Un Estado-botín que desvirtúa la democracia
El festín de cargos en la administración pública de la Argentina es otra muestra del poder de la élite corporativa
Gerardo Sanchís Muñoz Profesor de la Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad Austral
Se ha eliminado el mérito en la carrera administrativa y la función pública nuestra decadencia “asimétrica” enriquece a la élite y empobrece al resto
Los argentinos cumplimos este año 40 de democracia, pero estamos divididos. Para algunos hay poco para celebrar, porque una élite político-sindical-empresaria-social se robó la democracia a espaldas de un pueblo destituido. otros, rechazan por populista esa dicotomía de “élite culpable, pueblo inocente”. Culpar a la dirigencia sería tautológico: es la natural resultante de la sociedad que lidera o que la vota. “Los dirigentes no vienen de Marte”, dicen, e invitan a festejar cuatro décadas de progreso democrático.
Es errado inferir que las dirigencias son reflejo fiel de sus pueblos. Pueden ser (mucho) peores o mejores. La historia está plagada de élites que desprecian al pueblo, con o sin voto. Stroessner asoló al Paraguay durante 35 años y ganó cada elección. ¿Cómo? Colonizó el sistema electoral y el Estado para usarlos a su favor. En su Estado patrimonialista, dinástico, el acceso al poder es elitista y nepótico. En congruencia, el ejercicio del poder origina favoritismo, clientelismo, prebendas, o sea el “Estado-botín”.
Es engañoso equiparar a la democracia con el voto, porque es mucho más que eso: es igualdad de oportunidad de acceso al poder político, a la administración pública y, también, a condiciones básicas de vida en sociedad. Si los seres humanos nacemos iguales, tenemos iguales derechos: el pacto democrático es la igualdad ante la ley. Por eso la piedra basal de la democracia no es el voto. Es el Estado imparcial, que aplica la ley a todos por igual, organiza procesos eleccionarios y concursos de cargos justos, dando las mismas oportunidades. El Estado-botín es la antítesis del Estado autónomo e imparcial.
Así, la Argentina no es más una verdadera democracia. Es un caso anómalo de “Estado-festín de cargos”, basado en eliminar todo sistema de mérito y carrera administrativa y desguazar la función pública. No hay políticas públicas en serio, salvo la de otorgar cargos en cantidad suficiente para asegurar la masa fiel de votantes y para cooptar voluntades –dando empleos públicos a familiares de opositores–, medios, órganos de control y los otros poderes. Se debilita la alternancia democrática usando los recursos públicos para perpetrarse.
La democracia no mejoró desde 1983. Se degradó al socavarse el Estado democrático imparcial. La gran corrupción administrativa impune demuestra que robaron el control de nuestro destino. Sólo participamos de migajas del Estado-botín, sostenido por un pacto implícito que todo gobierno ratifica, cualquiera sea su color. Anulado todo contralor administrativo autónomo, se desvían recursos con total impunidad. Parecido es en CABA, provincias y municipios: el Estado es un coto de caza de cargos y curros.
Un Estado-botín “liberado” en un 95% para el acomodo facilita la formación de asociaciones partidarias ilegítimas de usurpación de cargos públicos. Ya existían en 1984, con la Junta Coordinadora Nacional de la UCR, y se perfeccionaron luego hasta el paroxismo con la colonización sistemática del Estado por La Cámpora. En el interregno de Cambiemos se convalidó la lógica del gobierno kirchnerista, incluso ampliando al inicio cargos y estructuras, y agravando la politización de áreas críticas como la oficina Anticorrupción u otras, con reiteradas faltas de idoneidad, amiguismo, incompatibilidades, conflicto de interés, nepotismo, “operadores judiciales” y extensión del clientelismo en la política social.
El régimen nutre corporaciones que ningún partido enfrentó: Ejecutivo y las empresas públicas, fuentes inagotables de contratos truchos y negociados; élite judicial con privilegios y salarios desproporcionados; legislaturas y sus prerrogativas; y ni hablar de la oligarquía gremial, los empresarios y banqueros prebendarios o los actuales medios y academia “oficialistas”: todos cómplices y partícipes del atropello al Estado y a la democracia.
La peor secuela del pacto del Estado-botín es su presupuestocolador. Todos saquean el presupuesto con prestaciones sociales fraudulentas, evasión, despilfarro en prebendas, contratos, gastos y plantas desmedidas. Suman al menos 6-7 puntos del PBI y explican con creces el desequilibrio fiscal crónico. Sin sonrojarse, la dirigencia luego insiste en recortar educación o salud. La inestabilidad estructural económica argentina se origina en este abuso estructural del Estado y la inadmisible presión fiscal: la magra contraprestación estatal no justifica lo recaudado.
Peor aún, arruina la capacidad operativa del sector público para generar obras, servicios y desarrollo. Y, además, debilita al sector privado. Nuestras leyes son ferozmente anti-empleo e incluso hoy se combate la inversión creadora de empleo privado, porque la élite política clientelar no quiere que éste compita con el poder monopólico de repartir discrecionalmente cargos públicos o planes. Al ser tan antimérito, explica la degradación educativa y por qué explota la pobreza: se arruina la educación y el empleo genuino, sus dos vías de escape. Así es nuestra decadencia “asimétrica”: enriquece a la élite y empobrece al resto.
¿Es casualidad que desde Menem todos los dirigentes sean multimillonarios? Terratenientes K, popes sindicales dueños de empresas o potentados de las patrias contratista y financiera que endeudan al Estado, asociados a todos los gobiernos. Viven en los mismos countries y se llaman por sus nombres de pila. Sus descendientes tienen asegurada la opulencia, aunque la debacle económica del país no tenga fin. Así se explica la indolencia de la élite en el eterno desmanejo de la macro. Pretender su cercanía con los ciudadanos es inverosímil.
La realidad es que rara vez votamos lo que nos gustaría, solo lo que la élite poderosa ofrece como alternativas. Las “listas-sábana” son la mejor prueba de esa imposición. Tampoco es casualidad que cada gobierno deje más pobreza que el anterior. Pauperizar es el principal recurso de la dirigencia para subyugar al pueblo. Culpar a los que en realidad son víctimas del plan de despojo es cínico e inmoral. La responsabilidad plena la tiene la élite, que promueve y lucra a partir del pacto inamovible del Estadobotín, que ha hecho implosionar nuestra democracia y el futuro del país.
Se ha eliminado el mérito en la carrera administrativa y la función pública nuestra decadencia “asimétrica” enriquece a la élite y empobrece al resto
Los argentinos cumplimos este año 40 de democracia, pero estamos divididos. Para algunos hay poco para celebrar, porque una élite político-sindical-empresaria-social se robó la democracia a espaldas de un pueblo destituido. otros, rechazan por populista esa dicotomía de “élite culpable, pueblo inocente”. Culpar a la dirigencia sería tautológico: es la natural resultante de la sociedad que lidera o que la vota. “Los dirigentes no vienen de Marte”, dicen, e invitan a festejar cuatro décadas de progreso democrático.
Es errado inferir que las dirigencias son reflejo fiel de sus pueblos. Pueden ser (mucho) peores o mejores. La historia está plagada de élites que desprecian al pueblo, con o sin voto. Stroessner asoló al Paraguay durante 35 años y ganó cada elección. ¿Cómo? Colonizó el sistema electoral y el Estado para usarlos a su favor. En su Estado patrimonialista, dinástico, el acceso al poder es elitista y nepótico. En congruencia, el ejercicio del poder origina favoritismo, clientelismo, prebendas, o sea el “Estado-botín”.
Es engañoso equiparar a la democracia con el voto, porque es mucho más que eso: es igualdad de oportunidad de acceso al poder político, a la administración pública y, también, a condiciones básicas de vida en sociedad. Si los seres humanos nacemos iguales, tenemos iguales derechos: el pacto democrático es la igualdad ante la ley. Por eso la piedra basal de la democracia no es el voto. Es el Estado imparcial, que aplica la ley a todos por igual, organiza procesos eleccionarios y concursos de cargos justos, dando las mismas oportunidades. El Estado-botín es la antítesis del Estado autónomo e imparcial.
Así, la Argentina no es más una verdadera democracia. Es un caso anómalo de “Estado-festín de cargos”, basado en eliminar todo sistema de mérito y carrera administrativa y desguazar la función pública. No hay políticas públicas en serio, salvo la de otorgar cargos en cantidad suficiente para asegurar la masa fiel de votantes y para cooptar voluntades –dando empleos públicos a familiares de opositores–, medios, órganos de control y los otros poderes. Se debilita la alternancia democrática usando los recursos públicos para perpetrarse.
La democracia no mejoró desde 1983. Se degradó al socavarse el Estado democrático imparcial. La gran corrupción administrativa impune demuestra que robaron el control de nuestro destino. Sólo participamos de migajas del Estado-botín, sostenido por un pacto implícito que todo gobierno ratifica, cualquiera sea su color. Anulado todo contralor administrativo autónomo, se desvían recursos con total impunidad. Parecido es en CABA, provincias y municipios: el Estado es un coto de caza de cargos y curros.
Un Estado-botín “liberado” en un 95% para el acomodo facilita la formación de asociaciones partidarias ilegítimas de usurpación de cargos públicos. Ya existían en 1984, con la Junta Coordinadora Nacional de la UCR, y se perfeccionaron luego hasta el paroxismo con la colonización sistemática del Estado por La Cámpora. En el interregno de Cambiemos se convalidó la lógica del gobierno kirchnerista, incluso ampliando al inicio cargos y estructuras, y agravando la politización de áreas críticas como la oficina Anticorrupción u otras, con reiteradas faltas de idoneidad, amiguismo, incompatibilidades, conflicto de interés, nepotismo, “operadores judiciales” y extensión del clientelismo en la política social.
El régimen nutre corporaciones que ningún partido enfrentó: Ejecutivo y las empresas públicas, fuentes inagotables de contratos truchos y negociados; élite judicial con privilegios y salarios desproporcionados; legislaturas y sus prerrogativas; y ni hablar de la oligarquía gremial, los empresarios y banqueros prebendarios o los actuales medios y academia “oficialistas”: todos cómplices y partícipes del atropello al Estado y a la democracia.
La peor secuela del pacto del Estado-botín es su presupuestocolador. Todos saquean el presupuesto con prestaciones sociales fraudulentas, evasión, despilfarro en prebendas, contratos, gastos y plantas desmedidas. Suman al menos 6-7 puntos del PBI y explican con creces el desequilibrio fiscal crónico. Sin sonrojarse, la dirigencia luego insiste en recortar educación o salud. La inestabilidad estructural económica argentina se origina en este abuso estructural del Estado y la inadmisible presión fiscal: la magra contraprestación estatal no justifica lo recaudado.
Peor aún, arruina la capacidad operativa del sector público para generar obras, servicios y desarrollo. Y, además, debilita al sector privado. Nuestras leyes son ferozmente anti-empleo e incluso hoy se combate la inversión creadora de empleo privado, porque la élite política clientelar no quiere que éste compita con el poder monopólico de repartir discrecionalmente cargos públicos o planes. Al ser tan antimérito, explica la degradación educativa y por qué explota la pobreza: se arruina la educación y el empleo genuino, sus dos vías de escape. Así es nuestra decadencia “asimétrica”: enriquece a la élite y empobrece al resto.
¿Es casualidad que desde Menem todos los dirigentes sean multimillonarios? Terratenientes K, popes sindicales dueños de empresas o potentados de las patrias contratista y financiera que endeudan al Estado, asociados a todos los gobiernos. Viven en los mismos countries y se llaman por sus nombres de pila. Sus descendientes tienen asegurada la opulencia, aunque la debacle económica del país no tenga fin. Así se explica la indolencia de la élite en el eterno desmanejo de la macro. Pretender su cercanía con los ciudadanos es inverosímil.
La realidad es que rara vez votamos lo que nos gustaría, solo lo que la élite poderosa ofrece como alternativas. Las “listas-sábana” son la mejor prueba de esa imposición. Tampoco es casualidad que cada gobierno deje más pobreza que el anterior. Pauperizar es el principal recurso de la dirigencia para subyugar al pueblo. Culpar a los que en realidad son víctimas del plan de despojo es cínico e inmoral. La responsabilidad plena la tiene la élite, que promueve y lucra a partir del pacto inamovible del Estadobotín, que ha hecho implosionar nuestra democracia y el futuro del país.
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