
Las andanzas de un periodista que se convirtió en navegante y cruzó dos océanos
Leyba en el Adriático rumbo a Split, Croacia, con su velero Alazán.
Después de los 50 años, Daniel Leyba comenzó a navegar en velero. En 2019 cruzó el Atlántico y el año pasado, el Pacífico. Su próxima aventura es llegar a las Malvinas.
Laura Haimovichi
El periodista Daniel Leyba nunca se imaginó que cumpliría 65 años en medio del Pacífico. “Mi torta fue una galletita con una vela, como corresponde a la fantástica austeridad de la vida en velero”, cuenta.
Timoneando en el Pacífico.Navegaba con frecuencia por el Delta en lancha, cruzando a Carmelo y a Nueva Palmira, hasta que una sudestada lo hizo tomar conciencia del peligro. Se pasó a un velero y se enamoró de ese tipo de embarcación.
Su primer viaje como capitán fue un cruce del Río de la Plata de Buenos Aires a Colonia, durante unas siete horas. “Lo viví con la misma emoción que los cruces oceánicos que vinieron después”, recuerda. “Navego por placer, aunque esté lleno de incomodidades”.
Hace unos 15 años, Leyba –que había sido editor del suplemento de Espectáculos del diario Clarín– se compró el Alazán, un Plenamar de 27 pies craneado por Néstor Volker, con 8,30 metros de eslora y poco más de 3 de manga, cuchetas para 5, baño, cocina con horno, todo lo necesario para navegar y vivir.
La vista desde el fondeo en Mykonos.Cruzó a todos los puertos del paisito oriental: Colonia, Riachuelo, Juan Lacaze, Boca del Rosario, Montevideo, Piripápolis, Punta del Este, a veces solo; otras, acompañado. Luego llegaron los cruces del Atlántico y del Pacífico, y las navegaciones por el Cantábrico, las rías altas y baixas de Galicia, el Egeo, el Adriático, la Costa Brava y Brasil.
El Atlántico
El cruce del Atlántico lo hizo desde Cabo Verde hasta Recife, “unos 4 mil kilómetros en 25 días”.
La travesía fue en la embarcación de un amigo, el Patoruzú, muy robusto, aunque pequeño. “Fue fascinante y muy duro. Era la primera vez que me metía en las entrañas de un océano. Para un espíritu curioso como el mío no pudo pasar algo mejor. Lo crucé con el tendón de Aquiles de mi pierna derecha roto, algo muy doloroso y limitante. Subí en la isla de Sal, en los últimos días de 2019 con una recalada en Mindelo, capital de Sao Vicente, para abastecernos de agua”.
A Leyba le gustan los días en alta mar.Iba con tres amigos y una mañana resbaló y se torció el pie. Se autodiagnosticó esguince de tobillo. “Nada me iba a impedir participar del cruce. El Año Nuevo lo celebramos con dos extraordinarias navegantes, damas de 70 y pico de años, Marisa Bianco y Aurora Canessa. Aurora es la primera argentina que cruzó el Atlántico en solitario, en el Shipping. Marisa ya había dado la vuelta al mundo en su velero Huayra”.
Días después se inició el cruce empujado por los alisios, en medio de una bruma que era la tierra que el viento llevó desde el Sahara. “La naturaleza se expresaba con toda su magia. Hicimos rumbo sudoeste, cerca de la línea ecuatorial, con 12 horas de luz y 12 de noche. Los alisios no se desmadraron. Los tuvimos siempre por la popa, que no es lo más cómodo. El viento y la ola vienen de atrás y al barco le cuesta acomodarse. Las calmas ecuatoriales las sufrimos poco, el navegante a vela padece la ausencia de viento. No avanzás, la travesía se prolonga, los víveres se van consumiendo y te gana la impaciencia”.
El cruce del Atlántico fue el primer desafío de alto alcance, en 2019.Salidas y puestas de sol y de luna. Cielos de 360 grados siempre diferentes. Muchos arco iris. Noches despejadas donde parece que se mueve la esfera celeste con todas sus estrellas y planetas, “aunque el movimiento es del mar. Las olas nunca fueron más allá de los tres o cuatro metros”.
“Hicimos una recalada en Fernando de Noronha, donde desembarcó uno de los tripulantes, y seguimos tres hasta Recife. Cuando vimos tierra, sentí nostalgia. Estaba para seguir un tiempo más. Un traumatólogo me anunció que me tenía que operar”, algo que hizo en Buenos Aires. En marzo le sacaron el yeso y, cuando comenzaba la rehabilitación, declararon el encierro por la pandemia. “Por suerte, me había dado un tremendo baño de naturaleza antes de enclaustrarme”.
Al Pacífico
El cruce del Pacífico fue el año pasado a bordo del velero de otros amigos llamado PEC (un Grand Soleil 45 de los 90 diseñado por Frers). “Elegí subirme en Galápagos hasta las Marquesas, y luego fuimos por el resto del territorio marítimo de la Polinesia, durante dos meses extraordinarios. Zarpamos de Puerto Ayora, en la isla Santa Cruz, y nuestro primer destino fue Hiva-Oa. Fueron cerca de 6 mil kilómetros, un tramo muy largo en el que no existen islas. Pocos días después de zarpar escuchamos un mayday, que es un pedido extremo de ayuda. Era del velero Raindancer, que había chocado contra una ballena y se estaba hundiendo. Estaban abandonando el barco y subiendo a la balsa salvavidas. Nosotros estábamos a un día, atentos por si éramos opción para socorrerlos”, recuerda.
El tripulante del catamarán Cepa, con síntomas de un ACV, es trasladado al yate Paladin, que lo llevó a tierra firme. A bordo del PEC, el velero de Leyba, iba un médico que lo acompañó y asistió, en un acto de gran solidaridad náutica conjunta.“Otro velero, el Rolling Stones, pudo rescatarlos sanos y salvos. Pocos días después, por otro mayday de un catamarán alemán, supimos que uno de los tripulantes tenía síntomas de un ACV o un infarto. Esta vez sí éramos el velero más cercano, teníamos la medicina necesaria y un médico a bordo. Fijamos una coordenada para encontrarnos en medio del Pacífico, pero el mar estaba muy bravo. Tiramos la medicina al mar atada a un salvavidas, y el capitán del Cepa, nombre del catamarán, logró rescatarla. Todo esto a más de 20 días de navegación del próximo puerto, una eternidad para quien está padeciendo un ACV”.
Leyba en la Polinesia. Cruzó el Pacífico en 2023.La gente de Papeete descubrió que cerca había un mega yate, el Paladin, que podía trasladarlo en menos de la mitad del tiempo. Se volvió a fijar una coordenada y el encuentro de los tres barcos se produjo un día después. Trasladaron a Ebo, el alemán, del Cepa al Paladin y fue con ellos el médico del PEC. Lograron llegar a Las Marquesas para que Ebo se recuperara. “De todas las experiencias náuticas, ninguna me resultó tan gratificante como haber sido parte de una fantástica cadena de solidaridad oceánica para ayudar a salvar una vida”, se entusiasma Leyba.
Las aguas claras de la PolinesiaSu viaje siguió hacia la encantadora Hiva-Oa sin contratiempos y hasta los atolones de las Tuamotu, a una semana de navegación. “Son anillos de coral, de hasta 80 kilómetros, con una laguna interior con fascinante vida submarina. Fuimos a dos, Fakarava y Rangiroa. Otra semana más navegando y llegamos a la islas de la Sociedad. Estuvimos en Moorea y finalmente en Tahiti, donde me bajé”.
Tan antigua como la civilización, la navegación tiene un lenguaje rico, diverso y extenso, con palabras que nombran los elementos de la embarcación, como botavara, y acciones como orzar, que es dirigirse hacia el viento. “Que exista un término para cada cosa facilita el dar o cumplir una orden relacionada con las maniobras”.
Conclusiones y proyectos
Las experiencias más difíciles de Leyba no fueron lejos sino en el Río de la Plata. Una, navegando con un amigo desde Punta del Este a Colonia, desarbolaron, “el palo se cayó al agua con la vela, sin desprenderse del todo. Hicimos mucha fuerza para subirlo y evitar que el velero se hundiera. Terminé con un desplazamiento de vértebra y una placa de titanio que llevo como polizón.” La otra fue con el Alazán, “nos sorprendieron más de 100 kilómetros de viento cerca de La Plata. Pensé que no la contaba, pero salimos”.
A Leyba le gustan los días en alta mar.El miedo es inevitable. “Es algo que sentimos todos, bueno para mantenerte alerta y ser precavido. Yo no salgo por la adrenalina del riesgo. Al mar no se lo desafía y navegar te exige humildad en serio. La Naturaleza manda. Su capricho es ley”.
En unas semanas, Leyba estará zarpando a Malvinas. “Será la primera vez que navegue en las altas latitudes del Atlántico Sur”.
Menos la Antártida, conoció países del resto de los continentes y se metió en rincones remotos con estilos de vida muy diferentes. Otro ritmo, otros valores; gente que vive con lo indispensable, incluso sin agua, teniendo que almacenar la lluvia. “Es probable que el motor que me llevó a navegar y hacer periodismo sea la curiosidad. Son dos actividades que elegí por gusto, que disfruté y disfruto mucho”.....
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