miércoles, 4 de diciembre de 2024

CLAVES AMERICANAS, FUTURO, DIAGNÓSTICO Y EDITORIAL


Australia da el ejemplo, prohibiendo las redes sociales a los niños
Andrés Oppenheimer


MIAMI.- Australia acaba de aprobar una ley que prohíbe a los niños menores de 16 años usar redes sociales como TikTok, Instagram, Facebook y X, convirtiéndose en el primer país en tomar una medida tan tajante. Es hora de que otras naciones sigan sus pasos. La nueva ley, aprobada por el parlamento de ese país el 28 de noviembre, exige a las compañías de redes sociales que no permitan que ningún menor de 16 años pueda abrir cuentas o usar sus plataformas. Las redes sociales estarán sujetas a multas de hasta 32 millones de dólares si no cumplen con las nuevas restricciones de edad.
“Sabemos que las redes sociales están haciendo daño social”, dijo el primer ministro australiano, Anthony Albanese. “Queremos que los niños australianos tengan una infancia.”
Otros países, como Francia, han aprobado leyes exigiendo que los niños y adolescentes tengan el consentimiento de sus padres para abrir cuentas en redes sociales. En Estados Unidos, el estado de Florida aprobó a principios de este año una ley que prohíbe a los menores de 14 años crear cuentas en las redes sociales sin consentimiento paterno.
La ley de Florida entrará en vigor el 1° de enero de 2025, pero se espera que sea impugnada en los tribunales. Las cortes ya han bloqueado leyes similares en California, Ohio y Arkansas, a menudo por cuestiones de privacidad. Sin embargo, estas leyes no van tan lejos como la de Australia, porque permiten a los niños acceder a las redes con el consentimiento de sus padres.
De todos modos, el movimiento global para regular el acceso de los niños a las redes sociales está destinado a crecer, a pesar de los esfuerzos de los magnates tecnológicos como Elon Musk y Mark Zuckerberg para seguir ganando dinero a expensas de la salud mental de los niños. Varios estudios muestran que la adicción a las pantallas y el acoso en línea han contribuido, si no provocado, una epidemia de depresión juvenil en todo el mundo.
Jonathan Haidt, el psicólogo social de la Universidad de Nueva York que escribió el best seller La generación ansiosa, dice que los padres no deberían darles teléfonos inteligentes a sus hijos menores de 14 años, e impedirles el acceso a las redes sociales hasta los 16.
“Los niños necesitan desarrollarse primero en el mundo real, antes de que se les permita trasladar sus vidas al mundo virtual”, me dijo Haidt. “No queremos que crezcan en TikTok. Queremos que crezcan jugando entre ellos”.
Las niñas son las más afectadas por las redes sociales, me dijo Haidt.
Si eres una adolescente insegura y tus fotos no reciben ningún “me gusta” en Instagram, mientras que tus compañeras de clase reciben muchos “me gusta”, es inevitable que te sientas mal. Y si tus compañeras de clase se burlan de vos, es aún peor, me explicó Haidt. Cuando le pregunté a Haidt si no resultará difícil prohibir las redes sociales para los adolescentes, cuando ven que sus padres las usan constantemente, me dijo que no lo ve como un gran problema. Después de todo, establecemos restricciones de edad para el consumo de alcohol y para las películas, agregó.
“¿A qué edad quieres que tu hijo intercambie fotos de sí mismo desnudo con criminales en Nigeria, quienes luego lo chantajearán? ¿A los once? ¿A los doce? ¿A los catorce? No lo creo. Debería ser a los 18″, me dijo Haidt.
Los escépticos argumentan que muchos niños y adolescentes encontrarán la forma de eludir cualquier control, y entrarán de todas formas en las redes sociales. Por eso, Australia ha optado por responsabilizar a las empresas tecnológicas, en lugar de a los niños y sus familias, para que apliquen la ley.
“Sabemos que algunos niños le encontrarán la vuelta a esto, pero estamos enviando un mensaje a las empresas de redes sociales para que pongan su casa en orden”, dijo el primer ministro australiano.
Los principales magnates de las redes sociales han demostrado que no se puede confiar en ellos para que autoregulen sus contenidos. Al contrario, algunos, como Musk, están permitiendo cada vez más basura en sus redes.
Es hora de hacer algo para impedir que sigan lucrando a costa de la salud mental de los niños. La nueva ley de Australia debería ser un ejemplo para el resto del mundo.

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Nuevos compromisos democráticos en la era de la IA
Franco Piccato Director ejecutivo de Chequeado

Imaginemos el año 2035. Los teléfonos celulares desaparecieron, reemplazados por dispositivos de realidad virtual. Millones de mentes están conectadas a través de chips cerebrales. La inteligencia artificial transformó buena parte de los trabajos que conocíamos. Este es el mañana, que está llegando.
En la era del capitalismo de plataformas, el desafío de distinguir lo verdadero de lo falso se torna monumental. En un mundo donde cada persona podría tener su propia realidad personalizada, la construcción de una realidad compartida resulta más crucial que nunca para resolver nuestros problemas colectivos. Como advierte María Ressa, premio Nobel de la Paz: “Sin hechos, no existe la verdad. Sin verdad, no existe la confianza. Sin confianza, no existe la democracia”. El escenario actual en la Argentina ilustra esta encrucijada. En lo que va de 2024, hemos presenciado un inédito ecosistema en el que actores del campo político, ejércitos de trolls e influencers en las redes se retroalimentan para amplificar y distorsionar contenidos a velocidades vertiginosas. La línea entre realidad y posverdad se desdibuja cada vez más.
La desinformación se convirtió en uno de los mayores riesgos globales (World Economic Forum, 2024). Ya no es solo un problema de fake news, es una herramienta de poder usada para distorsionar el debate público, polarizar comunidades y erosionar la confianza en las instituciones. Según una encuesta reciente de Voices, el 52% de los argentinos consideran que todos o casi todos los días se encuentra con noticias falsas y el 76%, que la desinformación es una amenaza para la democracia. Los datos representan una crisis de confianza que erosiona los fundamentos de nuestra vida en común.
Ante a esta realidad, la verificación de datos o fact checking consolida su rol como un pilar fundamental para aportar evidencias en el debate público, y la tecnología también puede ser una poderosa aliada de la verdad. Pero solo el empoderamiento de ciudadanos ejerciendo el pensamiento crítico frente a los contenidos que circulan será clave para navegar la incertidumbre y mejorar la calidad de la conversación pública.
La magnitud del desafío exige una respuesta colectiva: ninguna organización, disciplina o sector puede enfrentar solo la crisis de desinformación o la ruptura de la confianza. Por eso es fundamental trabajar en red con educadores que forman ciudadanos críticos, académicos que investigan los impactos de la desinformación, líderes cívicos que movilizan a sus comunidades y tecnólogos que desarrollan herramientas para luchar contra la desinformación. Esta colaboración no es opcional. Es la única forma de construir un ecosistema robusto de información confiable. Cuando docentes universitarios incorporan la verificación de datos en sus programas, organizaciones barriales aprenden a detectar contenidos falsos, cuando programadores desarrollan algoritmos para detectar deepfakes, periodistas adoptan protocolos rigurosos de fact checking, estamos fortaleciendo una red de comunidades comprometidas con la verdad. La información precisa no es solo un insumo para tomar mejores decisiones: es la base para conocer y transformar la realidad.
El futuro que imaginamos no está escrito en piedra. Está en cada decisión que tomamos hoy. Por eso, proponemos 4 compromisos fundamentales: ser embajadores incansables de la información verificada, alentar el pensamiento crítico (a través de programas de alfabetización mediática), apoyar el periodismo de interés público basado en evidencia y reclamar transparencia y acceso a datos en todos los niveles de gobierno, a todos los Estados y a todas las plataformas tecnológicas.
La democracia no puede esperar. En un mundo que corre cada vez más rápido, necesitamos reconstruir la confianza social con más ciudadanos empoderados, medios libres e independientes para controlar a los factores de poder e incentivos positivos de las redes sociales que favorezcan la integridad de los contenidos y no su degradación. Para forjar sociedades más abiertas y plurales, es impostergable refundar el debate público sobre la base de información confiable. Y más que nunca necesitamos una ciudadanía crítica para distinguir lo verdadero de lo falso. No es un lujo: es una necesidad democrática.

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Una visual perturbante
Tanto el edificio del Ministerio de Obras Públicas sobre la avenida 9 de Julio como sus gigantografías de Eva Perón resultan disruptivos e inapropiados

TOMÁS CUESTAUn disfuncional edificio que constituye un desafío al sentido común
El edificio ubicado sobre la avenida 9 de Julio, entre Moreno y Belgrano, tradicionalmente conocido como del Ministerio de Obras Públicas, ha sido desde su construcción un motivo fundado de crítica por el rompimiento que produce sobre la estética urbana. La avenida 9 de Julio es emblemática de la ciudad de Buenos Aires. Es, junto al Obelisco, que define su eje, la visual que domina las postales y que en cualquier lugar del mundo resulta una de las imágenes referentes de nuestro país.
¿Cómo pudo ocurrir que desde hace 90 años haya un elemento disruptivo en esa imagen y que allí continúe? Sin duda es un desafío al sentido común. No es imaginable que la avenida de Les Champs Elysees de París tuviera destruida su perspectiva por un enorme edificio sin valor histórico ni arquitectónico. Ni tampoco sucede en el Paseo de la Reforma de México, ni en la Unter Den Linden de Berlín, por mencionar situaciones comparables.
Pero hay más en el caso que nos ocupa. Desde 2011 las dos visuales del enorme edificio han sido utilizadas para estampar una gigantografía de Eva Perón. Se acentúa así el desafío para una gran parte de la ciudadanía que no comulga con el mensaje político que subyace en esa figura y en su ubicación y tamaño.
La idea inicial de la avenida 9 de Julio data de 1890, cuando ejercía la intendencia Francisco Seeber. En 1895, el Concejo Deliberante aprobó el proyecto elaborado por el Departamento de Obras Públicas, dirigido por el arquitecto Juan Antonio Buschiazzo. La avenida tendría un ancho de 33 metros y estaría flanqueada por franjas edificables de aproximadamente 35 metros con frente a la nueva avenida y fondo sobre Cerrito-Lima en el oeste y Bernardo de Irigoyen-Carlos Pellegrini en el este. Se expropiarían todas las manzanas entre esas calles desde la estación Constitución hasta Paseo de Julio, hoy Libertador. Las franjas laterales serían divididas y luego vendidas para edificarlas y de esa forma financiar el proyecto.
Si bien comenzaron las expropiaciones y demoliciones, la apertura de la nueva avenida no tuvo avances significativos hasta la gestión del intendente
La falta de mantenimiento del edificio y su escasa funcionalidad para las formas actuales de trabajo hacen cada vez más recomendable su demolición
Más sencillo es resolver el otro elemento perturbante: las gigantografías de Eva Perón. Su implantación en 2011, por iniciativa de la entonces presidenta Cristina Kirchner, se inspiró en la figura del Che Guevara sobre el edificio del Ministerio del Interior en la Plaza de la Revolución, en La Habana
Mariano de Vedia y Mitre en 1932 y el arquitecto Carlos María Della Paolera como director del Plan de Urbanización. A fines de 1934 se produjo una notable falta de coordinación. Adecuándose al proyecto original de las franjas laterales edificables, el 15 de noviembre de ese año comenzaron las obras de edificio del Ministerio de Obras Públicas. Pocos días después, De Vedia y Mitre decidió que las franjas laterales serían parquizadas y no edificadas. Pero habiéndose comenzado la obra, esta no fue paralizada y se terminó en 1936. Desde entonces mortifica la visual de la “avenida más ancha del mundo”.
Desde pocos años luego de su inauguración surgieron propuestas de demolición, A principios de la década del cincuenta se analizó la posibilidad de desplazar el edificio. Era técnicamente dudoso y eventualmente tanto o más costoso que edificarlo de nuevo. La falta de mantenimiento del edificio y su escasa funcionalidad para las formas actuales de trabajo hacen cada vez más recomendable su demolición. Pero la demolición con explosivos tendría consecuencias difíciles de neutralizar en una zona altamente poblada.
Más sencillo es resolver el otro elemento perturbante: las gigantografías de Eva Perón. Su implantación en 2011, por iniciativa de la entonces presidenta Cristina Kirchner, se inspiró en la figura del Che Guevara expuesta de manera similar sobre el frente del edificio del Ministerio del Interior en la Plaza de la Revolución, en La Habana. No se trata de una forma conmemorativa, como pudiera ser una estatua, sino de una expresión partidista que por su tamaño y ubicación pretende imponer más que evocar. Su remoción es sencilla y debería concretarse de inmediato, cualquiera sea el destino que se le dé al edificio.

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La crisis terminal de la productividad argentina
diagnóstico. La improductividad populista de estos años degeneró en pobrismo distributivo y capitalismo de amigos; el camino liberal desarrollista del cambio productivo debe consolidar la competitividad con crecimiento, progreso e inclusión
Daniel Gustavo Montamat Doctor en Economía y en Derecho

El diagnóstico que sugiere el título proviene de un estudio del McKinsey Global Institute, el think tank con mayor trayectoria de investigación y datos comparados de la evolución de la productividad en los distintos países del mundo. El informe Investing in productivity growth (marzo 2024) parte de la premisa de que el mundo necesita más que nunca el crecimiento de la productividad para mantener sus estándares de vida en medio del envejecimiento poblacional, la transición energética y la reconfiguración de las cadenas de valor globales que impone la geopolítica. En los últimos 25 años el crecimiento de la productividad fue la clave de la mejora de vida en la mayor parte de los países del mundo, y, al mismo tiempo, su estancamiento o caída explica el deterioro del nivel de vida en otros países, como la Argentina. El estudio destaca que desde la crisis financiera de 2008 hubo una desaceleración generalizada en el crecimiento de la productividad global, pero la regla sigue siendo que los países que mayor tasa de inversión tienen, más ganancias de productividad sistémica lograron. La definición de productividad es simple: es la medida de la relación insumo-producción. A mayor cantidad de producto por insumo, mayor productividad.
El reporte de McKinsey se focaliza en la productividad laboral, definida como el crecimiento del producto doméstico con relación al crecimiento de la mano de obra empleada (en horas trabajadas). Esa productividad laboral está influida por dos factores: la cantidad de capital por trabajador (capital tangible, como maquinaria, o intangible, como software o investigación y desarrollo), y el capital humano (educación, entrenamiento, experiencia). Pero la productividad también crece por el uso más eficiente del capital físico y humano (factor residual denominado productividad total de los factores, PTF). En el período de medición 1997-2022 el crecimiento de la productividad laboral en el mundo permite distinguir 4 grupos de países: economías avanzadas (27 países relevados), que como grupo han tenido un crecimiento promedio del 1% de productividad por año; economías de rápido crecimiento (China, India, Europa Central y otras en 30 países relevados), con un crecimiento medio de 6% por año, lo que les da la posibilidad de converger a los niveles de prosperidad de las economías avanzadas –medido por el ingreso per cápita– en los próximos 28 años; economías de crecimiento lento (30 países), con una media de 2,1%, el doble de los países avanzados, pero con un ritmo que les llevará un período de 130 años para converger a sus niveles de ingreso per cápita, y, finalmente, las economías de bajo o nulo crecimiento de productividad (30 países relevados), mayormente ubicadas en América Latina, África del Norte y Subsahariana y Medio Oriente, con una tasa promedio de 0,3% anual, que no pudieron achicar la brecha de ingreso en este último cuarto de siglo ni podrán converger nunca a los niveles de ingreso de los países avanzados. El reporte de McKinsey incluye una sentencia lapidaria: “Polonia cerrará la brecha de ingreso per cápita con las economías avanzadas en 11 años y a China le llevaría 16 años. Pero a Indonesia le tomaría 135 años y la Argentina nunca lograría cerrar la brecha”. Es el destino al que nos condenó el populismo, y el destino que debemos cambiar.
El modelo clásico de crecimiento económico de Solow establece que la producción es una función simple del capital, el trabajo y el progreso técnico, evaluándose este último como factor exógeno agregado desde el exterior a los factores de crecimiento de la producción (crecimiento de las horas trabajadas y del capital añadido). El elemento “inmaterial” del crecimiento está presente en la ecuación como componente residual. Esto implica que la función de producción estaría cambiando a través del tiempo como resultado de mejoras en la organización de los recursos (rol empresarial), incorporación de maquinaria con nueva tecnología y mayor calificación de la fuerza laboral.
El crecimiento económico sustentado en el mero crecimiento del stock de recursos productivos tiene rendimientos decrecientes
Cuando Deninson (The Sources of Economic Growth in the United States-1962) aplicó empíricamente el modelo de Solow, fundando una especie de contabilidad del crecimiento, observó que la ecuación no permitía justificar las vigorosas tasas de crecimiento estadounidenses durante el siglo XX. El componente residual inexplicado (y atribuido al progreso técnico) era más importante para explicar la tasa de crecimiento que la contribución del capital y el trabajo. Robert Lucas hizo notar que el progreso técnico, variable del crecimiento, era en sí mismo una función de este. Existía así una interdependencia entre el progreso técnico y el nivel de producción. Este proceso circular transforma el progreso técnico en un factor endógeno que interactúa con la producción en el seno del crecimiento. Lucas demostró la insuficiencia de los análisis tradicionales del “residuo” de Solow y propuso destacar en la ecuación del crecimiento el capital humano. A partir de Lucas muchos economistas han subrayado la importancia de la inversión en capital humano para sostener tasas de crecimiento de largo plazo. Por eso el foco actual en la productividad laboral. El crecimiento económico sustentado en el mero crecimiento del stock de recursos productivos tiene rendimientos decrecientes y se agota en el tiempo. El crecimiento basado en la productividad no tiene techo.
Cuando aumenta la productividad en un sector económico, se beneficia toda la economía. La mayor productividad baja los precios del bien o servicio en cuestión y aumenta la demanda de ese bien (cuando se trata de una actividad en expansión) o el ingreso disponible de sus consumidores (en caso de ser una industria madura). El mayor ingreso disponible motoriza nuevas demandas en otros sectores y/o mejora la capacidad de ahorro y por ende de inversión. Por el lado de la oferta, si la mayor productividad aumenta la demanda, permite una mejor utilización de la capacidad instalada, promoviendo ampliaciones de planta que motorizan ulteriores ganancias de productividad. Un círculo virtuoso donde necesariamente hay reinserciones laborales, baja la informalidad con su secuela de improductividad y crece el empleo de calidad a nivel agregado.

La Argentina del cambio se debe un plan de desarrollo catalizador de nuevos negocios que aliente inversiones y sea el disparador de un crecimiento sostenido de la productividad. Un plan que articule las presiones cambiarias, con la estabilidad macro, las transformaciones micro (desregulaciones, apertura, integración) y la provisión de bienes públicos de calidad por parte del Estado nacional y las provincias. Un plan que incluya indicadores sectoriales y globales comparativos de crecimiento de la productividad, y donde el tipo de cambio (la moneda doméstica en relación con el dólar) se aprecie por las ganancias sostenidas de la productividad argentina.
Cuando hablamos de productividad global o sistémica incluimos la productividad del sector público y la productividad del sector privado, de los sectores de bienes transables y de los sectores de servicio. Es cierto que los sectores que tienen más productividad desplazan mano de obra que es incorporada por otros sectores de menor productividad. Pero mientras la productividad global crece, mejoran los salarios reales promedio y aumenta el empleo en los sectores de fuerte expansión y en los sectores de baja productividad, con beneficios para todos. Entendámoslo de una vez por todas: los policías, los profesores, los maestros, los enfermeros y los jubilados son mejor remunerados en aquellos países donde el resto de los sectores tienen altos índices de productividad. La improductividad populista de todos estos años degeneró en pobrismo distributivo y capitalismo de amigos (el ingreso per cápita cayó y hoy somos más pobres); la productividad liberal desarrollista del cambio productivo debe consolidar la operación de un capitalismo competitivo con crecimiento sostenido, progreso e inclusión social.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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