martes, 25 de julio de 2023

EL PULSO DEL CONSUMO Y DÉFICIT FISCAL


La sociedad vive esperando el temblor
Guillermo Olivetolos teatros y los cines tienen récords de público
“Si no te das un gusto, vivís triste”. “Estamos en una economía de guerra: si vemos una oferta, compramos cualquier cosa, porque sabemos que mañana va a aumentar”. “El argentino perdió la fe en ahorrar, si tiene algo de plata, la gasta”. “La plata no sirve para invertir, hay que gastarla toda”. Son citas textuales que sintetizan, como un perfume en extracto, el clima de la época.
Son cuatro citas textuales que relevamos en nuestros focus groups de humor social concluidos el 12 de julio. Comprendiendo el sentir profundo de las personas, ya no llama la atención que en estas vacaciones de invierno estén tan a pleno los centros de esquí del sur del país como las plazas y parques de la ciudad de Buenos Aires. O que la película Barbie haya tenido el mejor estreno desde 2019, vendiendo en apenas 3 días más de 750.000 tickets, o que en el primer semestre de este año casi 22 millones de personas hayan ido al cine, acorde con las estadísticas de Ultracine. Estamos hablando, en promedio, de una cifra similar a la mitad de la población del país. Tampoco sorprende que sea prácticamente imposible conseguir una entrada para los principales partidos de fútbol para quienes no son socios ni tienen abonos.
Decir que todo este movimiento es un fenómeno de “los ricos” o de “la clase alta” es no solo subestimar lo que está sucediendo, sino, sobre todo, falso. Por supuesto, no son “todos” pero sí “muchos” los ciudadanos que asumen estas posturas. Sobre todo, muchos más de lo que podría suponerse. En una sociedad donde se cristaliza una configuración dual, aquellos que tienen algún resto que excede lo mínimamente esencial se suben como pueden a esta “válvula de escape”, aunque sea utilizando los ahorros. Como consumidores, los ciudadanos se están “quemando el capital” para evitar “quemarse ellos”.
Suponer que por ello la sociedad argentina “enloqueció” es también un mal análisis. Todo lo contrario. Pocas veces estuvo tan cuerda y consciente de la realidad como ahora. La gente sabe lo que pasa. Tiene claro que lo que viene será muy complejo y que llevará años arreglar el estrago que sufre el país. Lo que sucede es que encontró una manera novedosa de enfrentarlo. Podríamos decir que, al menos en hipótesis, la sociedad argentina se volvió, luego de la tragedia que atravesó en 2020/2021, en un cuerpo colectivo más lúcido.
En su ensayo La segunda vida, el filósofo francés François Jullien explora en profundidad la esencia de la lucidez y lo que la distingue de otras magnitudes del pensamiento humano. Con un enfoque original, propone: “La lucidez no es la inteligencia cuya propiedad es la comprensión. Tampoco es el conocimiento, pues este deriva más decididamente de una adquisición. Mientras que el conocimiento se extiende por ámbitos y disciplinas, la lucidez es una capacidad global que no se deja parcelar ni se enseña. La lucidez ha surgido de un devenir: uno deviene lúcido por experiencia. La lucidez es un nivel al que accedió la conciencia a partir de lo que se ha vivido y atravesado”.
Jullien vincula el concepto de lucidez con los hechos límites, trágicos y dolorosos que al exponernos a nuestra vulnerabilidad nos dejan desnudos frente a nosotros mismos. Su tesis propone que se puede acceder a una segunda vida en un proceso que no implica un punto de inflexión, sino una lenta disolución de lo primero mientras en simultáneo emerge lo segundo, a partir de esa lucidez que nace como consecuencia de haberse enfrentado al trauma. Igualmente aclara: “No todos aquellos que han sufrido experiencias negativas se han vuelto lúcidos por ello, también hace falta una colaboración del sujeto. La lucidez me llega por todo lo que he vivido y que ha disuelto y deshecho poco a poco lo que oscurecía mi consciencia”.
Más pragmáticos y lúcidos
Esta sociedad más pragmática y lúcida ya no cree en soluciones mágicas, atajos y simplificaciones. Tal vez sea esta nueva lucidez la que la volvió consciente, de un modo inédito, sobre la densidad y la complejidad de los problemas que abruman al país y a sus habitantes. Nos encontramos en los grupos de investigación con pensamientos donde se mezclan el pesimismo con el realismo: “2024 va a ser un año duro”, “la recuperación no puede ser de un día para el otro”, “va a haber que esperar, será un año complicado, igual o peor que este”, “será sumamente difícil, arrastramos cosas de mucho tiempo que venimos pateando para adelante”, “va a estar peor que ahora hasta que las cosas se acomoden un poco”, “bastante duro por la inflación y los precios, no van a bajar rápido”, “el dólar se va a $1000”.
Es lógico entonces que, frente al período electoral que se avecina, las expectativas sean mayoritariamente bajas. La idea de vivir en un loop permanente que lleva décadas donde “salimos y pasa algo, salimos y pasa algo”, para terminar siempre un poco peor, es motivo suficiente para el descreimiento. La progresiva toma de conciencia sobre una degradación transversal que se ha vuelto crónica le otorga mayor cohesión al registro ciudadano.
Se perciben además hechos concretos que laceran, con razón, el “orgullo país”. Desde hinchas de equipos brasileños que tiran papelitos en la cancha con billetes de 1000 pesos hasta la comparación con otros países vecino como Uruguay, Paraguay, Chile o Bolivia, donde el contraste en la dinámica de las últimas décadas es notable y evidente. Ellos mejoraron, nosotros empeoramos. Ellos subieron, nosotros bajamos. Su plata, para nosotros, vale. La nuestra, para ellos, no. Con la nostalgia de quien no quiere soltar del todo aquello que alguna vez le resultó tranquilizador e inspirador, se abrazan todavía a uno de nuestros grandes mitos fundantes: el del país rico. ¿Qué dicen? Lo que asumen como una verdad que duele: “Somos un país rico al que lo han empobrecido”. Acercándonos al domingo 13 de agosto, surgen adicionalmente el temor sobre lo que podría ocurrir el lunes 14 y también la ansiedad por presumir que nos acercamos a una instancia en la que, para bien o para mal, se develarán muchas incógnitas.
En el fondo, hoy los argentinos viven (o sobreviven), según la situación de cada uno, esperando el temblor. Saben que tarde o temprano llegará. Que está todo trabado y que el sistema cruje cada vez más. Que habrá que hacer el ajuste. El tema es cómo, cuándo, cuánto, de qué manera, sobre qué, sobre quiénes, a cambio de qué, con qué perspectivas de salida, durante cuánto tiempo.
No les hace falta tener las cifras que acaba de publicar la consultora 1816 (reservas brutas del Banco Central, US$25.429 millones; reservas netas, -US$7955 millones; reservas líquidas, sin contar el oro, -US$11.874 millones) para saber que “estamos al límite”. El tema es vox populi. La calle lo traduce con un clásico de todos los clásicos entre los fantasmas argentinos: “En cualquier momento explota todo”. Como siempre, los miedos no tienen que concretarse para afectar la emocionalidad, les basta con hacerse presentes. Con eso, una buena parte del daño está hecha, más allá de que lo que se teme que nunca ocurra.
¿Qué hacen con toda esa carga emotiva? La envuelven en el paquete colorido de una ilusión coyuntural, de corto alcance, de “vivir día a día”. Otro filósofo francés, Clément Rosset, se encargó de estudiar esta operación tan característica de los seres humanos en su ensayo Lo real y su doble. Allí afirma que “nada más frágil que la facultad humana de admitir la realidad, de aceptar sin reservas la imperiosa prerrogativa de lo real”. Señala que es una facultad que falla con tanta frecuencia que es mejor definirla más como una “tolerancia condicional y provisoria” antes que como un derecho de lo real a ser percibido. “Tolerancia que cada cual puede suspender a su gusto, tan pronto como las circunstancias lo exigen (…) Una interrupción de la percepción pone así a la conciencia al abrigo de todo espectáculo indeseable”.
Concluye el centro de su tesis desmitificando aquella idea de que los ilusos son ciegos. Todo lo contrario. Como ven, eligen no ver, mientras pueden. “En la ilusión, que es la maneramáscorrientedeapartarloreal, no debe señalarse un rechazo de la percepción propiamente dicho. La cosa no es negada: tan solo desplazada, puesta en otra parte. Pero, en lo que concierne a la aptitud de ver, el iluso ve, a su manera, tan claro como cualquier otro”. La ilusión que eligió crear la sociedad argentina como mecanismo para tolerar la angustia, el desánimo, la ansiedad y la impotencia no habla de ceguera, sino de todo lo contrario.
Una canción icónica
En noviembre de 1985 Soda Stereo lanzó Cuando pase el temblor, una de sus canciones más icónicas. Tuvo múltiples interpretaciones –desde el terremoto de México dos meses antes hasta el orgasmo–. Fue el propio Gustavo Cerati, confirmando una vez más que su pluma y su poesía fueron siempre crípticas, quien declaró que en realidad se refería a un temblor emocional, a una catarsis, a los miedos y las angustias que siente una persona que está atravesando una situación límite y a la pregunta sobre qué sucederá y qué quedará cuando todo eso haya pasado. Se ha dicho también que en el trasfondo de esas palabras se escondía cierto mensaje esperanzador. Finalmente, algo cambiará y el temblor pasará.
La letra dice: “Yo caminaré entre las piedras. Hasta sentir el temblor. En mis piernas. A veces tengo temor, lo sé. A veces, vergüenza. Estoy sentado en un cráter desierto. Nadie me vio partir, lo sé. Nadie me espera. Sigo aguardando el temblor. En mi cuerpo (…) Hay una grieta, en mi corazón, un planeta con desilusión. Sé que te encontraré en esas ruinas. Ya no tendremos que hablar (y hablar) del temblor. Te besaré en el templo, lo sé. Será un buen momento (…) (Despiértame) cuando pase el temblor”.
El inconsciente colectivo argentino parecería estar cantando en silencio una y otra vez la poesía de Cerati. En esos encriptados sentimientos de una sociedad más lúcida, pragmática y realista que elige refugiarse en la ilusión momentánea mientras espera el temblor, se esconden los secretos del futuro.
Esta sociedad ya no cree en soluciones mágicas, atajos ni simplificaciones
Los argentinos saben que habrá que hacer el ajuste; el tema es cómo y sobre quiénes

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Impuestos y gastos: dónde puede ajustar el Gobierno para cumplir la meta con el FMI
Economistas ven lejano el objetivo pactado de un 2% del PBI; los problemas de bajar haberes previsionales y subsidios a las tarifas este año
Esteban LafuenteLos haberes de los jubilados perdieron un 8% real en el primer semestre
La evolución de la economía argentina dejó al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) con una hoja de ruta vacía: el país incumplió las tres metas previstas en el acuerdo (fiscal, monetaria y de acumulación de reservas) al cabo del primer semestre, postergó plazos y pagó vencimientos con yuanes prestados por China.
En este escenario, ambas partes sostienen negociaciones que buscan mantener a flote un acuerdo y evitar futuros incumplimientos. Los anuncios de ayer, en Washington y en Buenos Aires, muestran que al menos se ha avanzado hacia ese objetivo.
En ese marco, desde el Gobierno ratifican el compromiso de reducción del rojo fiscal para intentar llegar a un déficit primario (antes del pago de intereses de la deuda) del 2% del PBI a fines de este año (inicialmente el acuerdo fijaba una meta del 1,9%), una cifra que parece desafiante dados los números fiscales del primer semestre y la evolución del gasto y de los ingresos en la segunda mitad del año electoral.
Solo entre enero y junio, el resultado fiscal arrojó un déficit primario de $1,88 billones, casi $700.000 millones por encima del objetivo que el acuerdo de facilidades extendidas con el Fondo establecía para el período. En otras palabras, el rojo de las cuentas públicas fue un 59% superior al que el país se había comprometido ante el organismo que conduce la búlgara Kristalina Georgieva, en un año en el que además del ajuste en algunos rubros como las jubilaciones, otras prestaciones sociales y los subsidios energéticos, también influyó negativamente la sequía, que derrumbó las exportaciones agrícolas y la consecuente recaudación por retenciones.
Ese escenario, con un desvío acumulado en la primera mitad del año, que habitualmente es menos desafiante para el fisco que el segundo semestre, abre interrogantes sobre la viabilidad de alcanzar aquel objetivo, de un rojo del 2% del PBI, cuando solo entre enero y junio el déficit llegó al 1,1%, según estimaciones de la consultora LCG.
Metas complicadas
“Está muy complicado el cumplimiento de la meta fiscal”, sentencia María Castiglioni, economista jefa de C&T Asesores Económicos, quien advierte sobre el factor político en los próximos meses. “La cercanía de las elecciones presiona al gasto por la recomposición de ingresos a jubilados y los planes sociales ante la pérdida de poder adquisitivo por inflación. Además, si congelan tarifas en estos meses, el ahorro fiscal se puede frenar”, advierte la analista sobre dos componentes clave del gasto.
En la primera mitad del año, el gasto en prestaciones sociales se redujo un 29% en términos reales (restando la inflación al resultado). También se contrajo un 8% el pago de jubilaciones (un rubro que representa el 54% del gasto primario del Estado), en virtud de la fórmula de actualización vigente que ajusta rezagada frente a la inflación.
La contracara de este ajuste fue una pérdida del poder adquisitivo en los haberes previsionales, que genera presiones en el interior de la coalición oficialista y abre demandas por futuros bonos o recomposiciones.
El otro ajuste en el gasto hasta ahora se dio en el segmento de los subsidios económicos: si bien en junio el monto creció un 147% en términos nominales (15% en términos reales), en el semestre acumula una caída real del 13%.
En esa contracción se combinan, además de la demorada segmentación de las tarifas, la baja en los precios internacionales de la energía y el factor climático, que trajo este año temperaturas más altas que las de 2022. Según estimaciones del Instituto Argentino de la Energía General Mosconi, los subsidios energéticos acumulan en el primer semestre del año una contracción real del 20,1%, al igual que los subsidios al servicio de agua y cloacas de AySA (17,4%) y, en menor medida, los destinados al transporte (4,4%).
Apuesta a los ingresos
“Además del factor climático y de los precios internacionales, está el efecto de la segmentación, pero es bastante limitado sobre el fisco. Y si bien este semestre de 2023 está por debajo del mismo período de 2022, ese año había sido muy malo, con el gasto en subsidios volando debido a los muy altos precios de la energía. Y, si se compara contra 2021, el nivel de subsidios actual, aún con la segmentación en marcha, está por encima”, resume el economista Gabriel Caamaño, titular de Consultora Ledesma.
Por el lado de los ingresos, la apuesta del Gobierno parece ser incrementar la recaudación mediante la ampliación o la creación de nuevos impuestos. Es que por efecto de la sequía cayó la recaudación por retenciones y otros rubros por un total equivalente al 0,7% del PBI, de acuerdo con estimaciones de LCG, que calcula un déficit para 2023 no menor al 2,5%. En lo que va del año, los ingresos tributarios acumulan una caída real del 7%, algo que exige una mayor contracción por el lado del gasto.
“Es complicado pensar en una mejora por el lado de los ingresos, especialmente con la actividad en baja, la caída de la cosecha y el derrumbe en la liquidación de exportaciones”, advierte Castiglioni al analizar las medidas que baraja el Gobierno. La apuesta de Massa y su equipo, en conversaciones con el FMI, es aplicar una “devaluación sin devaluar” sobre las importaciones, al aplicarle el recargo del impuesto PAIS a las compras externas de bienes suntuarios, y el regreso de un tipo de cambio diferencial para exportaciones agrícolas que fomente las ventas al exterior en una ventana de tiempo y que genere mayor recaudación por retenciones (fuentes oficiales la estiman en alrededor de US$2000 millones al 31 de julio), además de un anticipo de Ganancias para empresas (algo que ya se aplicó en 2022), tal como se publicó en el Boletín Oficial el viernes.
“Dada la estacionalidad del déficit fiscal y del gasto, y por cómo viene en el año, es poco probable que se llegue a la meta del 2%. El espacio para recortar gastos es en los subsidios, donde la segmentación estuvo por debajo del resultado esperado, que ya de por sí era escaso, y por el lado de los programas y planes sociales; pero en ninguno de los dos rubros veo que vayan a avanzar en un contexto de elecciones. Hoy al déficit lo veo más cercano al 3% del PBI –o incluso más– que de llegar al 2%”, concluye Caamaño.

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