domingo, 8 de octubre de 2023

RAMOS GENERALES ALMACÉN (SI VAS A USHUAIA )




En el fin del mundo. El restaurante del 1900 que enamoró a Leonardo DiCaprio y Russell Crowe
Ramos Generales Almacén
Enrique Chasco creció marcado por el relato de su abuelo, que estuvo en el hundimiento del “Titanic argentino”, en Ushuaia; hoy, dirige el restaurante más emblemático de esa ciudad
Laura Reina

Román Enrique Chasco –aunque todos lo llaman por su segundo nombre– dice que eligió vivir en Ushuaia mucho antes de pisar el suelo de esta ciudad. Su infancia estuvo marcada por los relatos de su abuelo, un inmigrante vasco que fue uno de los pasajeros del Monte Cervantes, considerado el “Titanic argentino”. Fabricado en Alemania y de 160 metros de eslora, este barco naufragó en 1930, en el canal de Beagle. “Eché raíces en Ushuaia mucho antes de haber nacido”, afirma Enrique, propietario de Ramos Generales Almacén, uno de los restaurantes más visitados por las figuras internacionales que llegan hasta el fin del mundo como Leonardo DiCaprio, Russell Crowe, Al Pacino y Meg Ryan.
Sin embargo, él y su familia son protagonistas de una historia digna de Hollywood.
Nacido en Bragado, provincia de Buenos Aires, Enrique siempre estuvo conectado con este lugar. “Mi abuelo era una de las 1500 personas, entre pasajeros y tripulantes, que estuvo en el naufragio del Monte Cervantes. Ese barco venía de Europa a Buenos Aires con inmigrantes. En el puerto subían turistas, entre los que estaban mi abuelo, mi abuela y una hermana de mi abuelo, que tenía 12 años, y tocaba Puerto Madryn, Punta Arenas, Ushuaia y nuevamente llegaba al puerto de Buenos Aires”, relata Chasco.
Chasco está al frente de Ramos Generales Almacén desde 2006
Pero el navío, que pertenecía a la empresa Sociedad Hamburgo Sudamericana, nunca llegó a su destino final. El barco entró al canal de Beagle por el lado derecho y en lugar de salir por el izquierdo, como se recomendaba, salió otra vez por la derecha, donde había rocas sumergidas que lo hirieron profundamente. “Hizo un rumbo de 90 metros y sucumbió frente al faro de la isla Les Eclaireurs. Justo era el último viaje del capitán Teodoro Dreyer, que iba a jubilarse. Al día siguiente del naufragio, con todos los pasajeros y la tripulación a salvo, este hombre desapareció misteriosamente. Años después, un buzo alemán que estuvo explorando la zona en los 50, encontró el esqueleto con un tiro en la cabeza”.
Ushuaia, que en esa época tenía apenas 800 habitantes, tuvo que prepararse para albergar, de un momento a otro, 1500 personas. Como no había hoteles ni nada dónde alojarlas, se dispersaron en casas de familia y hasta en la cárcel. “Mi abuelo vivió en la casa del hombre y mujer más prolíficos de la ciudad. Se llamaban José y Aurora Romero, y tuvieron 21 hijos: 15 de partos únicos y 6 de partos dobles. Vivían una cuadra hacia arriba del único almacén de la ciudad, y así fue como mi abuelo conoció a Don José Salomón, un turco que llegó a la isla en 1913 y gracias a sus aptitudes para el comercio fundó el Almacén de Ramos Generales. Muy pronto este lugar se convirtió en el lugar de encuentro de la población y cumplió un rol fundamental cuando llegaron los náufragos, que desabastecieron el local en pocos días”, precisa Chasco, sentado en una mesa de ese mismo almacén, hoy reconvertido en un restaurante ilustre, visitado por celebridades y turistas de todo el mundo.
José Salomón (segundo desde la derecha), fundador del Almacén
Adentro, se mantuvo el mobiliario original
Una llegada inoportuna
Chasco creció con la historia de su abuelo, que nunca pudo volver a Ushuaia, y desde niño fantaseaba con instalarse en el fin del mundo. “Cada vez que iba a visitarlo a su casa le pedía que me contara la historia del Cervantes –recuerda–. Cuando terminé la secundaria me fui a estudiar a Buenos Aires y en 1968 empecé a trabajar en comercio exterior. Diez años después, en el 1978, convencí al empresario que era mi cliente de que instalara una fábrica acá. Recién en 1981 yo pude abrir una oficina en la ciudad. Fue la primera vez que estuve en Ushuaia. Cuando bajé del avión me enloquecí, me quedé cinco días y dije ‘tengo que venir a vivir acá’”.
Algunas de las delicias que ofrece la carta
El problema era que Chasco estaba casado con una mujer de origen alemán, muy unida a sus cinco hermanas y a su mamá. No fue fácil convencerla, porque significaba romper una especie de clan familiar, aunque finalmente lo logró y emprendieron un viaje por tierra con su hija de 4 años. “Llegamos el 31 de marzo de 1982, dos días antes de que empezara la guerra de Malvinas. En la plaza había banderas, estaba todo medio raro y mi mujer me dijo: ‘Debe ser el Día de Ushuaia, ¿por qué no preguntás?’ Y ahí nos enteramos de que habían decidido recuperar las Malvinas. No sabíamos nada, habíamos estado 15 días manejando y no teníamos idea de lo que estaba pasando.”
Chasco, siempre presente en el lugar
La familia se instaló en una cabaña a 6 kilómetros del centro, con un pequeño grupo electrógeno, baterías y velas para pasar el frío otoño. “A las 8 de la noche se apagaba la luz y había que dormir. Pasé toda la guerra con mi mujer de aquel entonces, que no quiso volverse con mi hija a Buenos Aires, y nos quedamos los tres acá. Fueron días muy tristes, yo iba al puerto por mi actividad profesional y veía cómo cargaban los pertrechos de guerra, hasta que al tiempo aparecieron las bolsas. Fue muy duro”, asegura.
El “regalo” que le cambió la vida
Chasco enviudó y siguió con su actividad de comercio exterior hasta que en 2006 se encontró con una oportunidad única, “un regalo” de la vida: recuperar el Almacén Ramos Generales, que había estado cerrado y abandonado por 40 años, y devolverle un lugar histórico a los habitantes de la ciudad. “La nieta de Salomón lo heredó después de la muerte de su padre, el primer abogado recibido en la ciudad. Me invitó a tomar un café y me lo ofreció. Yo me había puesto de novio con mi actual mujer y le dije ‘no, gracias’, no quería meterme en ese lío. Pero Lilian, mi esposa, me dijo que le diera para adelante, que era mi sueño, que me iba a ayudar. Y así fue.”
La encantadora fachada del restaurante
Lo primero que hizo Enrique fue convocar a un carpintero, especialista en el arte de la restauración. “Mis padres me inculcaron que hay que conservar la historia del lugar donde uno vive. Y yo veía con preocupación que acá todo lo antiguo desaparecía. Después de un año de trabajo intenso, abrimos en octubre de 2006. Los antiguos pobladores que vinieron a la inauguración lloraban, se emocionaban, fue muy emotivo”, recuerda Chasco, que recuperó el mobiliario –las mesas tienen incluso las marcas de los hachazos del carneo de los animales que se comercializaban allí– y los objetos que el turco Salomón vendía en el almacén como planchas, calentadores a kerosene, trajes y ropa interior, rollos de tela, zapatos, guantes, latas de galletitas y botellas de vino y gaseosa.
También está la máquina registradora original, una reliquia de 200 kilos que contiene billetes antiguos, y un gran cartel de Cinzano enlozado, que estuvo 50 años a la intemperie y ahora se luce adentro del local (el de afuera es una réplica).
La pastelería, de primer nivel, un sello del Almacén
Pero pasada la efervescencia de la inauguración, el negocio no funcionó como Chasco había imaginado. “Nos sentábamos con mi mujer al fondo y no entraba nadie. Contratamos como chef ejecutivo al pastelero David Dumond “Dudú”, que Jean Paul [Bondoux] trajo de Francia a Punta del Este, y después lo llevó con él al Alvear. Horneaba pan francés y lo regalábamos o lo tirábamos. Yo le decía a Lilian ‘mirá lo lindo que es este lugar, cómo puede ser que no entre nadie’. Lo que pasa es que no estábamos en la zona turística. Mi mujer, que es comerciante, me contestaba que tenía que darle tres años. No se equivocó, pasado ese tiempo empezó a funcionar”.
Los objetos antiguos emocionaron a los pobladores el día de la inauguración
El lugar comenzó a recibir medios de todo el mundo, como la TVE y la cadena O’ Globo y se llenó de turistas que llegaban en los cruceros. “La semana pasada abrimos el libro de visitas número 24. Ayer estuvo Lele Cristóbal y le dijimos: ‘Cuando vamos a Buenos Aires no conseguimos lugar en Café San Juan y ahora vos estás acá. Se mataba de risa’. También estuvo DiCaprio, cuando vino a filmar El Renacido, Al Pacino, que llegó en un crucero privado espectacular y me hablaba en italiano, y Russell Crowe, que estaba hecho un zaparrastroso en una mesa del fondo. Estuvo Meg Ryan y vino Bill Gates media hora, desayunó y se fue. También Paul Allen, cofundador de Microsoft fallecido en 2018, con el Octopus, un megayate, de los más caros y lujosos del mundo”, enumera Chasco.
Pero lo cierto es que la gente elige el Almacén no solo por ser un lugar histórico, sino por su exquisita gastronomía: la carta incluye conejo con papas, cazuela de vieiras, ravioles de cordero con salsa de hongos, tallarín de mar, merluza negra con puré de coliflor y las famosas sopas de pescado, cebolla y calabaza, además de pastelería de primer nivel como las croissants rellenas de pasta de almendra, la torta de mousse de Baileys y chocolate, y las deliciosas baguettes.
Mientras recorre la antigua edificación de 1906, Chasco asegura que nada de lo que hay en su local está en venta. “Vienen de todos lados y me lo quieren comprar. Yo me planto y les digo que no se vende. No lo pueden creer, me ofrecen de todo, sumas muy importantes en dólares. Pero yo soy el custodio del Almacén, tanto de la casa como de sus objetos. Este lugar no está en venta porque su valor no tiene precio”.

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