martes, 14 de mayo de 2024

Carlos Gardel y su pasión por las carreras de caballos, que quedó inmortalizada en "Por una cabeza", una analogía entre el turf y el amor




El metejón de un día que a Carlos Gardel le hizo perder “Por una cabeza”
Carlos Gardel y su pasión por las carreras de caballos, que quedó inmortalizada en "Por una cabeza", una analogía entre el turf y el amor
Escrito por el Zorzal criollo y Alfredo Lepera, el tango conforma una analogía perfecta entre las carrertas de caballos y el amor
Mauro Apicella
“Por una cabeza, de un noble potrillo, que justo en la raya afloja al llegar. Y que al regresar, parece decir, no olvides, hermano, vos sabes, no hay que jugar”. Si hubiera que elegir hasta donde dan los dedos de una mano, los tangos más emblemáticos del repertorio gardeliano, “Por una cabeza” estará dentro de esa lista.
La clave, para aquello que en cuestiones musicales no termine siendo perecedero, es la comunión entre letra y música. Solo para comenzar, este tango tiene esa característica central y, además, otras virtudes o particularidades. Quizá, la que se destaca sea la habilidad de Alfredo Le Pera -autor de este tangazo junto con Carlos Gardel- para encontrar una forma de relato absolutamente accesible para todo oído, y la originalidad de hablar de un desencuentro amoroso explicado a través de una carrera de caballos. Para quien no conozca la canción, esto puede sonar muy raro, pero cuando se descubre ese juego entre “la timba burrera” y el amor, la explicación será bien sencilla. Lo que hacen Gardel y Le Pera es referir a la situación de un corazón roto a través de la analogía con el turf (y todo lo que está implicado en ese mundo).
La letra comienza con el breve relato de una carrera en la que un caballo (favorito o no), en los últimos metros pierde la posición y cruza el disco en segundo lugar. Pierde apenas “por una cabeza” de diferencia. Y como el exitismo de la esencia humana se impone, la historia no recordará a los que llegan en segundo lugar (tampoco las apuestas). Pero el punto no es este, sino la frase que sigue. Los caballos no hablan, pero resulta que este parece decirle al apostador que no hay que jugar. Y lo que en realidad está diciendo es que no se juegue por ese amor porque va a resultar lastimado.
La analogía desaparece en la segunda estrofa. Porque allí Gardel le canta a ese amor que ya no es (si lo fuera, no sería tango, por supuesto). “Por una cabeza, metejón de un día/de aquella coqueta y risueña mujer/Que al jurar sonriendo el amor que está mintiendo/quema en una hoguera /Todo mi querer”. La mención a esa “cabeza” ya no es una referencia métrica y las frases que siguen son por demás elocuentes. Por un lado, ese excelso juego de palabras, un amor que miente, y la sonrisa detrás de un juramento. Por otro, la exacerbación de ese sentimiento trágico. Todo un “querer” echado al fuego.
Es exagerado, pero no suena como tal cuando se lo escucha en la voz de Gardel y de otros cantores. Lo que sí transmite (al menos en aquellas voces que saben transmitirlo) es el dolor por el desengaño. ¿Qué sucede en la tercera estrofa? La tercera estrofa no existe porque, en realidad, este tango tiene un doble estribillo.
“Por una cabeza, todas las locuras/Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura”.
“Por una cabeza, si ella me olvida/Qué importa perderme, mil veces la vida, para qué vivir”.
Carlos Gardel (simulando que toca el bandoneón) durante una fiesta, en 1933, en el Stud Yeruá

Otra vez, la exageración del final. “Qué importar perderme... Para qué vivir. Y tiene otro detalle muy interesante. Aunque la versión gardeliana, en la voz del Zorzal criollo, adquiere mucho swing, la estructura musical muestra en las estrofas un sencillo “marcato” (acentuación básica del tango). Es Gardel el encargado del darle la síncopa, la gracia. El estribillo, en cambio, parece tener un cambio de paso en su andar. Y aquí hay otra clave. Mientras que la letra habla de una mujer, la música -con ese cambio rítmico (de paso), y con ese modesto contratema que hacen las voces que repiten lo que Gardel pronuncian- es la representación de ese caballo que está regresando vencido en el último segundo, cansado y a paso lento. Otra vez la analogía, solo que en vez de estar en los versos, Gardel y Le Pera la ubican en la música.
La segunda y última parte de la canción expresa la desventura de ese hombre desafortunado en el juego y también en el amor, que, sin embargo, no puede evitar volver a aportar (al amor y la timba). Sobre el amor dice: “Cuántos desengaños, por una cabeza. Yo juré mil veces no vuelvo a insistir. Pero si un mirar me hiere al pasar, su boca de fuego, otra vez quiero besar” Sobre el juego, asegura: “Basta de carreras, se acabó la timba. Un final reñido ya no vuelvo a ver. Pero si algún pingo llega a ser fija el domingo, yo me juego entero, qué le voy a hacer”.
Un conocedor del tema
La mejor manera de plantear una analogía es a través de aquello que más se conoce. Y es sabido que Gardel, en cuestiones de caballos, era un experto. O, al menos, un gran apasionado, al punto de que no resulte descabellado pensar que es el protagonista real de aquella estrofa que habla de una fija del domingo y el deseo de jugarse entero. Cuentan quienes estudiaron su vida en detalle que cuando estaba en Buenos Aires (porque la mayor parte del tiempo estaba de gira), llegaba los domingos al Hipódromo de Palermo, antes de la primera carrera. De hecho, mantuvo una gran amistad con uno de los mejores jockeys de la historia rioplatense, Irineo Leguisamo, y hasta tuvo un famoso caballo de carrera, llamado Lunático. Entre 1915 y 1933 su pasión por “los burros” creció a tal punto de pasar de ser un simple apostador a tener varios caballos de carrera.
Irineo Leguisamo y Carlos Gardel

La fundación Carlos Gardel publicó hace un par de años un detallado informe sobre la relación de Gardel y el turf con base en el libro de Romeo Otero Bosque Preparate pa’l domingo (tango y turf : dos pasiones rioplatenses). Según este, Gardel había se había referido a su gran pasión por el turf durante una entrevista que le hicieron en un medio español, en 1926: “He ganado y gano mucho, pero todo se me va. Me gusta vivir bien. Me gusta la bohemia dorada, ser generoso, el cabaret, las mujeres bonitas. ¡Y las carreras de caballos! ¡Oh, las carreras de caballos son mi gran pasión! El dinero que me han hecho perder. Yo tengo un caballo corredor de carreras. Un gran caballo. Ha estado ahora enfermo; pero creo que va a correr de nuevo, allá, en Buenos Aires.”
Uno de los clásicos burreros del repertorio gardeliano es “Leguisamo solo”, escrito por Modesto Papavero, en 1925. En la grabación de Gardel se escucha decir al Zorzal Criollo, cuando termina la canción, unas frases referidas a su caballo. “Bueno, viejo Francisco, decile al Pulpo que a Lunático lo voy a retirar a cuarteles de invierno. Ya se ha ganado sus garbancitos. Y la barra completamente agradecida”. El apellido de Francisco era Maschio, fue un entrenador de caballos purasangres, conocido como el “Brujo de Olleros” (el Stud Yeruá estaba ubicado en la calle Olleros al 1600). “El Pulpo” era ni más ni menos que Irineo Leguisamo. La partitura de aquel tema fue impresa como “Tango canción de ambiente turfístico”.
Cuenta la leyenda que realmente Gardel quiso que Lunático fuera retirado de las pistas, sin embargo, Maschio y Leguizamo consideraron que todavía tenía unos cuantos domingos en Palermo por delante. Están los que creen que a Gardel no le ha ido bien con la mayoría de los caballos que compró y llevó a la pista. Lunático, sin duda, fue la excepción. Gardel lo compró por 5000 pesos, más otros 3000 a cuenta de triunfos, y le habría dejado más de 72.000 en premios durante toda su campaña. De ningún modo Lunático pudo haber sido ese caballo que “afloja al llegar”.


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