martes, 2 de abril de 2024

LA LEYENDA DE YUL BRYNNER




Ocultó su origen, se llevó sus secretos a la tumba y Marlene Dietrich y Judy Garland fueron sus amantes
Yul Brynner, el actor que rompió con los prejuicios y se transformó en una estrella
El actor Yul Brynner forjó su propia leyenda en la industria cinematográfica en base a fantasías y a la inspiración de su personaje más famoso
Natalia Trzenko

Mongol, gitano o japonés. Durante toda su carrera como estrella de Broadway y Hollywood el actor Yul Brynner situaba su lugar de origen y sus raíces étnicas según quién le preguntara o su ánimo del momento. Aunque ahora sea impensable la posibilidad de que cualquier persona, y mucho menos alguien tan popular como el intérprete del musical y el film El rey y yo y Los siete magníficos, pueda ocultar datos básicos sobre su biografía, lo cierto es que él lo hizo durante décadas. De hecho, su verdadera historia solo fue revelada tras su muerte, en 1985.
De aspecto exótico, políglota y totalmente compenetrado con los aires de nobleza de su personaje del rey de Siam en el musical, cuando le preguntaban por su pasado, su infancia y su familia, a veces Brynner decía ser descendiente de un príncipe mongol, otras prefería resaltar su interés por el arte y la vida nómade que supuestamente había heredado de sus ancestros gitanos y cada tanto mencionaba a algún antepasado japonés. También distraía la atención con el cuento de su colaboración con el ejercito republicano durante la guerra civil española, otra de las tantas mentiras con las que construyó su propio mito. “Solo los mortales necesitan una fecha de nacimiento”, decía cuando se le señalaban las respuestas incongruentes que solía dar sobre su pasado.
Brynner en El rey y yo, el film por el que consiguió el Oscar a mejor actor
Lo cierto es que sus intentos de crear una leyenda alrededor de su verdadero origen ocultaban una realidad que era tan interesante como las falsedades que tejía a su alrededor. El galán de cabeza rasurada, un adelantado a su tiempo que despejó el camino para otros actores de pelo menguante y cuero cabelludo expuesto, como Dwayne “The Rock” Johnson y Jason Statham, nació en Rusia, más precisamente en la ciudad portuaria de Vladivostok, en 1920, con el nombre de Yul Borisovich Brinner. Su padre era descendiente de un empresario suizo que se había instalado en el remoto puerto hacia finales del siglo 19 y donde creó una compañía naviera que lo transformó en un magnate.
Casado con una joven rusa con ancestros mongoles en su árbol genealógico, el abuelo de Brynner era un industrial poderoso cuya fortuna empezó a menguar al tiempo del estallido de la revolución rusa. Poco después del nacimiento de Yul, su padre, Boris, se hizo cargo del amenazado negocio familiar, y ante el peligro del avance bolchevique sobre Vladivostok, decidió enviar a su esposa y a sus dos pequeños hijos a China mientras él intentaba salvaguardar alguno de sus negocios. En el ínterin, sin embargo, se enamoró de otra mujer y abandonó a sus hijos justo cuando la guerra entre Japón y China tomaba fuerza. Y así, el pequeño Yul, su madre y su hermana Vera recalaron en París, lugar del exilio de muchos de sus compatriotas rusos. Ya instalado en la capital francesa ingresó en el elegante Lycée Moncelle, pero no duró mucho allí: prefería pasar su tiempo escuchando a los músicos gitanos que amenizaban las tabernas parisinas. De ellos aprendió a tocar la balalaika y gracias a su destreza física se unió al prestigioso Circo de invierno como trapecista. Tras sufrir una terrible caída por la que los médicos le auguraron que no volvería a caminar, Brynner cambió las pruebas de altura por la interpretación al ras del piso como payaso. Todo eso mientras estudiaba filosofía y se empapaba de la vida cultural parisina compartiendo copas, cigarrillos- fumaba compulsivamente desde los 12 años- y el ocasional consumo de opio, con artistas como Pablo Picasso y Jean Cocteau y pasando tiempo con una tal Coco Chanel.
Junto a Deborah Kerr en una escena de la adaptación cinematográfica de El rey y yo
En ese contexto el joven actor se sumó a una compañía teatral justo al tiempo que París era ocupada por los nazis. Fue el momento de buscar nuevos horizontes: Yul emigró, junto a su madre y su hermana, a Nueva York en busca de cumplir el sueño de la actuación. Llegado a los Estados Unidos empezó a estudiar teatro con el maestro ruso Michael Chekhov (sobrino de Anton), y a ganarse la vida como camionero y, ocasionalmente, posando desnudo. En esos años, aunque su prioridad era llegar a Broadway también se dejaba tiempo para el romance: en una de las fiestas a las que solía asistir con su guitarra y sus aires exóticos conoció a la actriz Virginia Gilmore, que empezaba a ser muy conocida gracias a películas como Sus dos pasiones, que coprotagonizaba con Gary Cooper. Al poco tiempo se casaron y la caústica periodista Louella Parsons escribió sobre el enlace en términos no especialmente positivos: “Virginia Gilmore y algún gitano que se encontró en Nueva York se casarán el 6 de septiembre”.
Más allá del ninguneo de la prensa, Brynner consiguió un papel en el musical de Broadway Lute Song, en el que interpretaba a un joven estudiante chino. Esa actuación llamó la atención de los productores teatrales y de algunas de las estrellas más fulgurantes de Hollywood: fue amante de Marlene Dietrich cuando él tenía 21 años y ella 41 y, según cuenta la leyenda, Judy Garland solía visitarlo en su camarín a escondidas de la esposa de él y de su marido, Vincent Minnelli. Tal era el interés de Garland por él que se propuso amadrinar la adaptación cinematográfica de aquella obra. Sin embargo, los rasgos tan exóticos como seductores de Brynner no convencían a la industria del cine que en aquella época se regía por un estricto código de autocensura que impedía explícitamente reflejar relaciones interraciales en la pantalla. “Le dijeron que era demasiado oriental”, recordaba Rock Brynner, uno de los cinco hijos del actor, en el libro de memorias que le dedicó.
Frustrado por la falta de oportunidades, el actor siempre a la vanguardia, se empezó a interesar por la televisión, un nuevo medio que sus colegas del teatro miraban con desconfianza. Pronto, el actor devino en exitoso realizador televisivo secundado por otro actor sin trabajo llamado Sidney Lumet. Detrás de las cámaras, el futuro director de películas como Sérpico, Tarde de perros y Poder que mata, entre otras, había encontrado su lugar en el mundo mientras que su mentor seguía buscándolo en el teatro.
Por una cabeza
Los diez mandamientos
“¡Afeitate la cabeza!”. Esa fue la instrucción que le dio la diseñadora Irene Sharaff a Brynner al comienzo de los ensayos del musical de Broadway El rey y yo. El actor, que conservaba su tupido pelo castaño, voluminoso aunque con entradas, se negó. Sin embargo, la premiada artista insistió con su pedido y hasta convenció a los compositores del musical basado en la historia real de la llegada de una institutriz canadiense a la corte del rey Mongkut de Siam que, en su visión, el monarca no tenía pelo. Acorralado, Brynner, que había sido elegido para el papel solo cuando el actor favorito de los productores, Rex Harrison, había declinado el trabajo por cuestiones de agenda, aceptó la directiva a regañadientes sin imaginar que el simple gesto cambiaría su carrera y su vida para siempre.
Desde los primeros ensayos estaba claro que el actor iba a convertirse en una sensación, al punto que los creadores de la obra reescribieron su papel para darle más números musicales. Tal era el éxito de la puesta en general y de Brynner en particular que tras cada función los fanáticos se agolpaban en la puerta del teatro para verlo pasar. Y él, rápido de reflejos, enseguida entendió que tenía que alentar el misterio sobre su persona y la fantasía de los espectadores. Por eso le exigió a los productores que cada noche fuese a buscarlo la limusina más moderna que hubiese en el mercado. Según él, el rey de Siam no podía irse del teatro en un taxi.
Yul Brynner e Ingrid Bergman en Anastasia, la princesa vagabunda
La magia funcionó y hacia mitad de la década del 50 Brynner ya había ganado un premio Tony por su trabajo en el musical y ya se dirigía hacia su próximo destino: Los Ángeles. Es que a pesar del rechazo inicial de Hollywood debido a su aspecto, la industria del cine estaba empezando una nueva etapa en la que buscaba competir con la TV gracias a películas cada vez más monumentales ambientadas en el mundo antiguo, épicas historias sobre los dioses mitológicos y relatos bíblicos. Así, cuando el legendario director Cecile B. DeMille lo vio en la obra de Broadway supo de inmediato que había encontrado a su Ramsés para el film Los diez mandamientos, que se estrenaría en 1956 con Charlton Heston como Moisés. Unos meses antes, la versión cinematográfica de El rey y yo ya había llegado a la pantalla grande con un éxito enorme y, para completar su año prodigio, el actor también participó de la película Anastasia, la princesa vagabunda.
Tal era su influencia en Hollywood en ese punto que logró que el estudio aceptara a Ingrid Bergman como protagonista a pesar de que la actriz había sido puesta en una lista negra desde que se descubrió su relación adúltera con Roberto Rosellini. La insistencia de Brynner tuvo sus frutos: en los premios Oscar de 1957 Bergman ganó la estatuilla a mejor actriz principal por su papel en el film mientras que su coprotagonista se llevó el galardón a mejor actor principal por su interpretación en El rey y yo.
En poco tiempo su versatilidad y la ambigüedad que él alimentaba sobre sus raíces lo transformaron en el embajador de diversos países en Hollywood, un mote que le consiguió papeles tan diversos como el de Dimitri Karamazov en la adaptación cinematográfica de la novela Los hermanos Karamazov, una de las pocas veces que encarnó a un personaje que coincidía con su verdadera nacionalidad; el del corsario de origen francés Jean Lafitte en el film El bucanero y el del rey Salomón en Salomón y la reina de Saba.
Los siete magníficos
Fue por esos años que su interés por la cultura asiática lo llevó a descubrir el film Los siete samuráis, de Akira Kurosawa. Brynner compró los derechos de adaptación de la película y se reservó para sí el papel principal en la versión norteamericana, además de la elección del resto del elenco que integraron, entre otros, Charles Bronson, su gran amigo Eli Wallach y un joven Steve McQueen, con el que tuvo tan mala relación durante el rodaje que hasta llegaron a intercambiar puñetazos.
Preocupado porque el evidente carisma de McQueen y su estampa física le quitaran protagonismo, Brynner hizo que le construyeran montículos donde pararse que fueran invisibles a las cámaras para parecer más alto de lo que era en pantalla. Una estrategia que el joven actor rival se dedicaba a desarmar cada vez que podía.
Yul Brynner, en la versión cinematográfica de Taras Bulba (1962), dirigida por J. Lee Thompson
Más allá de los conflictos durante el rodaje, la película resultó un gran éxito y se transformó en una pieza fundamental del canon del western norteamericano. Sin embargo, en la década del sesenta su estilo de actuación empezaba a pasar de moda y si bien los films en los que trabajaba seguían sacando provecho de su camaleónica versatilidad (fue revolucionario árabe en Los fugitivos de Zahrain, un cosaco en Taras Bulba y un nativo americano en Los reyes del sol), no alcanzaban las alturas de sus primeras incursiones en el cine. Y a pesar de que Brynner siguió trabajando en Hollywood durante la década del setenta-en 1973 protagonizó Vacaciones mortales, más conocida como Westworld, un hito de la ciencia ficción de aquella época-, en un momento decidió regresar a los escenarios. En 1977 volvió a interpretar al rey Mongkut en una nueva puesta en Broadway, un retorno triunfal al personaje que encarnó en más de 4000 funciones a lo largo de los años y que lo ayudó a construir su fantástica leyenda.

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