miércoles, 4 de octubre de 2023

FABIO QUETGLAS, INTELIGENTE ACADÉMICO Y UNA PERSONA FUERA DE SERIE


Fabio Quetglas: “La educación nos emancipa del miedo”
Autor de Deconstruir el populismo,
el académico dice que hay que recuperar el aula como motor de prosperidad
Valeria Shapira
Fabio Quetglas
En un país peligrosamente indignado, pensar un modelo no sólo útil sino alternativo es una obligación para quienes pretenden ser elegidos por una mayoría social. Eso dice Fabio Quetglas, obsesionado por volver a colocar a la política en el plano argumental, por regresar a la conversación sobre visiones, programas e ideas.
Tiene 58 años, es hijo único de una familia humilde de origen árabe. Nació en Wilde, su equipo es Independiente y su historia personal refleja la de un sector social “que en la Argentina evolucionó con un relativo éxito gracias a una educación pública de calidad, esa que hoy tenemos que recuperar para volver a hacer de la Argentina una sociedad educadora”, afirma.
Está casado, tiene dos hijos, disfruta de dar clases y de compartir un vino con amigos. Estimulado por su madre, una obrera industrial “laburante, con ideas claras, me crió sola”, Quetglas estudió Derecho en la UBA, hizo un Máster en Gestión de Ciudades en la Universidad de Barcelona y un Máster en Internacionalización del Desarrollo Local en la Universitá degli Sudi di Bologna. Dirige la Maestría en Ciudades de la UBA, es radical, diputado por la provincia de Buenos Aires (UCR/Juntos por el Cambio) y vocero de la campaña de Patricia Bullrich en temas vinculados con la educación.
Enfocado en que el país requiere una mirada contemporánea de la educación, afirma que no hay que destruir sino cambiar, y que “la condición primera para reformar un sistema es quererlo”.

Su reciente libro, Deconstruir el populismo (Sudamericana), con prólogo de Graciela Fernández Meijide, plantea un recorrido hacia un país cuyas soluciones llegarán con mucha menos magia que esfuerzo colectivo. Allí resume un pensamiento en varios ejes: la necesidad de la contemporaneidad (“la Argentina es excesivamente revisionista y hay que dialogar con el hoy porque la política sin sentido de presente tiene mucho de ejercicio literario”); la idea de recuperar el valor de la empresarialidad, porque “la actividad típica de las sociedades modernas avanzadas es la empresa. Sin empresas no hay empleos, ni innovación, ni recaudación, ni bienes públicos”, y la propuesta de dos reformas: la territorial, basada en ciudades intermedias, de alta calidad de vida, integradas a los flujos globales de producción, y la reforma institucional del Estado “que no cumple lo que promete, y está jaqueado por sectores corporativos”.
Fabio Quetglas
–¿Cómo se busca un rumbo racional en una Argentina indignada y a los gritos?
–En la Argentina ha crecido una indignación que es legítima, pero creo que es mala consejera, en el sentido de que cuando estamos mal y respondemos pegando un puñetazo, lo más probable es que nos rompamos los nudillos. En términos generales, este modelo está agotado en tanto no genera las condiciones para que cada ciudadano sea más productivo, para que las empresas funcionen con un clima de negocios razonable, y para que el Estado brinde bienes públicos razonables. Es decir: está agotado más allá de la coyuntura. Ha exhibido más ese agotamiento por sus errores persistentes.
–Los discursos radicalizados apuntan a que lo que está agotado es el Estado.
–Hay una mezcla de indignación con abolicionismo de Estado que identifica en el Estado la suma de nuestros males. Yo creo que el Estado argentino ha sido manoseado y desconfigurado, tiene que enfocarse y ajustarse a posibilidades que lo hagan sostenible, que sea profesionalmente calificado, que provea bienes públicos de calidad, que respete el dinero de los contribuyentes. El Estado tiene mucho que hacer: cuidar el espacio público, la seguridad pública, la salud de todos. Lo digo como persona que defiende el mercado, la autonomía, la libertad, y aun así creo que son necesarios bienes públicos para convivir mejor.
"En términos generales, este modelo está agotado en tanto no genera las condiciones para que cada ciudadano sea más productivo, para que las empresas funcionen con un clima de negocios razonable, y para que el Estado brinde bienes públicos razonables"
–Pero venimos presenciando liderazgos ligados con cierto mesianismo…
–Todo eso, como lo definís, se viene dando en Brasil, en Perú, en Estados Unidos. La denuncia de que el Estado está agotado en su capacidad de respuesta porque es burocrático no es un fenómeno exclusivamente argentino. Hubo un ciclo que se inició sobre finales de la Segunda Guerra, en Occidente, de confianza institucional. Ahora tenemos un ciclo de enorme desconfianza, por lo que les resulta muy fácil a algunos líderes decir “las instituciones son un problema” y no la solución. Es lo mismo que dice Trump respecto de la agencia migratoria o que decía Johnson sobre la Unión Europea. Se le echa la culpa a un complejo institucional de los males de la sociedad. En muchos casos, las instituciones han quedado desfasadas o han sido cooptadas. La única manera de salir de ese entuerto es reformarlas, no abolir toda medicación técnica. Como dice Daniel Innerarity, la simplificación corrosiva es una amenaza para la democracia.
–¿Hay resto para asumir el costo de las reformas?
–Hay que encarar las reformas con tres ejes: responsabilidad (hacerlas para no estancarnos), sensibilidad (reducir su parte de impacto negativo) y equidad, para que los costos de las transformaciones no los cargue sólo un sector. No vamos a ser más más justos si no somos más prósperos. Por ejemplo, tenemos que tener un régimen de contratación laboral más adecuado al estándar tecnológico actual, un presupuesto público ordenado y con más foco en la ejecución del gasto. También hay que darle dinamismo a actividades económicas que hoy están imposibilitadas y en muchos casos injustamente “canceladas”. Hay una lista de tareas por hacer que no podemos patear para adelante.
–¿Cómo se mejora la conversación pública en un contexto en el que muchos ven luz en la idea de volar todo por los aires?
–La conversación pública se degradó en el sentido de que todo el tiempo buscamos estigmatizar al otro. Un empresario es próspero e inmediatamente recibe el calificativo de “garca” y su visión es invalidada; o una persona es beneficiaria de un plan social y plantea una opinión sentida y se la descalifica porque es “planero”. Si no hacemos el esfuerzo –personal, conductual, ejemplar, existencial– por poner a la política en el plano argumental, perdemos el eje. La descalificación del otro es una forma de no aprendizaje. El conflicto no es un problema, es propio de sociedades complejas. El problema es que no logramos instalar un tono en el que nuestro debate no sea disfuncional a nuestra convivencia. Yo soy favorable a que se busquen acuerdos, pero no a mentir o a pensar que este es un problema de reunirse y ponerse de acuerdo.
–La corrupción y el retroceso de las últimas décadas producen desconfianza en relación con la autenticidad del diálogo en la política.
–La idea de que el estancamiento argentino es consecuencia de una actitud caprichosa es un engaño. La Argentina tiene problemas objetivos severos. Hay que tener un consenso para el cambio, porque uno también puede tener un consenso para el no cambio. El tema no es dialogar o no dialogar, sino para qué dialogar. Hay que cumplir la ley y renunciar al chantaje. Una parte de nuestra función como políticos es incorporar a la conversación pública los elementos de índole moral. Tenemos que alinear la conducta personal con las posiciones que asumimos. Si la Argentina quiere hacer el upgrade a una sociedad de mayor calidad democrática, más productiva, no va a tener la opción de omitir la cuestión ética. Si seguimos funcionando con tan alta tolerancia al incumplimiento, la defraudación, la mentira y el oportunismo va a ser muy difícil lograr un sendero de transformaciones sostenidas. Cuando todo se mueve es importante construir certezas.
–¿Por qué es esencial que una sociedad con índices de pobreza del 40 por ciento reciba el mensaje de que nada mejora si no mejoramos la educación?
–Porque la educación tiene implícita la promesa de que podemos ser mejores. La promesa de que podemos salvar una vida, arreglar una máquina o interpretar otra cultura. Y al mismo tiempo, tenemos que decir que la educación nos pide un esfuerzo personal e institucional, nos interpela a cada uno en el sentido de remarcarnos que nada se aprende “de taquito”.
–El “populismo educativo” al que se refirió usted recientemente no está alineado con esa idea del esfuerzo…
–El populismo no pone en evidencia el esfuerzo, la idea de que si el lunes tenés un examen difícil, quizá el sábado tengas que faltar a la milonga. Y es lo contrario: la educación nos pide un esfuerzo que tenemos que reivindicar. Negarlo es una barrera subjetiva enorme.
–¿Cómo se genera una visión alternativa al populismo que sea atractiva?
–Lo más importante de la educación es que nos emancipa del miedo. Una sociedad de personas libres precisa que la gente sea educada, que tenga acceso a información plural, que pueda identificar qué es verosímil, que pueda preguntar y pedir ayuda. Si queremos ser mejores como sociedad, no podemos no ser mejores cada uno. Tenemos que ser mejores diputados, mejores empresarios, mejores sindicalistas. El país del futuro, que es el de la agregación de valor sofisticado, el de conocimiento de los procesos productivos, el de la biotecnología, la minería con cuidados ambientales, el turismo bien gestionado o la logística de calidad no se puede construir con gente poco educada. El país en el que convivirán las pymes con la inteligencia artificial tiene que hacerse con gente que esté a la altura, que entienda el mundo. No intentarlo es un fraude. Es gestionar sólo el día a día.
"El tema no es dialogar o no dialogar, sino para qué dialogar. Hay que cumplir la ley y renunciar al chantaje."
–¿Por qué el acento en la empresarialidad?
–En la Argentina no hay un discurso para legitimar la empresa más allá del discurso económico. La idea de luchar por los sueños propios, de colaborar en busca de resultados compartidos, de tener una observancia de la necesidad de otro (las empresas que prosperan tienen en cuenta la necesidad de alguien); la idea también de lidiar con la incertidumbre, de tener iniciativa, de que se respete la formación de capital de las organizaciones empresariales pequeñas, medianas, grandes. Yo hago una reivindicación de la empresarialidad como actividad necesaria para ser lo que soñamos: una amplia sociedad de clases medias.
–¿Tan seguro está de que es general el anhelo del país de las grandes clases medias?
–Discursivamente, todas las fuerzas políticas reivindican un modelo de convivencia que tiene en la movilidad social un eje. Pero es interesante lo que planteás porque una cosa es reivindicarlo y la otra son los fundamentos que permiten que esto se cumpla. Hasta mi generación el fundamento de la movilidad social en la Argentina era la educación pública de calidad. Una persona podía trabajar por horas limpiando casas y mandar a su hijo a la escuela pública, y tenía la garantía de que la escuela era buena, capaz de alentar en la cabeza de ese chico la idea de que él vivía en una país donde su esfuerzo no era vano. En los Estados Unidos, donde salvo la educación elemental el resto en general es pago, el vector por el cual un ciudadano se siente más norteamericano es el acceso al crédito; si vos honrás el crédito, y te esforzás, sos parte. En la Argentina, el motivo de ciudadanización siempre fue la educación y es por eso que hay que pensar algo en ese sentido. El chico de 20 años que abandonó el secundario, que tiene un trabajo precario o que no consigue trabajo tiene que ser reintroducido en el sistema educativo, por él y para que él pueda seguir la trayectoria educativa de su hijo con las herramientas que le dé la escuela. Mala formación es malos empleos y malos salarios. Y estamos viendo un escenario que no tuvimos por décadas, que es el de empleadores que no consiguen empleados capacitados.
"Además de la problemática de la alfabetización (de que logremos que un chico pueda leer un texto simple al terminar primer grado), de la capacitación docente, etcétera, hay un aspecto central de nuestro sistema educativo actual: es amplio y accesible, pero perdió atractividad"
–A propósito del debate reciente en el Congreso sobre la creación de nuevas universidades, ¿qué evaluación hace sobre el acceso y la calidad de la educación superior?
–A lo largo del tiempo la Argentina ha construido una diversa y potente oferta de educación superior, tanto en el sector público como en el privado y en algunos casos con rasgos de calidad destacable a escala local y regional. Las dificultades de acceso a la educación superior no están tanto del lado de la oferta, sino de condiciones sociales, dificultades en la escuela media, problemas de fragilidad económica. La expansión de la educación superior tiene que ser pensada en términos contextuales, con las posibilidades tecnológicas de hoy, tenemos que ver cómo la expansión de esa oferta se hace sin detrimento de la calidad, y por supuesto planificando, porque existen áreas sobreofertadas y áreas subofertadas en la educación superior y el plan tiene que ser parte de una estrategia razonable para mejorar no sólo el tránsito de los alumnos por la misma o la tasa de egreso, sino también el aporte que la educación superior hace en este aspecto al desarrollo nacional, así como en otros aspectos vinculados con la extensión y la investigación. Con toda la oferta ya existente, lo que debemos tener es la voluntad de facilitar la accesibilidad a la misma, con mejores estrategias de acceso, mejorando la conectividad para los lugares remotos e impulsando a las propias casas de estudio a que tengan propuestas híbridas, para que hasta en el último rincón de la Argentina haya posibilidad de acceso a la educación superior sin necesidad de forzar la creación de casas de estudio en lugares donde pueda haber insuficiencia de profesionales o en los que no se justifique por escala. Tenemos mucho para pensar en términos de tecnología, de movilidad, de conectividad para garantizar el acceso y la calidad, como lo han hecho en otros lugares del mundo, siempre con una mirada integral de la educación superior que responda a las necesidades del territorio, a las necesidades que tenga la Argentina en términos de inserción global, cuidado del ambiente y otros parámetros. En definitiva: aprovechar la tecnología, planificar, calificar. Facilitar el acceso con criterio, con sentido.
–En el nivel macro, ¿cómo organizaría el futuro?
–Si miramos la historia reciente, ya pasamos por un sistema educativo centralizado y por un sistema descentralizado. Creo que tenemos que proponer un sistema colaborativo, con un Ministerio nacional que trabaje en coordinación con las jurisdicciones, estableciendo metas comunes, incentivos y seguimiento. La calidad se gestiona moviendo el sistema, recreando la cultura del compromiso con la trayectoria educativa en todos los niveles.
–¿Por qué habla a menudo de calidad vs. fraude?
–Un pibe pierde un día de clase y al otro día las consecuencias de esa ausencia no se notan. El resultado de los efectos de la pérdida sistemática se ven cuando ese pibe termina el ciclo. Un problema que evoluciona como aparentemente asintomático después se materializa en la insuficiencia formativa. En un sistema, si uno quiere evolucionar hacia la calidad, una de las claves es medir. No episódica sino sistemáticamente. No estoy hablando de hacer un censo nacional, sino de buscar mecanismos para que el Ministerio de Educación fortalezca sus áreas de evaluación. Tenemos la intuición de que aumentó la violencia, o de que la salud mental de los docentes está afectada, pero nada está medido. Si logramos constituir un área estadística potente, vamos a tener un debate informado. Medir nos va a servir para ver cómo mejorar las condiciones de la educación como fenómeno. Estamos gobernando la educación a ciegas, como si fuese lo mismo educar con el 5 que con el 40 por ciento de pobreza, pidiéndole a los chicos que mantengan la atención en un mundo en el que los adultos estamos dispersos.
–Un gobierno de la educación asincrónico en relación con el presente…
–Además de la problemática de la alfabetización (de que logremos que un chico pueda leer un texto simple al terminar primer grado), de la capacitación docente, etcétera, hay un aspecto central de nuestro sistema actual: es amplio y accesible, pero perdió atractividad. Si bien este no es un fenómeno exclusivamente argentino, tenemos el desafío de pensar cómo construir la atractividad de la escuela de hoy, de la escuela pensada con la cabeza de hoy.
–¿Empezando por?
–Que nos estimulemos con las diversas vocaciones que tenemos. Mi mamá me decía: “Tenés que educarte para ganarte la vida”. Yo a mis hijos les digo que tienen que educarse para disfrutar de la vida. Me ha pasado estar frente a una obra de arte junto a otras personas que lloraban emocionadas mientras yo no entendía, hasta que tiempo después, cuando entendí esa obra me sensibilicé. La sensibilidad, la ironía, el sarcasmo, la capacidad de comunicarse con otros, de resolver algo solos, de decodificar el mundo en el que se vive, de entender el valor de tener un proyecto y sostenerlo…todo eso es resultado de la educación. Una visión alternativa al populismo que sea atractiva y sincera parte de entender a la escuela como un lugar útil para el país y deseable para las familias. Vamos a necesitar que los pibes estudien, que los adultos –para no perder sus empleos–, se califiquen más. Que las empresas valoren la formación de sus recursos, que nuestros mayores tengan la posibilidad de aprender cómo manejarse con la tecnología y con un mundo que los desconcierta. Hay que trabajar para que las familias estén más involucradas en el seguimiento de sus hijos, construir cultura para que puedan acompañarlos en el proceso de aprendizaje. Fijate cómo, durante la pandemia, fueron los Padres Organizados los que reclamaron por la educación de sus hijos. El movimiento no es de una persona, no es de un partido. Es de todos. Tenemos que apoyar a maestros y profesores para que sientan la emoción del arte de educar. Y a los chicos, para que perciban el significado del ritual cotidiano de educarse. Insistir en que no es lo mismo aprender que no aprender.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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