jueves, 9 de noviembre de 2023

EL BALOTAJE Y EL TEMOR DE MASSA


Neutralidad antisistema
Horacio M. Lynch

El mecanismo del balotaje en el sistema electoral tiene una dinámica propia que conviene recordar en la instancia en que se encuentra el país. Es una institución de raigambre europea aconsejada en sistemas presidencialistas o semipresidencialistas con el plausible objetivo de buscar legitimidad y consenso para asegurar la gobernabilidad, para que los elegidos ostenten un caudal importante de votos. El sistema de elección presidencial de la Constitución clásica era diferente, indirecto (como continúa siendo en EE.UU.): se votaban electores que, en el Colegio Electoral, elegían al presidente, generalmente al más votado. Pero en el hipotético caso de una elección muy polarizada, podrían hacer acuerdos para asegurar la gobernabilidad. La reforma constitucional de 1994 eliminó el Colegio Electoral y optó por la elección directa, de donde incluir el balotaje ha tenido un sentido.
Esto es para el PE (aunque en algunos países también lo usan para la configuración del Congreso). En nuestro caso la elección de legisladores se consolida en la primera vuelta, con los porcentajes que resulten. La Argentina tuvo una experiencia en 1972 por una ley del gobierno de facto (Revolución Argentina) para las elecciones de ese año sin reformar la Constitución. Y aunque no fue ratificada, finalmente el mecanismo fue incorporado en la reforma constitucional de 1994 para la elección del PE.
Por naturaleza, el sistema tiene una articulación peculiar. Por ejemplo, imponerse en la generales sin llegar a porcentajes que aseguran un triunfo directo es un dato más, solo para una puja entre dos candidatos. Aunque es de innegable importancia psicológica, la cantidad de votos lograda es solo un dato, es como un volver a repartir las cartas. Nada hay que privilegie al más votado en la pritema mera vuelta ni que desmerezca al segundo. Tratándose de un proceso electoral en curso, hablar de ganador y de perdedor, aunque parezca más práctico, no es ni correcto ni preciso.
Y aunque es habitual que en el balotaje triunfe el más votado, hay ejemplos contrarios: en Perú en 1990, Fujimori, un outsider como Milei, se impone en el balotaje a Vargas Llosa, el reconocido escritor que había prevalecido categóricamente en la primera vuelta. Así no es correcto llamar ganador sin aditamentos al más votado y perdedor al segundo. En la primera vuelta se puede votar con el corazón, reservándose la segunda, si su candidato no ganara, para votar con un sentido más práctico. A primera vista parecería que a los candidatos que no entran en el balotaje (y a sus votantes) no les corresponde intervenir en la elección final, sino que queda reservada solo para los que entraron. Pero no es la esencia ni el objetivo del balotaje, sino todo lo contrario.
Por lo dicho es incorrecto sostener, como lo hacen algunos, que optan “por la neutralidad porque es lo que corresponde cuando se ha perdido”. La justificación de hacerlo “por respeto a quienes nos votaron y para mantener una oposición coherente” no tiene sentido alguno, ni por el sisni por la institucionalidad, ni con respecto al votante ni a los principios de la agrupación política ni a nada por el estilo. Eso recién lo deberían hacer una vez terminado el proceso electoral en curso, y en caso de que no triunfe la opción deseada. La primera vuelta sirve para elevar dos opciones por sobre las demás, pero no para excluirlas a estas sino para todo lo contrario, para que el resto se pronuncie por alguna de ellas.
Dar por ganadas las elecciones al candidato Massa y declararse neutrales justificando la posición para mantener en el futuro “una oposición cohesionada” subvierte el sistema del balotaje presidencial que busca específicamente evitar que llegue a la primera magistratura un candidato con pocos votantes. La télesis del sistema obliga a pronunciarse, por lo que la neutralidad propugnada por estos dirigentes va contra el sistema.
En las recientes elecciones no puede desconocerse que habiendo sido una elección “por tercios”, hay dos tercios que han votado, con matices, por un sistema y en contra del que representa el candidato Massa, de donde, de aceptarse que hubo un “ganador”, en la práctica resultaría que este tendría que gobernar en contra de los 2/3 del país, y la buscada gobernabilidad sería una utopía. Para los partidos que integran JxC la obligación es primero continuar buscando el poder por los mecanismos que el balotaje supone y, en el hipotético supuesto de no lograrlo, recién entonces deberían estructurar una oposición coherente e inteligente.
Mantener la neutralidad es ir contra el sistema del balotaje. Como dice Sabsay, “el balotaje obrará como un acicate sobre los partidos políticos para que estos tengan que sentarse en la mesa de negociaciones”, es decir, todo lo contrario de la peregrina tesis neutralista.

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Massa le teme al voto de la ciudadanía
Jorge R. Enríquez


El 19 de noviembre tendrá lugar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. El día siguiente es feriado, en conmemoración de la batalla de la Vuelta de Obligado, a raíz de una ley impulsada por el kirchnerismo que, en homenaje al dictador Juan Manuel de Rosas, consagra esa fecha Día de la Soberanía Nacional. La existencia de ese feriado determina que del 18 al 20 transcurra un fin de semana largo, en el que muchas personas suelen viajar a lugares turísticos en coincidencia con el inicio de la temporada estival.
El estímulo al turismo es una buena noticia para muchas ciudades cuyo desenvolvimiento económico está vinculado a él, pero en este caso el feriado largo es una mala noticia para la democracia argentina, ya que es previsible que disminuya la participación de votantes. Por tal motivo, la Cámara Nacional Electoral le había solicitado al Poder Ejecutivo que evaluara el traslado de ese feriado a otra fecha. Pese a ese pedido del máximo tribunal judicial argentino en materia electoral, el Gobierno sostuvo que no habría de modificar el actual calendario.
La solicitud no solo era razonable, sino que tenía un antecedente en el anterior gobierno kirchnerista. En 2015 la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se desarrolló el 22 de noviembre de ese año. Como al día siguiente estaba previsto el mismo feriado que en esta oportunidad se celebrará el 20, la presidenta Cristina Kirchner dictó un decreto de necesidad y urgencia por el que lo trasladó, con carácter excepcional, al 27 de ese mes. En los considerandos del decreto, se destacó que de mantenerse la fecha original “podría perjudicarse la concurrencia de muchos ciudadanos al acto eleccionario”, por lo que era necesario “favorecer y garantizar la asistencia a los citados comicios de carácter obligatorio”.
Son los mismos motivos que deberían invocarse ahora para trasladar el feriado, como lo ha requerido la Cámara Nacional Electoral. ¿Por qué no se lo hace? Porque cualquier consideración institucional cede en el kirchnerismo (ahora con el mascarón de proa de Sergio Massa) a criterios de mero oportunismo electoral. Consideran que una menor afluencia de votantes favorece las chances del candidato oficialista, por el mayor peso del aparato del peronismo. Los que se pretenden erigir en custodios de la democracia no vacilan en incentivar que en la elección presidencial participen pocos ciudadanos.
Los diputados nacionales Cristian Ritondo y Hernán Lombardi presentaron un proyecto de declaración mediante para que la Cámara de Diputados le solicite al Poder Ejecutivo nacional el traslado del feriado al 27 de noviembre. Es lo correcto, aunque lo más probable es que la iniciativa ni siquiera se trate. Tampoco los voceros oficiales dan ninguna razón para esta contradicción con el antecedente de 2015. Los decretos de necesidad y urgencia solo deben dictarse en situaciones muy excepcionales, pero esta es una de ellas, en especial por la urgencia con que se debe actuar.
Nada que sorprenda en el kirchnerismo, para el que las reglas son como arcilla que se manipula para alcanzar objetivos inmediatos de carácter faccioso. No es distinto de lo que con total desparpajo e impunidad hace en estos días Massa cuando emplea todos los recursos del Estado en provecho de su candidatura y viola el Código Electoral al formular continuos anuncios de naturaleza proselitista disfrazados de actos de gobierno.
Razón de más para votar el 19 de noviembre por un cambio y respaldar la única opción ahora existente frente a la continuidad del kirchnerismo, por más reparos que legítimamente nos despierte. Y para quedarse y votar. Habrá nuevos feriados y están próximas las vacaciones de verano. Lo que no habrá para la Argentina es nuevas oportunidades si triunfan los responsables de su postración.

Exdiputado nacional, presidente de la asociación civil Justa Causa, miembro de Profesores Republicanos


http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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