LOS OCÉANOS COMO PRÓXIMAS FRONTERAS
EXPERTO EN POLÍTICAS PARA LA CONSERVACIÓN MARINA, MAX BELLO DICE QUE LA REGIÓN PUEDE IMPONERLE REGLAS AL MUNDO
— texto de Delfina Krüsemann —
Max Bello está acostumbrado a rodearse de peces gordos. Y no se trata sólo de la infinidad de especies marinas con las que entra en contacto como navegante y buzo apasionado, explorando desde su Patagonia chilena hasta la Polinesia Francesa, desde los fiordos de Escocia hasta las islas Galápagos: Bello también se codea con presidentes, ministros, científicos, conservacionistas, artistas, activistas y líderes mundiales, con un único objetivo: luchar por la conservación de los océanos.
Elegido como uno de los 100 latinos más comprometidos con solucionar el cambio climático, Bello es la mano derecha (o “aleta derecha”, como le gusta decir a él) de la legendaria Sylvia Earle, bióloga marina, documentalista de la National Geographic y primera “Hero of the Planet” según la definió Time en 1998. Se conocieron hace unos 15 años, en un rincón del mundo más que propicio: la Isla de Pascua, donde él impulsaba una campaña para crear un área marina protegida. “Convocamos a Sylvia porque, increíblemente, la gente de Rapa Nui sólo se concentraba en qué porción de tierra le correspondía, ¡y eso que era el lugar más apartado del planeta, rodeado de agua! Ella podía transmitirles la importancia de valorar el mar”. Durante casi diez años, Earle y Bello fueron colegas y amigos, hasta que él se sumó formalmente a la organización de ella, Mission Blue.
El camino recorrido por Bello es impresionante, sobre todo, al descubrir su punto de partida. “Me crie en Santiago, que no está tan lejos del Pacífico, pero sí apartada. Mis padres nunca me pudieron llevar a la playa, éramos humildes, pero mi familia era originalmente del sur, de la zona de Chiloé, y siempre escuchaba las historias del mar. A los 16, me fui de mochilero a la Patagonia, y ahí me metí por primera vez al agua. Quedé impactado con ese mundo submarino lleno de vida”. Poco después, estudiando Veterinaria, quiso viajar de vuelta al sur, esta vez a Pumalín, para conocer a Douglas y Kris Tompkins, los estadounidenses que, según se decía, intentaban comprar la Patagonia chilena con fines imperialistas. “Doug me invitó a acampar y, luego, a vivir y trabajar con ellos. Me quedé un año y fue una experiencia transformadora”.
En más de 20 años de carrera, pasó por organizaciones internacionales de la talla del World Wildlife Fund, Oceana y Blue Whale Center, se desempeñó como asesor de las Naciones Unidas e impulsó iniciativas que aseguraron la protección de dos millones de kilómetros cuadrados de áreas marinas, un área equivalente a la superficie total de México. El año pasado, concretó un acuerdo histórico para la protección del océano Pacífico entre Canadá, los Estados Unidos, México, Costa Rica, Panamá,
Perú, Ecuador, Colombia y Chile. Bello la llama “la Declaración de Patagonia a Alaska” y no al revés, “porque es una idea que se gestó en el sur. En general, son los países del norte los que nos dicen qué hacer pero, en este caso, fuimos nosotros los que propusimos. Nuestra región protagoniza un cambio de conciencia que lleva también a un cambio en las relaciones internacionales: los océanos son la siguiente frontera, tanto de recursos como de diplomacia”.
Y, si bien muchos de sus logros se plasmaron del otro lado de la Cordillera o por arriba del Ecuador, no es ajeno ni extraño a la realidad de nuestro país. Fue invitado a la primera edición del Congreso Misión Atlántico, un encuentro que reunió, en junio pasado, en la ciudad de Comodoro Rivadavia, a científicos, políticos y ambientalistas, para acelerar el compromiso de Argentina de proteger un 30% de su mar para 2030 (hoy, este porcentaje no llega al 10%). Además, conoció a Alberto Fernández: “Nos reunimos hace poco con el presidente, que estuvo en la Antártida. Hay una noción de que aún pueden jugar un rol clave en la protección de la península antártica; es una propuesta fabulosa, construida por Chile y la Argentina. Antes de que se vaya esta administración, sería bueno que hicieran un último esfuerzo para poder lograr esa área marina protegida”, se entusiasma.
–¿Cuál es hoy el mayor peligro para los océanos?
–Para empezar, nuestra propia desidia e ignorancia respecto de su rol: la atmósfera fue generada hace miles de millones de años por el océano y, hasta hoy, sigue siendo su sostén, pero muy poca gente lo sabe. Además, para nosotros, el océano ha sido siempre un infinito, si bien su inmensidad no es sinónimo de inmunidad: recibe la mayor parte de la triple crisis ambiental compuesta por la contaminación (que es mucho más que plástico; también son desechos químicos y farmacéuticos, entre otros), el cambio climático (el océano es el principal absorbente del exceso de temperatura que genera el calentamiento global) y la pérdida de biodiversidad, directamente asociada a la sobrepesca. Esta triple crisis tiene un impacto en el océano mucho más brutal de lo que nos imaginamos, pero nos resulta casi invisible porque somos seres terrestres y sólo reparamos en la superficie de agua cuando, en verdad, estamos frente a un mundo tridimensional que contiene más diversidad que ningún otro lugar en el planeta.
–Una biodiversidad que, por lo que decís, se encuentra seriamente amenazada por la sobrepesca.
–La pesca es, según los científicos, la principal amenaza del océano. Se aplica lo que Garret Hardin llamó “la tragedia de los comunes”: cada uno trata de hacerse de los recursos de esa “tierra de nadie” antes que los demás, lo que deriva en una competencia que lleva a la destrucción del ecosistema. A través de la pesca, sacamos del mar algo que no sabemos exactamente cómo se produce y que sólo tiene un valor económico cuando está muerto. En otras palabras, el pez adquiere valor cuando lo atrapas y te conviertes en su dueño. Estamos convencidos de que el mar nos puede proveer infinitamente y que podemos seguir haciendo cuanto queramos. Así llegamos a que, hoy, el 90% de las zonas pesqueras del planeta estén sobreexplotadas.
–¿La ley de las 200 millas quedó corta?
–Es que esa ley no contempla otra cuestión más que el interés económico: permite a cada país tomar una decisión de cómo manejar esa zona marítima exclusiva, lo cual lleva, en casi todos los casos, a una explotación. Las 200 millas fueron propuestas, principalmente, por Chile y Perú, en los años 50, cuando había una caza ballenera gigante por parte de países como los Estados Unidos e Inglaterra. Esta iniciativa nacida en Sudamérica fue el germen de lo que sería la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, uno de los tratados multilaterales más importantes de la historia. Pero, ahora, la frontera se aleja cada vez más. En los últimos 25 años, la tecnología permitió ir más lejos y más profundo, con un impacto tremendo.
–¿Cuál es la respuesta posible?
–El único camino es el reconocimiento de la no frontera. La naturaleza no sabe de límites administrativos ni jurisdicciones. La buena noticia es que, a la vez que hemos sobreexplotado y maltratado el mar, hubo también una corriente fuerte de protección y llamado de atención. Durante 25 años, nunca se había hablado del océano en la conferencia mundial más importante sobre cambio climático, pero el tema entró finalmente a partir de la COP 25, en 2019. Otra señal: empezamos a incluir más especies marinas en la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna, acuerdo internacional por excelencia en conservación. Y este año se anunció la “meta 30x30”, que compromete a los países a proteger el 30% de sus áreas terrestres y marinas para 2030. En definitiva, antes ni siquiera existía el concepto del océano.
–Me pregunto cómo la conservación de los océanos impacta en la geopolítica global, e inevitablemente pienso en que, por ejemplo, el mar argentino ha estado en la mira de potencias como Noruega y China.
–Vivimos en un mundo tumultuoso, pero la conservación del océano siempre ha generado puentes. En plena Guerra Fría, fuimos capaces de proteger el continente antártico, que es gigante: 1,5 veces toda América del Norte. Desde entonces, logramos detener la caza ballenera comercial, la destrucción de la capa de ozono, la pérdida de las tortugas marinas (hoy hay más que hace 20 o 30 años). Por supuesto, hay desafíos. Me preocupa la visión economicista de Noruega, que impulsa la salmonicultura y la minería submarina para extraer petróleo, con una filosofía de que todo está para su propio uso. Y es innegable que América Latina se ha convertido en el principal escenario en donde aparece la tensión China-estados Unidos, en términos de nuestra dependencia de uno o de otro. Pero veo una enorme oportunidad: somos una de las zonas del mundo con mayores recursos, somos los guardianes de una naturaleza única, así que tenemos la posibilidad de poner las reglas. Podemos usarla para nivelar nuestra relación con esos poderes y, si lo hacemos correctamente, podemos lograr más conservación y mayores y mejores acuerdos. Es un momento crítico del planeta, pero también tenemos más información, transparencia e interés.
–¿Estas buenas noticias se aplican también a la voluntad política? –No hay que politizar estos temas, porque son de la humanidad. En Chile, trabajé con los gobiernos de Michelle Bachelet, de Sebastián Piñera y de Gabriel Boric. Me tocó estar muy cerca de los tres y puedo decir una cosa: todos han creado áreas marinas. El único legado que nunca vi modificarse al cambiar el mando fue el de la conservación de los océanos. De la misma manera, cuando, durante la administración de Barack Obama, Estados Unidos buscó relacionarse con Cuba nuevamente, el primer acuerdo que se firmó entre ambos países fue sobre la protección marina: era la puerta de entrada porque no había nada más obvio en lo cual los dos países podían tener los mismos intereses.
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