En Santa Cruz, los chicos perdieron el hábito de ir a la escuela y de estudiar
Hace más de 15 años que la provincia no cumple con el ciclo lectivo completo; los paros docentes sostenidos y la “promoción acompañada” hacen que los alumnos pasen de año sin aprender
Texto y fotos Micaela Urdinez Enviada Especial
Claudia Samudio tiene 7 años, vive en Río Gallegos y asiste a un apoyo escolar para no atrasarse
“Me gustaría poder ir todos los días a la escuela”, dice Claudia Adelaida Samudio Funes, una nena de 7 años que está en 2º grado y vive en el barrio Madres a La Lucha, en Río Gallegos. Lo dice en voz baja, casi susurrando. Quizás porque sabe que ese deseo, en la provincia en la que vive, es una utopía: hace más de 15 años que en Santa Cruz no se cumple con el ciclo lectivo completo. Durante la primera mitad de 2023, los estudiantes tuvieron apenas 27 días de clases contra 58 de paros.
El conflicto entre los docentes y el Estado provincial va sumando capítulos mientras los alumnos quedan a la deriva: fuera de las aulas y lejos del conocimiento. Si bien la segunda mitad del año las clases se regularizaron, la discusión sindical no está resuelta y el riesgo educativo es evidente. la nacion quiso entrevistar a Cecilia Velázquez, la presidenta del Consejo Provincial de Educación de Santa Cruz, y no obtuvo respuesta.
Hambre de Futuro recorrió la provincia para conocer las razones y las consecuencias de una puja educativa en la que los niños no son prioridad y son los que pierden.
Este abandono educativo sostenido moldeó las infancias de niños y adolescentes que ya perdieron la rutina de ir a la escuela, que tienen problemas para socializar, que carecen de pautas mínimas de aprendizaje, que no saben lo que es rendir un examen y que terminan la primaria sin saber leer ni escribir. Para muchos de ellos, la universidad es un paso imposible.
“Tenemos muchos derechos escritos sobre los chicos, pero no se cumplen. El nivel educativo es muy bajo y desparejo. Hace muchos años que estamos con esta situación y los conocimientos los chicos no los recuperan. Es como que se perdió el valor de la escuela”, se lamenta Patricia Augustín, fundadora de la ONG Codo a Codo, que funciona en Gobernador Gregores.
Según un informe elaborado por Unicef sobre la base de cifras oficiales, el 53% de las niñas y los niños de Santa Cruz residen en hogares con clima educativo bajo o muy bajo, cifra más alta que la media nacional (50%) y que en la región Patagónica: 45%. A su vez, señala que el 4,7% de los alumnos asisten con sobreedad a la escuela y que el rendimiento escolar promedio de los estudiantes del nivel primario está por debajo de la media nacional. Según las últimas Pruebas Aprender 2022, Santa Cruz está entre las cuatro provincias que obtuvieron los peores resultados en matemáticas.
En su casa o en la calle
Los niños que viven en los contextos más vulnerables son los más afectados por los paros docentes y los que menos aprenden. Eso solo aumenta la desigualdad social y reduce sus oportunidades de futuro.
“Yo no puedo mandar a mi hijo a una escuela privada y por eso necesito que los docentes se dediquen a darles clases a nuestros hijos”, se queja Lorena Gutiérrez, vecina del barrio Madres a La Lucha, de Río Gallegos. Trabaja haciendo tareas de limpieza, su marido es albañil y tiene dos hijos: Santino, de 11, y Mirko, Meza de 4. “Los chicos se están enfocando demasiado en la tecnología y tienen cero interés en la escuela. A Santi le cuesta leer y tiene que ser más prolijo en su letra”, dice preocupada. Por eso manda a sus hijos al apoyo escolar que se dicta en el SUM del barrio, gestionado por la organización La Poderosa.
“No me gusta estar todo el tiempo aburrido en mi casa”, dice Santino sobre los días en los que no va a la escuela. Prefiere aprender, ver a sus amigos y no estar en la calle o encerrado en su casa sin saber qué hacer.
Juan Obando Ulloa es el director de Cáritas en Santa Cruz. Para él, la situación educativa es la principal urgencia con la que se enfrentan en la provincia. “Tenemos adolescentes que no saben leer ni escribir, y van quedando fuera del sistema. Eso los aleja de la posibilidad de poder hacer cualquier tipo de trámite. Ya es difícil vivir en el sur, y si encima cargan con problemas educativos, son doblemente pobres”, afirma.
Los paros, en general, se extienden por varias semanas. Antes de las vacaciones de invierno, los alumnos estuvieron casi dos meses sin ir a clases. “Se siente mal, se siente el retroceso y la falta de conocimiento para prepararse para el futuro. Me da mucho miedo el salto a la universidad, estoy aterrado”, dice Franco Turinetto, alumno de 4º año del Colegio Provincial Nº 21 de Gobernador Gregores.
Como su idea es estudiar Ingeniería en Sistemas en la UTN en Córdoba, empezó a asistir al taller Preuniversitario de Codo a Codo. “Cuando me puse a averiguar qué temas iba a tener que ver en la universidad me di cuenta de que estaba muy atrasado. Hay una des organización muy grande en el sistema educativo, falta de contenido, muchos paros y también nos afectó la pandemia”, agrega Turinetto.
Carencias sociales
Son días perdidos de aprendizaje, de creatividad, de innovación. En los que los alumnos ni siquiera reciben tarea para no atrasarse con la currícula. En 2017, cuando su hija menor estuvo cinco meses sin ir a clases, Augustín llegó a pensar en el extremo de mudarse a otra provincia para poder asegurarle su derecho a estudiar. “Lo comparo con no tener para darle de comer”, dice esta mujer que en ese momento se juntó con otro grupo de padres, y armaron un apoyo escolar improvisado que se transformó en lo que hoy es la ONG Codo a Codo.
Alexis Barlet vive en el barrio Cerro Calafate, en la ciudad de Calafate y tuvo una trayectoria escolar interrumpida. Ya había repetido un año, se sumaban los paros y la secundaria a la que iba no lo convocaba mucho. Prefería estar en la calle o jugando a la pelota. “No me gustaba la estructura que tenía la escuela. Iba una semana entera y a la otra no. No era constante”, dice este joven de 19 años que hoy asiste a la Escuela Laboral El Joven Labrador.
Además de las académicas, los jóvenes arrastran otras carencias: no tienen tolerancia a la frustración, les faltan hábitos de estudio, no saben trabajar en equipo ni resolver conflictos. “Lo que les dio la escuela fue muy poco. Ni siquiera lo más básico de entender que para conseguir un buen resultado te tenés que esforzar”, explica Dilma Sosa, Coordinadora del nivel medio y superior en la ONG Codo a Codo.
Javier Fernández es secretario general de la Asociación de Docentes de Santa Cruz (Adosac), pero también es docente de la escuela primaria. Y reconoce una tensión entre su derecho a pelear por condiciones dignas de trabajo y el saber que no está cumpliendo todos los días con su profesión. “Ningún docente quiere que sus alumnos fracasen escolarmente. Pero nos parece que va de la mano de una impronta que el Estado tiene que garantizar. Todos somos responsables del sistema educativo que tenemos, incluidos nosotros. Pero si no hay un sinceramiento en la discusión o en el rol que tiene el Estado, no sirve de nada”, señala el dirigente.
En los ocho años de su gestión, la gobernadora Alicia Kirchner nunca pudo llegar a un acuerdo con Adosac, el único gremio que desde 2007 se mantuvo crítico al kirchnerismo. Lo primero que sorprende es la permanencia del enfrentamiento hace más de una década y la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes. “Para nosotros que entendemos mucho del kirchnerismo, sabemos que la lógica del conflicto es la que prevalece”, dice Fernández. Para él, la intransigencia de las autoridades provinciales solo puede tener un origen político.
El principal reclamo de los docentes es el salarial. En Santa Cruz, históricamente tuvieron sueldos superiores a los del resto del país, una política que fomentaba que los docentes del resto del país se instalaran en el sur y premiaba el desarraigo. Con el tiempo, esta brecha se fue achicando y fueron perdiendo poder adquisitivo. “Un docente recién iniciado está cobrando $180.000 y la canasta básica está por encima de los $350.000 en nuestra región. Nos estaría faltando un 60% para llegar a esa cifra”, se queja Fernández.
A mediados de junio, ante el fracaso de las paritarias, el Gobierno firmó un decreto a través del cual decidió otorgar a los docentes una actualización salarial equiparada a la inflación mensual denominada “cláusula gatillo” y un 3% desde julio para los escalafones inferiores, en tanto que mantiene el 4% otorgado a todos desde enero. En julio, el juez Marcelo Bersanelli dictó una medida cautelar que ordenó a Adosac a que suspendiera inmediatamente la huelga y se abstuviera de volver a convocar a otra medida de fuerza.
En Santa Cruz los alumnos no repiten. La “promoción acompañada” se viene implementando desde 2019 y se terminó de oficializar mediante la resolución 323 en 2022, con la idea de que la repitencia tiende a reproducir desigualdades y diferencias en los trayectos educativos. Sin embargo, son muchos los referentes que cuestionan su efectividad.
“Hoy los alumnos de secundario se pueden llevar todas las materias previas. Se supone que en 5º, a través de diferentes dispositivos, ven si pueden recuperar los contenidos. Eso es un descalabro porque dudamos de que esos dispositivos sean serios y eso se transforma en el fracaso que tienen los chicos en la universidad”, afirma Fernández.
En el sistema educativo se habla de que los alumnos “transitan” por los diferentes cursos, a la espera de que recuperen los conocimientos que no terminaron de adquirir en los años anteriores. Pero eso nunca sucede. “Se encuentran en el mismo curso un chico que está al día con otro que debe 40 materias, y eso hace que el profesor no pueda avanzar porque no todos tienen los conocimientos mínimos”, señala Augustín.
Los alumnos saben que pasan de año sin aprender. Y eso los desmotiva. Y genera desigualdades dentro de los cursos, obligando a los docentes a nivelar para bajo. Todos los referentes consultados coinciden en que el sistema educativo no fomenta la cultura del esfuerzo y que los alumnos pierden el interés por aprender. “Uno de los amigos de mi hijo me dice: ‘¿Para qué voy a estudiar si igual todos vamos a pasar?’. Y es cierto. Y eso los desmotiva. Ver que a los chicos les da igual es triste”, cuenta Julia Ríos, referente del barrio Madres a la Lucha, de Río Gallegos.
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Con solo 11 años vende cobre y aluminio para poder comprarse un helado
Santino Meza vive en el barrio Madres a la Lucha, en Río Gallegos; su mamá trabaja haciendo tareas de limpieza, su papá es albañil, y su sueño es que urbanicen el barrio
Para Santino los principales riesgos en el barrio son los perros, los incendios y el basural
“Si pudiera pedir tres deseos serían que las escuelas no hagan más paros, que el barrio se urbanice y que bajen los precios de las cosas”, dice Santino Meza. Tiene solo 11 años y no sueña con juguetes. La realidad que vive en el barrio Madres a la Lucha, en Río Gallegos, es tan urgente, que eso lo obliga –a la fuerza– a ser consciente de todo lo que le están quitando de su infancia.
“Tuvimos muchos días sin clases y me aburría en mi casa. Lo que más me gusta aprender es matemática. Ahora estamos con las divisiones de dos cifras. No lo entiendo mucho”, dice este alumno de 5º grado que cuando sea grande quiere ser militar. Y agrega: “Mis papás no pudieron terminar la escuela, yo quiero terminar la primaria y la secundaria”.
Como su mamá –Lorena Gutiérrez– no quiere que Santino se atrase en la escuela, lo manda al apoyo escolar que se brinda en el SUM del barrio, gestionado por la organización La Poderosa. Allí repasa contenidos de lengua y matemáticas, además de recibir una merienda y jugar con otros vecinos. “La seño me está haciendo copiar un cuento del libro de mi escuela. Me cuesta un poco”, cuenta Santino, que está esperando ansioso a que se abra el taller de inglés para anotarse.
Claudia Samudio es esa “seño” que recibe todos los días a niños y adolescentes del barrio en un espacio en el que no solo socializan, sino que se ponen al día con lo que no aprenden en la escuela. “Hace mucha falta este lugar. Después de la pandemia los chicos estaban muy retraídos y no podían jugar. Muchas mamás los mandan porque necesitan repasar. Aprenden con el otro, van perdiendo la vergüenza y abriendo su mente”, dice convencida.
Todos los lunes, miércoles y viernes, los niños se reúnen para pasar el rato y no se quieren ir. Detrás suyo, varios chicos se ubican alrededor de una mesa y se embarcan con el Juego de la Oca. Las vecinas se turnan para alimentar la salamandra con maderas para combatir el frío.
“Fue medio triste perder este lugar”, dice Santino. Y se refiere al incendio que dejó al SUM hecho escombros y humo. Más de dos años tardaron los vecinos y La Poderosa en volver a construir este espacio vital, en donde desde el mes pasado se volvieron a dictar distintos talleres.
Juntar cobres y aluminio
Lorena pone la educación como prioridad para su familia y por eso se anotó para poder terminar la secundaria. “Lo hice para darle el ejemplo a mi hijo y por mí también”, afirma. En relación con Santino, le preocupa su calidad educativa y reconoce que todavía le cuesta mucho leer y escribir. “Él siempre quiere aprender más. Estoy viendo si lo puedo hacer entrar a la escuela privada así no tiene más paros. Pero está difícil porque hay mucha lista de espera. La escuela más barata está a $40.000 y hay otras que llegan a $100.000”, se queja.
Su mamá trabaja haciendo tareas de limpieza por las tardes y su papá es albañil. “Nos cuesta tener para comer porque todo sale más caro”, dice este niño ya habituado a los embates de la inflación. Para tener unos pesos para él, Santino junta cobre, aluminio, fierros y latas en el fondo de su casa para después vender. “Salgo a buscar afuera. Mi mamá y mi papá también me traen. Lo vendo y con eso hago plata. Con lo que saco a veces me compro un helado”, agrega. Lo que más le gustaría poder es comprarse es ropa, una bicicleta nueva porque la que tiene le queda chica y unos botines.
“¿Cómo te fue ayer en el trabajo? Mañana podés descansar un rato”, le pregunta Santino a su mamá. Él se preocupa por todo y por todos. “Es un chico muy respetuoso. A donde voy me felicitan por él, porque siempre dice ‘buen día’ y ‘hasta luego’. Es raro ver que haya chicos educados así. Es un buen chico. Se que va a tener un buen futuro algún día. Le encanta hacer de todo”, cuenta su mamá.
Cada vez que puede, Santino sale a andar en bici o se pone a jugar al fútbol o al tenis fútbol con unos chicos de su cuadra. “Salimos afuera de las casas y jugamos ahí porque en la canchita no nos dejan. Nos quieren cuidar y estamos medio lejos”, explica, mientras su hermano Mirko, de 4 años, juega con otros vecinos a los muñecos.
Entre incendios y el basural
Sus papás se instalaron hace 14 años en este barrio que está ubicado al lado del basural municipal cuando solo existían tres casas por manzana. Levantaron una casilla de chapa y ahí se acomodaron para poder sobrevivir. De a poquito, pudieron construir la casita de material en la que viven ahora. “Es lindo saber que les vamos a poder dejar una casa que es de ellos. Costó mucho pero valió la pena. Ahora estamos necesitando terminar con lo que es el piso y el baño para estar mejor”, dice Lorena emocionada.
Uno de los principales riesgos en el barrio son los incendios que se generan por las conexiones clandestinas de luz que terminan en cortocircuitos. Y, también, las formas precarias que tienen las familias de calefaccionarse.
“El gas no funciona y se queman muchas casas. Usan estufas o el horno a gas. Nosotros también en mi casa y me da miedo que se prenda fuego. El agua a veces se nos corta porque se escarcha la manguera. Cuando hace frío tenemos que comprar un montón de garrafas. El agua que sale de la canilla no se puede tomar, compramos el bidón”, dice Santino, que es fanático de Boca Juniors.
Los camiones de basura llegan hasta “El Vaciadero” para tirar todo tipo de desperdicios, incluidos los desechos atmosféricos. En algunas oportunidades hasta se han quemado neumáticos, generando una fuerte contaminación para las familias. “Al basural voy a veces a tirar la basura porque no pasa el camión por el barrio. Lo más peligroso acá son los perros, está lleno. Cuando llueve no se puede ni salir. Las calles se llenan de charcos y barro”, dice Santino mientras empieza a caer agua nieve.
Después de 15 años, la actual gestión municipal asumió el compromiso de urbanizar el barrio, hizo los estudios de suelo necesarios y se espera que se avance en el diseño del ejido urbano.
Con respecto a Santino, su mamá tiene un solo deseo: “Me gustaría que se reciba y que logre todas las metas que yo no pude conseguir. Porque él es un chico inteligente y yo sé que él puede”, concluye entre lágrimas
“Me gustaría poder ir todos los días a la escuela”, dice Claudia Adelaida Samudio Funes, una nena de 7 años que está en 2º grado y vive en el barrio Madres a La Lucha, en Río Gallegos. Lo dice en voz baja, casi susurrando. Quizás porque sabe que ese deseo, en la provincia en la que vive, es una utopía: hace más de 15 años que en Santa Cruz no se cumple con el ciclo lectivo completo. Durante la primera mitad de 2023, los estudiantes tuvieron apenas 27 días de clases contra 58 de paros.
El conflicto entre los docentes y el Estado provincial va sumando capítulos mientras los alumnos quedan a la deriva: fuera de las aulas y lejos del conocimiento. Si bien la segunda mitad del año las clases se regularizaron, la discusión sindical no está resuelta y el riesgo educativo es evidente. la nacion quiso entrevistar a Cecilia Velázquez, la presidenta del Consejo Provincial de Educación de Santa Cruz, y no obtuvo respuesta.
Hambre de Futuro recorrió la provincia para conocer las razones y las consecuencias de una puja educativa en la que los niños no son prioridad y son los que pierden.
Este abandono educativo sostenido moldeó las infancias de niños y adolescentes que ya perdieron la rutina de ir a la escuela, que tienen problemas para socializar, que carecen de pautas mínimas de aprendizaje, que no saben lo que es rendir un examen y que terminan la primaria sin saber leer ni escribir. Para muchos de ellos, la universidad es un paso imposible.
“Tenemos muchos derechos escritos sobre los chicos, pero no se cumplen. El nivel educativo es muy bajo y desparejo. Hace muchos años que estamos con esta situación y los conocimientos los chicos no los recuperan. Es como que se perdió el valor de la escuela”, se lamenta Patricia Augustín, fundadora de la ONG Codo a Codo, que funciona en Gobernador Gregores.
Según un informe elaborado por Unicef sobre la base de cifras oficiales, el 53% de las niñas y los niños de Santa Cruz residen en hogares con clima educativo bajo o muy bajo, cifra más alta que la media nacional (50%) y que en la región Patagónica: 45%. A su vez, señala que el 4,7% de los alumnos asisten con sobreedad a la escuela y que el rendimiento escolar promedio de los estudiantes del nivel primario está por debajo de la media nacional. Según las últimas Pruebas Aprender 2022, Santa Cruz está entre las cuatro provincias que obtuvieron los peores resultados en matemáticas.
En su casa o en la calle
Los niños que viven en los contextos más vulnerables son los más afectados por los paros docentes y los que menos aprenden. Eso solo aumenta la desigualdad social y reduce sus oportunidades de futuro.
“Yo no puedo mandar a mi hijo a una escuela privada y por eso necesito que los docentes se dediquen a darles clases a nuestros hijos”, se queja Lorena Gutiérrez, vecina del barrio Madres a La Lucha, de Río Gallegos. Trabaja haciendo tareas de limpieza, su marido es albañil y tiene dos hijos: Santino, de 11, y Mirko, Meza de 4. “Los chicos se están enfocando demasiado en la tecnología y tienen cero interés en la escuela. A Santi le cuesta leer y tiene que ser más prolijo en su letra”, dice preocupada. Por eso manda a sus hijos al apoyo escolar que se dicta en el SUM del barrio, gestionado por la organización La Poderosa.
“No me gusta estar todo el tiempo aburrido en mi casa”, dice Santino sobre los días en los que no va a la escuela. Prefiere aprender, ver a sus amigos y no estar en la calle o encerrado en su casa sin saber qué hacer.
Juan Obando Ulloa es el director de Cáritas en Santa Cruz. Para él, la situación educativa es la principal urgencia con la que se enfrentan en la provincia. “Tenemos adolescentes que no saben leer ni escribir, y van quedando fuera del sistema. Eso los aleja de la posibilidad de poder hacer cualquier tipo de trámite. Ya es difícil vivir en el sur, y si encima cargan con problemas educativos, son doblemente pobres”, afirma.
Los paros, en general, se extienden por varias semanas. Antes de las vacaciones de invierno, los alumnos estuvieron casi dos meses sin ir a clases. “Se siente mal, se siente el retroceso y la falta de conocimiento para prepararse para el futuro. Me da mucho miedo el salto a la universidad, estoy aterrado”, dice Franco Turinetto, alumno de 4º año del Colegio Provincial Nº 21 de Gobernador Gregores.
Como su idea es estudiar Ingeniería en Sistemas en la UTN en Córdoba, empezó a asistir al taller Preuniversitario de Codo a Codo. “Cuando me puse a averiguar qué temas iba a tener que ver en la universidad me di cuenta de que estaba muy atrasado. Hay una des organización muy grande en el sistema educativo, falta de contenido, muchos paros y también nos afectó la pandemia”, agrega Turinetto.
Carencias sociales
Son días perdidos de aprendizaje, de creatividad, de innovación. En los que los alumnos ni siquiera reciben tarea para no atrasarse con la currícula. En 2017, cuando su hija menor estuvo cinco meses sin ir a clases, Augustín llegó a pensar en el extremo de mudarse a otra provincia para poder asegurarle su derecho a estudiar. “Lo comparo con no tener para darle de comer”, dice esta mujer que en ese momento se juntó con otro grupo de padres, y armaron un apoyo escolar improvisado que se transformó en lo que hoy es la ONG Codo a Codo.
Alexis Barlet vive en el barrio Cerro Calafate, en la ciudad de Calafate y tuvo una trayectoria escolar interrumpida. Ya había repetido un año, se sumaban los paros y la secundaria a la que iba no lo convocaba mucho. Prefería estar en la calle o jugando a la pelota. “No me gustaba la estructura que tenía la escuela. Iba una semana entera y a la otra no. No era constante”, dice este joven de 19 años que hoy asiste a la Escuela Laboral El Joven Labrador.
Además de las académicas, los jóvenes arrastran otras carencias: no tienen tolerancia a la frustración, les faltan hábitos de estudio, no saben trabajar en equipo ni resolver conflictos. “Lo que les dio la escuela fue muy poco. Ni siquiera lo más básico de entender que para conseguir un buen resultado te tenés que esforzar”, explica Dilma Sosa, Coordinadora del nivel medio y superior en la ONG Codo a Codo.
Javier Fernández es secretario general de la Asociación de Docentes de Santa Cruz (Adosac), pero también es docente de la escuela primaria. Y reconoce una tensión entre su derecho a pelear por condiciones dignas de trabajo y el saber que no está cumpliendo todos los días con su profesión. “Ningún docente quiere que sus alumnos fracasen escolarmente. Pero nos parece que va de la mano de una impronta que el Estado tiene que garantizar. Todos somos responsables del sistema educativo que tenemos, incluidos nosotros. Pero si no hay un sinceramiento en la discusión o en el rol que tiene el Estado, no sirve de nada”, señala el dirigente.
En los ocho años de su gestión, la gobernadora Alicia Kirchner nunca pudo llegar a un acuerdo con Adosac, el único gremio que desde 2007 se mantuvo crítico al kirchnerismo. Lo primero que sorprende es la permanencia del enfrentamiento hace más de una década y la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes. “Para nosotros que entendemos mucho del kirchnerismo, sabemos que la lógica del conflicto es la que prevalece”, dice Fernández. Para él, la intransigencia de las autoridades provinciales solo puede tener un origen político.
El principal reclamo de los docentes es el salarial. En Santa Cruz, históricamente tuvieron sueldos superiores a los del resto del país, una política que fomentaba que los docentes del resto del país se instalaran en el sur y premiaba el desarraigo. Con el tiempo, esta brecha se fue achicando y fueron perdiendo poder adquisitivo. “Un docente recién iniciado está cobrando $180.000 y la canasta básica está por encima de los $350.000 en nuestra región. Nos estaría faltando un 60% para llegar a esa cifra”, se queja Fernández.
A mediados de junio, ante el fracaso de las paritarias, el Gobierno firmó un decreto a través del cual decidió otorgar a los docentes una actualización salarial equiparada a la inflación mensual denominada “cláusula gatillo” y un 3% desde julio para los escalafones inferiores, en tanto que mantiene el 4% otorgado a todos desde enero. En julio, el juez Marcelo Bersanelli dictó una medida cautelar que ordenó a Adosac a que suspendiera inmediatamente la huelga y se abstuviera de volver a convocar a otra medida de fuerza.
En Santa Cruz los alumnos no repiten. La “promoción acompañada” se viene implementando desde 2019 y se terminó de oficializar mediante la resolución 323 en 2022, con la idea de que la repitencia tiende a reproducir desigualdades y diferencias en los trayectos educativos. Sin embargo, son muchos los referentes que cuestionan su efectividad.
“Hoy los alumnos de secundario se pueden llevar todas las materias previas. Se supone que en 5º, a través de diferentes dispositivos, ven si pueden recuperar los contenidos. Eso es un descalabro porque dudamos de que esos dispositivos sean serios y eso se transforma en el fracaso que tienen los chicos en la universidad”, afirma Fernández.
En el sistema educativo se habla de que los alumnos “transitan” por los diferentes cursos, a la espera de que recuperen los conocimientos que no terminaron de adquirir en los años anteriores. Pero eso nunca sucede. “Se encuentran en el mismo curso un chico que está al día con otro que debe 40 materias, y eso hace que el profesor no pueda avanzar porque no todos tienen los conocimientos mínimos”, señala Augustín.
Los alumnos saben que pasan de año sin aprender. Y eso los desmotiva. Y genera desigualdades dentro de los cursos, obligando a los docentes a nivelar para bajo. Todos los referentes consultados coinciden en que el sistema educativo no fomenta la cultura del esfuerzo y que los alumnos pierden el interés por aprender. “Uno de los amigos de mi hijo me dice: ‘¿Para qué voy a estudiar si igual todos vamos a pasar?’. Y es cierto. Y eso los desmotiva. Ver que a los chicos les da igual es triste”, cuenta Julia Ríos, referente del barrio Madres a la Lucha, de Río Gallegos.
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Con solo 11 años vende cobre y aluminio para poder comprarse un helado
Santino Meza vive en el barrio Madres a la Lucha, en Río Gallegos; su mamá trabaja haciendo tareas de limpieza, su papá es albañil, y su sueño es que urbanicen el barrio
“Si pudiera pedir tres deseos serían que las escuelas no hagan más paros, que el barrio se urbanice y que bajen los precios de las cosas”, dice Santino Meza. Tiene solo 11 años y no sueña con juguetes. La realidad que vive en el barrio Madres a la Lucha, en Río Gallegos, es tan urgente, que eso lo obliga –a la fuerza– a ser consciente de todo lo que le están quitando de su infancia.
“Tuvimos muchos días sin clases y me aburría en mi casa. Lo que más me gusta aprender es matemática. Ahora estamos con las divisiones de dos cifras. No lo entiendo mucho”, dice este alumno de 5º grado que cuando sea grande quiere ser militar. Y agrega: “Mis papás no pudieron terminar la escuela, yo quiero terminar la primaria y la secundaria”.
Como su mamá –Lorena Gutiérrez– no quiere que Santino se atrase en la escuela, lo manda al apoyo escolar que se brinda en el SUM del barrio, gestionado por la organización La Poderosa. Allí repasa contenidos de lengua y matemáticas, además de recibir una merienda y jugar con otros vecinos. “La seño me está haciendo copiar un cuento del libro de mi escuela. Me cuesta un poco”, cuenta Santino, que está esperando ansioso a que se abra el taller de inglés para anotarse.
Claudia Samudio es esa “seño” que recibe todos los días a niños y adolescentes del barrio en un espacio en el que no solo socializan, sino que se ponen al día con lo que no aprenden en la escuela. “Hace mucha falta este lugar. Después de la pandemia los chicos estaban muy retraídos y no podían jugar. Muchas mamás los mandan porque necesitan repasar. Aprenden con el otro, van perdiendo la vergüenza y abriendo su mente”, dice convencida.
Todos los lunes, miércoles y viernes, los niños se reúnen para pasar el rato y no se quieren ir. Detrás suyo, varios chicos se ubican alrededor de una mesa y se embarcan con el Juego de la Oca. Las vecinas se turnan para alimentar la salamandra con maderas para combatir el frío.
“Fue medio triste perder este lugar”, dice Santino. Y se refiere al incendio que dejó al SUM hecho escombros y humo. Más de dos años tardaron los vecinos y La Poderosa en volver a construir este espacio vital, en donde desde el mes pasado se volvieron a dictar distintos talleres.
Juntar cobres y aluminio
Lorena pone la educación como prioridad para su familia y por eso se anotó para poder terminar la secundaria. “Lo hice para darle el ejemplo a mi hijo y por mí también”, afirma. En relación con Santino, le preocupa su calidad educativa y reconoce que todavía le cuesta mucho leer y escribir. “Él siempre quiere aprender más. Estoy viendo si lo puedo hacer entrar a la escuela privada así no tiene más paros. Pero está difícil porque hay mucha lista de espera. La escuela más barata está a $40.000 y hay otras que llegan a $100.000”, se queja.
Su mamá trabaja haciendo tareas de limpieza por las tardes y su papá es albañil. “Nos cuesta tener para comer porque todo sale más caro”, dice este niño ya habituado a los embates de la inflación. Para tener unos pesos para él, Santino junta cobre, aluminio, fierros y latas en el fondo de su casa para después vender. “Salgo a buscar afuera. Mi mamá y mi papá también me traen. Lo vendo y con eso hago plata. Con lo que saco a veces me compro un helado”, agrega. Lo que más le gustaría poder es comprarse es ropa, una bicicleta nueva porque la que tiene le queda chica y unos botines.
“¿Cómo te fue ayer en el trabajo? Mañana podés descansar un rato”, le pregunta Santino a su mamá. Él se preocupa por todo y por todos. “Es un chico muy respetuoso. A donde voy me felicitan por él, porque siempre dice ‘buen día’ y ‘hasta luego’. Es raro ver que haya chicos educados así. Es un buen chico. Se que va a tener un buen futuro algún día. Le encanta hacer de todo”, cuenta su mamá.
Cada vez que puede, Santino sale a andar en bici o se pone a jugar al fútbol o al tenis fútbol con unos chicos de su cuadra. “Salimos afuera de las casas y jugamos ahí porque en la canchita no nos dejan. Nos quieren cuidar y estamos medio lejos”, explica, mientras su hermano Mirko, de 4 años, juega con otros vecinos a los muñecos.
Entre incendios y el basural
Sus papás se instalaron hace 14 años en este barrio que está ubicado al lado del basural municipal cuando solo existían tres casas por manzana. Levantaron una casilla de chapa y ahí se acomodaron para poder sobrevivir. De a poquito, pudieron construir la casita de material en la que viven ahora. “Es lindo saber que les vamos a poder dejar una casa que es de ellos. Costó mucho pero valió la pena. Ahora estamos necesitando terminar con lo que es el piso y el baño para estar mejor”, dice Lorena emocionada.
Uno de los principales riesgos en el barrio son los incendios que se generan por las conexiones clandestinas de luz que terminan en cortocircuitos. Y, también, las formas precarias que tienen las familias de calefaccionarse.
“El gas no funciona y se queman muchas casas. Usan estufas o el horno a gas. Nosotros también en mi casa y me da miedo que se prenda fuego. El agua a veces se nos corta porque se escarcha la manguera. Cuando hace frío tenemos que comprar un montón de garrafas. El agua que sale de la canilla no se puede tomar, compramos el bidón”, dice Santino, que es fanático de Boca Juniors.
Los camiones de basura llegan hasta “El Vaciadero” para tirar todo tipo de desperdicios, incluidos los desechos atmosféricos. En algunas oportunidades hasta se han quemado neumáticos, generando una fuerte contaminación para las familias. “Al basural voy a veces a tirar la basura porque no pasa el camión por el barrio. Lo más peligroso acá son los perros, está lleno. Cuando llueve no se puede ni salir. Las calles se llenan de charcos y barro”, dice Santino mientras empieza a caer agua nieve.
Después de 15 años, la actual gestión municipal asumió el compromiso de urbanizar el barrio, hizo los estudios de suelo necesarios y se espera que se avance en el diseño del ejido urbano.
Con respecto a Santino, su mamá tiene un solo deseo: “Me gustaría que se reciba y que logre todas las metas que yo no pude conseguir. Porque él es un chico inteligente y yo sé que él puede”, concluye entre lágrimas
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