Sofía se mudó con su madre y sus tres hermanos a San Isidro. Se educó en el colegio Labardén, explorando las vías de tren abandonadas de la ribera norte y con los viajes en los que los embarcaba su madre a bordo de un Renault 4. El destino podía ser Brasil, o la Patagonia, pero se desviaban en el camino para explorar, o se entretenían con las historias de las personas que iban levantando en el camino. De su primera infancia en el campo, a Sofía le quedó el gusto por galopar a toda velocidad y el amor por los animales, pero una presentación que escuchó en el colegio secundario le cambió la vida. Fue una charla de Juan Carlos Chebez, un naturalista argentino fallecido en 2011. Chebez tenía 22 años y Sofía, 16, y comenzaron a compartir salidas al campo para hacer trabajo ambiental. Con un grupo de jóvenes, exploraban, acampaban, hacían inventario de pájaros y sentaban las bases de lo que décadas más tarde se convertiría en parques naturales. “A través de los pájaros descubrí que había una dimensión de especies que no dependían de nosotros y a la que no estábamos vinculados emocionalmente, pero que tenían su propio espíritu y su propio comportamiento”, recuerda.
¡Atención
niños aventureros!
¿Cuánto sabés de animales? Entrá y jugá a ser puma, ballena franca austral, yaguareté o nutria gigante.JUGAR


ESCANEÁ EL QR
CON TU CELULAR
Sofía se casó con Chebez y tuvieron dos hijos, Lautaro y Camila, que criaron en la naturaleza. Ya separada, cuando los chicos tenían seis y nueve años, se mudó con ellos a Iberá para empezar a trabajar con Tompkins. “Fue como sacarme la lotería. A mis hijos los eduqué como me hubiese gustado crecer a mí”, recuerda. Junto a otra familia, armaron un colegio rural y complementó su formación con salidas de exploración, desde bajar un río en kayak para contar yacarés a sumarse a las brigadas que combatían incendios. En 2015, cuando Tompkins murió en un accidente de kayak en Chile, Heinonen quedó a cargo de toda la rama argentina de su organización. Su rutina incluye recorrer las capitales del mundo para conseguir el dinero para Rewilding, pero es feliz cuando se baja de los aviones para internarse en la naturaleza indómita que rodea a los proyectos de conservación. “Siento fascinación cuando descubro la energía de la naturaleza. Me gusta caminar rodeada de los árboles, de las aves, de seres mágicos como el yaguareté, el oso hormiguero y el tapir. Es por ellos, y por nosotros, que me levanto cada día”, dice.


El monte chaqueño es una reserva natural repleta de fauna y flora
–¿Creés que estamos a tiempo de revertir la crisis ambiental? –Depende de si seguimos viviendo como si nada pasara y seguimos comprando más televisores y más zapatillas, o si empezamos a trabajar por otra economía, por otra forma de vivir. Tenemos que ser generosos y aceptar compartir el planeta con otras especies. Sobre todo, sabiendo que esas otras especies son en realidad las que nos dan el sustento a nosotros. En agosto de 2024, liberaron a Nalá, la segunda hembra yaguareté de El Impenetrable. Hasta diciembre de este año, ni Keraná, ni Nalá se habían preñado
Ilustración: Julia Rouaux
Texto: Nicolás Cassese
PARQUE NACIONAL EL IMPENETRABLE, Chaco.– Sofía Heinonen está feliz. “Acá están las tripas”, dice mientras señala un enchastre de órganos flácidos amontonados debajo de un matorral. Es parte del carpincho que acaba de cazar Keraná, la yaguareté hembra que desde hace dos días rastreamos por este monte tupido y salvaje, en el límite entre Chaco y Formosa. Para llegar hasta acá bajamos el río Bermejo en lancha. El curso, sinuoso y de aguas barrosas, repleto de bancos de arena y árboles caídos, es imposible de navegar con barcos mercantes. Esta dificultad explica el rezago económico de la región, una de las más aisladas y pobres de la Argentina. Heinonen –la directora ejecutiva de Rewilding Argentina, una organización ambientalista que trabaja en la restauración de espacios naturales– tiene 56 años y viaja por el mundo recolectando donaciones de millonarios con conciencia social, pero en el monte viste bombachas de campo de un rosa desteñido, chinelas beige y un camperón verde. En el monte, Sofía habla con susurros. No quiere espantar a Keraná, que está cerca. Así lo demuestra el pitido constante del receptor de VHF, que capta las señales que la yaguareté emite desde el collar con que la monitorean. Darío Sobrero, el baqueano, no necesita de tanta tecnología para reconocer los indicios de su presencia. Los pelos del carpincho, los matorrales aplastados donde se libró la desigual batalla entre los dos animales y el suelo tibio, donde hasta hace instantes Keraná durmió la siesta luego de su comilona, son una señal elocuente: uno de los tres ejemplares del mayor predador de América Latina que sobrevive en la zona está agazapado a escasos metros, atento a nuestros movimientos. La escena ocurrió a fines de mayo de este año, cuando había pasado apenas un mes y medio desde la liberación de Keraná, y por eso la alegría de Sofía y del resto del equipo de Rewilding. “Nos escuchó y se fue –explica Sofía–. Es un gran síntoma. Si se hubiera quedado no sería yaguareté”.

Sofia Heinonen navega el río Bermejo buscando a Keraná, una yaguareté hembraCazar y esconderse de los humanos son dos de las condiciones fundamentales para la supervivencia de los animales salvajes en este y en cualquier territorio. La otra es reproducirse. Para eso trajeron a Keraná, que nació en Paraguay y pasó por el centro de reintroducción que Rewilding tiene en los Esteros del Iberá, en Corrientes, antes de llegar a Chaco. “Ojalá pronto tenga cachorros”, se ilusiona Sofía. Cuando logre procrear será un hito fundamental en el trabajo para reintroducir un animal que alguna vez reinó en esta zona. Hace por lo menos tres décadas que no hay registro de una hembra yaguareté en el Impenetrable. Y si no hay hembras, significa que no hay población estable. Cada tanto aparecen machos errantes, ejemplares que salen expulsados de sus territorios y caminan buscando aparearse, hasta que mueren de viejos, atropellados o cazados. Formosa es territorio de riesgo: en los últimos años cazaron dos. “Walking dead”, así llaman a estos animales que patrullan sin destino sus antiguos dominios en intentos estériles de salvar a su especie de la extinción. Dos de estos yaguaretés machos y silvestres –Qaramtá y Tewuk– están ahora merodeando El Impenetrable, disputándose la atención de Keraná, con la que ambos ya copularon. Sobre este trío y su fertilidad recae la responsabilidad de que el yaguareté vuelva a habitar el monte chaqueño. La obsesión de Heinonen con la vuelta del yaguareté podría ser solo estética –solitario y majestuoso, el animal recorre cientos de kilómetros con andar cansino hasta encontrar las presas que destroza con su poderosa mordida–, pero responde, en realidad, a razones más estructurales. El trabajo de Rewilding implica donar tierras para la creación de reservas naturales –el Parque Nacional El Impenetrable, las 128.000 hectáreas por las que circula Keraná, se creó gracias al esfuerzo de varias organizaciones– e impulsar la reintroducción de las especies extintas, o amenazadas, que son endémicas de esos espacios. El yaguareté es el último eslabón de un arduo programa de restauración del monte chaqueño. Su supervivencia es señal de que el ecosistema está sano en todos sus eslabones, desde los pecaríes que caza el felino hasta los frutos de los que se alimentan sus presas. También es una condición para lograr esa biodiversidad. “Como depredador tope, todos los animales le tienen miedo, no pueden irse muy lejos. Esto genera espacios para distintas especies, cada una tiene su nicho”, explica Heinonen.
La degradación del monte chaqueño




Monte sano
Mientras la selva es abundante y hay presas disponibles, los yaguaretés y el resto de las especies viven y se reproducen sin conflicto.
Deforestación
Con la revolución tecnológica que significó la siembra directa, el monte comenzó a ser arrasado con topadoras para permitir el avance de la frontera agrícola. Esto degradó el hábitat del yaguareté.
Falta de alimento
Especies de las que se alimenta el yaguareté disminuyeron sus poblaciones por la pérdida del hábitat natural.
Extinción
Cuando las presas silvestres disminuyeron por la pérdida del bosque y la caza excesiva, los yaguaretés, que también eran cazados por sus pieles, perdieron su hábitat y comenzaron a extinguirse.
La alianza de Heinonen y Keraná representa, además, la punta de un dilema que atraviesa a la región y que visibiliza, en una escala pequeña, pero dramática, una de las grandes preguntas que enfrentan países como la Argentina. ¿Cuál es el costo ambiental que estamos dispuestos a pagar por el progreso económico? O, puesto en el sentido inverso, ¿cuál es el costo productivo que estamos dispuestos a pagar por mantener sanos nuestros ambientes naturales? ¿Y quién debería pagar ese costo? Lejos del estereotipo de los ambientalistas que abrazan osos pandas con sonrisa beata y suben videos a TikTok, Heinonen es tenaz y aguerrida. En su lucha por preservar la naturaleza, que ya lleva cuatro décadas, cosechó muchos admiradores, pero también detractores. Es que, además de mucho trabajo y dinero, en su rescate de Keraná y los yaguaretés, Heinonen formula una crítica al modelo extractivista de progreso que, dice, representa el momento actual del capitalismo. Como alternativa, propone un desarrollo que, en zonas estratégicas, reemplaza la producción agrícola y ganadera por esquemas centrados en el turismo, respetuosos del medio ambiente y de las poblaciones locales. Esta discusión, que parece teórica, se volvió muy concreta a mediados de este año, cuando en Chaco una ley amplió las hectáreas donde el bosque nativo se puede talar para abrir tierras a la agricultura. Los ambientalistas lo denunciaron como un crimen contra la naturaleza y recordaron que esta provincia es la que sufre la mayor deforestación. Solo en 2023, en Chaco se perdieron 57.000 hectáreas de monte: dos veces y media la ciudad de Buenos Aires. Los productores, por su lado, argumentaron que esta es la provincia más pobre de la Argentina y necesita generar desarrollo productivo.
Características del yaguareté
PANTHERA ONCA
“Yo defiendo el nuevo ordenamiento territorial”, dice Lucas Vicentín, productor de Pampa del Infierno, una planicie semiárida y chata, al sur de la provincia de Chaco. Vicentín siembra maíz, sorgo, girasol, soja y, cuando el clima lo permite, trigo. La revolución tecnológica que supuso la siembra directa es lo que trajo el avance de la frontera agrícola hasta su campo, donde antes solo había desierto. Con 43 años, Vicentín heredó de su padre la vocación agrícola enfocada en tierras chaqueñas y entiende que su trabajo tiene un impacto sobre la naturaleza, pero dice que es una condición necesaria para lograr la prosperidad. “La agricultura es progreso, transforma los pueblos”, asegura. En ese sentido, defiende la nueva ley que amplió el desmonte porque entiende que generó un marco de legalidad para controlar lo que se estaba haciendo sin ningún tipo de norma, con productores que desmontaban donde no estaba permitido porque pagar la multa les resultaba un gran negocio en relación con el rinde que obtienen de las nuevas tierras. Vicentín critica las posturas ambientalistas de protección del monte, como la de Heinonen. Dice que, “por ideología o fundamentalismo”, bloquean el desarrollo necesario en Chaco, una provincia pobre. “Si queremos desarrollarnos –plantea–, la agricultura es fundamental. Lo otro es ser el pulmón verde del mundo, pero con un beneficio cero para estos pueblos, a los que no les llega nada”. El problema, agrega, es que Chaco llegó tarde a la agricultura. “Nos quieren hacer pagar lo malo que han hecho en otros países”, se queja. “Brasil desmonta el Amazonas, el Chaco paraguayo está creciendo y nosotros la vemos afuera, nunca nos subimos a los trenes de desarrollo”, agrega. Un punto donde Vicentín sí critica el vertiginoso proceso de desmonte que sufre su provincia es por el despilfarro de la madera que sacan del bosque para hacer lugar a la agricultura. Según cifras de la industria, en Chaco quemaron el 65% de los árboles que voltearon el año pasado para permitir el avance de la frontera agrícola. “El desmonte tiene que ser más lento”, admite Vicentín.


El bosque chaqueño se desmonta para generar nuevas tierras de cultivoChaco tiene una larga historia de aprovechamiento de su madera. El quebracho colorado, un árbol duro y muy resistente, de crecimiento lento, se usó para los durmientes de las vías con que se montó la red de trenes a mediados del siglo XIX. Hoy quedan pocos quebrachos colorados en pie y, como su madera no se pudre bajo el agua, son muy demandados para la construcción de muelles. El nuevo furor es el palo santo, una madera dura que hasta hace poco tenía escaso valor, pero que comenzó a ser demandada por empresarios chinos: la utilizan para producir esencias. Cecilio Cabana tiene un campo cerca del Parque Nacional El Impenetrable y firmó un acuerdo para vender 300 toneladas de palo santo. Ya se llevaron la mitad, pero están demorando el desmonte de lo que queda y Cabana no parece muy conforme con el trato. Dice que por ahora dejará el resto de su monte en pie. Será un seguro por si le surge alguna necesidad económica. Su caso no es habitual: la presión de la agricultura está arrasando con el bosque chaqueño a un ritmo vertiginoso.

Lucas Vicentín es un productor de Chaco y sostiene que la agricultura es necesaria para que la provincia prospere“Estamos quemando nuestro recurso”, se queja Enzo Nardelli, un empresario de 31 años. Escondido por la humareda que desprenden los 40 hornos que convierten madera en carbón en su predio de Tres Isletas, Nardelli confirma que en la provincia deforestan mucho más rápido que lo que ellos y el resto de las empresas del rubro pueden procesar. La razón de este despilfarro económico y ambiental es que es tanta la madera disponible que su precio se deprecia y no resulta viable comercializarla. Los operarios de Nardelli entran a los campos luego de que la topadora volteó los árboles y se llevan la madera. Su modelo de negocios no permite pagar por el recurso. El servicio que brindan es despejar el campo para que su dueño luego lo siembre. Sin embargo, el ritmo del desmonte impide que aprovechen toda la madera que se genera. Apurados por sembrar, los dueños la terminan quemando. “Si seguimos así, no va a haber más bosques”, pronostica Nardelli. El propio Nardelli muestra la realidad del desmonte en Chaco invitándonos a volar en una avioneta que él mismo pilotea. Desde el aire, el paisaje es un mar infinito de campos pelados, apenas interrumpidos con algunos pequeños parches de monte verde. Ese escenario, ideal para los cultivos, resulta imposible para Keraná, o cualquier otra especie animal o vegetal.

Enzo Nardelli utiliza la madera para producir carbón y dice que el desmonte debe ser más lento y ordenadoPara Heinonen, el riesgo es aún mayor. Lo que está en juego, dice, es nuestra propia supervivencia como especie: “Los seres humanos necesitamos la biodiversidad porque dependemos de que haya todo tipo de especies para obtener comida, medicamentos, textiles y todos nuestros recursos. Si la naturaleza es muy pobre, porque solo sobreviven unas pocas plantas y especies, probablemente no podremos resistir cuando nos toque enfrentarnos a una catástrofe”. –¿Considerás que salvar el monte es una medida de autopreservación para nuestra propia especie? –Completamente, porque el planeta es una gran trama de vida y si les quitamos las hebras, que son las interacciones ecológicas, nos vamos a quedar agarrados de una sola y al final esa hebra también se va a cortar. Venimos sacando hebras del telar de la vida, viendo hasta qué punto no se rompe. La urgencia de Sofía responde a que considera que estamos asomándonos a una extinción masiva. “A lo largo de la evolución de nuestro planeta, tenemos registro de seis extinciones masivas. Las anteriores fueron provocadas por meteoritos o cambios climáticos. Esta, en cambio, sería la única producida por una especie, nosotros, contra las otras”, afirma
Los yaguaretés llevan un collar que envía señales para que los ambientalistas los puedan monitorearSu misión para evitarlo comenzó cuando el filántropo Douglas Tompkins sobrevoló los Esteros del Iberá en su avioneta. Tompkins, un escalador y aventurero que se había hecho millonario con marcas de indumentaria y luego abandonó sus empresas para convertirse en guerrero ambiental, tenía experiencia en Chile como donante de tierras para la creación de parques nacionales. En la Argentina, vio que los esteros, un humedal de 1.300.000 hectáreas, tenían potencial ecológico, pero faltaba lo principal: los animales. Décadas de explotación habían extinguido gran parte de la fauna local, incluyendo al yaguareté. “Era un escenario hermoso, pero sin actores”, recuerda Heinonen. Sofía, que entonces era una joven madre de dos niños y trabajaba en el Parque Nacional Iguazú, consiguió la atención de Tompkins y lo convenció de que ella era la indicada para ponerse al frente del proyecto. La tarea era titánica: comprar tierras, restaurarlas y donarlas para crear un parque nacional era el principio. Luego, había que reintroducir las especies nativas. Arrancaron con osos hormigueros, venados, pecaríes y guacamayos hasta lograr la vuelta del rey del estero: el yaguareté. Tompkins había seguido de cerca el trabajo para reintroducir el lobo en Yellowstone, en Estados Unidos, y quería hacer lo mismo en Iberá.
Distribución de la especie en el territorio
La vida de Sofía la había preparado para la misión. Su madre es Julie Fortabat, la descendiente rebelde de una de las familias más ricas de la Argentina, y su padre, Guillermo Heinonen, un finlandés aventurero que tuvo un ataque de esquizofrenia que lo dejó internado por el resto de su vida cuando Sofía tenía apenas ocho años. Nacida y criada en el campo familiar, Sofía se mudó con su madre y sus tres hermanos a San Isidro. Se educó en el colegio Labardén, explorando las vías de tren abandonadas de la ribera norte y con los viajes en los que los embarcaba su madre a bordo de un Renault 4. El destino podía ser Brasil, o la Patagonia, pero se desviaban en el camino para explorar, o se entretenían con las historias de las personas que iban levantando en el camino. De su primera infancia en el campo, a Sofía le quedó el gusto por galopar a toda velocidad y el amor por los animales, pero una presentación que escuchó en el colegio secundario le cambió la vida. Fue una charla de Juan Carlos Chebez, un naturalista argentino fallecido en 2011. Chebez tenía 22 años y Sofía, 16, y comenzaron a compartir salidas al campo para hacer trabajo ambiental. Con un grupo de jóvenes, exploraban, acampaban, hacían inventario de pájaros y sentaban las bases de lo que décadas más tarde se convertiría en parques naturales. “A través de los pájaros descubrí que había una dimensión de especies que no dependían de nosotros y a la que no estábamos vinculados emocionalmente, pero que tenían su propio espíritu y su propio comportamiento”, recuerda.
¡Atención
niños aventureros!
¿Cuánto sabés de animales? Entrá y jugá a ser puma, ballena franca austral, yaguareté o nutria gigante.JUGAR


ESCANEÁ EL QR
CON TU CELULAR
Sofía se casó con Chebez y tuvieron dos hijos, Lautaro y Camila, que criaron en la naturaleza. Ya separada, cuando los chicos tenían seis y nueve años, se mudó con ellos a Iberá para empezar a trabajar con Tompkins. “Fue como sacarme la lotería. A mis hijos los eduqué como me hubiese gustado crecer a mí”, recuerda. Junto a otra familia, armaron un colegio rural y complementó su formación con salidas de exploración, desde bajar un río en kayak para contar yacarés a sumarse a las brigadas que combatían incendios. En 2015, cuando Tompkins murió en un accidente de kayak en Chile, Heinonen quedó a cargo de toda la rama argentina de su organización. Su rutina incluye recorrer las capitales del mundo para conseguir el dinero para Rewilding, pero es feliz cuando se baja de los aviones para internarse en la naturaleza indómita que rodea a los proyectos de conservación. “Siento fascinación cuando descubro la energía de la naturaleza. Me gusta caminar rodeada de los árboles, de las aves, de seres mágicos como el yaguareté, el oso hormiguero y el tapir. Es por ellos, y por nosotros, que me levanto cada día”, dice.


El monte chaqueño es una reserva natural repleta de fauna y flora–¿Creés que estamos a tiempo de revertir la crisis ambiental? –Depende de si seguimos viviendo como si nada pasara y seguimos comprando más televisores y más zapatillas, o si empezamos a trabajar por otra economía, por otra forma de vivir. Tenemos que ser generosos y aceptar compartir el planeta con otras especies. Sobre todo, sabiendo que esas otras especies son en realidad las que nos dan el sustento a nosotros. En agosto de 2024, liberaron a Nalá, la segunda hembra yaguareté de El Impenetrable. Hasta diciembre de este año, ni Keraná, ni Nalá se habían preñado
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