Integró la mítica Guardia Suiza, protegió a Juan Pablo II y hoy es embajador en nuestro país
por Paula Ikeda.
“Para ser diplomático es necesario tener vocación”, asegura Hans-rüedi Bortis (63), embajador de Suiza en nuestro país. Sabe de lo que habla: en 2007 llegó por primera vez a la Argentina como ministro consejero y, desde entonces, no paró de viajar: “Después me fui a Moscú, presté servicio en Montevideo y Lima, más tarde viajé a Tegucigalpa, como jefe de misión. Esta es mi cuarta vez como embajador”, enumera con una memoria meticulosa y acento italiano.
–Vivió más tiempo en el exterior que en su país.
–Desde 1980 que estoy en el servicio exterior. De los últimos 42 años, solo viví 7 en Suiza. Los otros 35 los pasé en distintas misiones alrededor del mundo. Estuve casi 11 años en Italia, otros 9 en Guatemala y ahora estoy aquí por segunda vez. Argentina tiene algo particular, trata muy bien a los diplomáticos.
–¿Qué cosas le gustan del país?
–Me gusta todo de Buenos Aires. Para mí es una de las ciudades más lindas del mundo, multifacética y generosa. Disfruto de la ciudad con sus parques y avenidas, el barrio donde estamos –Barrio Parque– y la residencia, que es muy especial para mí. Esta casa es de 1926 y Suiza la compró en 1960.
El embajador tiene un pasado singular. Perteneció a la Guardia Suiza Pontificia, un cuerpo militar creado en 1506 dedicado a velar por la seguridad del Papa y de la Santa Sede. Con 130 miembros, es el ejército más pequeño “y también el más antiguo del mundo”, acota Hans-rüedi Bortis.
–¿Cómo se convirtió en un guardián del Vaticano?
–Vengo de una familia muy católica y siempre fui medio rebelde, quería saber qué pasaba con esta Iglesia Católica, sentía curiosidad por conocer cómo funciona el corazón de la Iglesia católica, Roma y el Vaticano. Además, tuve un tío que perteneció a la Guardia Suiza y siempre me contaba cómo era Roma y el Vaticano. Al mismo tiempo, de joven conocí a muchos italianos. Me fascinó su vitalidad, el idioma y su manera de vivir. Para mí estaba claro que, después del colegio, yo quería ir a Italia y conocer Vaticano.
–¿A qué edad sirvió en la Guardia Suiza?
–En 1980, yo tenía 19 años. Me tocó estar al servicio del Papa Juan Pablo II. Fue una experiencia única el poder vivir cada día su trabajo por la paz y por los más pobres en el mundo. Para la gran mayoría, el 90 por ciento, es un servicio de 2 años y luego regresan a Suiza a hacer otra formación, a trabajar o lo que sea. Solo unos pocos se quedan hasta la jubilación, hasta los 60 o 65 años.
–¿Cuáles son los requisitos para ser miembro?
–En primer lugar, ser ciudadano suizo. Es para varones solteros que hayan hecho el servicio militar. Es imprescindible tener una muy buena reputación, educación religiosa católica, muy buena salud y haber hecho el bachiller. Todo eso para poder entrar a la formación de la Guardia Suiza. Y medir más de 1,78.
–¿Jamás se debatió la posibilidad de sumar mujeres a la Guardia Suiza?
–El rol de la mujer en la Iglesia es un tema pendiente. En Suiza, aun hoy, el servicio militar es obligatorio solo para los hombres. Y hacer el servicio militar es un requisito sine qua non para ser guardia suizo.
–Hoy, con credenciales de embajador, ¿se presenta como “exmiembro de la Guardia Suiza”?
–No. “Guardia suizo una vez, guardia suizo siempre”. Es algo que se lleva de por vida.
–En su jardín se destaca una imagen de la Virgen María. Me contaron que la trajo usted. ¿Qué otras cosas lo acompañan en cada destino?
–Cuando uno es diplomático lleva una vida de gitano. Entre tantos viajes, hay algunas pertenencias que tienen mucho valor porque le dan cierta estabilidad a nuestra vida de familia. Siempre llevo conmigo los palos de golf [sonríe], algunos buenos libros, unos cuadros, cosas de decoración y algunos diplomas.
–¿Cómo definiría su profesión?
–Para ser diplomático hay que ser muy flexible, muy curioso... y aventurero. Es una vida fascinante, con muchas oportunidades culturales, pero implica un sacrificio personal muy grande. Vivís lejos de tus seres queridos, con excepción de la familia que te acompaña. Siempre estás comenzando de nuevo, con otro idioma, otro clima, otra gente. Es un ciclo de construir y despedirte. Así, durante 40 años.
–Usted habla español, inglés…
–Alemán, francés, italiano, portugués, un poco de ruso, un poco de holandés. Ya perdí la cuenta. En Suiza hay muchos cantones, y en el mío (Valais) por ejemplo, se manejan dos idiomas: francés y alemán. Es imprescindible aprender idiomas para poder interactuar con otras personas. Esto facilita la idea de educarnos porque desde niño sabes que es necesario.
–¿Qué idioma se habla en su casa?
–Cuando era chico, en Suiza, en mi casa se hablaba alemán. Pero hoy en nuestro hogar usamos el italiano, es nuestra lengua franca. Al mismo tiempo, yo con los chicos hablo el dialecto alemán y con mi esposa en español. En la Argentina, mis hijos fueron al colegio Goethe. Tenemos dos hijos, el mayor está con nosotros y estudia online, mientras que el menor fue a trabajar a Suiza.
–¿Cuán importante es el apoyo de la familia en una carrera como la suya
–La diplomacia es una vida fascinante, pero con muchos sacrificios. Es tan exigente que une definitivamente a las familias o las separa. El funcionario tiene una embajada, una estructura de trabajo similar en todo el mundo. En cambio, para su familia cambia todo. El desafío es enorme.
–Fuera de su tabajo en la embajada, ¿qué actividades recreativas mantiene?
–Voy todas las mañanas al gimnasio. También juego al golf y, con amigos suizos, practicamos dos juegos típicos: en un restaurante alemán jugamos al palotroke, similar al bowling pero más antiguo, característico de los Alpes. Y nos juntamos para jugar al jass, con los naipes.
–¿Lo dejan ganar seguido?
–No, ciertamente no.
–¿Qué similitudes y diferencias ve entre argentinos y suizos?
–En Argentina se tiene la idea de “trabajar para vivir”, en tanto en Suiza es más el “vivir para trabajar”. El ideal sería encontrar un equilibrio saludable entre ambas cosas. Creo que los suizos debemos aprender de los argentinos a tener resiliencia, improvisación, a tener más confianza y coraje.
–¿Cuánto ayuda el humor a la hora de hacer diplomacia? En agosto de 2022, cuando presentó las copias de sus credenciales a la directora nacional de Ceremonial de Cancillería, María Jimena Rivero, lo recibieron en Cancillería con la bandera de Dinamarca en lugar de la de Suiza...
–El humor siempre ayuda. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Eran los mismos colores, también tenía una cruz... pero no era la bandera de nuestro país. Ojo, también nos confunden mucho con Suecia. “Suiza” y “Suecia” les suena parecido, muchos ni siquiera saben cuál es cuál, pero no importa. Lo importantes es que nosotros sabemos qué valores compartimos con Dinamarca y con Suecia. Y son muchos.
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