“La tecnología polariza aún más las tendencias políticas”
El filósofo belga Mark Coeckelbergh propone una aproximación multidisciplinaria a los desafíos de la inteligencia artificial
Josep Catà Figuls
Antes de esta entrevista, Mark Coeckelbergh (Lovaina, 1975) ha centrado la atención de un público poco acostumbrado a debates filosóficos: alumnos de ingeniería han llenado una sala para escuchar a este experto en ética de la tecnología en el Instituto de Robótica e Informática Industrial de la Universidad Politécnica de Cataluña. Coeckelberg, autor Ética de la inteligencia artificial (2021) y Filosofía política de la inteligencia artificial (2023), sabe lo importante que es construir puentes entre los que desarrollan tecnologías y los que tienen que pensar cómo usarlas.
–¿Cree que estudiantes, ingenieros y las grandes tecnológicas tienen en cuenta los aspectos éticos de la inteligencia artificial (IA)?
–La gente sí es consciente de que esta tecnología afectará a nuestras vidas, porque ya está en todas partes, pero a la vez estamos confundidos porque los cambios son muy rápidos y complejos. Por eso es importante que desde la educación y la investigación se haga lo posible para buscar un camino interdisciplinar entre la filosofía, la programación y la robótica, para tratar de resolver estos problemas éticos.
–¿Y con la política?
–Tenemos que crear más vínculos entre los expertos y los políticos. Hay que ver cómo organizar nuestra democracia para tener la visión de los expertos y, aun así, decidir nosotros. Las empresas tecnológicas tienen cada vez más poder, y esto es un problema, porque la soberanía de las naciones y ciudades va menguando. ¿Cuánto de nuestro futuro tecnológico hay que dejarlo en manos de iniciativas privadas y cuánto tiene que ser público y controlado por las democracias?
–¿La IA es una amenaza para la democracia o las democracias ya están debilitadas?
–La democracia ya es vulnerable, porque realmente no tenemos democracias completas. Es como cuando le preguntaron a Gandhi qué pensaba de la civilización occidental y dijo que era una buena idea. Lo mismo con la democracia: es una buena idea, pero no la tenemos completa. Para mí no es suficiente con votar y que salgan mayorías, es demasiado vulnerable para el populismo, no es suficientemente participativa y no toma en serio a los ciudadanos. Falta educación y conocimiento para lograr una democracia real, y es lo mismo que falta en la tecnología. La gente tiene que entender que la tecnología también es política.
–¿En qué sentido amenaza la IA a la democracia?
–Lidiamos con la tecnología sin pensar, la usamos acríticamente, pero ella nos da forma y nos usa como instrumentos para el poder, el control y la explotación de nuestros datos. Esto afecta a las democracias, ya que al no ser muy resilientes, las tendencias políticas aún se polarizan más con la tecnología. Esta combinación de democracias débiles, capitalismo e inteligencia artificial es peligrosa. Pero creo que se puede usar de una forma más constructiva, para mejorar la vida de todos.
–Unos ven la inteligencia artificial para trabajar menos y otros como una amenaza a sus trabajos.
–Creo que la IA ahora empodera a quien ya tiene una posición privilegiada o una buena educación: por ejemplo, pueden usarla para empezar una compañía. Pero habrá cambios en el empleo, habrá cierta transformación de la economía y hay que prepararse. Por otro lado, el argumento de que la tecnología hace las cosas más fáciles... Hasta ahora, ha dado lugar a trabajos precarios, como los de Uber, y a trabajos que pueden ser buenos, pero son estresantes. Por ejemplo, todos somos esclavos del correo electrónico, y llegó como una solución.
–El problema no es tanto la tecnología como el sistema.
–Es la combinación de las dos cosas. Pero estas nuevas posibilidades tecnológicas nos fuerzan a preguntarnos más que nunca sobre el sistema. Hoy es en el ámbito de la tecnología donde se juega el conflicto político.
–¿Qué impacto tiene en los medios de comunicación?
–El problema no es que la gente se crea una mentira, sino que no sepa qué es mentira y qué es verdad. El periodismo de calidad es muy importante para dar contexto y para intentar entender el mundo. Filósofos, periodistas, educadores tenemos que dar las herramientas para interpretar el mundo, porque cuando falta el conocimiento y reina la confusión es más fácil que venga un líder con una solución populista.
–¿Los gobiernos se volverán más tecnócratas?
–Los políticos están confundidos. Sienten la presión de los lobbies y crean marcos regulatorios, pero el ciudadano en ningún momento ha tenido nada que decir. Hacen falta regulaciones que permitan ver por qué los algoritmos toman las decisiones que toman, y que permitan saber quién es el responsable.
Antes de esta entrevista, Mark Coeckelbergh (Lovaina, 1975) ha centrado la atención de un público poco acostumbrado a debates filosóficos: alumnos de ingeniería han llenado una sala para escuchar a este experto en ética de la tecnología en el Instituto de Robótica e Informática Industrial de la Universidad Politécnica de Cataluña. Coeckelberg, autor Ética de la inteligencia artificial (2021) y Filosofía política de la inteligencia artificial (2023), sabe lo importante que es construir puentes entre los que desarrollan tecnologías y los que tienen que pensar cómo usarlas.
–¿Cree que estudiantes, ingenieros y las grandes tecnológicas tienen en cuenta los aspectos éticos de la inteligencia artificial (IA)?
–La gente sí es consciente de que esta tecnología afectará a nuestras vidas, porque ya está en todas partes, pero a la vez estamos confundidos porque los cambios son muy rápidos y complejos. Por eso es importante que desde la educación y la investigación se haga lo posible para buscar un camino interdisciplinar entre la filosofía, la programación y la robótica, para tratar de resolver estos problemas éticos.
–¿Y con la política?
–Tenemos que crear más vínculos entre los expertos y los políticos. Hay que ver cómo organizar nuestra democracia para tener la visión de los expertos y, aun así, decidir nosotros. Las empresas tecnológicas tienen cada vez más poder, y esto es un problema, porque la soberanía de las naciones y ciudades va menguando. ¿Cuánto de nuestro futuro tecnológico hay que dejarlo en manos de iniciativas privadas y cuánto tiene que ser público y controlado por las democracias?
–¿La IA es una amenaza para la democracia o las democracias ya están debilitadas?
–La democracia ya es vulnerable, porque realmente no tenemos democracias completas. Es como cuando le preguntaron a Gandhi qué pensaba de la civilización occidental y dijo que era una buena idea. Lo mismo con la democracia: es una buena idea, pero no la tenemos completa. Para mí no es suficiente con votar y que salgan mayorías, es demasiado vulnerable para el populismo, no es suficientemente participativa y no toma en serio a los ciudadanos. Falta educación y conocimiento para lograr una democracia real, y es lo mismo que falta en la tecnología. La gente tiene que entender que la tecnología también es política.
–¿En qué sentido amenaza la IA a la democracia?
–Lidiamos con la tecnología sin pensar, la usamos acríticamente, pero ella nos da forma y nos usa como instrumentos para el poder, el control y la explotación de nuestros datos. Esto afecta a las democracias, ya que al no ser muy resilientes, las tendencias políticas aún se polarizan más con la tecnología. Esta combinación de democracias débiles, capitalismo e inteligencia artificial es peligrosa. Pero creo que se puede usar de una forma más constructiva, para mejorar la vida de todos.
–Unos ven la inteligencia artificial para trabajar menos y otros como una amenaza a sus trabajos.
–Creo que la IA ahora empodera a quien ya tiene una posición privilegiada o una buena educación: por ejemplo, pueden usarla para empezar una compañía. Pero habrá cambios en el empleo, habrá cierta transformación de la economía y hay que prepararse. Por otro lado, el argumento de que la tecnología hace las cosas más fáciles... Hasta ahora, ha dado lugar a trabajos precarios, como los de Uber, y a trabajos que pueden ser buenos, pero son estresantes. Por ejemplo, todos somos esclavos del correo electrónico, y llegó como una solución.
–El problema no es tanto la tecnología como el sistema.
–Es la combinación de las dos cosas. Pero estas nuevas posibilidades tecnológicas nos fuerzan a preguntarnos más que nunca sobre el sistema. Hoy es en el ámbito de la tecnología donde se juega el conflicto político.
–¿Qué impacto tiene en los medios de comunicación?
–El problema no es que la gente se crea una mentira, sino que no sepa qué es mentira y qué es verdad. El periodismo de calidad es muy importante para dar contexto y para intentar entender el mundo. Filósofos, periodistas, educadores tenemos que dar las herramientas para interpretar el mundo, porque cuando falta el conocimiento y reina la confusión es más fácil que venga un líder con una solución populista.
–¿Los gobiernos se volverán más tecnócratas?
–Los políticos están confundidos. Sienten la presión de los lobbies y crean marcos regulatorios, pero el ciudadano en ningún momento ha tenido nada que decir. Hacen falta regulaciones que permitan ver por qué los algoritmos toman las decisiones que toman, y que permitan saber quién es el responsable.
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