domingo, 15 de octubre de 2023

VIDA DIGITAL



Con un 99% de Beethoven no alcanza
Ludwig van Beethoven. Vida y obra, nunca al revés
De momento, y por la forma que funcionan, las redes neuronales pueden imitar lo que hacemos los humanos, pero ya sabemos lo que pasa con las imitaciones. Además, algunas reflexiones sobre cómo se integrará la IA en nuestra vida; tal vez sería bueno que dejemos de dramatizar
Ariel Torres
Los que escribimos sobre nuevas tecnologías –una disciplina que ni es nueva ni carece de tradiciones– sabemos que es mala idea hablar del futuro. Pero bueno, a veces hay que equivocarse para avanzar. Así que ahí va. Un anticipo, una corazonada, un pronóstico.
Durante casi un año (desde el 30 de noviembre de 2022), y en rigor desde hace mucho más, Hollywood mediante, nos hemos ido convenciendo de que la inteligencia artificial en algún momento va a irrumpir brutalmente en nuestras vidas, o bien mediante un Judgment Day al estilo Terminator (que debería haber ocurrido el 29 de agosto de 1997, si quieren la fecha exacta) o bien mediante una invasión pacífica, pero a la vez muy traumática, de máquinas pensantes que nos van volviendo cada vez más blandos y tontos.
Wall-E, el querible robotito chatarrero que encuentra a una humanidad reblandecida por la automatización y un planeta devastado por la contaminación
Ahora, con OpenAI, ChatGPT y el resto de las (pocas) corporaciones que tienen los medios para entrenar grandes modelos de inteligencia artificial generativa, la cosa se ha puesto en carne viva. Incluso los creadores de contenidos están preocupados. Los programadores. Los periodistas. Y por supuesto los políticos, porque ahora es posible crear fake news de una verosimilitud y realismo como nunca antes habíamos visto en la historia; como si la política fuera siempre honesta. Pero está bien, sé que hay dirigentes sinceramente preocupados por el efecto que estas tecnologías podrían tener sobre la democracia
Es decir, existe el temor de que trabajos que creíamos que no podían automatizarse ahora puedan automatizarse, y adiós. Las máquinas compondrán música, escribirán guiones y artículos, actuarán en las películas y nosotros nos convertiremos, si tenemos los fondos para pagar el precio (de ese temita, sospechosamente, nadie habla), en espectadores pasivos. O los votaremos. Si nos dejan.
Por añadidura, esto recién empieza. Si con una supercomputadora que no es de las más potentes OpenAI revolucionó el mundo, ¿qué no podrán hacer las máquinas con 6, 9 o 12 órdenes de magnitud más de poder de cómputo? El niño que hoy empieza a hablar en unos pocos años es el joven Mozart. ¿O no es funciona igual con las máquinas?
Infinitamente divisible
Bueno, ese es el problema; no es exactamente así como funciona con las máquinas. Las máquinas pueden tener inteligencia artificial, pero no una vida. De tenerla, ¿sería también una vida artificial? Suena como un contrasentido.
Quiero presentar aquí un concepto. Lo llamaré (tal vez ya tiene nombre, lo ignoro) el Principio del 1 por ciento. Hay muchísimas tareas que alcanza con hacer bien al 70% o al 90 por ciento. Por ejemplo, si una máquina pudiera conducir un coche con el 90% de aciertos, lo haría mucho mejor que un humano. Incluso cuando, y esto también forma parte del problema, el humano será capaz de salir de ese 1% de error o de situaciones imprevistas con más cintura y más creatividad que una máquina. Pero en muchísimas tareas, con un 90% alcanza y sobra. Las aspiradoras robots son un caso. Ni por asomo puedo dejar mi estudio tan bien como mi Rumbi, ni aunque me esmere.
Cámaras y sensores en la parte superior de un Jaguar sin conductor de Waymo; nadie, ni la IA, maneja 100% libre de error, y sin embargo es suficiente
Ahora, imagínense a Beethoven dejando la Novena Sinfonía en un 99 por ciento. Viene Ludwig y nos entrega una partitura a la que le falta el acorde final. Podemos deducirlo, cierto, porque la música tiene reglas, pero no podemos estar seguros. ¿Va a cerrar, como se espera, en la tónica (la nota de descanso)? ¿O va a sacar un as de la manga? La Novena es bastante previsible en este sentido, y cierra, después de haber escapado de todos los cánones de la época, de una forma muy clásica. Pero, de nuevo, supongamos que Ludwig nos entrega la sinfonía al 99 por ciento. Ese 1% restante abre un millón de posibilidades. ¿Qué tal si era un falso final y retorna al tema principal? Dividamos ese 1% en dos. Nos falta el 0,5% por ciento de la Novena. Y tampoco está completa. Problema #1: ese 1% es infinitamente divisible.
Más allá de que casi todos los que hacen arte sienten esa puntada horrible de que lo que acaban de crear es mediocre o insulso (“débil”, como calificó Brahms a su concierto para violín, que es una obra maestra), Ludwig escribió el 100% de la Novena. Por un lado, no generó su partitura estadísticamente (como lo hace la IA generativa), y por el otro completó la obra al 100 por ciento. ¿Por qué? Bueno, es bastante simple: de otro modo no habría podido estrenarla. Ningún teatro estrena una obra a menos que esté completa. Quizá el sintió que podría haberlo hecho mejor y cualquiera que cree obras del tipo que sea sabe que la única forma de dejar de corregir es publicar.
Pero tan al 100% crea el humano (versus la máquina, que lo hace estadísticamente), que incluso sinfonías inconclusas (como la Octava de Schubert) o novelas no del todo compaginadas (como El Proceso, que Franz Kafka le pidió a Max Brod que quemara junto con el resto de su obra sin terminar), son en un punto el 100% de eso inconcluso. Somos tan paradójicos los humanos al crear que podemos hacer cosas 100% inconclusas, y entonces, como tal cosa inconclusa, está completa. La IA no puede ni empezar a plantearse esto, excepto como una simulación. Otro contrasentido.
Brahms, a la derecha, y su admirado Johann Strauss II
Otro ejemplo: imaginá que le preguntás a tu cónyuge si te ama. Y te responde que sí, pero no al cien por ciento. Ahí te das cuenta de que tienen mucho que hablar, porque el amor no se puede medir en porcentajes; o sea, te están mandando un mensaje. Problema #2: al revés de lo que creen algunas personas, y digo esto con todo respeto, no todo se puede medir.
Por lo tanto, no es solamente que la máquina carece de consciencia y por lo tanto no puede amar ni apasionarse ni componer desde el misterio de su psiquis única, irrepetible e insondable, sino que además hay asuntos muy importantes (el arte, el amor, los vínculos) que no pueden tratarse estadísticamente.
Problema #3: La IA, nos aseguran, también puede hacer una obra al 100 por ciento. Sí, esa es la impresión que tenemos. Pero es un espejismo. Puesto que la IA genera contenidos estadísticamente, lo que obtenemos (lo contó muy bien el guionista de Black Mirror) es un pastiche, un promedio, una Novena al 80 por ciento. Ponele al 90. Al 99 por ciento. Pero por el modo en que opera, una obra creada por IA generativa es estadísticamente lo mejor que esa red neuronal puede hacer con esa tecnología, ese corpus y esos parámetros. Los humanos funcionamos al revés. El talento es la combinación de nuestras destrezas con nuestros defectos, de nuestras virtudes y nuestras miserias, de esto que somos. No promediamos.
Las máquinas van a seguir haciendo cosas curiosas y llamativas, incluso comercialmente viables, pero ese 1 por ciento es, insisto, infinitamente divisible; un 99,99% de la Novena Sinfonía tampoco alcanzaría. Así que antes de tener un Beethoven artificial deberá pasar mucha agua bajo el puente. No sé cuánto en años. Depende incluso de avances en cómputo que no son previsibles. Pero las máquinas primero deben tener una vida, y después podremos esperar una obra. Es Vida y Obra. Nunca, al revés.
Música y Photoshop

El segundo aspecto de este análisis tiene que ver con que ya estamos usando IA para muchas cosas. No me refiero a las recomendaciones de Netflix o a Google Maps. Me refiero a estas nuevas formas de IA generativa. La música de avisos de publicidad, una gran cantidad de imágenes, traducciones, y por supuesto asuntos más profundos, como los que mencioné aquí, están siendo generadas artificialmente. Y no pasa nada. ¿Por qué? Porque en esos niveles da lo mismo. Me temo, por lo tanto, que cada vez más los algoritmos nos van a ayudar con tareas que de otro modo deberíamos perder el tiempo haciendo a mano o con cosas que sería imposible que un humano haga. El asunto (y tampoco de esto se habla mucho) es adaptar al humano para que deje de hacer el trabajo de las máquinas. Los que me siguen saben que hace no menos de una década que estoy machacando con esto.
Paul McCartney con George Martin; tenía formación como pianista clásico, y fue pionero en usar la tecnología a favor de la música....www.paulmccartney.com
Pasó con el Photoshop, que en su momento también puso en alerta a media industria y a la dirigencia, y sin embargo se fue incorporando silenciosamente, como lo hicieron miles de herramientas antes. Hoy la música también se photoshopea, por ejemplo. Y no es asunto nuevo. En In my life, del disco Rubber Soul, de los Beatles (1965), George Martin toca una breve transición en estilo barroco. Para que suene como querían (o tal vez porque Martin no podía tocarlo a la velocidad necesaria), lo graba más lento y luego acelera la cinta. En estos 60 años pasaron cosas y hoy, en el estudio, el artista, el ingeniero y el productor pueden corregir cualquier cosa que quieran, sin fisuras y sin que nos demos cuenta. ¿Está mal? No lo sé, me parece que esa es otra discusión y que tiene que ver con lo que definimos como arte; escribí sobre ese tema, que es mayormente inagotable, aquí.
Así que esta es la segunda impresión que tengo. Que la amalgama humano/máquina empezará así, sin estridencias. Y si me lo preguntan, arrancó hace rato.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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