lunes, 19 de junio de 2023

DINASTÍAS POLÍTICAS, Robert Kennedy Jr.


 y el problema de las dinastías políticas
Hijo de robert F. y sobrino de John, el vástago del clan, de 69 años, busca disputar a Joe Biden la candidatura demócrata
Michelle Cottle Traducción de Jaime ArrambideRobert Kennedy Jr., al anunciar oficialmente en Boston su precandidatura presidencia
Mejor digamos de entrada y en voz alta lo que se dice por lo bajo: Robert Kennedy Jr. –el hijo de Robert F. Kennedy y sobrino de John F. Kennedy– es un poco chiflado. Y no es novedad para nadie. El vástago de 69 años de la familia política más famosa de Estados Unidos viene fogoneando la histeria antivacunas desde mucho antes de que el Covid-19 la pusiera de moda, como un ingrediente más de su picante guiso de teorías conspirativas, como que los republicanos se robaron la elección presidencial de 2004, que los psicofármacos son responsables de los tiroteos en masa y que la CIA metió la mano en el asesinato de su tío.
Pero ahora el señor Kennedy quiere llevar su paso de comedia alocada al prime time, desafiando al presidente Joe Biden en la interna por la candidatura demócrata para 2024. Y lo más preocupante es que tiene un grado de apoyo nada desdeñable. Numerosas encuestas de los últimos meses muestran que el apoyo a RFK Jr. ronda el 20% entre los votantes de inclinación demócrata, un guarismo que no plantea una amenaza existencial para Biden, pero suficiente para darle escalofríos a muchos de su partido.
Lo que menos necesitan los demócratas es que un agitador de los márgenes conspiranoicos saque a relucir las vulnerabilidades del candidato a la reelección. Y lo que menos necesitan los norteamericanos en este crispado momento político es otro numerito de circo de alto perfil.
Lo que está pasando no es ningún misterio. La única razón por la que a alguien le importa lo que piense o diga el señor Kennedy es su pedigrí político. El apellido Kennedy no será lo que supo ser, pero igual tiene resonancia para muchísimos ciudadanos. En una reciente encuesta realizada por CNN, el 64% de los votantes de inclinación demócrata dijeron estar dispuestos a apoyar o a considerar su apoyo a la candidatura presidencial de Kennedy, y un 20% de ellos dijo que la principal razón era su linaje político.
Esto no responde solo a la idealización de una familia. El electorado norteamericano mantiene un largo y tortuoso romance con las dinastías políticas en general. Nos encanta quejarnos de ellas: ¿Otro Bush más se presenta a elecciones? ¿Otro Clinton? ¡Vamos! Pero también nos encanta adoptarlos, de lo más alto a lo más bajo del escalafón de la política. De Roosevelt a los Udall y los Sununu, entre muchos de los clanes para los que la política se convirtió en un negocio familiar.
No hay nada inherentemente malo en esa tendencia. Al fin y al cabo, más vale malo conocido, pero siempre y cuando el apellido del candidato no sirva para reemplazar, por pereza, una verdadera evaluación de sus cualidades.
A muchos norteamericanos, sin embargo, la sola idea de una dinastía política les resulta deplorable: los apellidos políticos tienen un tufillo a privilegios heredados que resulta lisa y llanamente antidemocrático. En 2013, cuando el mundillo político creía que Jeb Bush se convertiría en el tercer integrante de la familia en competir por la presidencia, su madre, Barbara Bush, compartió sus ideas al respecto: “Este es un gran país donde hay un montón de grandes familias, y no solo tres o cuatro”, dijo en el programa Today. “Hay un montón de otras personas muy calificadas dando vueltas, y ya tuvimos suficientes Bush”. Esa sabiduría materna resultó ser dolorosamente cierta para el pobre Jeb.
Los derechos de nacimiento no habilitan a nadie para ocupar un cargo electivo. Hecha esa salvedad, también es cierto que hay muchos candidatos provenientes de familias que se toman en serio la función pública y que son conocedoras de los manejos internos de la política. La mejor prueba es Nancy Pelosi, la más eficiente presidente de la Cámara de Representantes que haya tenido Estados Unidos en más de 60 años, que aprendió gran parte de su oficio como parte de una dinastía demócrata de Baltimore.
Son muchos los norteamericanos que siguen el camino familiar en una determinada profesión, ya sea en las fuerzas militares, la docencia, la medicina, la actuación o el periodismo. Así que si George P. Bush [hijo de Jeb] quiere competir por un cargo en su estado natal, Texas, bien por él. Y si los votantes eligen bajarlo de un hondazo, como hicieron en las primarias republicanas del año pasado para la elección del fiscal general del estado, bien por ellos.
Pero todo esto tiene un costado más oscuro. A veces, algunos jugadores dinásticos empiezan a sentirse –y a comportarse– como si tuvieran ganado el derecho a un cargo electivo y a considerar que ese honor no es tanto algo que deban ganarse sino una parte de la herencia o del negocio familiar. Y eso conduce al desastre.
Igual de problemático, y mucho más frecuente aún, es cuando los votantes eligen un apellido político conocido por encima de un candidato bien preparado para el cargo. Como respondió un entrevistado de la encuesta de CNN sobre RFK Jr.: “Me gustaban mucho su papá (RFK) y su tío (JFK), y espero que él sea igual”. ¡Ay, ay! Crucemos los dedos para que este votante haga los deberes antes de meter su voto en la urna.
Haber nacido en una familia de políticos no califica a nadie para ocupar un cargo. Como señala Stephen Hess, que literalmente le ha dedicado un libro a las dinastías políticas de Estados Unidos, los descendientes de esos clanes superpoderosos con demasiado frecuencia resultan ser extremadamente… problemáticos.
En serio: quienes piensen que las aspiraciones presidenciales del señor Kennedy son preocupantes –y con razón–, que empiecen a preguntarse cómo sería una dinastía política de los Trump. ¿Ivanka para gobernadora? ¿Jared para senador? ¿Don Jr. para presidente? Pueden burlarse, pero basta pasar un minuto con Don Jr. y su equipo de campaña para advertir que ya le ha tomado el gusto. Y la base del electorado republicano lo adora.
Por estremecedora que sea la idea, también revela la marca democrática que Estados Unidos le ha imprimido a la realeza política: nuestras dinastías no son inamovibles, sino que están en constante cambio y expansión. Hay familias influyentes que caen en desgracia y otras que emergen, y todos podemos aspirar a ser los fundadores de un nuevo y poderoso clan. Por eso es tan importante que los votantes estén atentos y no le sellen fácilmente al pasaporte a un candidato, por más que su árbol genealógico político se remonte a varias generaciones.

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