Esto es mucho peor que un corte de luz
Tras la repentina y violenta tormenta eléctrica, ocurrió lo previsible
La sequía ha tenido una consecuencia insólita; como hay menos tormentas fuertes, hubo también menos cortes. Pero al final vino una tempestad y, previsiblemente, nos quedamos sin electricidad, o algo así
Ariel Torres
Dicen que la Argentina es un país imprevisible. Por favor. Todo lo contrario. Cuando salí a la terraza el viernes de la semana pasada y vi avanzar el frente de tormenta, veloz y amenazador, supe dos cosas. Primero, que tenía que guardar todo lo que el viento pudiera arrastrar. Segundo, que iba a cortarse la luz.
Unos minutos después se hizo la noche en plena tarde y diluvió, con ráfagas enérgicas, aunque no las peores que he visto en este lugar. Pero sí, una potente tempestad que duró alrededor de 40 minutos; al final, pasado lo peor, cedió y, como epílogo inevitable, ¡pum!, se cortó la luz.
Casi ni bufé de bronca. Era fija. Mi computadora y la conexión con internet siguieron funcionando, gracias al UPS (o SAI, en español, por Sistema de Alimentación Ininterrumpida), así que me dio tiempo, en el súbito silencio sombrío que se produjo en el barrio, a guardar lo que estaba haciendo y cerrar la sesión de una forma ordenada. La máquina lo habría hecho de todos modos, porque frente a un evento de estos, si no hay nadie delante de la pantalla, se hiberna automáticamente. En fin, nos guste o no, invertir en un UPS es otra forma de pagar los subsidios a la energía eléctrica. Los buenos UPS cuestan bastante dinero; hay tres en esta casa.
En fin, no se si recuerdan, pero ese viernes estábamos en plena ola de calor, de modo que en mi estudio, que está en la parte alta de la casa, empezó a ser difícil respirar unos 45 segundos después del corte. Cuando estaba por perder el conocimiento, me arrastré escaleras abajo y llegué al jardín, donde la temperatura había bajado unos 200 grados.
Pero al pasar por el living noté algo que no estaba nada bien. La única luz que queda encendida allí cuando no hay nadie es un LED de 5 Watts. Y no estaba apagado. Estaba atenuado. Apagué. Prendí. Al encenderse hizo un destello sospechoso, lo apagué de nuevo y corrí al lavadero. El lavarropas –que por esos misterios de la vida conyugal está siempre encendido, incluso si no se encuentra en uso, hasta que paso y aprieto el dichoso botoncito– parecía un árbol de Navidad. Es más, pensé en dejarlo así, porque se veía todavía más lindo que el que habíamos armado el día anterior.
Pero no. Si bien no podía saber en qué estado estaba el servicial aparato cuando se cortó la luz ni lo que en realidad estaba pasando con el suministro (me quedaba medirlo todavía, pero el sospechoso tenía muchas pruebas en su contra), decidí que lo mejor era cortar la corriente (la baja tensión es letal para los motores) en toda la casa. Abrí el tablero, que está también en el lavadero y que se encuentra prolijamente etiquetado, y empecé a bajar llaves. Me llevó un rato, porque al construir la casa decidí segmentar minuciosamente cada área eléctrica.
Como mi plan era quedarme en la cocina leyendo con las ventanas abiertas hasta que volviera la luz, dejé solo la alimentación del horno eléctrico, que en principio no iba a sufrir la baja tensión y que iba a avisarme, al encenderse su reloj, cuando el suministro regresara. Después me di cuenta de que de todos modos iba a enterarme cuando se apagara el grupo electrógeno de mi vecino. También son caros esos equipos, pero créanme que lo entiendo.
En el medio, y con la ayuda de unas velas que, para sumar al insulto la humillación, no duraban ni una hora (o sea, velas de pésima calidad en medio de un corte de luz; ¿no es lindo?), hice algo de comer y luego me quedé leyendo como en el siglo XVIII. Con un celular del siglo XXI. Pero bueno, no había opciones; dormir con el calor acumulado en la casa me iba a resultar imposible.
Como a las 12 de la noche volvió la luz. Conté cinco minutos. Se mantenía. Crucé los dedos. Saqué una estampita de Edison y otra de Tesla (uno nunca sabe), y cuando parecía que estábamos en zona segura, volví a mi estudio a terminar lo que había dejado trunco; de camino, encendí el aire acondicionado del dormitorio, que parecía un sauna. Y cuando por fin volví a mi texto en la pantalla, tuve una revelación.
–Antes de una hora esto se corta de nuevo.
Y adivinen qué. Exacto. Se volvió a cortar a los 50 minutos. Al menos, el dormitorio ya tenía una temperatura apta para humanos y logré dormirme, no sin antes volver a bajar todas las 24 llaves del tablero, porque seguíamos con baja tensión. Y eso es incluso más peligroso que un corte.
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