martes, 20 de diciembre de 2022

DIOS LO PROTEJA Y A UCRANIA


VOLODIMIR
ZELENSKY EL PRESIDENTE DE UCRANIA QUE, COMO WINSTON CHURCHILL, CONFÍO EN EL CORAJE DE SU PUEBLO
POR JUAN JOSÉ SEBRELI
En el atardecer del 5 de noviembre de 1937, los comandantes en jefe del ejército, la fuerza aérea y la armada se presentaron en la cancillería del Reich. Creían que Hitler les hablaría sobre cuánto acero le correspondería a cada arma. No fue así. Les habló durante tres horas de “espacio vital”. La idea que rondaba era la de evitar que Alemania tuviera una dependencia económica de los mercados internacionales, lo cual derivaba necesariamente en algún tipo de expansión y, por ende, no podía descartarse el estallido de una guerra. Planteó incluso la posibilidad de atacar Austria y Checoslovaquia de manera más o menos inmediata. En los siguientes tres meses todos los timoratos y escépticos fueron destituidos. En ese mismo momento, lord Halifax se preparaba en Londres para visitar Alemania. Lideraba la Cámara de los Lores e iba con la premisa del nuevo primer ministro, Neville Chamberlain, según la cual veía posible un acuerdo pacífico sobre Europa central. La reunión se celebró el 19 de noviembre y la propia comitiva británica sostuvo que estaban dispuestos a hablar sobre Austria, Checoslovaquia y Dánzig siempre que no hubiera hostilidades. Hitler le dijo que no tenía pensado entrar en ninguna guerra y los ingleses le creyeron. Como se ve, en Inglaterra prevalecían las “palomas”. En marzo de 1938, las tropas alemanas cruzaron la frontera austríaca y ante una multitud reunida en la Heldenplatz de Viena, Hitler proclamó la anexión. Los ingleses se limitaron a protestar. Ni siquiera la persecución de los judíos austríacos hizo cambiar de opinión a Chamberlain: seguía creyendo en la posibilidad de dialogar con los nazis. Checoslovaquia estaba segura de que sería el siguiente objetivo. Hitler comenzó a alentar revueltas dentro de Checoslovaquia por parte de las minorías teutonas de los Sudetes, que plantearon exigencias inaceptables para Praga. Europa parecía creer que Hitler era un nacionalista que buscaba defender a una minoría étnica de alemanes perseguidos. La catástrofe llegó el 30 de septiembre de 1938 con los acuerdos de Múnich: los checos no estuvieron representados en una reunión en que las grandes potencias decidieron la disolución del país. Chamberlain volvió a Inglaterra alardeando que había conseguido la paz. Roosevelt desde los Estados Unidos telegrafió con una insólita felicitación.ZELENSKY, EL COMEDIANTE DEVENIDO PRESIDENTE, ANTE LA INVASIÓN RUSA DEL 24 DE FEBRERO PASADO PODRÍA HABER HUIDO DEL PAÍS Y TAL VEZ ESA ERA LA ACTITUD MÁS LÓGICA. SIN EMBARGO, SE QUEDÓ EN KIEV
Mientras tanto, en Inglaterra, Winston Churchill, el “halcón”, alzaba su voz: creía que había que amedrentar a Hitler, no negociar con él. Incluso se mostraba a favor de aliarse con la Unión Soviética, si era necesario. El que cede territorios para conseguir la paz se queda sin los territorios y sin la paz. Meses después de los acuerdos de Múnich, Hitler invadió el resto de Checoslovaquia. En el mismo momento en que las tropas alemanas entraron en Praga, se desvaneció la ilusión de que Hitler simplemente quería proteger a la etnia alemana que vivía en el extranjero. Chamberlain advirtió su error y ofreció protección a Polonia, país que se negaba a devolverle Dánzig a los alemanes. Era tarde: si no había luchado en Checoslovaquia, no era creíble que lo hiciera en Polonia. El 1º de septiembre de 1939, hito histórico del siglo XX, las tropas alemanas (con la complicidad de Stalin) cruzaron la frontera polaca. Chamberlain lanzó un ultimátum, que fue desoído, y el 3 de septiembre se declaró la guerra. Para Hitler lo importante era devolver a Alemania el orgullo perdido en la Primera Guerra y en el Tratado de Versalles. Polonia fue arrasada a toda velocidad. En la primavera de 1940, Hitler invadió los estados neutrales de Dinamarca, Noruega, Holanda, Luxemburgo y Bélgica. Por increíble que parezca, en cinco semanas Francia capituló y quedó ocupada. Un millón y medio de soldados franceses quedaron como prisioneros de guerra. Luego cayeron Yugoslavia y Grecia. Cuando Alemania parecía incontenible, ocurrieron tres hechos que operaron una dramática torsión de los acontecimientos. El 10 de mayo de 1940 asumió como primer ministro británico Winston Churchill y, a pesar de que parte del ejército estaba atrapado en las playas de Dunkerque, rechazó de plano cualquier posibilidad de negociar. Inglaterra, sobre cuyo territorio llovían las bombas alemanas, ahora estaba decidida a luchar y esa voluntad fue crucial. Segundo hecho: en 1941, Hitler invadió Rusia, obligándola a cambiar de estrategia: entró en la guerra contra la Alemania a la que había apoyado en la invasión a Polonia. Tercer hecho: después del ataque de los japoneses en Pearl Harbor, los Estados Unidos también entraron en la guerra.
Con valor y carisma, el presidente ucraniano se convirtió en el símbolo de la resistencia de su país ante el invasor, pero también en la primera línea de defensa de la democracia liberal
Putin no es Hitler y Zelensky no es Churchill. Sin embargo, basta leer una frase del articulista del New York Times Thomas Friedman para entender que el avance sobre Ucrania tiene similitudes inquietantes: “Pensaba que Putin había invadido Ucrania, pero no: Putin invadió Europa”. La justificación para el ataque es la misma: que había población alemana en un caso y rusa en el otro dentro del país invadido a la que había que proteger: la guerra es purificadora. En ambos casos se jugaba con el miedo de las democracias a perder la paz. En ambos casos se produjeron tremendas crisis de refugiados. En ambos casos hubo violencia interna: la Noche de los Cristales Rotos, con su secuela de judíos muertos y sinagogas incendiadas, en Alemania; el envenenamiento y posterior encarcelamiento del opositor Alekséi Navalni, en Rusia. Europa es consciente de que los ucranianos están peleando por la supervivencia de la democracia liberal. Por eso reciben a sus mujeres, niños y ancianos. Incluso Polonia, cuyo gobierno tenía simpatías hacia Putin, fue porosa a más de dos millones de refugiados y aceptó ser un puente para la lábil transferencia de armas de la OTAN a Ucrania. Igual que con Hitler en 1939, Putin dejó de ser confiable para Occidente. Zelensky, el comediante devenido presidente, nacido el 25 de febrero de 1978 en lo que aún era la URSS, ante la invasión del 24 de febrero pasado podría haber huido y tal vez esa era la actitud más lógica. Sin duda, la superioridad inicial de las tropas rusas permitía inferir que Ucrania sería arrasada en pocas semanas y el presidente sería asesinado o apresado. Sin embargo, se quedó en Kiev. Como Churchill, confió en el coraje de su pueblo. Pero sobre todo confió en que el ataque galvanizaría a Europa y despertaría la solidaridad de los Estados Unidos. El mundo tuvo la súbita revelación de que lo que estaba en juego no eran unas pequeñas aldeas, sino un estilo de vida: la aceptación de la diversidad y la autonomía del individuo. No es fácil decir quiénes fueron los Chamberlain de esta historia, pero Alemania en los últimos tiempos había generado una total dependencia del gas ruso; Barack Obama y Europa aceptaron con protestas muy tibias que Rusia se devorara la península de Crimea en 2014; y Donald Trump fue un dócil acólito de Putin durante su presidencia. Independiente desde 1991, Ucrania vivió un doble tironeo: la tensión entre ser un país europeo, moderno y capitalista o mantener los atávicos lazos que la unían a Moscú. Viktor Yanukovich fue un presidente vicario de Putin, que en 2012 implementó el ruso como lengua oficial y obligó a estudiarlo en las escuelas. A fines de 2013 y principios de 2014 hubo masivas protestas en Kiev, que se conocieron como “Euromaidán” e hicieron caer al presidente rusófilo. Fue una revolución de extraordinaria importancia para el espíritu ucraniano. Putin respondió anexando la península de Crimea y auspiciando a grupos separatistas en el este de Ucrania, tomando parte de la región del Donbas y autoproclamando dos repúblicas independientes. La agresión del 24 febrero era ya previsible cuando Cristina Kirchner aconsejó comprar vacunas rusas y cuando Alberto Fernández le ofreció a Putin la Argentina como puerta de entrada a Sudamérica. Peor aun: el 25 de febrero, en la sesión de la OEA, la Argentina se abstuvo de condenar la invasión. Por errores como estos, el 2 de agosto de 1944 Winston Churchill sostuvo ante la Cámara de los Comunes: “En lugar de alinearse con los partidarios de la libertad, la Argentina ha optado por coquetear con el mal. No solo eso: con los perdedores. Y esta es una guerra en la que cada cual será juzgado por su conducta”. Hoy, después de más de nueve meses de esta nueva guerra, Putin ha retrocedido en el campo de batalla. Recientemente, Zelensky ha recuperado la ciudad de Kherson y, eufórico, prometió liberar todos los poblados del Donbas y la península de Crimea. Otra vez la Argentina nuestra doble falla estratégica: estar del lado del mal y, muy probablemente, de los perdedores.
PENSABA QUE PUTIN HABÍA INVADIDO UCRANIA, PERO NO: PUTIN INVADIÓ EUROPA
Tomas Friedman, en The New York TimesComo Churchill, Zelensky se convirtió en el símbolo del mundo libre
Llama la atención que, a pesar de la debacle en la guerra y de la crisis económica producida por las grandes sanciones que le fueron impuestas, dentro de Rusia el liderazgo de Putin permanece incólume. Una forma de ver esta deriva es que Putin había devuelto a los rusos el orgullo perdido. Pero tal vez haya una dimensión más: la Rusia de Putin no es simplemente un régimen corrupto, es un sistema político en el cual el origen vidrioso del dinero es modélico. En Rusia en algún momento hubo un contrato más o menos explícito: algunos jerarcas se quedaban con las grandes fortunas a cambio de cederle todo el poder político a Putin. La guerra alteró esta ecuación, porque las mansiones y los barcos que los millonarios tenían en distintos paraísos fueron confiscados, lo que llevaría a preguntarnos por qué esos magnates no se rebelan y desafían el statu quo. No pueden. Ya se vio la suerte que corrió la productora de televisión Marina Ovsyannikova cuando levantó un simple cartelito en el noticiero con la leyenda “Paren la guerra”: fue detenida y multada. Fallaron en el análisis quienes pronosticaron que una derrota, reveladora del fin de la utopía imperial, sería indigerible para Rusia. Putin es visto, a pesar de la debilidad militar en Ucrania, como una garantía de orden: cunde la sensación de que sin su presencia los arsenales nucleares se dispersarían en manos de personajes imprevisibles. Los paraliza el miedo al caos. La tradición democrática rusa apenas puede anclarse en los seis meses de Kerensky, pero con un Gorbachov había esperanzas de una globalización que la incluyera; mientras Putin mantenga el poder, ese sueño quedará en suspenso.

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