
Texto de Cecilia Scalisi // Fotos: Manu Cascallar
Si su historia fuese el guión de una película, probablemente pecaría de fantasiosa pues los acontecimientos que se cuentan en el arco de esa sola vida resultarían inverosímiles en la simpleza de una ficción. Y es que la vida de Darío Volonté, escrita con las letras indelebles de la realidad más dura, contiene los extremos increíbles en los que puede oscilar la imaginación entre el dolor y la voluntad, el infortunio y la gloria, la abnegación, la fama, el heroísmo y la redención. Porque desde la oscura profundidad de las calderas de un buque, al destello de los escenarios más encumbrados del mundo, la vida de Volonté, en cualquier ficción que la personifique, siempre será superada por la realidad. Darío quedó huérfano siendo un niño. A los 8 comenzó a trabajar y a los 15 (por la convocatoria de un cartel que vio en una pescadería) se enroló en la Marina que le garantizaba escuela, comida y un sueldo para su madre. En el 82, egresado de la Escuela de Mecánica de la Armada, fue llamado a la Guerra de las Malvinas y sobrevivió a la mayor tragedia naval de nuestra historia. Años más tarde, cantando en el coro de la iglesia a la que acudió en busca de un consuelo existencial, descubrió el don de una voz fabulosa que lo catapultó a un estrellato de primera línea. Se convirtió en uno de los tenores líricos más emocionantes del nuevo milenio. Y allí, en la cúspide de su éxito internacional, requerido durante más de una década por las principales casas de ópera para darle vida a los héroes del género, triunfó en toda Europa, en Japón y Corea, en Australia y los Estados Unidos, pero eligió la Argentina mil veces antes que el extranjero. Uno de los hitos que marcaron esa trayectoria fue su debut en el Teatro Colón cantando el intermedio épico de Aurora (erigido en himno al pabellón nacional) de la ópera de Héctor Panizza, con una interpretación antológica que en 1999 lo elevó a una categoría única: la del veterano de Malvinas que le cantaba a la bandera y estremecía, con la presencia y la belleza de sus vibrantes agudos, las fibras más profundas del público argentino, dándole voz al despertar de una conciencia patriótica. Hoy, en un nuevo aniversario del hundimiento del Crucero Belgrano – el 2 de mayo de 1982–, el invitado a estas es el sobresaliente tenor, héroe y veterano de Malvinas, Darío Volonté. A bordo del viaje final En la mañana de un lunes de abril, listo con su uniforme de fajina y un bolso marinero al hombro, se presentó en el Apostadero Naval donde estaba la Fragata Libertad alistándose para su emblemático viaje de seis meses. Una guardia militar lo detuvo en el camino y antes de abrirle paso, le indicó que verificara la lista de embarque donde, para sorpresa suya, decía: “Cabo segundo maquinista. DARÍO VOLONTÉ. Designado: CRUCERO ARA GENERAL BELGRANO”. Tenía 18 años y ese cambio del destino transformó su vida para siempre. La flota argentina estaba dividida en dos grupos: uno al norte de las islas, armado de un portaaviones, destructores y corbetas, desde cuya posición se planeaba lanzar un ataque aeronaval contra la flota inglesa. Y al sur de las Malvinas, reteniendo la operación, un segundo grupo integrado por el Crucero, un petrolero y dos destructores, Bouchard y Piedrabuena, provistos de misiles Exocet. A la orden de Thatcher –“¡Disparen a hundir!”–, el submarino nuclear Conqueror lanzó tres torpedos. Dos impactaron en el Belgrano. El primero en el centro del buque, en el área de máquinas y generadores que lo dejó a oscuras y provocó el mayor número de víctimas: 274 marineros muertos en esa explosión. Y dos minutos después, el segundo disparo que le arrancó 12 metros a la proa ocasionando la inclinación del coloso de 188 metros y su hundimiento en menos de una hora. A los 20 minutos del ataque, el capitán de navío Héctor Bonzo dio la orden de abandonar la nave que inexorablemente se iba a pique en un movimiento vertical. A las 5 de la tarde de ese domingo 2 de mayo, se sumergía en el lecho de las heladas aguas del Atlántico Sur, en una tumba de guerra a 4200 metros de profundidad, ese eterno guardián de acero del mar argentino llamado Crucero General Belgrano. –¿Tenías conciencia de que iban a la guerra? –A los 18 ya llevaba 10 años de laburo en el lomo. Acababa de recibirme en la Marina, pero ya era oficial tornero y oficial matricero. En esa época, teníamos una madurez y una forma de caminar la cabeza muy diferente a la de ahora. Sabíamos que estábamos en un conflicto armado. Las Islas se habían recuperado con el desembarco del 2 de abril, estaban nuestras tropas, ya había algunos caídos y la acción bélica estaba instalada, o sea que desde el momento en que nos convocaron, supimos que íbamos a la guerra y la revelación de esa conciencia nos llegó con el bombardeo, en la hora famosa de las 4 de la tarde, el domingo 2 de mayo. Hace 42 años. Habíamos zarpado el 16 de abril de Puerto Belgrano con rumbo a Ushuaia, navegando hacia el Sur con la escolta de dos destructores. El 1º de mayo pasamos por la Isla de los Estados. La noche anterior al bombardeo entramos en la zona de exclusión, pero la misión fue suspendida por las condiciones climáticas (la tempestad que luego se desató en el naufragio). Se ordenó regresar. El 2 de mayo –ya fuera de la zona de exclusión–, Thatcher dio la orden de hundir al Belgrano.
“Cuando uno pelea por la supervivencia y por existir, al instante siguiente no hay nada más que eso”–Frente a la acción británica hay dos posiciones. Una que defiende el argumento de la zona de exclusión y afirma que fue un crimen de guerra. Otra que asume que el crucero se encontraba en misión de combate. ¿Cuál es tu postura? –Comparto ambas posiciones. Respecto de la primera, estoy de acuerdo, pero no para victimizarnos. En la guerra hay códigos y bombardear una nave cuando está fuera de la zona de exclusión, como hicieron los ingleses, es un acto criminal, es un acto vil equivalente a disparar por la espalda. La orden de Thatcher es un crimen porque actuaron a traición. Ahora bien, a nosotros nos golpearon y nos hundieron, pero no nos victimizamos. No somos víctimas. Somos combatientes y veteranos de guerra que salimos al combate con el enemigo. Por eso estoy de acuerdo con ambas posiciones. –¿Cuál era tu tarea en el Crucero? –Soy maquinista naval. Me encantan los fierros, autos, camiones y todo lo que sea máquinas. En la Fragata estaba a cargo de la caldereta para el agua caliente, los filtros, la limpieza de combustibles y aceites de los motores diésel. En el Crucero también me asignaron la caldera. Conocía el trabajo perfectamente. Mi designación decía “máquinas”, pero estuve más abajo, en la panza del buque. Rápidamente me puse al tanto del funcionamiento y tomé mis guardias: de 4 a 8 de la mañana y de 4 de la tarde a 8 de la noche. El suboficial superior me daba las órdenes: dos quemadores menos, un quemador más, subí o baja la temperatura, la presión, los filtros, el régimen de marcha, como si manejara manualmente un termotanque gigantesco que genera el vapor que va a las turbinas –donde golpeó el primer torpedo–, y las hace girar para ir a una especie de caja de cambio donde se mueven las hélices que propulsan el buque. –¿Estabas al tanto de lo que ocurría? –No estaba enterado de nada. Un barco de ese porte es una ciudad flotante con barrios diferentes. Éramos 1093 tripulantes. Yo estaba en el barrio más bajo y oculto. Después venían los de control avería, más arriba los servicios (panaderos, cocineros, sastres y todos los que mantienen la vida cotidiana), y por encima, los comandos donde llegan los télex y donde realmente sabían a dónde íbamos. Ahí tenían la conexión con el Edificio Libertad (sede de la Armada), sistemas de teléfonos, radios y radares. A los de abajo nos llegaba radio pasillo. Además, cuando salía de la guardia estaba cansado porque el trabajo en una caldera es agotador. Hay mucha presión porque una maniobra mal hecha o un quemador mal activado puede provocar un incendio o una explosión. Estaba enfocado en lo mío y cuando dejaba la guardia, si me decían: estamos por el paralelo tal o cual, no tenía idea... Solo quería tomar mi desayuno, un pan, un mate cocido e irme a descansar. –¿Estaban preparados para la misión que debían cumplir? –La formación en la Escuela de Mecánica de la Armada era excelente y la Marina en esa época era extraordinaria. Estábamos muy profesionalizados. Nos enseñaban prevenciones, cumplíamos los entrenamientos y simulacros al pie de la letra. Cuando sonaba la bocina de combate, rápidamente se armaba una estructura para defender el buque y atacar al enemigo, ubicar la posición, cubrir a los compañeros y quedarse en el puesto por cualquier cosa pase. El hundimiento del Belgrano está considerado una de las tragedias navales en guerra con la menor cantidad de muertos. Para nosotros los 323 compañeros fueron la mayor cantidad de bajas en Malvinas, pero para una devastación de semejante magnitud y más allá del caos que podría haberse generado y no se generó, la instrucción técnico-militar que recibimos contribuyó a que el número de muertos no fuera mucho mayor. Si el simulacro era de abandono, con o sin luz, como desgraciadamente nos tocó, nos llegaba la orden del comando y teníamos que ir a formarnos delante de las balsas asignadas. Te pegabas algún palo en el camino, pero aprendías. En el momento de la explosión, era ayudar en todo: rescatar heridos y desmayados, arrastrarlos a cubierta, acomodarlos para las balsas. Cuando te pegan abajo, el agua entra muy rápido y te va inundando a una velocidad de locos. Y a esa velocidad con que viene subiendo el mar, no solo hay que sacar heridos, también cerrar compuertas asegurándose de que no queden compañeros del otro lado porque se van con el barco. Los buques de guerra, preparados para recibir impactos, tienen compartimentos que permiten aislar los daños y mantener la estanqueidad para ganar tiempo, responder el ataque, retrasar el hundimiento, contraatacar si se puede y rescatar la mayor cantidad de gente posible. Ahí el agua te va apurando mezclada con el petróleo, el gasoil y el fueloil naval, que es como un diésel negro que se recalienta en las calderas para hacerse fluido y entrar en los quemadores. Ese petróleo, de una gran acidez y agresividad, se nos pegaba en el cuerpo provocando quemaduras severas. A los quemados había que levantarlos de la ropa como embolsados porque si los tocábamos les arrancábamos carne viva. –¿Cómo se sintió el impacto en tu posición? –Recién tomaba la guardia. Mi compañero me había pasado el cuadro de novedades (en la jerga militar) hacía 10 minutos cuando se escucharon las explosiones. Las sentí como si estuviera en un ascensor y de pronto cayera un metro y con el segundo torpedo, otro metro más. Todo se frenó de golpe. Se produjo un silencio mortal y ahí vino la segunda explosión. Fue como si me sacaran el piso violentamente, dos veces en seco. En la panza del buque no tenía noción de que venía de un submarino. Esperaba los bombazos desde arriba. Al comienzo pensé que era aéreo porque al golpear una sección no acorazada, se quebró la columna del buque y se hizo ese movimiento brusco justo donde estábamos nosotros, debajo de las máquinas, donde van las turbinas. Allí fallecieron todos mis compañeros, hermanos de la guerra y de la vida. Murieron inmediatamente porque donde pegó, explotó y empezó a entrar el agua. Ahí estaban los generadores de electricidad. Se produjo un gran incendio. Nos quedamos a oscuras y en la Marina sabemos que cuando hay blackout a bordo, la parte electrónica es insalvable y la historia no tiene retorno. Pero gracias a los simulacros y entrenamientos con los ojos cerrados, pude salir. ¡¿Están todos bien, están todos bien?! Gritábamos a medida que subíamos a cubierta socorriendo gente, sobre todo a los quemados graves. Fue algo tan intenso y tan dramático, las imágenes fueron tantas y tan fuertes, desde el bombardeo hasta salir a la superficie fue una tragedia impresionante, una cantidad de escenas y de sufrimiento, de un dolor y dramatismo como casi ninguna persona puede llegar a experimentar a lo largo de toda una vida. Por eso le estoy agradecido a la Marina que me formó desde los 15 años, porque en la Escuela de Mecánica de la Armada crecimos con ese espíritu de cuerpo, con un respeto y un profesionalismo que, llegada esa hora límite, ahí sobre la cubierta de frente al naufragio, pusimos a prueba lo que nos habían enseñado. –¿Qué sentís entonces respecto del concepto de “los chicos de la guerra”? –Las historias de combate, valor y profesionalidad que se van conociendo, van a cambiar ese rótulo descalificador con que una parte de la sociedad ha pretendido quitarle mérito al coraje de nuestros combatientes. No estoy para nada de acuerdo con el mote peyorativo de “los chicos de la guerra”. Fue una construcción que se hizo para pegarle a los militares, para menospreciar el heroísmo que se dio en Malvinas. Es una frase del marketing social creada para instalar un discurso político que está cada vez más desvirtuado frente a la verdad: que fuimos a pelear y a morir por una provincia ocupada por una fuerza extranjera y que aún con una parte de la sociedad en contra (pero otra a favor) esta guerra se jugó por una causa noble. –El Crucero se hundía y en unos minutos estarían en las balsas ¿Qué pensaste al recibir la orden de abandono? –No se piensa. La orden del comandante fue abandonar la nave y eso hicimos porque dependemos de una estructura militar que es vertical: cada uno en su puesto dando todo de sí. Si bien la guerra es un hecho individual, porque cada uno la vive diferente en un lugar distinto (un buque, un avión, un puesto de combate en tierra), y no es lo mismo un ataque aéreo, pelear cuerpo a cuerpo o recibir el torpedo de un submarino nuclear en el medio del océano, cuando la comandancia da una orden –en este caso la peor, que es abandonar el buque–, se cumple. Nos dirigimos a las balsas asignadas. Ahí tomamos cuenta de la gente que faltaba. Normalmente debían ir 15 tripulantes. Los que faltaban se habían ido con el barco. Otros compañeros perdieron sus balsas por la escora entonces buscaban lugares libres. Empezaba a oscurecer, estaba nublado y se desató esa famosa tormenta. La sensación térmica marcaba 15º a 20º bajo cero. Las olas trepaban hasta 20 metros y, de hecho, esas condiciones climáticas adversas y la falta de visibilidad, demoraron el rescate. No era fácil arrojarse a las balsas desde esa altura y acertarle porque con la furia del viento y el mar encrespado, a pesar de que los cabos estabilizaban un poco, la maniobra era difícil porque se ondulaban y se sacudían mucho. Algunos bajaron ayudados con sogas, otros cayeron al agua y lamentablemente sufrieron hipotermia.
“Cuando empecé a cantar se me dio una popularidad impresionante, un éxito explosivo”–¿Qué sucedía en la balsa? ¿Cómo fue atravesar esas horas a la deriva? –Un gran silencio. Arriba de la balsa viví la experiencia más zen de mi vida. Es el presente absoluto, ahí las palabras son una ilusión. Cuando uno pelea por la supervivencia y por existir, al instante siguiente no hay nada más que eso. Se ponen en alerta la conciencia y los sentidos, pero el pensamiento se cancela. Fueron 30 horas del samba más violento del mundo, que era a la vez un freezer donde te tiraban agua helada todo el tiempo. Los golpes, la presión del mar sobre el techo y las paredes, un mareo terrible y un dolor como agujas en el cuerpo que se iba congelando. Ahí éramos todos iguales. Creo que fuimos 23. En un punto, la balsa empezó a desinflarse. Había que encontrar el inflador y el pico en la oscuridad. ¡Lo encontramos! Pasamos la noche turnándonos para calentarnos con el movimiento porque sabíamos por los cursos que, con la deshidratación por el frío extremo, si uno se duerme, tal vez no se despierta más. Había que permanecer despiertos porque en eso nos iba la vida. Hacíamos silencio, pero escuchábamos el mar, y en un momento, cuando la balsa que iba atada a la nuestra empezó a desinflarse, escuchamos los gritos de los muchachos que se fueron al agua y no pudieron salvarse… Nadie hablaba. Nosotros evitamos que se diera vuelta, pero la tormenta nos mató a palos toda la noche y en lo que dura ese tiempo interminable cuando la balsa se sumerge y estamos aguantando con los brazos todo el peso del océano sobre el techo, el agua que nos aplasta y nos hunde cada vez más sin saber si salimos a flote, vi pasar toda mi vida por delante y pensé, si todo termina acá ¡pobre mi vieja! Al día siguiente aflojó un poco hacia el mediodía. –Hablás del Crucero como uno de los grandes caídos… –La manera en que se hundió fue de una nobleza emocionante. Se murió heroica y honorablemente sin tragarse a nadie. El agua le fue entrando y a medida que el peso lo vencía, giró como un tirabuzón de forma tal que no dio una vuelta de campana con la que nos hubiese arrastrado a todos. Era un compañero más y gracias a ese modo suyo de irse a pique, pudimos salvar a tantos. Solo se llevó las almas de quienes fueron muertos por el enemigo. Cuando el agua entró en las calderas, sentí cómo la incandescencia del metal produjo un ruido a tripas, un crujido fuerte y visceral, lleno de unas explosiones internas que se iban apagando a medida que se lo tragaba el mar. Se fue en su último viaje con ese dolor profundo en las entrañas, armado con sus notas y su propia melodía. Por eso, el Crucero es nuestro honor y gloria, uno de los grandes veteranos de esta guerra. –Las balsas fueron detectadas algunas a casi 100 km al sureste del hundimiento en el mar que separa el continente de la Antártida, a donde el viento las había empujado con los últimos sobrevivientes. ¿Qué significó el rescate además de la vuelta a la vida? –Nos localizaron los aviones de la Armada y varias horas más tarde vimos las primeras luces del busque de rescate: el aviso Gurruchaga. Fue como si me pasaran 30 años por encima, uno por cada hora de naufragio. Nos tiraron las redes para treparnos desde las balsas que arrimábamos con unos cabos en una maniobra compleja. Arriba nos dieron ropa seca y comida caliente. Me acuerdo que perdí tres talles y que me devoré unos churrascos crudos del hambre y la desesperación. Pero sobre todo me acuerdo, cuando me preguntás qué significó esa vuelta a la vida, que esos eran mis camaradas de la Marina, la otra parte de la guerra, el rescate, el recibimiento, el encontrarnos a salvo entre compatriotas. En la balsa, el mundo se había detenido y recién cuando nos salvaron, la cabeza volvió a funcionar. Es algo que aprendí en los caminos que recorrí después de la guerra para entender qué hay más allá del bien y del mal. El hundimiento, la tragedia, el naufragio al que muchos no sobrevivieron. ¡Arriba, arriba! nos alentaban desde el buque. ¡A cambiarse la ropa que hace frío! Era una especie de continuidad de nuestra profesión, una ceremonia que se extiende a lo largo de lo que dura la guerra. ¡Bienvenidos a bordo, muchachos! nos decían con unas palmadas a medida que íbamos entrando y, de tanto en tanto, ese silencio fatal que se rompía con el grito de alguno a la voz de ¡Viva la patria! ¡Viva! –¿Has visitado alguna vez las Malvinas? –Nunca. Me invitaron a cantar, pero nunca fui. Las Malvinas son una provincia ocupada por un extranjero. Solo iría si puedo ingresar con mi DNI, nunca les voy a mostrar un pasaporte a los ingleses. Respeto a los muchachos que les tocó pelear en las islas y a los que tienen los cuerpos enterrados de sus seres queridos, porque también es una reivindicación de soberanía afirmar que allí descansan las almas de esos argentinos que dejaron la vida y que sus restos no pueden ser “repatriados”, porque las Malvinas son nuestro suelo patrio. –Este año el Colón presenta dos de tus títulos emblemáticos: Aurora y Turandot. ¿Por qué nunca volviste a ese escenario? –Porque no me llamaron nunca más. He laburado en todas partes y siempre me he llevado bien con todo el mundo. He acumulado karma bueno y en mi CV siempre marco los récords. Soy el único cantante de la historia que tiene 3 bises: el último del siglo XX con Aurora, el único del Colón en gran abono y el primero del Siglo XXI con Turandot [N. de la R.: los bises son un formato absolutamente infrecuente dentro de una representación operística]. Creo que, por el tipo de vida, de carrera y de decisiones que tomo, a los que deciden no les interesa. Cuando empecé a cantar se me dio una popularidad impresionante, un éxito explosivo. Fue algo muy singular a nivel artístico y musical pero también patriótico. La gente me demostraba un afecto increíble y eso algunos no te lo perdonan. Bastó que hiciera ese bis espectacular de Turandot para que no me llamaran nunca más. –¿Podrías haber interpretado alguno de estos títulos? –Tranquilamente puedo hacer Turandot, que es una ópera corta, Aurora que es muy cantable, Pagliacci, Cavalleria, Otello…. Ahora vengo de cantar en Córdoba con un exitazo, pero no tengo ninguna obsesión más que estar bien física, vocal, mental y emocionalmente. Si me dicen de hacer una Turandot, por ejemplo, antes la pruebo completa como va en escena y si digo que sí, no soy de ir a ver si me ofrecen tanto. El tanto lo pongo yo. Si les va, bien, y si no, sigo haciendo mi vida porque lo que transité espiritualmente hasta aquí me enseñó a pensar de esa manera. –¿Y La Fanciulla del West siendo el año de Puccini con un personaje como Dick Johnson? –¡Me identifico totalmente con Johnson! La Fanciulla muestra la desilusión, el precio de emigrar, la nostalgia por la patria. Cuando los compañeros juntan de a 5 dólares para mandar a su familia… Todo lo que viví en la Marina. Y Puccini sabe mostrar esos sentimientos que me emocionan hasta las lágrimas como cuando la música dice ¡la mia mamma piangerà! porque en el fondo soy un minero, soy ese minero de la Fanciulla que se escapa de una realidad que lo asfixia y que ve otro rumbo posible al lado de tanta gente que sobrevive trabajando honestamente. Lo que deja esta ópera a nivel humano es eso: una historia de redención y la esperanza latente de que las cosas siempre pueden cambiar.
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