lunes, 12 de junio de 2023

EL VALOR DE PERDONAR


El valor de perdonar
Una decisión que requiere de energía, voluntad y un profundo anhelo de traspasar los propios juicios para vivir mejor
Texto Agustina LanussePerdonar no es una respuesta automática: primero es necesario desenmascarar el dolor
La decisión no es fácil: poder perdonar de corazón a quien nos lastimó es un acto heroico y hasta puede aliviar. ¿Qué se esconde detrás de esta determinación? ¿Quiénes y por qué toman esta resolución? ¿Ayuda a vivir más liviano?
La historia de Matías, un joven estadounidense, es un reflejo que el proceso de perdonar vale la pena: tenía 20 años cuando su padre murió atropellado por una mujer que conducía de madrugada a altísima velocidad bajo el efecto del alcohol y la heroína. Después del trágico episodio, la autora del delito, Marta fue llevada a juicio penal y condenada a 4 años de prisión. Sin embargo, antes de que el juicio finalizara, Matías pidió ser escuchado.
Temblando, se dirigió al juez y le solicitó que Marta reciba una sentencia menor y que en el penal fuera tratada con respeto y dignidad. La audiencia se conmovió. “La condena a esta mujer no va a quitarme el profundo dolor de haber perdido a mi padre, ni va a producir el milagro de que él vuelva a vivir. Sus años en la cárcel pesan sobre mi conciencia. Si ella actuó mal, elijo no ensañarme y perdonarla”.
Silvina Balonchard, argentina 49 años, padeció durante una década golpizas y abuso psicológico por parte de su esposo. Después de varias idas y venidas, tomó coraje y abandonó el hogar con sus dos hijos pequeños. La distancia, cuenta, la ayudó a procesar su angustia y odio. “Fue un camino arduo. Pero lo emprendí con la decisión tomada: quería perdonarlo. Liberarlo a él y liberarme a mí del resentimiento que sentía. ¿Lo conseguí? Creo que sí, aunque no del todo. Sigo en proceso”, asegura. “Avanzo y retrocedo. Pero doy pasos seguros. Me di cuenta de que no debía encontrar una causa para poder perdonarlo. No tenía que justificar mi acto”.
Matías y Silvina forman parte de un universo desconocido, de personas que, habiendo padecido injustamente una agresión devastadora, toman la decisión de perdonar genuinamente a sus agresores.
Acto magnánimo
Robert Enright, profesor de la Universidad de Wisconsin y fundador del Instituto Internacional del Perdón, explica que los seres humanos tenemos la misma inclinación natural hacia la venganza que hacia la misericordia. Por lo tanto, para él, el perdón es una elección. Inclinar la balanza hacia la compasión. No implica solamente el desarrollo de una serie de habilidades psicológicas que también deben estar presentes. “Es mucho más que eso. Se trata de un acto épico de bondad, que nos invita a luchar contra nuestro instinto natural de odio, y optar por lo que nos ayuda a vivir mejor, respondiendo bien incluso cuando sintamos que el otro no lo merece. Es un trabajo de toda la vida. Pero al ejercitarlo una y otra vez, se convierte finalmente en parte intrínseca de quienes somos”, afirma. Inés Ordoñez de Lanús, directora del Centro de Espiritualidad Santa María (una organización católica creada hace 50 años con llegada internacional), subraya también la grandeza que hay detrás de esta virtud. “Cuando la ofensa es tan profunda perdonar es muy difícil. Solamente lo logra aquel que es capaz de trascender el límite de lo humano ofreciendo una enorme cuota de generosidad. Es un acto espiritual épico. Posiblemente uno no pueda olvidar lo que quedó lastimado, pero sí dejar atrás el rencor”, comenta. Al igual que Enright, sostiene que la clave es no unir el acto de perdonar con el proceso psíquico. “Es una elección; el sentimiento puedo no acompañar”, dice.
De todas formas, ambos especialistas están convencidos de que el proceso requiere atravesar el plano mental, emocional y corporal. Preguntarse con la razón si uno está dispuesto a perdonar lo que a simple vista resulta imposible; reconocer luego cómo impactó en el cuerpo ese dolor (¿me aprieta el pecho o siento un peso en la espalda?). Y, por último, cuestionarse desde la propia psicología: “¿Por qué me enoja tanto esto que hicieron conmigo? ¿De dónde viene? ¿Qué herida toca? “La introspección nos habilita a encontrar nuestros propios recursos para reparar lo que está internamente afectado”, agrega Lanús.
Proceso inevitable
Por lo cual, lejos de ser automático, los entendidos hablan de un largo recorrido. Y enumeran cuatro fases. La primera: aquella en la cual la persona desenmascara el dolor y la bronca y permite que emerjan. Identifica el acto puntual (cuándo, dónde y quién), reconoce y recibe las emociones intensas sin juzgarlas. La bronca, la tristeza o la impotencia. Asume que ese acto y esa persona lo lastimaron.
La segunda fase: la toma de decisión donde el individuo comienza a soltar la inquina, y planifica una estrategia con el compromiso de perdonar. En este estadio podríamos preguntarnos: ¿qué hago yo con esto? ¿Puedo reconocer que se equivocó? ¿Decido “borrar” esa persona de mi vida? ¿O me dispongo a atravesar el proceso y cerrar cuentas pendientes que me roban energía y alegría?
La tercera fase: el trabajo propiamente dicho. Donde activamente se busca instalar nuevas formas de pensamiento para que el individuo comprenda desde qué lugar (de inconsciencia) actuó el agresor, cómo fue su historia de vida y las heridas de la infancia que lo llevaron a comportarse de esa manera.
“No significa liberarlo de la responsabilidad ni quitarle la pena. Pero sí verlo y tratarlo como un ser humano, al igual que yo, con todas sus debilidades y miserias. En esta fase, ya no espero que venga a pedirme perdón. Puede o no hacerlo. Suelto esa expectativa y lo perdono”, señala Lanús.
En el marco de esta tercera fase, Mabel Meschiany, psicóloga especializada en constelaciones familiares, da un paso más. Señala la importancia de que, tanto el victimario como su víctima se corran de lugar y no queden fijos en roles que entorpecerán su proceso de sanación. “Cuando la persona que padeció el daño puede reconocer que ella también es (o fue) capaz de herir, la mirada hacia el agresor se vuelve más compasiva. Y además, algo en ella y sus descendientes se cura ¿Cómo funcionaría esto?
“Es crucial que la persona dañada reconozca que también ella actuó como agresora en otras situaciones. Si no asume sus propios aspectos violentos, quedará fijada en el rol de víctima y es probable que vuelva a sufrir vivencias similares en el futuro (estafas económicas, abuso físico). Y estos patrones de conducta se repetirán en su descendencia”, sostiene Meschiany. Continúa: “En cambio, si logra integrar sus propios aspectos sombríos, se reubica y esta plasticidad (entender que a veces padece y por momentos agrede), favorece el acto de indultar. Y al mismo tiempo, permite que esas agresiones repetitivas e inconscientes no bajen a sus hijos. Un beneficio doble”.
Entrenamiento diario
Por último, la cuarta fase es la que los entendidos llaman de “profundización”. Donde se intenta ejercitar los músculos emocionales que abren las compuertas al perdón. Un entrenamiento diario que se convierte finalmente en un hábito. ¿Cómo? Empezando por no hablar mal del otro en público, estar atentos a cuando nos descubrimos juzgando desde el ego y la arrogancia (creyéndonos dueños de la verdad), practicar la mansedumbre.
Todos estos actos conscientes nos permitirán experimentar la paradoja de que, al regalar compasión, uno se va liberando de las cadenas del odio que nos une al victimario, experimentando un alivio emocional nuevo. “Dejamos que fluya la corriente de vida y caminamos hacia un destino más pleno. Donde lo padecido se transforme en propósito de vida. El haber lidiado con la injusticia nos puede impulsar a ayudar a otros a luchar por lo que les es justo”, afirma Meschiany. Y en el caso del victimario, cuando es capaz de arrepentirse de corazón, posiblemente la culpa o la vergüenza hacia sí mismo mermen y el yugo sea más liviano.
Recorrer el camino del perdón es dificultoso. Requiere de energía, voluntad y un profundo anhelo de traspasar los propios juicios (“tengo razón”, “estuvo mal”) para vivir con calma. Recibiendo y transformando con paciencia esas emociones oscuras de rabia, impotencia y tristeza. Recorriendo un sendero de inevitables marchas y contramarchas.
De todo lo escuchado, algo queda claro: el perdón no es una respuesta automática ni necesariamente lógica. Decididamente es un misterio. Y como tal, esconde verdades que la razón desconoce. Sana el cuerpo y el alma. Libera al agresor y su víctima del veneno de la violencia y el rencor. Y habilita a ambas partes a encontrar una paz nueva y duradera.


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