Martín D’alessandro «En lugar de reflexionar, la política argentina prefiere correr detrás del tuit»
En la escena local sobra confrontación y faltan propuestas integrales de país de corto y mediano plazo, dice el reconocido politólogo
— por Laura Serra
Fiel a su estilo pausado y reflexivo, el politólogo Martín D’alessandro rastrea las causas y los factores que durante las últimas décadas han sumido a la Argentina en un laberinto de crisis recurrentes del que no encuentra salida. Concluye con un veredicto lapidario hacia la dirigencia política vernácula, a la que observa desorientada y sin capacidad ni voluntad de entender la dimensión de nuestros problemas, obsesionada como está en el rédito a corto plazo.
D’alessandro, vicepresidente de la International political Science Association (IPSA), será anfitrión del 27° Congreso Mundial de Ciencia política a celebrarse en Buenos Aires en julio próximo, un acontecimiento que reunirá a los politólogos más renombrados del planeta.
Habrá tres temas sobre los que se focalizarán los debates durante ese encuentro de expertos: uno de ellos es la polarización política, un fenómeno mundial que impacta negativamente en las democracias. La cuestión de las coaliciones en cuanto estructuras políticas y el problema de la desigualdad social serán también tópicos de discusión.
“Es un evento académico de gran relevancia, pero también una enorme oportunidad para involucrar a la dirigencia local, un poco confundida como está, para tratar de pensar junto a los estudiosos más importantes del mundo sobre los problemas que la política argentina tiene que afrontar”, sostiene D’alessandro, profesor titular de Ciencia política en la Universidad de Buenos Aires, en diálogo
Hace diez días se conoció el fallo de la causa Vialidad, que condenó a Cristina Kirchner a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ocupar cargos públicos por el delito de administración fraudulenta. La vicepresidenta se suma así a la lista de exmandatarios latinoamericanos condenados por la Justicia: Lula en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Ollanta Humala y Alberto Fujimori en Perú. Más allá de las diferencias que cada caso presenta, ¿hay acaso una “tendencia” regional de llevar a la Justicia a líderes políticos? “Lo que hay es un problema regional, también global, que se enmarca dentro de lo que es la judicialización de la política y la otra cara de la moneda, que es la politización de la Justicia”, precisa D’alessandro.
–¿A qué se debe este fenómeno?
–Esto, creo yo, tiene como origen que la democracia no funciona como debería porque no hay controles previos. Cuando no hay controles, cuando no hay frenos y contrapesos, cuando el Estado y el sistema legal no son lo suficientemente fuertes para imponer la ley, entonces lo que se observa son situaciones en las que la política desborda los canales institucionales y se producen situaciones de concentración y abuso de poder. Al no haber accountability, diríamos los politólogos, como no hay mecanismos de control y rendición de cuentas previos, una parte de la política, sobre todo la opositora, se traslada a los tribunales con denuncias y causas para intentar poner un freno a lo que consideran un abuso de poder por parte de los gobernantes. Si la democracia pudiera prevenir con sus frenos y contrapesos no tendríamos todo el tiempo cientos de causas contra gobernantes y contra opositores, contra cualquiera que es considerado un adversario político.
–Estamos frente a un problema de déficit democrático, entonces.
–Exacto. Cuando la política entra a caminar en el ámbito judicial pretende controlar a los jueces y, por lo tanto, politiza la Justicia. Eso es un problema. Un problema sistémico, porque es neutral en términos ideológicos: hay presidentes y funcionarios tanto de derecha como de izquierda que han sido condenados. Entonces, podemos analizar el problema desde el punto de vista de déficit democrático, que es una mirada muy distinta de la interpretación que hace Cristina al denunciar que se persigue judicialmente solo a los que son progresistas o de izquierda. Esa es otra confusión conceptual. Está claro que Cristina Kirchner no interpreta su situación desde el punto de vista jurídico sino desde el punto de vista político. Ella asevera que la persiguen porque hizo tales o cuales cosas durante su gobierno, no porque direccionó la obra pública a favor de [el empresario kirchnerista] Lázaro Báez. Esto ni siquiera lo niega, le resulta irrelevante, al igual que para el kirchnerismo. En su interpretación, lo importante es que se condena una posición política, no un eventual delito cometido.
–Efectivamente, ella asevera que es víctima de una persecución por parte de un “Estado paralelo” y de la “mafia judicial”.
–Tal cual, Cristina hace un posicionamiento político, entonces interpreta y juega en otro tablero. Esto puede responder a dos cosas: a una estrategia de defensa, lo que es lógico y está en todo su derecho, pero también puede ser producto de una conceptualización del ejercicio de la función pública dentro del marco democrático que es totalmente diferente de una interpretación más apegada a la legalidad. La grieta no es solo un problema de Cristina o no Cristina, sino también de conceptualización de qué es lo que ocurre en la vida pública de la Argentina.
–¿Por qué es tan profunda la grieta en nuestro país?
–La grieta es una manifestación de la eterna rivalidad entre nacionalistas y liberales, dos cosmovisiones históricas de la Argentina. Por un lado, hay una forma de entender el mundo más vinculada a la idea de lo nacional, de proteger una identidad concreta de lo extranjero, de la globalización o del comercio internacional. Y hay otra visión que está más cerca de una idea abstracta, no de una identidad concreta y nacional, sino de un sistema de ideas abstracto: la Constitución, la democracia y la competencia política por el poder, en el que todos son iguales; no hay portadores de una identidad “verdadera”. La apertura y el comercio global son vistos, según esta visión, no tanto como un peligro, sino como una oportunidad, entonces se la aborda de una manera diferente. Estas dos visiones existieron siempre en la Argentina, tanto en gobiernos civiles y militares, en la intelectualidad, en los sindicatos, en el empresariado.
–Se trata de dos cosmovisiones en permanente tensión.
–Una tensión que nunca terminó de resolverse. La grieta es como una erupción de todo ese problema político histórico de la Argentina. Hay países que pudieron conjugar esa tensión. [Jürgen] Habermas tiene un concepto muy interesante, que es el patriotismo constitucional. Pensando en Alemania, Habermas acuñó este concepto como la posibilidad de conjugar esas dos cosmovisiones: por un lado, el patriotismo, lo particular, lo local, la identidad, lo nacional, y por otro lado la Constitución, las leyes, esa cosmovisión abstracta, la Justicia. El desafío de la Argentina es encontrar la forma de alcanzar ese patriotismo constitucional, lograr que las ideas abstractas de la Constitución, la ley y la competencia puedan convivir e integrarse con los valores nacionales y populares.
–El problema que se observa es que los actores políticos no demuestran demasiada voluntad en cerrar la grieta.
–No tienen la voluntad ni entienden del todo el problema. [Raúl] Alfonsín decía que hacer política es hacer docencia. En este mundo de la inmediatez y de la revolución tecnológica que vivimos, el problema es que los ciudadanos no quieren aprender y los supuestos docentes no saben enseñar. Por lo tanto, la intermediación de la autoridad política es vista por la sociedad moderna, especialmente por los jóvenes, como totalmente innecesaria. Es más, la ven como perjudicial.
–¿Este estado de situación es lo que explica el surgimiento de actores políticos disruptivos y “antisistema”?
–Sí, pero con una aclaración. Esos personajes son disruptivos pero no tanto, en el sentido de que han sido alimentados por la propia política. En la Argentina, la clase política ha usado muy mal el Estado, ¿por qué no va a haber mucha gente que piensa que el Estado no sirve más? Eso alimenta las visiones conservadoras que sostienen que no hay que transferir más recursos a los sectores desprotegidos o que alimentan posiciones “antipolítica” que pregonan que no debería existir el Estado. ¿Por qué se llega a este nivel de discusión? Porque los progresistas han hecho un desastre con lo que debieron manejar con el mayor de los cuidados, que son los recursos públicos. Entonces creo que la clase política no está entendiendo el origen del fenómeno de [Javier] Milei, y cómo ella misma también ha creado esa criatura. Me parece que a la política argentina le faltan muchas instancias de reflexión conceptual sobre los problemas de nuestro país. Prefiere correr detrás del tuit que va a publicar dentro de diez minutos. Está enfrascada en una miopía escandalosa y peligrosa.
–¿Cómo debería plantarse la principal fuerza de oposición, Juntos por el Cambio, en este escenario de tanta crispación? Allí hay una tensión entre el ala dura, más cercana a ciertas ideas de Milei, y el ala moderada de la coalición, que se inclina hacia el centro ideológico, más abierta a la integración de otras fuerzas.
–Yo creo que Juntos por el Cambio debería salir de ese estado de confrontación: hay muchísima gente en este país que está pidiendo a gritos que alguien le hable en serio y me parece que la dirigencia opositora no está hablando en serio, está jugando a la competencia política. Juntos por el Cambio debería exhibir una visión integral de país con propuestas sobre qué hacer en el corto y mediano plazo para salir de esta crisis. El rol sistémico estratégico de una dirigencia política en una sociedad no es competir por el poder y después ver qué hacer cuando llegamos. Juntos por el Cambio debería encarnar una propuesta integral y completa que incluyera una serie de medidas que expliciten qué quiere hacer con el país en el corto y mediano plazo. No basta con presentar un plan de económico de estabilización, sino explicar hacia qué tipo de sociedad se pretende alcanzar, qué tipo de desarrollo económico queremos impulsar, con qué burguesía. Eso no está claro en Juntos por el Cambio: nunca supimos adonde quería ir [Mauricio] Macri, como tampoco Alberto Fernández. Es necesario que sepamos hacia dónde vamos. No se puede hablar de diálogo si la única idea es diferenciarse del otro y, peor aún, moralizando la política.
–¿Cómo es eso de “moralizar la política”?
–Es concebir que el que está enfrente es moralmente inferior o moralmente indigno. Entonces va a ser muy difícil poder lograr algún tipo de diálogo con alguien a quien considero moralmente indigno. Además, el contexto actual no favorece a un acuerdo. El peronismo está en el peor momento de su vida como movimiento político y social: todo aquello que los politólogos señalaban como los elementos que hacían del peronismo un caso de potencia política poco común en América Latina y en el mundo están en crisis en este momento. El peronismo no tiene la fortaleza electoral que tenía; tampoco es sinónimo de gobernabilidad: de hecho, en algún momento se dudó seriamente que Alberto Fernández pudiera terminar su mandato. El peronismo ya no es sinónimo de control y manejo eficaz del aparato estatal, está todo paralizado. Tampoco puede prometer a los sectores populares justicia social cuando la pobreza alcanza casi la mitad de la población. Perdió el pragmatismo que tenía para adaptarse a las diferentes circunstancias, está anquilosado. Uno de los atributos que hacía del peronismo robusto y competente, la capacidad de renovar su dirigencia, también se ha perdido.
–¿No cree que la victimización de Cristina Kirchner, que se dice proscripta por el “partido judicial”, le dará al peronismo una excusa para agitar una bandera electoral el año que viene?
–Hay que ver qué grado de verosimilitud tiene ese argumento, porque fácticamente no es cierto, Cristina no fue proscripta. Aun así, debemos esperar la reacción de los otros poderes peronistas; tal vez piensen que la victimización de Cristina podría serles políticamente redituable, pero lo cierto es que la situación de crisis en la que está el peronismo es en gran parte responsabilidad de Cristina. Puede ser una oportunidad para barajar y dar de nuevo, para repensarse como fuerza política capaz de volver a ofrecerle a la sociedad una determinada cantidad de beneficios colectivos. La otra opción del peronismo es prolongar el estado de situación kirchnerista y continuar encolumnado detrás de los intereses de una persona. Igualmente, todo indica que el peronismo se encamina hacia una derrota, con o sin Cristina Kirchner.
El peronismo ya no es sinónimo de manejo eficaz del aparato estatal, está todo paralizado; ni tiene la misma fuerza electoral"
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