El voto, del grito de auxilio a la opción entre dos modelos
Milei y Bullrich parecen abrevar en tradiciones liberales distintas
Por Marcelo Gioffré
La sociedad argentina habló como esos secuestrados que tienen la boca tapada con un esparadrapo y, mientras son vejados, escupen insultos a sus torturadores. Durante mucho tiempo, esos mismos que ahora lanzan su grito en sordina desde los subsuelos del país veneraron a sus falsos benefactores. No era una mera clientela, migajas por votos, sino que había una operación mucho más sofisticada: les hicieron creer que los dotaban de dignidad.
Pero, así como la Edad Media terminó cuando los señores feudales no pudieron darle más de comer a sus esclavos, esta vez las dádivas no alcanzan y los cepos revientan. La seguridad, que había sido demonizada como una reivindicación de “la derecha”, ya no es un reclamo de los más aventajados, que viven en casas fortificadas, andan en autos blindados y son escoltados por custodios, sino de los padres de Morena, una niña que iba sola a la escuela en una barriada popular, o de los familiares de Juan Carlos, el cirujano de Morón que curaba a los pobres en el hospital público.
De pronto todos los aparatos se desfondaron. Toda esa retórica del “Estado presente” quedó patéticamente confrontada con la realidad: falta de seguridad, escuelas sin clases y hospitales sin médicos. La famosa agenda de género y el lenguaje inclusivo se revelaron hipócritas frente al espantoso femicidio de Cecilia, descuartizada por esbirros del poder peronista en el Chaco.
Dando por válida la hipótesis de que el kirchnerismo agoniza, conviene mirar el debate opositor que irrumpe después de las elecciones a la luz del contraste entre Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Como los residuos que quedan en la playa después de la bajante, ahí hay una clave. En la década de 1840, Alberdi y Sarmiento eran liberales en tanto se oponían a la dictadura rosista y a lo que hoy llamaríamos el corporativismo, es decir, la riqueza como producto de las concesiones estatales. En 1848 Sarmiento descubrió en Europa la miseria urbana y la riqueza rural y matizó la dicotomía tajante ciudadcampo que había propuesto en el Facundo. Lo deslumbró Tocqueville y entendió que a la democracia había que agregar la idea de república. Advirtió que la educación no era el fruto sino la condición del progreso. Su modelo pasó a ser escuelas por todas partes y comunidades urbanorurales con pequeños propietarios. Había que inyectar virtud cívica en la república moderna. Sarmiento fue un liberal democrático, que optó por educar al pueblo que votaba y no por tenderle trampas.
Alberdi, en cambio, fue un liberal conservador. A pesar de haber contribuido a la constitucionalización, nunca tuvo ilusiones democráticas. Criticó la prédica educacional de Sarmiento como una forma de adoctrinamiento. Sostenía que era imposible terminar con las consecuencias de la pobreza –la ignorancia– si primero no se terminaba con la pobreza misma. Un economicista. La solución de Alberdi era, pese al “Gobernar es poblar”, negar la ciudadanía a las futuras masas inmigratorias, deseo que en alguna medida fue correspondido por esas masas cuando permanecieron con sus nacionalidades originarias. Este programa, en la medida que tuvo cierto eco, según explica Natalio Botana en un libro canónico, dejó en disponibilidad a esas masas para ser absorbidas primero por el radicalismo y luego por el peronismo.
La gran diferencia es que Sarmiento adoptó el modelo estadounidense mientras que Alberdi se sintió atraído por el modelo iliberal del Segundo Imperio Francés: aceptaba incluso la política autoritaria, siempre que produjera actividad económica sin trabas. Puesto a elegir entre la libertad y el crecimiento económico, Alberdi optaba por el crecimiento. Es el libreto completo del liberalismo conservador. No por nada Reagan lo admiraba.
Milei habló reiteradamente de Alberdi; Bullrich, de Sarmiento, al nombrar varias veces aquel paradigmático discurso que dio en Chivilcoy, en 1868. Es el debate entre dos modos de encarar el liberalismo: uno conservador, Milei; el otro democrático, Bullrich.
Uno de los núcleos discursivos de esta controversia reside en la educación. Milei ha dicho que eliminaría el Ministerio de Educación, para evitar el adoctrinamiento –en lo que coincide con Alberdi–, y que repartiría vouchers entre las familias para que elijan un colegio. Esta idea parece tropezar con problemas prácticos. Después de la cuarentena, la deserción escolar está vinculada a un desprecio de los padres por la enseñanza formal: “¿Para qué lo voy a mandar si no aprenden nada?”, parecerían razonar. Es decir que hay una deserción deliberada. Cristina se enorgulleció de la netbook de Conectar Igualdad con la que trabajaba L-gante, pero el cantante la desmintió al aclarar que se la compró a una persona que la había recibido del
Estado. Los argentinos son especialistas en desviar subsidios, de modo que los colegios comprarían esos vouchers y los alumnos prestarían sus nombres para que figuren en las liquidaciones. ¿Acaso no prestan su nombre muchas personas, a cambio de la obra social, para que los legisladores embolsen sueldos de asesores fantasmas? Más aún: podemos imaginar una circulación de esos vouchers como si fueran cheques voladores. En el mejor de los casos agravaría la brecha educativa: los ricos irían a colegios bien equipados, que podrían pagar por sí mismos, y los pobres a colegios sin infraestructura, alimentados por esos vouchers de dudoso cobro. Conclusión: en diez años tendríamos una nutrida población de analfabetos y, por ende, un vacío de ciudadanía.
Patricia Bullrich, como Sarmiento, parece confiar en el valor de la educación como factor de igualación en el origen. Ha propuesto un pacto: 190 días de clase por 12 años y poner en el centro de la escena al estudiante, rompiendo con la extorsión de los Baradel. El académico Jaime Correas, que fue director general de Escuelas de Mendoza, donde implementó un sistema para evitar el ausentismo y la deserción escolar, trabaja en ese ambicioso plan.
En el corte sociológico de votantes, Milei parece beneficiado por los que no habían nacido en 1983, año que cifra un pacto sobre derechos humanos. Que proponga para manejar la seguridad a una referente del militarismo setentista, sin ninguna experiencia en el tema, solo puede entenderse como una sobreactuación pendular frente al absurdo kirchnerista de reivindicar como héroes a los terroristas. Bullrich, que ha hecho una autocrítica de su actuación setentista, exhibe su práctica durante cuatro años al frente del Ministerio de Seguridad y su templanza frente al emblemático caso Maldonado.
La Universidad de Chicago y la escuela austríaca, y economistas como Milton Friedman, Gary Becker, Ludwig von Mises o Friedrich Hayek, en el plan teórico, y Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en el práctico, han denigrado completamente el rol del Estado. Comienzan por una premisa correcta, como es desregular, pero al llevarla al extremo terminan en gigantescos disparates. El infierno está empedrado de buenas intenciones. Es verdad que la revolución thatcheriana terminó con la postura culposa del capitalismo frente al socialismo y, en algún sentido, ganó la Guerra Fría. Pero la agenda neoliberal fracasó. No es que la crisis de 2008 no tuvo nada que ver con aquellas políticas. Fue precedida por numerosas crisis financieras, como la sueca de 1990, la mexicana de 1994, la asiática de 1997, la rusa de 1998 y la Argentina de 2001. Lehman Brothers fue solo la culminación del colapso neoliberal. Si no hay algún tipo de control estatal, los bancos terminan prestando con garantías menguadas el dinero que los ciudadanos le confían.
Los libertarios parecen olvidar que la ausencia de un banco central llevó a crisis financieras como la que ocurrió en Estados Unidos en 1908. El neoliberalismo pavimentó el camino para el Brexit y Donald Trump. En la Argentina ocurrió lo mismo: Kirchner es un subproducto de Menem y del 2001. Pues bien, Milei busca la novedad en esos tachos de basura.
Bullrich se nutre de otra tradición ideológica, que va de John Stuart Mill y Sarmiento a Ronald Dworkin y Sebreli: el liberalismo democrático, con un Estado que provea el marco institucional para que los individuos puedan realizar sus planes de vida. La elección de los argentinos parece balancearse por esa vertiginosa cornisa.
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