domingo, 14 de enero de 2024

AL MARGEN Y MIRADAS


Que la manzana esta vez caiga hacia arriba
— por Héctor M. Guyot


Hoy pasa esto porque ayer pasó aquello: el único modo de encontrar sentido es establecer una cadena de causas y consecuencias entre los hechos. A veces la relación entre un hecho y aquello que lo provoca es evidente, pero otras ese hilo que une los acontecimientos se encuentra velado y eso abre la puerta a múltiples interpretaciones. La riqueza de un mundo insondable ha dado pie a expresiones sublimes de la poesía y la filosofía, pero al mismo tiempo habilita la manipulación de quienes, malversando ese espacio indefinido, tejen relatos que no buscan aproximarse al modo en que suceden las cosas, sino el propio beneficio. Hay entre nosotros excelentes ejemplos.
Nadie en su sano juicio discute las reglas generales a las que ha llegado la física mediante la observación de la realidad. Pero cuando se trata de asuntos humanos la cosa es distinta. Ahí cada cual, en forma sincera o movido por oscuros intereses, quiere imponer su versión como medida inapelable de la verdad. Piense en la última discusión que tuvo con su pareja. O vea los debates en el Congreso sobre el proyecto de ley con que el Gobierno quiere desregular la economía y reformar el Estado.
A no dejarse engañar, entonces. En un presente vertiginoso, quizá convenga atenerse a ciertos principios de las ciencias duras universalmente aceptados para interpretar correctamente fenómenos que, de tanto que nos afectan, podrían llegar a obnubilar nuestro entendimiento. La inflación, por caso.
Supimos ayer que el alza de los precios en diciembre fue del 25,5% y que el índice anual alcanzó el 211%, el pico más alto desde 1990. Ante ciertas voces del peronismo que le quieren adjudicar semejante récord al nuevo gobierno, viene al caso la primera ley de Newton: “Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él”.
Imagine un ómnibus que pisa la banquina, se despista y entra a rodar barranca abajo a velocidad cada vez mayor a causa de la pendiente. Pero hete aquí que los conductores responsables del despiste saltan cobardemente del bólido, se lavan las manos y dejan a los pasajeros librados a su suerte, camino al abismo, mientras un conductor novel toma el volante y activa el freno de mano para contrarrestar una inercia feroz que los tira indefectiblemente para abajo.
Los que han causado el desastre han dejado la escena. Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa se esfumaron. Están borrados. Han hecho la “gran Casildo Herreras” en versión K. La inflación que provocaron es para ellos un dato en los diarios. No la asumen ni la sufren. Pueden regalarse una cena de 600 euros en un hotel madrileño de lujo para celebrar el fin de año, como hizo el expresidente. Y tantas cosas más. Todo con el fruto obtenido por los servicios prestados, y no precisamente al pueblo. Aunque no se los vea, es preciso recordarlos. Unir causas y consecuencias. De eso depende el sentido de estos meses duros y nuestra suerte.
¿Y el nuevo conductor? Tiene a su favor que busca atacar el origen del síntoma –el déficit fiscal provocado por un gasto público desmadrado– y no el mismo síntoma, como hicieron los otros al darle a la maquinita y pisar precios con el único resultado de acrecentar la inercia inflacionaria. Sin embargo, hay decisiones y actitudes del Presidente que plantean grandes dudas.
Por ejemplo, el nulo compromiso que su gobierno muestra hacia el juzgamiento de los actos de corrupción del kirchnerismo. Al quitarles a la Oficina Anticorrupción y la Unidad de Información Financiera su rol de querellantes en las causas de corrupción, el ministro de Justicia habló de “guerra judicial”, un modo de avalar la teoría del lawfare que esgrime Cristina Kirchner. El Gobierno no parece entender que la lucha contra la impunidad es tan importante como el orden en las cuentas a la hora de garantizar la seguridad jurídica, imprescindible para la recuperación del país.
Por otro lado, el inadmisible agravio del Presidente contra Silvia Mercado trajo a la memoria los insultos que prodigaba durante la campaña. La trató de “mentirosa serial” al desmentir una información sobre la localización de sus perros que la periodista había dado basada en sus fuentes. Más allá del caso, preocupa el acto reflejo: Milei ve mala intención en todo acto que por alguna causa lo contraría. Al no aceptar la posibilidad de un error o un malentendido, al no considerar la eventual intención constructiva de una opinión diferente de la suya, excluye la buena fe. Para él los periodistas “operan”. Detrás de cada crítica ve la conspiración de un supuesto enemigo y se erige en iluminado que lucha contra las fuerzas del mal.
Por eso, entre otras razones, acotar en el Congreso la delegación de facultades que el Presidente pretende resulta tan necesario como acompañar de modo crítico sus reformas económicas de fondo. Al menos en esto último hay que apostar al milagro: terminar con la inflación en la Argentina acaso sea lograr, por primera vez, que la manzana de Newton caiga hacia arriba
Los que han causado el desastre han dejado la escena. Para Alberto, Cristina y Massa la inflación es solo un dato en los diarios. No la asumen ni la sufren

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Un ladrón: el mejor de los remedios
Graciela Guadalupe La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el 27 de enero

Hace unas semanas, le relataba, querido lector, la felicidad que me había provocado el robo de mi billetera con el DNI y varias tarjetas de débito y crédito. Le contaba que los reclamos para bloquear los plásticos me habían obligado a conversar varias horas con mucha gente que, a pesar de hablar el mismo idioma, parecía no entenderme. Mientras tanto, el ladrón hacía consumos en dólares con mis tarjetas, vía internet. Fue una experiencia maravillosa. De otro modo, no hubiera conocido tanto operador telefónico ni tomado café con el oficial de la comisaría mientras esperábamos que volviera la luz, que se cortó en medio de mi denuncia policial, ni hubiera sentido la tentación de abrazar al jefe de seguridad del hipermercado donde me saquearon cuando me contó que no tenía gente para mirar las cámaras en caso de que alguien robara una latita de atún.
Mire lo que son las coincidencias. El destino me obliga a seguir sumando amistades a toda costa. En la semana que pasó invertí una hora y media confraternizando en una conocida farmacia donde fui a comprar un medicamento. Me considero afortunada. Vivir en la Argentina es una experiencia alucinante.
El contacto con la farmacia empezó mucho antes de entrar en el negocio. Mandé la receta digital por Whatsapp desde casa porque en la farmacia no hay wifi. “Es por seguridad”, ya me habían explicado en otra oportunidad.
Pensé en tardar no más de 15 minutos, pero un inesperado alineamiento planetario me llevó a volver a destinar largo rato de mis ocupados días gestionando soluciones que, por esas cosas de la vida y de la burocracia, demoran mucho. Placer total.
Muy amable la chica que me atendió en primera instancia. Me vendió el medicamento y me fui a casa. Por deformación profesional, tengo el hábito de leer todo, así que ausculté el producto cuyo envase me resultó llamativo, especialmente por la dosis: 20 miligramos. Me fijé en la receta que me había enviado el médico y la prescripción no era de 20, sino de 5 miligramos.
Volví al negocio, pero la chica ya no estaba. Recurrí al –digamos– empleado 2, para poder identificarlo en el maravilloso proceso que le quiero compartir. “Tengo que averiguar. El cambio no es sencillo”, me dijo. Habló con alguien detrás de una mampara –empleado 3– y me lo confirmó. “No se puede porque la receta con los troqueles ya viajó”. Qué alegría me dio saber que al menos la receta estaba de viaje mientras yo trabajo durante el verano.
“Hay que esperar que vuelva en una semana”, me aclaró. Debo haber puesto cara de vaca mirando pasar los autos en la ruta porque le juro que internamente no llegaba a asimilar que el tratamiento se demorase siete días por culpa de que mi querida receta se hubiera tomado el buque. Logré reaccionar para pedirle que hablara con un superior. Otra vez, casi me abrazo a un desconocido. Pobrecito. Me contó que no había ningún superior en el local. “¿Y si lo llamás o le mandás un WA?”, le propuse. Y se fue a la calle porque en la farmacia “no engancha la señal”, me explicó.
Empleado 2 volvió tajante. “No se puede”, me dijo que le contestó humana 4. Busqué en mi disco rígido mental alguna propuesta de solución, como una nota de crédito que anulara el ticket anterior para reemplazarlo por una nueva compra. De golpe, reapareció empleada 1, la que me había vendido el medicamento. Me abalancé sobre ella con el cariño de una madre que hace meses que no ve a su hija.
Empleada 1 dijo que ella lo resolvería, precisamente con una nota de crédito. Ambas fuimos a la caja y allí nos topamos con empleada 5. Otro saludo y el renacer de la esperanza. Empleada 5 tomó el ticket viejo, lo analizó y pronunció tres palabras hermosas: “Vamos a probar”, no sin antes sugerirme por qué no me llevaba el de 20 mg y cortaba en cuatro cada pastilla. Recordé haberlo tomado antes y que no tenía ranuritas, por lo que iba a terminar haciendo puré una caja de un medicamento que, para colmo, me habían facturado $11.000 más caro por el tipo de dosis. Soy consciente de que el problema es mío. ¿Cómo no tengo una troqueladora de comprimidos en mi casa para estas ocasiones?
Empleada 5 se conmovió con el “nadismo” de mi cara y probó. Negativo.
En ese momento, escuché un murmullo proveniente del mostrador. Seis personas que esperaban hacer su compra me miraban de una forma tan intensa que me descolocó. Les saltaban chispitas de los ojos. Cuánto amor deberían sentir por mí.
“Esperá”, advirtió empleada 1 y preguntó: “¿No habrá que anular el ticket viejo para que la máquina te acepte el nuevo?”. Empleada 5 volvió a probar y la caja registradora regurgitó un nuevo ticket con la dosis y el valor correctos. Volvimos empleada 1 y yo al mostrador a buscar la caja y dar por cerrada nuestra placentera reunión de amigas. Pero no había de 5 mg. Tuve que volver al día siguiente. Eso sí. Me devolvieron los 11.000 pesos y ¡cash! ¡Qué deferencia!
Mientras regresaba a casa recordé una frase del ya fallecido juez de la Corte Enrique Petracchi: “De haber vivido en la Argentina, Kafka hubiera sido un escritor costumbrista”.
¿Cómo diablos se me ocurre no tener una troqueladora de comprimidos en mi casa?

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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