jueves, 9 de noviembre de 2023

EDITORIAL Y Polio, enfermedad prevenible


Sigue faltando una política deportiva de largo aliento
Los encomiables esfuerzos de nuestros deportistas no alcanzaron para diluir el retroceso de la Argentina en el medallero de los Juegos Panamericanos
Los recientes Juegos Panamericanos, llevados a cabo en Santiago de Chile, terminaron con un sabor agridulce para los argentinos. Es que, más allá de algunos resonantes y emotivos triunfos, la representación de nuestro país obtuvo 17 medallas doradas y un total de 75 preseas, cuando cuatro años atrás, en los juegos disputados en Lima, había cosechado 33 doradas sobre un total de 101. El séptimo puesto conseguido por la Argentina en Santiago marca un retroceso con respecto al quinto lugar obtenido en Lima en 2019.
Este retroceso argentino en el medallero –encabezado, como de costumbre, por los Estados Unidos– puede explicarse por el hecho de que diez disciplinas deportivas cosecharon menos oros que los conseguidos en los juegos realizados cuatro años atrás. Particularmente magra resultó la cosecha para el remo, un deporte que en otras épocas le dio enormes alegrías a la Argentina: pasó de cuatro medallas doradas en Lima a ninguna en Santiago. La natación también descendió de cuatro oros a cero. El canotaje cayó de cuatro a dos; el ciclismo de ruta, el patín artístico, el taekwondo, la arquería y el voleibol pasaron de uno a cero, y la pelota, de tres a dos.
El palista Agustín Vernice, con dos preseas de oro, y María José Vargas, con cuatro podios en racquetball, sumando sus actuaciones individuales y por equipos, fueron los deportistas argentinos que sobresalieron por su número de conquistas. Los deportes que más medallas aportaron fueron el canotaje, con un total de siete, y la pelota vasca, con seis, seguidos por el yachting y el tenis, con cinco cada uno, y el esquí acuático, con cuatro.
Una vez más, la mayor fortaleza del deporte argentino se advirtió en disciplinas colectivas como el hockey, donde las Leonas y los Leones ratificaron su predominio con sendos oros; el handball, que les dio el oro a los varones y una medalla de plata a las mujeres; el básquetbol, que además del primer puesto para los hombres premió con una histórica medalla de bronce al equipo femenino, y el rugby. Se trata de tradicionales especialidades a las que, desde estos juegos, habrá que sumar al waterpolo masculino, que logró una medalla de bronce luego de 60 años.
Pese al balance desfavorable en la comparación con la performance general de hace cuatro años, son destacables algunas actuaciones individuales.
Sorprendió gratamente el atletismo, por la medalla dorada obtenida por Belén Casetta, quien alcanzó el récord panamericano en los 3000 metros con obstáculos; por la no menos histórica medalla de plata lograda por Florencia Bonelli en la maratón, y por la confirmación de Germán Chiaraviglio, que el segundo puesto en salto con garrocha. No menos importante fue la medalla de bronce conseguida por los varones en la posta de 4 por 100 metros, con récord argentino incluido.
El retroceso general en el medallero puede reconocer múltiples factores. Podría mencionarse desde el calamitoso estado de la pista nacional de remo, en Tigre, castigada por el abandono y la desidia desde hace mucho tiempo, hasta el desinterés del sector privado por apoyar deportes alejados de los negocios que brinda el profesionalismo. Pero, sin dudas, sigue existiendo una asignatura pendiente, dada por la falta de políticas de largo aliento para el deporte amateur, que vayan más allá de una estrategia cortoplacista enfocada a obtener determinado número de medallas en una competencia.
No pasa exclusivamente el diseño de esas políticas por la inyección de recursos presupuestarios. La cantidad puede importar, pero mucho más trascendente es la calidad de la inversión y la capacidad de una dirigencia deportiva que muchas veces no ha estado a la altura del compromiso que de ella se espera, sino que ha privilegiado sus intereses particulares, cuando no políticos.
La crisis económica que vive la Argentina torna difícil imaginar que pueda mejorarse fuertemente el presupuesto nacional para el deporte, especialmente en un país que se ha quedado sin reservas y que no puede afrontar los costos en dólares que requerirían algunas especialidades deportivas. Será necesario definir un rumbo claro para el deporte de alto rendimiento y acertar en la elección de las mejores personas para gerenciar esta política de Estado.

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Polio, enfermedad prevenible
El virus de la poliomielitis provoca una enfermedad altamente contagiosa, sumamente discapacitante y potencialmente mortal. Puede transmitirse de un individuo a otro mediante el contacto con heces infectadas o por secreciones del sistema respiratorio. Una vez en el organismo, el virus puede comprometer al sistema nervioso central. Afecta allí principalmente a la médula espinal, por lo que se manifiesta con severas parálisis y, de progresar, puede conducir al fin de la vida. No hay actualmente cura para la polio. Una vez instalada la parálisis, no hay forma de regenerar los nervios que permitan recuperar la función motora. Si la parálisis o atrofia muscular no se revierte en las primeras semanas después de la enfermedad, las secuelas quedarán de por vida.
El pasado 24 de octubre fue el Día Mundial contra la Poliomielitis, instaurado por la Organización Panamericana de la Salud. En nuestro país, muchos recuerdan un brote de importancia en los años 1956 y 1957 que sumó unos 6500 casos con alrededor de 700 muertos. Pulmones de acero, aparatos ortopédicos, pabellones de aislamiento para cualquiera con más de 50 años permanecen en la memoria. Hacia el final de ese período se comenzó a vacunar y, a pesar de que hubo otros brotes menores en 1971 y 1983, ya a partir de 1984 no hubo más casos en la Argentina. Gracias a los esfuerzos mundiales hemos pasado de unos 350.000 estimados para 1988 a apenas 37 notificados en 2016.
La llegada de la pandemia de Covid-19 vio descender las tasas de vacunación en general, incluida la de la polio. Desde junio de 2020 se modificó el calendario nacional de vacunación y se implementó la vacuna antipoliomielítica inactivada a los 2, 4 y 6 meses y un refuerzo a los 5 años, reemplazando de esta manera la vacuna antipoliomielítica oral bivalente. Los registros locales para 2021 indicaban una cobertura contra la polio por debajo del 75% para todas las edades de la población, una cifra demasiado baja que puede conducir a la reintroducción de una enfermedad que habíamos desterrado. Uno de cada cuatro niños no llega a recibir la vacuna. En 2022 el Ministerio de Salud de la Nación lanzó una campaña para fortalecer la vacunación contra el sarampión, la rubéola, paperas y poliomielitis paobtuvo ra niñas y niños de uno a cuatro años.
En nuestro país, hemos avanzado en el reemplazo de la vacuna OPV (Sabin) bivalente por la vacuna IPV (Salk) para la erradicación de la polio.
La vacuna Sabin tenía la ventaja de que se suministraba por vía oral (el terroncito de azúcar), lo que facilitaba su administración, pero como era a virus atenuados, podía generar síntomas de polio en niños con inmunodeficiencia. Ya no se utiliza más y fue reemplazada por la Salk, que es a virus inactivados y se da por vía intramuscular. En ningún caso la persona vacunada queda como portadora, sino que el virus se elimina solo un tiempo después de la vacunación En la actualidad, unos 35 países presentan todavía brotes de polio. En Pakistán y Afganistán, la enfermedad es considerada endémica. Que hayan transcurrido 40 años sin casos en el país no nos exime de alertar sobre el bajo porcentaje de vacunados y la importancia de revertir este preocupante statu quo. Desde la Organización Panamericana de la Salud se llama a “renovar el compromiso de la erradicación mundial y asegurarse que este virus no vuelva” a la región.


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