El delito acecha en la terminal de Retiro
El caso del turista francés expone un flagelo cotidiano.
Matías Bianchi
La Policía Federal recorrió ayer los andenes de la terminal de ómnibus de Retiro
La terminal de ómnibus de Retiro a las 11 de ayer está oscura y deteriorada. Las caras son, en su mayoría, serias. Una mezcla de temor, angustia, resignación y desconfianza se ve en los rostros de muchos pasajeros que llegan o aguardan para emprender un nuevo camino. En esa zona se produjo anteayer el robo a André René Meteir, un turista francés, de 77 años, que falleció de un paro cardíaco cuando hacía la denuncia por el arrebato de su mochila, hecho que sufrió cuando llegaba a ese centro de transporte con su esposa, con quien tenía previsto a un viaje a Puerto Iguazú para conocer las Cataratas.
“Siempre estoy muerta de miedo. Me pedí un Uber y lo espero acá dentro de la terminal hasta que llegue por seguridad”, dijo a la nacion Valentina, una joven de 25 años que había llegado pocos minutos antes desde Catamarca.
Similares sensaciones sentía Emilse, de 22 años, estudiante marketing que arribó de Tucumán para conocer la ciudad. A diferencia de Valentina, estaba al tanto de lo sucedido el día anterior: “Sabía lo ocurrido con el turista francés. Es una inseguridad tremenda la que se está viviendo, pero uno no se puede esconder, hay que seguir viviendo”.
La villa 31 limita con la terminal de ómnibus de Retiro, lo que genera tensiones permanentes. Un uniformado de la Policía Federal Argentina que trabaja en la parada de transporte de micros de larga distancia explicó: “Somos pocos acá. Hacen falta entre 10 y 15 policía más”. Y agregó: “Los chorros nos madrugan, roban en cualquier horario, están muy avivados. A un colega le robaron el termo de nuestra cabina a las 12.30 del mediodía”. El efectivo se mostró indignado: “Literalmente el que queda detenido está afuera al día siguiente. Hay uno al que le dicen el Gorrión, lo conocemos todos, anda con una réplica de pistola. Robaba acá mientras ‘ayudaba’ a gente a cargar sus bolsos. La droga los arruina. La mayoría están arruinados por ese motivo”.
Dentro de la estación de ómnibus la responsabilidad de la vigilancia es de la Policía Federal, mientras que en la calle la seguridad queda en manos de la Policía de la Ciudad. A 100 metros está el Edificio Centinela, sede de la Gendarmería. Pese a la presencia de varias fuerzas, quienes caminan por esa zona no se sienten seguros.
Emanuel, neuquino de 30 años, llegó con su mujer y sus dos hijos para hacer turismo: “Estamos recién llegados. Sabemos que es inseguro acá y nos cuidamos entre todos”. Por su parte, José, de 89 años, abogado y escribano retirado, contó: “Soy argentino, pero vivo en Brasil. Allá está peor. La gente se despreocupa y hay atorrantes que aprovechan la oportunidad. Hay que estar atento. La problemática está generalizada. Yo estoy despierto, no me distraigo”. Mientras habla sujeta la manija de su bolso con brazo izquierdo a la altura del codo.
Gonzalo, de 32 años, había llegado a Buenos Aires desde Córdoba hacía pocos minutos junto a un amigo para hacer turismo. Aguardaban el traslado que los lleve a su hospedaje. “Hay que estar relojeando mucho. Yo soy un poco paranoico”, se sinceró. Cerca de él, Pablo, un arquitecto de 37 años, que vino del interior de la provincia de Buenos Aires a despedir a un amigo que se fue a vivir al exterior, agregó: “Esto pasa en todos lados. Está atravesado por lo social y lo económico”.
Aguardando a tomarse el colectivo se encontraba Rosa, turista paraguaya, de 42 años, con su valija rosa y un colorido vestido con dibujos de flores: “Cuando llegué tenía miedo. Me quedé en un hotel acá cerca. Por precaución yo caminaba sin el celular y no salía de noche. Pero, a diferencia de Paraguay, es más tranquilo acá”.
Juan, de 53 años, viaja todos los fines de semana a Mar del Plata: “La degradación en la seguridad se acentuó. Cuando me enteré la noticia del francés no me llamo la atención. Debería ser tranquilo y organizado acá, pero siempre te manguean y tenés que estar atento a que no te afanen. Llegás y te encontrás con un panorama desagradable”.
“Está complicado acá. Todo el tiempo roban adentro y afuera de la terminal, particularmente a las 6 y 18 cuando explota de gente. Se llevan mercadería al paso si uno no está atento”, explicó Nicole, de 24 años, encargada de un kiosco. “Cuando entro a trabajar y cuando salgo siempre le están robando a alguien. Los turistas se distraen y los ladrones manotean lo que pueden y se van a la villa. A algunos los ubicamos de cara y la seguridad privada de la terminal los saca”, afirmó.
Algo diferente es la visión de Tomás, de 19 años y que también trabaja en la terminal: “Acá se meten los chorros de la villa y de otros lados, pero hay seguridad privada y está la policía, yo me siento seguro”.
“Uno está expuesto, acá. Vive con la incertidumbre. Personalmente, trato de no involucrarme con los que cargan valijas u otros colegas. Hago la mía”, explicó Horacio, taxista de 58 años. “Nos robaron más de una vez en la zona”, relató Alexis, despachante de aduana del puerto de la Ciudad de Buenos Aires.
Augusto es un militar de 45 años, que cumple servicios en el Edificio Cóndor, la sede de la Fuerza Aérea, que está ubicado al lado de la comisaría vecinal 1A, en Avenida de los Inmigrantes 2250, donde murió el turista francés. Hombre de la carrera de las armas, definió la sensación que tiene cuando atraviesa Retiro para llegar a su puesto de trabajo. “Uno no se siente tan seguro, aunque yo soy de San Martín y allá está complicado el tema de seguridad”
Una señora mayor que trabaja en un local en la zona ferroviaria comentó: “Hay robos y peleas, mis ojos vieron muchas cosas, pero me quedo calladita y sigo trabajando”. Por las dudas tiene a mano una larga varilla de hierro.
“Es nuestra primera vez en Buenos Aires y tenemos las mismas precauciones que en cualquier ciudad grande. Estamos atentas de lo que sucede alrededor y no llevamos mucho dinero o cosas de valor”, dijeron dos turistas, de Alemania e Irlanda, que llegaron 48 horas antes a la ciudad
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Prisión perpetua para los jefes de un clan narco
Delfín Castedo y su hermano Raúl fueron condenados por el asesinato de la productora Liliana Ledesma
Los hermanos Delfín Reynaldo Castedo y Raúl Amadeo “Hula” Castedo fueron condenados ayer a prisión perpetua por el homicidio de la productora rural Liliana Ledesma, cometido en septiembre de 2006 en la localidad salteña de Salvador Mazza, informaron fuentes judiciales. La Sala I del Tribunal de Juicio de Orán los consideró coautores del delito de “homicidio calificado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas”, tal como había solicitado la fiscalía en su alegato.
La imputación fue sostenida por la fiscal penal de Graves Atentados contra las Personas, Claudia Carreras. El veredicto fue decidido por el tribunal integrado por Edgardo Laurenci, Raúl Fernando López y Claudio Alejandro Parisi.
Los hermanos Castedo, considerados los líderes de una organización dedicada al narcotráfico en la frontera de Salta con Bolivia, participaron de las audiencias por vía remota desde su lugar de detención en el Servicio Penitenciario Federal de Ezeiza, donde se encuentran alojados a disposición conjunta del Juzgado Federal de Orán y de la justicia provincial.
El crimen de Ledesma fue cometido el 21 de septiembre de 2006, en una pasarela peatonal de la localidad de Salvador Mazza, ubicada en la frontera entre Salta y Bolivia, unos 408 kilómetros al norte de la capital salteña.
Allí, la mujer recibió siete puñaladas, dos de ellas mortales -en el estómago y en el corazón- y un tajo que comenzó en el labio superior y terminó abriendo el inferior dejando al descubierto dientes y encías.
Días antes de ser asesinada, la víctima había denunciado públicamente a los hermanos Castedo y al entonces diputado provincial Ernesto Aparicio -hermano de la condenada María Gabriela y fallecido en 2013- por cerrar un camino vecinal que unía Salvador Mazza con Bolivia, para utilizarlo para traficar drogas.
En 2010 la ex Cámara en lo Criminal de San Ramón de la Nueva Orán había condenado por el mismo hecho a María Gabriela Aparicio, Aníbal Tárraga, Lino Ademar Moreno –actualmente prófugo- y Casimiro Torres, a quienes les impusieron la pena de prisión perpetua.
En tanto Patricia Guerra fue condenada a la pena de diez años de prisión y Juan Moreno recibió la pena de cuatro años de prisión efectiva.
Por su parte, Delfín Castedo fue condenado en 2022 a 16 años de prisión por ser el jefe de una asociación ilícita dedicada al narcotráfico y al lavado de activos, por el Tribunal Oral Federal 1 de Salta que, además, impuso penas de entre 3 y 9 años de cárcel a otros seis imputados.
La terminal de ómnibus de Retiro a las 11 de ayer está oscura y deteriorada. Las caras son, en su mayoría, serias. Una mezcla de temor, angustia, resignación y desconfianza se ve en los rostros de muchos pasajeros que llegan o aguardan para emprender un nuevo camino. En esa zona se produjo anteayer el robo a André René Meteir, un turista francés, de 77 años, que falleció de un paro cardíaco cuando hacía la denuncia por el arrebato de su mochila, hecho que sufrió cuando llegaba a ese centro de transporte con su esposa, con quien tenía previsto a un viaje a Puerto Iguazú para conocer las Cataratas.
“Siempre estoy muerta de miedo. Me pedí un Uber y lo espero acá dentro de la terminal hasta que llegue por seguridad”, dijo a la nacion Valentina, una joven de 25 años que había llegado pocos minutos antes desde Catamarca.
Similares sensaciones sentía Emilse, de 22 años, estudiante marketing que arribó de Tucumán para conocer la ciudad. A diferencia de Valentina, estaba al tanto de lo sucedido el día anterior: “Sabía lo ocurrido con el turista francés. Es una inseguridad tremenda la que se está viviendo, pero uno no se puede esconder, hay que seguir viviendo”.
La villa 31 limita con la terminal de ómnibus de Retiro, lo que genera tensiones permanentes. Un uniformado de la Policía Federal Argentina que trabaja en la parada de transporte de micros de larga distancia explicó: “Somos pocos acá. Hacen falta entre 10 y 15 policía más”. Y agregó: “Los chorros nos madrugan, roban en cualquier horario, están muy avivados. A un colega le robaron el termo de nuestra cabina a las 12.30 del mediodía”. El efectivo se mostró indignado: “Literalmente el que queda detenido está afuera al día siguiente. Hay uno al que le dicen el Gorrión, lo conocemos todos, anda con una réplica de pistola. Robaba acá mientras ‘ayudaba’ a gente a cargar sus bolsos. La droga los arruina. La mayoría están arruinados por ese motivo”.
Dentro de la estación de ómnibus la responsabilidad de la vigilancia es de la Policía Federal, mientras que en la calle la seguridad queda en manos de la Policía de la Ciudad. A 100 metros está el Edificio Centinela, sede de la Gendarmería. Pese a la presencia de varias fuerzas, quienes caminan por esa zona no se sienten seguros.
Emanuel, neuquino de 30 años, llegó con su mujer y sus dos hijos para hacer turismo: “Estamos recién llegados. Sabemos que es inseguro acá y nos cuidamos entre todos”. Por su parte, José, de 89 años, abogado y escribano retirado, contó: “Soy argentino, pero vivo en Brasil. Allá está peor. La gente se despreocupa y hay atorrantes que aprovechan la oportunidad. Hay que estar atento. La problemática está generalizada. Yo estoy despierto, no me distraigo”. Mientras habla sujeta la manija de su bolso con brazo izquierdo a la altura del codo.
Gonzalo, de 32 años, había llegado a Buenos Aires desde Córdoba hacía pocos minutos junto a un amigo para hacer turismo. Aguardaban el traslado que los lleve a su hospedaje. “Hay que estar relojeando mucho. Yo soy un poco paranoico”, se sinceró. Cerca de él, Pablo, un arquitecto de 37 años, que vino del interior de la provincia de Buenos Aires a despedir a un amigo que se fue a vivir al exterior, agregó: “Esto pasa en todos lados. Está atravesado por lo social y lo económico”.
Aguardando a tomarse el colectivo se encontraba Rosa, turista paraguaya, de 42 años, con su valija rosa y un colorido vestido con dibujos de flores: “Cuando llegué tenía miedo. Me quedé en un hotel acá cerca. Por precaución yo caminaba sin el celular y no salía de noche. Pero, a diferencia de Paraguay, es más tranquilo acá”.
Juan, de 53 años, viaja todos los fines de semana a Mar del Plata: “La degradación en la seguridad se acentuó. Cuando me enteré la noticia del francés no me llamo la atención. Debería ser tranquilo y organizado acá, pero siempre te manguean y tenés que estar atento a que no te afanen. Llegás y te encontrás con un panorama desagradable”.
“Está complicado acá. Todo el tiempo roban adentro y afuera de la terminal, particularmente a las 6 y 18 cuando explota de gente. Se llevan mercadería al paso si uno no está atento”, explicó Nicole, de 24 años, encargada de un kiosco. “Cuando entro a trabajar y cuando salgo siempre le están robando a alguien. Los turistas se distraen y los ladrones manotean lo que pueden y se van a la villa. A algunos los ubicamos de cara y la seguridad privada de la terminal los saca”, afirmó.
Algo diferente es la visión de Tomás, de 19 años y que también trabaja en la terminal: “Acá se meten los chorros de la villa y de otros lados, pero hay seguridad privada y está la policía, yo me siento seguro”.
“Uno está expuesto, acá. Vive con la incertidumbre. Personalmente, trato de no involucrarme con los que cargan valijas u otros colegas. Hago la mía”, explicó Horacio, taxista de 58 años. “Nos robaron más de una vez en la zona”, relató Alexis, despachante de aduana del puerto de la Ciudad de Buenos Aires.
Augusto es un militar de 45 años, que cumple servicios en el Edificio Cóndor, la sede de la Fuerza Aérea, que está ubicado al lado de la comisaría vecinal 1A, en Avenida de los Inmigrantes 2250, donde murió el turista francés. Hombre de la carrera de las armas, definió la sensación que tiene cuando atraviesa Retiro para llegar a su puesto de trabajo. “Uno no se siente tan seguro, aunque yo soy de San Martín y allá está complicado el tema de seguridad”
Una señora mayor que trabaja en un local en la zona ferroviaria comentó: “Hay robos y peleas, mis ojos vieron muchas cosas, pero me quedo calladita y sigo trabajando”. Por las dudas tiene a mano una larga varilla de hierro.
“Es nuestra primera vez en Buenos Aires y tenemos las mismas precauciones que en cualquier ciudad grande. Estamos atentas de lo que sucede alrededor y no llevamos mucho dinero o cosas de valor”, dijeron dos turistas, de Alemania e Irlanda, que llegaron 48 horas antes a la ciudad
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Prisión perpetua para los jefes de un clan narco
Delfín Castedo y su hermano Raúl fueron condenados por el asesinato de la productora Liliana Ledesma
Los hermanos Delfín Reynaldo Castedo y Raúl Amadeo “Hula” Castedo fueron condenados ayer a prisión perpetua por el homicidio de la productora rural Liliana Ledesma, cometido en septiembre de 2006 en la localidad salteña de Salvador Mazza, informaron fuentes judiciales. La Sala I del Tribunal de Juicio de Orán los consideró coautores del delito de “homicidio calificado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas”, tal como había solicitado la fiscalía en su alegato.
La imputación fue sostenida por la fiscal penal de Graves Atentados contra las Personas, Claudia Carreras. El veredicto fue decidido por el tribunal integrado por Edgardo Laurenci, Raúl Fernando López y Claudio Alejandro Parisi.
Los hermanos Castedo, considerados los líderes de una organización dedicada al narcotráfico en la frontera de Salta con Bolivia, participaron de las audiencias por vía remota desde su lugar de detención en el Servicio Penitenciario Federal de Ezeiza, donde se encuentran alojados a disposición conjunta del Juzgado Federal de Orán y de la justicia provincial.
El crimen de Ledesma fue cometido el 21 de septiembre de 2006, en una pasarela peatonal de la localidad de Salvador Mazza, ubicada en la frontera entre Salta y Bolivia, unos 408 kilómetros al norte de la capital salteña.
Allí, la mujer recibió siete puñaladas, dos de ellas mortales -en el estómago y en el corazón- y un tajo que comenzó en el labio superior y terminó abriendo el inferior dejando al descubierto dientes y encías.
Días antes de ser asesinada, la víctima había denunciado públicamente a los hermanos Castedo y al entonces diputado provincial Ernesto Aparicio -hermano de la condenada María Gabriela y fallecido en 2013- por cerrar un camino vecinal que unía Salvador Mazza con Bolivia, para utilizarlo para traficar drogas.
En 2010 la ex Cámara en lo Criminal de San Ramón de la Nueva Orán había condenado por el mismo hecho a María Gabriela Aparicio, Aníbal Tárraga, Lino Ademar Moreno –actualmente prófugo- y Casimiro Torres, a quienes les impusieron la pena de prisión perpetua.
En tanto Patricia Guerra fue condenada a la pena de diez años de prisión y Juan Moreno recibió la pena de cuatro años de prisión efectiva.
Por su parte, Delfín Castedo fue condenado en 2022 a 16 años de prisión por ser el jefe de una asociación ilícita dedicada al narcotráfico y al lavado de activos, por el Tribunal Oral Federal 1 de Salta que, además, impuso penas de entre 3 y 9 años de cárcel a otros seis imputados.
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