miércoles, 18 de octubre de 2023

LINDÍSIMA ESCAPADA A LAS MARIANAS....UN INCREÍBLE ALMACÉN DE 1914


El almacén de 1914 que es ícono del pueblo Las Marianas y desborda de público cada fin de semana
Fundada por un inmigrante libanés, La Media Luna mantiene los códigos de los boliches de campo a 140 kilómetros de Buenos Aires
Leandro Vesco
Ismael atiende La Media Luna; en la foto, con Javier Pintos (izq.) y otro cliente
“Me he convertido en una leyenda, soy la última bolichera”, dice con orgullo Fadila Ismael, más conocida y venerada como “Mimí”. Está detrás del mostrador del almacén de ramos generales La Media Luna, abierto por su abuelo en 1914, un libanés que llegó al país buscando la América y la encontró en Las Marianas, un pequeño pueblo de Navarro, provincia de Buenos Aires. Todos los días abre el almacén y fieles clientes participan de la ceremonia más esperada. “Es verdad: preparo los mejores aperitivos de la provincia”, se jacta Fadila.
¿Cuál es secreto? “Saber despachar el aperitivo y ser amable. Tenés que escuchar y acompañar”, define. Tiene derecho de admisión: “Los maleducados no entran”, sentencia. No quiere decir su edad; tuvo siete hermanos y solo le queda su hermana de más de 90 años. Es famosa por su carácter. “Soy igual que los hombres y si tengo que sacar a uno lo hago”, afirma. El almacén está en una esquina de Las Marianas, a 140 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Bucólico y arbolado, sus calles son los de un típico pueblo de la campiña.
“Más de un millón, mucho más”, refiere Mimí sobre la cantidad de aperitivos que ha servido en su vida. A pesar de que el almacén tiene una variedad infinita de artículos, de los que se nutre todo el pueblo, la especialidad de ella y la razón por la que la esquina es la más concurrida son los aperitivos. Fadila no anda con vueltas. “Sirvo lo que yo quiero y como quiero”, dispara.
“Gancia, Cinzano, fernet, cerveza, caña Mariposa, whisky y ginebra”, enumera las botellas que tiene más a mano. Aunque se destaca por una en particular: “Despacho el mejor Gancia”. Su menú es simple: mortadela, queso y salame. “A veces, también aceitunas”, agrega.
Desde las 9 de la mañana está abierto. Sus estanterías no tienen espacio para una lata, botella o frasco más. La madera del mostrador tiene la suavidad que solo alcanza este elemento con más de un siglo de contacto con manos, sueños y miradas. “Tengo en oferta la lata de duraznos porque a una vecina le gusta, así que la dejo barata”, cuenta. Códigos de boliches de pueblo. Polémica y desafiante, tiene una propia opinión sobre la realidad del país.
“Soy peronista, pero oigo a quienes gobiernan y me enferman”, admite. El día después de las PASO tuvo un pico de presión y tuvo su propia epifanía; se estoqueó de cuanta botella pudo conseguir entre los viajantes. “Sabía que iba a venirse todo lo que está pasando”, recuerda.
La copa es la medida que maneja. El aperitivo tiene un costo de $500. “Crisis como esta no vi antes”, afirma Fadila, pero desde el lugar en el mundo que le toca estar reflexiona. “En tiempos así, la gente necesita tomar más aperitivos, desahogarse, encontrar compañía”, detalla.
La Media Luna abrió en 1914, hace 109 años. Pedro Ismael llegó desde un lejano pueblo del Líbano. Entonces Las Marianas tenía 3000 habitantes (hoy son 500) y mucho movimiento; el tren permitió aquel presente. Vio una oportunidad y abrió el almacén. Con los años llegó Masmud Ismael, su hijo. Había una creciente comunidad árabe. No sabía español. “Mandaba a hacer almanaques con una media luna y una estrella, eso le hacía recordar la cultura árabe”, indica Fadila refiriéndose al nombre que le quedó al almacén.
Don Masmud, una vez muerto su padre en 1939, se hizo cargo del boliche. Caprichos del destino, en Las Marianas conoció a una libanesa, se casaron y tuvieron ocho hijos. “Duermo en el mismo lugar en el que nací”, dice Fadila.
Un hermano la acompañó en el mostrador hasta 1998. En el lecho de muerte, le dijo: “Cuidá el almacén”. Y eso está haciendo. “Estaré acá hasta el último día de mi vida”, promete.
A pesar de que el almacén está abierto desde temprano, la acción sucede al mediodía y durante la tarde hacia la noche. La importancia social de esta esquina es crucial. Aún llegan clientes octogenarios, pero también doñas que hacen sus compras. Hay momentos en los que el salón está colmado, y Mimí debe agregar mesas en la calle. Todo lo hace sola, los fines de semana el lugar se desborda. “Vienen de Buenos Aires enloquecidos a buscar tranquilidad”, describe. La fidelidad de los clientes del pueblo tiene un rango litúrgico.
“Mimí es del pueblo, la quieren mucho”, dice Javier Pintos, cliente y viajero. Hace años que frecuenta el pueblo y el lugar. Conocedor de las señales camperas, destaca las de Fadila. “Tiene una habilidad, poder atender incluso a 50 hombres a la vez, parece que tuviera patines”, agrega Pintos, que registra sus vivencias en su cuenta de Instagram @dpuebloenpueblo.
Fadila pone reglas. En la era digital ella tiene un celular, pero habla por teléfono fijo. “Se habla mejor. Es común que el almacén reciba visitas citadinas y antes de hacer un pedido, o saludar, comiencen a sacar fotos. No se lo permito, me tienen que pedir permiso”, espeta.
Las Marianas es un pueblo que se convirtió en un destino consolidado en la red de pueblos dentro del radar de aquellos que hacen escapadas gastronómicas. A pocas cuadras del almacén, está el restaurante y hotel Doña Irma. Con sus más de 80 años, Irma amasa ravioles que los sibaritas transformaron en elemento sagrado. Nadie, ni siquiera su hijo, conoce el secreto del relleno. Solo que cocina el estofado y la pasta en una cocina a leña. “La secuencia es ir primero a La Media Luna y, después, a Doña Irma, Son dos mujeres únicas”, resalta Pintos.
El pueblo acaba de recuperar un viejo almacén, El Nuevo Recreo. Si de algo no carece Las Marianas es de esquinas criollas.
La Media Luna funciona como un portal. Todo lo que está dentro de sus paredes tiene un siglo, lo anormal es lo actual. Un mundo con señales propias, el del almacén. Pintos hace referencia a una sana costumbre: “Tenés que ser rápido para invitar”, advierte. Cuando el desprevenido pretende pagar, Mimí suele repetir: “Ya está pagada la copa”. En el bondadoso círculo rural, compartir la felicidad es una obligación


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